La muerte vive en mí 28 Thomas
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28 Thomas

T homas empezó a recuperar la consciencia lentamente al principio, con sus pensamientos aún difusos e inconexos.

Hasta que entonces, de repente, fue horriblemente consciente de todo.

Se incorporó como un resorte y su cabeza lo castigó por ello de inmediato con un dolor martilleante en la parte de atrás del cráneo.

En silencio, evaluó el entorno que tenía a su alrededor.

La habitación en la que se encontraba era tan formal como polvorienta, y en las paredes de color verde bosque el moho brotaba en flores negras.

El techo, un artesonado de madera, estaba completamente podrido en algunas zonas.

A su izquierda, había una vasta librería que se extendía por toda la pared, en cuyos estantes combados se acumulaban tomos empapados a medio caer.

A su derecha, había una ventana tapiada con tablones de madera y con la cortina de terciopelo medio descolgada de las barras.

Justo delante de él descansaba un sillón asimétrico, cuya tapicería se había descolorido a un amarillo putrefacto.

En él estaba sentado Philip Farrow, con las muñecas y los tobillos atados, y sudando profusamente.

—Gracias a Dios —soltó, impaciente—. Ya era hora de que volvieses en ti.

Thomas intentó tocarse la nuca y se dio cuenta de que él también estaba maniatado, con las muñecas atadas con una cuerda al respaldo de barrotes de un sillón, y los tobillos a las patas de madera podrida con forma de garra.

Estiró el cuello tratando de encontrar una salida.

Al mirar por encima del hombro vio una puerta, que parecía bostezar como una boca hacia un ancho pasillo dañado por el agua.

No había nadie ahí fuera. La casa se había sumido en un horrible silencio.

—¿Dónde está Vivienne? —exigió saber.

—En otra parte —respondió Philip con brusquedad—. Sácanos de aquí, Walsh.

Thomas bajó la mirada hasta sus muñecas.

—No tengo muy claro qué es lo que esperas que haga.

Philip maldijo para sí.

—¿Tienes alguna idea, por poca que sea, de lo que está pasando aquí?

—Algo sí —admitió Thomas—. Sé que has estado obligando a Vivienne a deshacerse de tu competencia. Y también sé que Isaac Shaw, que aún sigue con vida, ha sido testigo de ello y que, en cuanto se recupere, estarás acabado.

—Ya estoy acabado —bramó Philip—. ¿Acaso crees que alguno de los dos va a salir de aquí con vida?

Se hizo un silencio entre ambos, frío y absoluto.

—¿Alguna vez has visto cómo los pescadores atraen a los tiburones? —preguntó Philip—. Toman un cubo lleno de carnaza, la arrojan al mar y esperan a que los tiburones la huelan.

Thomas no dijo nada.

—Pues eso somos nosotros —siguió Philip—.

Por eso estamos aquí. Christian tiene algo en ese sótano y tú y yo somos la carnaza con la que lo va a sacar de ahí.

Quédate con mis palabras, Walsh: he visto a ese hombre en los juzgados durante años, créeme si te digo que sé cuándo va a haber sangre en el agua.

En el pasillo, una puerta se abrió de golpe.

Hubo un grito. El sonido de unos pasos a toda velocidad.

Una figura llegó tambaleándose hasta el salón donde se encontraban y se apoyó contra el marco de la puerta.

Thomas reconoció los ojos de Adrian Faber, grandes y desenfocados, de inmediato.

La última vez que le había visto fue cuando los encerraba dentro de la catedral.

El chico alzó la vista y miró a Thomas fijamente por debajo de un mechón de pelo revuelto mientras se señalaba la garganta.

Adrian cayó de rodillas y empezó a sufrir unas fuertes arcadas.

—Oh, por el amor de Dios —escupió Philip—. Levántate .

—Tengo arañas —graznó Adrian—. Arañas en la garganta. En los-los pulmones. No pu-puedo respirar.

Fuera de su vista, una puerta se cerró de un portazo.

Les llegaron los ruidos de las patadas y los arañazos de alguien a quien estaban arrastrando.

Se abrió otra puerta, con el chirrido de unas bisagras oxidadas, y volvió a cerrarse.

Thomas estaba seguro, más seguro de lo que nunca había estado de nada, de que acababa de oír a Vivienne.

No se molestó en gritar su nombre. En vez de eso, se puso a forcejear con sus ataduras con todas sus fuerzas.

Philip observaba cómo Adrian se arañaba la garganta.

—No ha podido decirte más de una palabra —le espetó, irritado—. Levántate. Levántate y desátanos.

Adrian rodó hasta quedarse tumbado sobre la espalda, con los ojos cerrados y rascándose la piel. De reojo, Thomas vio cómo respiraba con bocanadas entrecortadas. Finalmente, sus brazos cayeron flácidos. El chico abrió los ojos y miró fijamente al techo.

