La muerte vive en mí 29 Vivienne
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29 Vivienne

E l agua estaba helada. Eso fue lo primero que notó Vivienne.

Le lamía los pies desnudos en un frío murmullo que parecía estar llamándola para que se acercara más, más, más.

Debajo de esa superficie oscura como el petróleo, apenas perceptible, podía distinguir caras humanas que se agitaban y enturbiaban el agua.

Pálidas y diluidas como espectros, se separaban unas de otras para luego volver a fusionarse en un horror serpenteante y ansioso.

No quería meterse en el agua, pero tampoco sabía cómo alejarse de ella.

Vivienne solo miraba fijamente, absorta, cómo el espejo que formaba la superficie le devolvía un único reflejo: el suyo.

No el de dieciocho años, cruel, con la cara marcada de arañazos.

No el que la miraba con malicia, y tenía unas articulaciones demasiado flexibles y una sonrisa con demasiados dientes.

En el agua, Vivienne tenía cuatro años, llevaba el pelo en dos trenzas y perseguía un conejo del desierto.

No dejes que Él te atraiga , le susurró la voz de trasgo que habitaba en lo más profundo de su interior. Nos ahogará.

Un agudo silbido le hizo levantar la cabeza rápidamente. Por un momento, perdida en aquellos borrosos recuerdos del pasado, Vivienne pensó que era Philip, llamándola para que volviese al coche. En el instante en el que apartó los ojos del agua, el tiempo volvió a correr y a correr.

Estaba en un lugar oscuro. Húmedo. En un cuerpo que era a la vez suyo y de nadie.

Y ahí estaba Thomas Walsh, más leal que nunca.

Una boya en la oscuridad. No la estaba mirando a ella, sino que, flanqueado por Reed, Thomas miraba fijamente a su padre a través de la sofocante oscuridad del pequeño sótano.

—Quiero dejar algo muy claro —dijo Thomas. Su voz salió disparada como un sedal sobre la superficie de un lago—. Si ella entra en el agua y no sale, arrasaré este lugar hasta que no quede nada.

—No te precipites, hijo —dijo el padre de Vivienne—. Si haces eso, todos arderemos con él.

—Pues arderemos —dijo Thomas sin más.

Con tono irónico, Reed murmuró:

—Deberíamos haber perfeccionado un poquito más el plan.

Desde el agua, les llegó un suave glup .

—¿Ella te quiere? —preguntó el padre de Vivienne, de repente y sin preámbulos. La pregunta brotó, sin eco alguno, por la oscuridad. Su franqueza fue como una patada en pleno estómago para Thomas. Sus ojos se posaron momentáneamente sobre los de Vivienne.

—¿Qué?

—¿Eres importante para Vivienne? —pronunció Christian lentamente, como si Thomas fuese poco avispado—. ¿Se preocupa por ti? ¿Le dolería verte sufrir?

—Yo, eh…

Durante todo el verano, Vivienne apenas había visto a Thomas quedarse sin palabras. Apenas lo había visto vacilar. Pero ahora, completamente desprevenido, Thomas titubeaba. A unos pasos de distancia, la paciencia de su padre parecía estar agotándose.

—Olvídalo —dijo, y sacó el revólver que llevaba en la cartuchera—, puedo sacar mis propias conclusiones.

Se escuchó el seguro del arma en medio del silencio y un grito ahogado se acumuló en la garganta de Vivienne. Antes de que pudiera dejarlo salir, sonó un disparo. Estalló en la oscuridad, dejando el punzante hedor del combustible propulsor en el aire.

Sobrevino una calma horrible y absoluta. Por un momento, Vivienne pensó que simplemente había sido un disparo de advertencia, para asustarlos.

Pero entonces Thomas cayó al suelo.

Cayó como una roca, primero sobre una rodilla, después sobre la otra. Un círculo rojo, oscuro e intenso, brotó por su torso. Reed le puso las manos en los hombros, sosteniéndolo, estabilizándolo, para que no siguiera hundiéndose. Los ojos de Thomas se clavaron en los de Vivienne.

—Solo le he rozado —dijo Price, irritado—, no le he dado en ningún órgano vital.

Vivienne estaba segura de que había algo importante que Reed debería estar haciendo (¿taponar la herida?

, ¿pedir ayuda?), pero no podía pensar en ninguna.

No era capaz de apartar los ojos de Thomas.

Él solo la miraba y la miraba, y ella solo quería decirle que se pondría bien.

No sabía cómo, pero ella misma se aseguraría de ello.

El olor de la sangre impregnó el aire, haciendo que la oscuridad adquiriese un hedor metálico y sofocante.

El líquido rojo le chorreaba entre los dedos, con los que se presionaba la herida.

Empezó a fluir por el suelo en pequeños arroyos de un oscuro carmesí hasta llegar al borde del extraño charco.

Detrás de Vivienne, el agua empezó a agitarse, a formar ondas, olas que chocaban rápidamente contra sus pies, como si algo estuviera emergiendo de las profundidades.

Bajo la superficie, todos los espectros se habían diluido.

—El tiempo es de suma importancia en esta ocasión —dijo su padre, que se había girado para mirarla y observaba también el agua que se extendía más y más a los pies de Vivienne—. Cuanto más te demores, menos tiempo tendrá él. Necesita que le vea un médico, si no, podría desangrarse.

Qué extraño pensar en cómo solía preguntarse por los ojos que tendría su padre. Ahora que lo tenía delante, Vivienne vio que eran fríos e impasibles. La ambición rezumaba por cada poro de su cara. Era un hombre que deseaba algo desesperadamente y que haría cualquier cosa por conseguirlo.

Era el mismo mal que vivía en ella, el mismo impulso egoísta.

Pero Thomas… Thomas.

—Si quieres que sobreviva —dijo su padre—, descenderás. Es un simple toma y daca.

La oscuridad que tenía ante sus ojos se quebró entre lágrimas. El agua seguía revolviéndose, haciendo espuma ya, formando unas pequeñas y espumosas burbujas blancas que se rompían a sus pies.

—Tú. —Escuchó que decía su padre—. ¿Cómo te llamas?

—Reed —respondió con rudeza, como si estuviera diciendo «que te jodan».

—¿Tienes un coche cerca, Reed? —Este debió de asentir con la cabeza porque su padre continuó—: En cuanto ella se haya sumergido, sácalo de aquí. Llévalo al hospital más cercano. ¿Te ha quedado claro?

—Cristalino —dijo Reed, aunque la palabra parecía exudar muerte.

—Pues ya está, ¿ves? —dijo su padre, como si hubiese conseguido regatear un precio desorbitado a un vendedor—. Gestionado. El chico no morirá, Vivienne. Siempre y cuando tú hagas lo que se te pide.

—Vivienne…

Su nombre rechinó en la boca de Thomas. Vivienne escuchó lo que él no era capaz de decir: «No lo hagas.

Deja que me desangre». Abnegado hasta decir basta.

Inaceptablemente valiente hasta el final.

Ella no había hecho nada para merecer su lealtad.

Pensó en la habitación que él mismo se había preparado en el garaje, en el cupcake de cumpleaños medio derretido que no llegó a comerse.

«Tú haces todo por mí», le había dicho ella. «Mientras que yo no he hecho nada por ti».

Esta era su oportunidad.

Vivienne levantó la mano hacia Thomas por última vez y, con la gracia de una bailarina, estiró tres dedos: meñique, índice y pulgar. Con ellos, Vivienne le ofreció la respuesta que él, tan bueno y tan decente, no había querido dar por hecho.

—Te quiero.

Y, entonces, antes de que el coraje la abandonase, Vivienne descendió.