30 Colton
E l día en que murió, Colton Price había estado jugando al hockey con su hermano.
Desde la orilla, el blanco helado del lago Walden parecía estar completamente congelado.
Engañosamente sólido. Colton sintió el crujido bajo su cuerpo segundos después de caerse.
Fue el chasquido subdural de un hueso partiéndose en dos.
Cayó hacia abajo. No tuvo ni tiempo de gritar.
El frío punzante del agua que le rodeaba le robó todo el aire de los pulmones.
Después de todos estos años, atravesar el cielo le hacía sentir prácticamente lo mismo: como si un gran puño de hielo le golpease de lleno en las tripas. Salía al otro lado con arcadas, o intentando no tenerlas, con los pulmones llenos de agua y las manos en la garganta.
Había jurado, no hacía mucho tiempo, que nunca volvería a hacerlo.
Siempre había sido un poco mentiroso.
—Vale, gracias —dijo Mackenzie Beckett al teléfono.
La antigua compañera de clase de Delaney caminaba por la cuneta como un león de melena roja.
De un lado al otro. Una y otra vez. Colton apretó los dientes para evitar hacer un comentario sobre ello—.
Perfecto, gracias. Eres genial, te quiero, adiós.
Se encontraban en algún lugar justo a las afueras de Connecticut, aparcados en el arcén de una sinuosa carretera en medio del bosque.
Colton estaba apoyado en el capó, distraído, mirando su reloj.
Ya podía sentirlo: el suelo desvaneciéndose bajo sus pies, las sombras retirándose y estremeciéndose de forma extraña.
Como si hasta la oscuridad supiese que se estaba preparando para regresar.
Justo enfrente de él estaba Lane, una pálida luz blanca que contrastaba con la oscura extensión del bosque que tenían detrás. Malus navis , su faro en la tormenta.
—Ya van cinco —apuntó ella.
Colton le siguió la corriente, deslizando las manos en los bolsillos y enarcando una ceja.
—¿Cinco?
—Has mirado el reloj cinco veces en el último minuto. —Sonó como una acusación, pero vio la preocupación en el profundo jade de sus ojos. Ella sabía que lo miraba para comprobar si los minutos se habían ralentizado. Era una mala costumbre. Una en la que solía recaer cuanto más irritado estaba.
—Estoy bien.
—Lo sé. —La sonrisa de Lane no fue muy convincente, pero le dejó salirse con la suya.
—Adya la ha visto —dijo Beckett, que apareció entre ellos de repente—. A Vivienne.
Adya Dawoud, la compañera de habitación de Lane en su primer año en la universidad, tendía a ver cosas en los espejos que la mayoría de personas no veían, algo que resultaba muy útil.
Se había pasado las últimas horas, escéptica, mirando fijamente dentro de un espejo en busca de Vivienne Farrow, o por lo menos, del reflejo de Vivienne Farrow, el cual, Thomas Walsh insistía, había desaparecido.
«Simplemente ya no está ahí», había soltado por teléfono, cuando Colton le pidió que se explicara. «No sé cómo explicarlo de otra forma. La amiga de Delaney es una bruja, ¿no? ¿No puede encontrarlo ella?».
Como si ir danzando por el plano astral en busca de un reflejo perdido fuese lo más normal del mundo. En cualquier caso, Beckett no supo qué tenían que hacer exactamente, pero Dawoud (que pasaba el verano en su casa en Kings County, Nueva York) sí.
«Es una petición un poco extraña», les dijo por teléfono, «pero lo puedo intentar».
Invadiendo el espacio personal de Colton, Beckett aguantaba la respiración ansiosa. Él la miró con desdén y esperó.
—Pregúntame qué más me ha dicho —dijo por fin.
—No hace falta que le des tanto suspense —dijo Colton—. Dilo y ya.
Beckett soltó un bufido que sonó como un «pues vale».
—Lo que Adya ha visto en el espejo no era el reflejo de Vivienne. Era ella.
Los ojos de Lane se encontraron con los de Colton.
Él ya sabía lo que ella estaba pensando.
La última vez que Adya había visto a alguien en el espejo, ese alguien resultó estar muerto.
Si Vivienne Farrow estaba en el plano astral, significaba que se había deslizado entre los cielos.
En el momento en el que a Colton le sobrevino ese pensamiento, la oscuridad retrocedió, tembló a sus pies, como un paria miserable.
—Colton —dijo Lane, buscándole la mirada—. No tienes que ir tras ella.
Él pensó en Liam hundiéndose por debajo de él, lejos de su alcance.
En la fría e interminable presión del agua, en lo extremadamente lento que pasaba el tiempo en aquella oscuridad sin fondo.
Levantó la cara hacia el cielo, entrecerrando un ojo contra la intensa luz amarilla del sol. Finalmente, suspiró.
—¿Ah, no?
Siguió una pausa llena de significado. Colton podía sentir cómo Lane analizaba su perfil.
Él se quedó quieto y dejó que lo hiciera, ignorando todas las partes de él que le daban vueltas y se retorcían en su interior.
Expuesto bajo su mirada escudriñadora era cuando más humano se sentía.
Supuso que sería porque ella se negaba a verlo de otra manera que no fuera esa.
Finalmente, Lane dijo:
—Puedo ir contigo.
—No. —El bajó la vista hasta clavarla en la de Lane—. Eso está fuera de toda discusión.
—Pero…
—Te necesito aquí fuera —dijo él— para poder encontrar el camino de vuelta hasta ti cuando todo haya acabado.