—Ey —le llamó Thomas. Los ojos de Adrian viraron lentamente hacia donde Thomas estaba sentado y atado en el sillón—. ¿Estás mejor?

Adrian asintió con la cabeza sin convicción.

—Escúchame con atención —siguió Thomas— porque solo voy a decirte esto una vez. Con o sin tu ayuda voy a desatarme del sillón. Después, voy a reducir este sitio a cenizas. Puedes quedarte atrás o puedes echarme una mano.

Adrian se incorporó hasta sentarse, todavía respirando con dificultad.

Parecía estar considerando seriamente la oferta de Thomas cuando su cuerpo se vio sacudido por un ataque de tos que le hizo temblar los huesos.

Se dobló hacia delante y vomitó violentamente entre las manos.

Cuando por fin se echó para atrás, algo negro y, sin duda alguna, de ocho patas empezó a retorcerse en la palma de su mano.

El chico pegó un grito, lo lanzó y se revolvió hacia atrás.

La cosa de ocho patas se escabulló, amenazada, por debajo de la librería.

—¿Qué demonios era eso? —preguntó Thomas.

—No lo sé —dijo Philip—. Sus habilidades nunca se habían manifestado en algo tangible. Siempre se quedaban en el plano de las alucinaciones.

En la catedral no , pensó Thomas, pero no lo dijo. Se acordó de cuando miró dentro de la caja y vio a sus propios ojos devolviéndole la mirada.

—La Casa se construyó sobre un núcleo de poder sobrenatural —dijo Adrian entre jadeos, mientras arrastraba su cuerpo hacia el sillón—.

Es como cuando captas la luz del sol con una lupa, todo se…

concentra. —Le dio otra fuerte arcada—. Te desataré.

Pero tienes que jurarme que me sacarás de aquí con vida.

—Si yo lo logro, tú también —le prometió Thomas.

Con un último hipido, Adrian se dispuso a deshacer el nudo de las muñecas de Thomas. Desde el otro sillón, Philip sonreía a Thomas.

—Sabía que lo conseguirías —dijo Philip—, no lo he dudado ni un segundo. Siempre se me ha dado bien reconocer una buena inversión en cuanto la veo.

Thomas lo ignoró y centró toda su atención en Adrian.

—Cuéntame qué es lo que está pasando aquí.

—El presidente desea ascender —explicó Adrian—. Y cree que ofrecer a Vivienne para alimentar a la Casa le ayudará a conseguirlo.

—Explícate un poco mejor —gruñó Thomas, deseando que fuera más rápido—. Y date prisa.

—Es por el conocimiento infinito —dijo Adrian—, el poder definitivo. Y semejante poder requiere un sacrificio del mismo calibre. El presidente prometió entregar a su primogénito, pero cuando intentó retractarse, la Casa pasó a exigirle toda su descendencia.

—Pero Vivienne aún sigue aquí —dijo Thomas.

—Algo interfirió en su muerte. —Adrian volvió a toser, manchándose el dorso de la mano contra la boca.

Tras mirarse, receloso, los nudillos, añadió—: Cada vez que intentaba ascender, la Casa le decía que aún necesitaba más de él, pero el presidente no sabía qué era.

Fundó la Casa de Hades para ganar tiempo.

Nos contó que si pagábamos nuestros tributos durante el tiempo suficiente, ascenderíamos.

—¿Qué pasa cuando alguien asciende? —preguntó Thomas.

—Ni idea —admitió Adrian. Ya había soltado una de las muñecas y ahora empezaba con un tobillo, mientras el propio Thomas se ponía manos a la obra con la otra—. Lo único que sé es que bajan al sótano y ya no vuelven a subir.

—Esos idiotas no están ascendiendo —dijo Philip—. Son sacrificios.

Thomas empezó a entender la horrible conclusión.

—Con ellos alimenta a la Casa.

De repente, sintieron el crujido de una puerta que se abría de golpe, tan fuerte que el pomo agujereó el pladur putrefacto.

La luz del sol se coló de lado por el pasillo y, después, volvió a desaparecer, dejando todo en penumbra de nuevo.

Apareció Reed Connolly, mirándolos con el ceño fruncido desde el dintel de la puerta.

Se tomó su tiempo para echarle un vistazo al salón, con las manos en los bolsillos de su chaleco de cuero.

Y, entonces, como si se hubiese topado con Thomas al salir de un 7-Eleven, preguntó:

—¿Qué te cuentas, Walsh?

—No mucho —dijo Thomas con suavidad, mientras seguía peleándose con el nudo de su muñeca.

—¿Qué haces?

—¿A ti qué te parece que estoy haciendo?

