27 Vivienne
L o primero que vio Vivienne cuando le quitaron la bolsa de la cabeza fue un espejo. Amplio y sin cortes, se extendía de pared en pared, de suelo a techo, de tal forma que la habitación en la que se encontraba se reflejaba hasta el infinito.
Vivienne tuvo que parpadear varias veces para comprender dónde estaba.
Era un salón de baile, rimbombante y descomunal, con las esquinas en chaflán decoradas con ornamentados paneles dorados.
Por todas partes, y emergiendo del suelo en llamativos pilares, había montones de querubines con hoyuelos.
La observaban con maldad con sus miradas planas cubiertas de pátina y sus bocas abiertas en unas sonrisas permanentes.
En los espejos había miles de variaciones del mismo hombre, alto y delgado, y con un elegante traje negro.
Pero suya solo había una.
Pequeña. Pálida. Sin reflejo alguno. Miró por todas partes pero no vio nada en absoluto.
Hola , se dijo a sí misma internamente, buscando a la okupa de sus huesos. ¿Dónde te has ido?
No obtuvo respuesta.
Aún más silenciosa, pensó: ¿Y si te necesito?
—¿Te asusta? —preguntó el hombre. La estudiaba fascinado, con las manos agarradas a la espalda—. No tener reflejo, quiero decir. Debe hacer que incluso te cuestiones si de verdad estás aquí.
Vivienne no le dijo que lo normal era que tuviera un reflejo perfectamente agradable o que este era lo suficientemente despiadado como para fulminarlo en el sitio.
No podía decírselo. Estaba de rodillas, con las muñecas atadas por la parte baja de la espalda y con una mordaza que le apretaba con tanta fuerza las comisuras de la boca que los ojos le lloraban.
Vivienne alzó la vista hacia el hombre del traje.
Él le devolvió la mirada. Lo reconoció de milagro.
Tuvo que rebuscar en sus recuerdos varios segundos para acordarse de dónde lo había visto: al salir de la catedral, discutiendo con Philip.
El marrón oscuro de sus ojos le resultó inquietantemente familiar.
Fue una especie de extraña percepción. No le gustó lo más mínimo.
—Qué desconsiderado por mi parte —dijo el hombre, mientras se sacudía para quitarse la americana y se quedaba solo con un ajustado chaleco y una impoluta camisa blanca. Colgó la prenda en la cara de un querubín y empezó a arremangarse la camisa—. No puedes hablar en estas condiciones. ¡Adrian!
Se abrió una puerta, oculta en el espejo.
Por un momento, Vivienne pudo vislumbrar el pasillo exterior, todo de oscuras lamas de madera combadas: justo como el de sus pesadillas.
La puerta se cerró tan rápido como se había abierto y, poco a poco, Vivienne fue cayendo en la cuenta de que Adrian Faber estaba ahí, con un aspecto lúgubre y nervioso.
El iniciado no la miró mientras se acercaba, aunque ella intentase desesperadamente que sus miradas se encontraran.
—Desátala, por favor —ordenó el hombre.
Adrian hizo lo que le pidió. Aflojó las cuerdas y los brazos de Vivienne colgaron flácidos. Se llevó las manos al pecho y estuvo a punto de chillar cuando la sangre empezó a circularle de golpe por las muñecas. Terminada la tarea, Adrian se dispuso a marcharse.
—Quédate —ordenó el hombre, y Adrian se quedó paralizado—. Puede que te necesite para que la interpretes.
—Pero… —Los ojos de Adrian miraron brevemente a Vivienne—, yo no sé signar.
—Bueno —respondió el hombre—, entonces simplemente tendrá que susurrarte al oído, ¿no te parece?
La sangre abandonó por completo la cara de Adrian.
—Sí, señor Price —murmuró.
Price. Así que así se llamaba.
—Quiero contarte una historia —dijo Price, dirigiendo su mirada hacia Vivienne—.
Puede que al principio te parezca que es la mía, pero no lo es.
Es la tuya. Y empieza justo aquí, en los Hamptons, con mi familia.
Solíamos atravesar esta zona con el coche cada verano a nuestro paso por Nueva York.
Mi madre adoraba admirar las mansiones y mi padre adoraba consentirla.
Algunos años, aparcábamos el coche, nos bajábamos y malgastábamos toda una tarde paseando por la playa en barrios en los que nunca viviríamos, mirando casas que nunca podríamos permitirnos.