—Pues a mí me parece que estás ahí sentado sin hacer nada —contratacó Reed—. ¿Dónde demonios está Vivienne?

—Sótano —dijo Adrian, que acababa de vomitar otra araña.

Reed se puso pálido como un muerto.

—Mierda.

El nudo cedió por fin. La sangre volvió a circularle hasta los dedos mientras se ponía en pie frotándose las muñecas para recuperar la sensibilidad.

—Bien hecho, Walsh —dijo Philip—. Ahora, date prisa y desátame.

Thomas lo ignoró.

—Voy a bajar ahí —le dijo a Reed.

—Es una idea pésima —dijo Reed, seco—. Iré contigo.

Dejaron a Adrian en el salón para que vigilara a Philip, quien berreaba el nombre de Thomas mientras este salía por la puerta y echaba a correr hacia el sótano.

Para lo resplandeciente que tuvo que ser la casa en su momento, el sótano era pequeño y estrecho.

Primero, emergieron en una antigua bodega de vino de ladrillo rojo y cemento agrietado, con una vieja despensa de madera aún repleta de botellas que se habían tornado opacas bajo décadas de polvo.

El techo estaba hundido y Thomas se vio obligado a agacharse conforme iban adentrándose más.

—¿Por qué estás aquí? —le preguntó a Reed mientras salían de la zona de piedra y pasaban a una de tierra compacta, donde el antiguo cableado corría por encima de sus cabezas en marañas de nudos.

El aire estaba impregnado de un denso olor a calcetín mojado—.

Podías haberte quedado en Connecticut. Nadie te habría culpado.

—Es mi amiga —dijo Reed, sin más, antes de lanzarle una sonrisa cínica a Thomas—. A pesar de todos sus defectos.

Una puerta sencilla, blanca como el hueso y podrida prácticamente en su totalidad, los llevó a un piso más abajo lleno de telarañas.

A esta profundidad, el aire era frío y húmedo.

Sabía como a tumba. Se agacharon y luego emergieron en un espacio amplio y oscuro.

Thomas se detuvo a trompicones, con la visión ligeramente borrosa por los laterales mientras se esforzaba por regular su respiración.

Tuvo que parpadear un par de veces para entender qué es lo que tenía delante de sus ojos.

Acababan de entrar en un osario. Las paredes estaban cubiertas de estanterías combadas repletas de cráneos blancos.

Cráneos humanos, con ojos huecos y anchas sonrisas de dientes.

Ninguno de ellos parecía llevar allí mucho tiempo.

Thomas se preguntó si pertenecerían a todos aquellos ascensos fallidos, si los habrían limpiado y puesto en ese sepulcro de tierra del sótano como un trofeo.

A unos pocos metros, en el centro de la oscura habitación, se encontraba Vivienne.

El piso, poco profundo, parecía estar inundado.

Un charco de agua estancada se extendía delante de ella como un disco de aspecto plano y viscoso.

Desde su aventajada posición en la puerta, daba la impresión de que Vivienne estaba a las orillas del mismísimo infierno, esperando a que llegara una barca.

Como si la oscuridad se extendiera sin fin, más allá de lo que sus ojos humanos podían mortalmente alcanzar.

A esta profundidad no había luz natural, pero aun así, aquella superficie parecía reflejarla.

Pálidos fractales plateados cortaban el agua negra, destellando veloces, como si alguien hubiese infestado el charco con miles de pececillos.

Era muy difícil discernir si el agua tenía centímetros o metros de profundidad.

La lógica le llevaba a pensar en la opción más probable, pero la experiencia le llevaba a pensar lo contrario.

Christian Price estaba de pie medio paso por detrás de Vivienne, apoyándole una mano en el hombro.

—Piensa en ello como un bautismo. —Le escuchó decir Thomas con una voz que reverberó como si estuvieran en una caverna y no en un sótano húmedo—. El agua se llevará consigo la plaga que asola tu interior. Será como si volvieras a nacer.

—Entonces, ¿cuál es el plan? —susurró Reed. Había sacado un cráneo del osario y estaba metiéndole un dedo con varios anillos por la cuenca del ojo—. Porque tienes un plan, ¿no?

—Pues claro. —Thomas se introdujo dos dedos en la boca y soltó un agudo silbido—. ¡Eh!

—No sé qué es lo que me esperaba —murmuró Reed mientras Christian Price se giraba hacia ellos.

Durante lo que duró un latido, se pudo vislumbrar la sorpresa en su cara.

Sin embargo, este rápidamente controló su expresión hasta transformarla en una de formidable paciencia, la misma con la que Thomas se lo encontró fuera de su casa.

—Justo estaba a punto de ir a buscarte —dijo Christian, con una sonrisa—. Me has ahorrado el viaje.