Al no llevar la americana, Vivienne pudo ver la cartuchera de cuero que portaba en la cintura, con un revólver guardado dentro cuidadosamente. El estómago se le volvió puro hielo.
—Ahí fue cuando me topé con la Casa por primera vez —siguió diciendo.
Sonaba nostálgico—. Era una monstruosidad escondida tras unos arbustos.
La habían abandonado a su suerte, pudriéndose.
Pero escuché cómo decía algo. Me llamó para que me acercara.
Me ofreció una oportunidad sin igual: una escapatoria a esa vida mediocre que me había tocado por nacimiento.
Lo único que tenía que hacer era alimentarla.
Vivienne retrocedió, alarmada por aquella elección de palabras.
—¿Te asusta eso? —preguntó el hombre, analizándola—.
Debería. La Casa tiene un apetito voraz.
Yo le di lo que quería encantado y la Casa me lo agradeció de infinidad de formas.
Pagó mis deudas. Me abrió puertas que antes estaban cerradas.
Me permitió beber toda el agua que quise del pozo del éxito. Y, durante un tiempo, con eso me bastó.
»Pero ¿qué hombre puede resistirse a la promesa de obtener más?
Cuanto más alimentaba a la Casa, más grandes eran sus recompensas.
Las mecía delante de mí como una zanahoria.
Conocimiento. Entendimiento. Sabiduría que abarcaba todo el universo conocido.
Al final, llegó un momento en el que unas cuantas gotas de sangre ya no eran suficientes.
Yo quería ascender. Pero, para eso, la Casa exigía un sacrificio mucho mayor.
Vivienne lo miraba fijamente, sin entender nada. Apartado a un lado, Adrian parecía estar poniéndose un poco verde.
—Yo era muy joven —continuó Price, como si estuviese implorándole a Vivienne que viera las cosas desde su punto de vista—.
Soltero y sin hijos. No supe ver el peso de las promesas que hice.
Como un estúpido, ofrecí a mi primogénito.
No fue hasta que nació y lo tuve en mis brazos que me di cuenta de que había cometido un terrible error.
Traté de deshacer lo que había hecho. Supliqué.
Rogué. Pero la Casa no ve con buenos ojos que rompas tus promesas.
Así que, cuando llegó el momento de cobrarse su sacrificio, en vez de llevarse a uno de mis hijos, se los llevó a todos.
Con una débil sonrisa, parecía estar perdido en un recuerdo. Vivienne se sentía cada vez más inquieta.
—Se me concedió casi una década para estar con mis hijos antes de que la Casa los reclamase —explicó Price, observando su propio reflejo en el espejo—. Y un mes de marzo, se ahogaron. Me han contado que fue muy lento. Agonizante. ¿Fue eso lo que te ocurrió a ti también?
La piel de Vivienne se había vuelto húmeda y pegajosa.
Era marzo cuando se puso a perseguir a aquel conejo del desierto y terminó cayéndose de cabeza en el desfiladero.
Era marzo cuando se quedó tirada en la oscuridad silbando como le había enseñado la señorita Marley y escuchó cómo algo aterrador le respondía con un alegre silbido.
—Tuvo que ser tarde por la mañana —prosiguió Price, quien había vuelto a vigilarla como un águila, como si pudiera leer las respuesta de Vivienne solo con su expresión—.
A eso de las doce menos cuarto. No tendrías más de cuatro años.
Debo admitir que estoy fascinado. Impresionado, incluso.
¿Cómo lograste sobrevivir aun siendo tan pequeña?
Una especie de enfermiza claridad se extendió por su estómago.
Vivienne cayó, quedándose en cuclillas, con sus pensamientos girando como una peonza.
Pensó en la oscuridad estrellada del desfiladero, en aquellos ojos fríos que la miraban con malicia mientras ella lloraba y lloraba hasta que se destrozó la garganta y casi se quedó sin voz.
Pobre corderito , había canturreado la criatura mientras se retorcía tres veces a su alrededor como una larga serpiente negra.
Alguien te ha dejado como ofrenda en la boca del infierno.
Creo que me voy a quedar contigo para mí sola.
Jugaremos un rato tú y yo. ¿Te gustaría?
No más lagrimas; haremos que todo sea bonito y alegre.
—No me quedan hijos vivos —continuó Price, ajeno a cómo Vivienne estaba repasando frenéticamente todos y cada uno de sus recuerdos—.
No de un modo aceptable. La Casa se tragó a mi primogénito por completo.
Se cobró su deuda llevándose parte del segundo, dejándolo frío e intratable, desfigurado hasta quedar irreconocible.
Durante un tiempo, pensé que la balanza ya se había equilibrado, que había sido suficiente.
Pero aun así, cada vez que venía a suplicarle a la Casa que me concediese el ascenso, solo me decía: «Todavía no».
Me dijo que estaba esperando, que aún quedaban deudas por saldar.
Price se fue acercando, mirándola con desprecio, como si fuera un parásito.
—Vivienne —dijo, pronunciando el nombre lentamente, haciendo que sonara como una maldición, una pesadumbre—, no tenía ni idea de que existías.
No hasta que Philip me llamó para decirme que te habías metido en problemas.
Ese hombre siempre fue un miserable aprovechado.
Estoy seguro de que, una vez que comprendió el verdadero alcance de tus habilidades, salivó en cuanto vio la oportunidad de utilizarte para su propio beneficio.
Todo estaba encajando de golpe. El hombre que estaba frente a ella —este señor Price, con esa mirada demasiado familiar— era ambicioso, astuto y frío, dispuesto a liquidar a quien fuera necesario para lograr sus objetivos. Justo como ella.
Vivienne no necesitaba un reflejo; ya se estaba mirando al espejo.
—Tú eres lo único que queda —dijo su padre—. Cuando desaparezcas, ascenderé por fin. Toda la sabiduría del mundo que conocemos estará a mi alcance. ¿Eres consciente de lo que un hombre puede hacer con el conocimiento infinito? Si lo desea, puede dominar el mundo.
Detrás de Price, Vivienne detectó el destello de un movimiento en el espejo oxidado.
Al principio, solo era una sombra —una forma amorfa y diminuta, lo suficientemente pequeña como para que pareciese que estaba a kilómetros y kilómetros de allí.
Pero mientras se acercaba poco a poco, esta empezó a adoptar una forma perversa.
Se había puesto de puntillas sobre unos dedos maltratados y se deslizaba dando pasitos de bailarina: con los brazos extendidos y los dedos largos e hiperlaxos, y con los pies desnudos moviéndose rápidamente en pequeños bourrées .
A Vivienne le dio un vuelco el corazón. Miró hacia los demás espejos, pero no veía su reflejo en ninguno de ellos, solo en ese: justo detrás de su padre, donde él no podía verlo.
La otra Vivienne ejecutó un gran salto, elevándose por los aires en un grand jeté .
Al lado de Vivienne, Adrian Faber ya estaba completamente verde.
Él también la había visto, estaba segura.
En el espejo, la sonrisa de la otra Vivienne se estiró casi hasta sus orejas.
Después, se inclinó hacia delante y se llevó a los labios un largo y afilado dedo, parecido al de un trasgo. Silencio.
—Señor Price —balbució Adrian—, hay…
—Ahora no, chico —le reprendió el padre de Vivienne, todavía sin apartar la vista de ella—.
Quiero que me escuches con atención. Existe una criatura que duerme en el corazón de la Casa.
La llamamos Caribdis, aunque nadie sabe cuál es su verdadero nombre.
Siempre ha vivido aquí, enraizada en la tierra.
Los cimientos de la Casa se conformaron a su alrededor y ha habitado en ella desde entonces.
En el sótano , pensó Vivienne, mientras veía de nuevo la oscura puerta abierta de sus pesadillas y escuchaba esa voz chirriante como la rueda de un carro que la atraía a su hogar.
—Descenderás al piso inferior —dijo su padre— y te ofrecerás a la criatura. Yo ya he llorado a mis hijos, he cumplido. Pero mientras tú sigas con vida, sus sacrificios no habrán servido para nada.
En el espejo, la otra Vivienne había levantado el brazo y estaba dándole unos toquecitos en el hombro al reflejo de su padre. Él agitó la mano por el hombro, como si estuviera espantando un tábano.
—Es por una causa extraordinaria, Vivienne, te aseguro que…
— Señor Price —dijo Adrian, esta vez con desesperación.
—¡¿Qué?! —estalló su padre— ¿Qué problema puedes tener que sea tan importante?
—La cri… , ella…, usted…
La otra Vivienne les guiñó un ojo y volvió a darle unos toquecitos al reflejo de su padre, con más insistencia que antes. Tanta, que esta vez él lo sintió. Price se giró y se quedó con la mirada clavada en la diabólica chica del espejo.
—Bu —dijo la criatura, exultante.