La muerte vive en mí 26 Thomas #2
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26 Thomas #2

—Le contaré todo a Philip Farrow —dijo—. Le contaré que has sido tú quien se la ha llevado. He trabajado con él el tiempo suficiente para saber que no tiene ningún problema en tomar represalias cuando cree que alguien se la ha jugado. Si te llevas a su hijastra, ¿qué crees que le hará él a tu hijo?

—Mis dos hijos están muertos —dijo Christian con frialdad.

—Colton no —replicó Thomas—. Al menos aún no. Pero lo estará.

—Decir eso —dijo Christian Price, girándose para mirar a Thomas a la cara— es algo muy peligroso. No estoy seguro de que quieras que te acepte el reto, por lo que me han contado, C. J. es amigo tuyo.

—Él lo entendería —terció Thomas—. Haría lo mismo.

Christian lo evaluó durante un rato. El suficiente como para que el cielo se hubiese aclarado. Finalmente, preguntó:

—¿Qué es lo que quieres?

—Que me lleves con vosotros.

A Christian se le dibujó una sonrisa, lenta y afilada.

—¿Crees que es lo más inteligente? ¿Tirarte de cabeza a un nido de víboras sin invitación? La Casa es muy estricta con lo que toma de sus invitados. Si entras, puede que nunca salgas de allí.

—No me importa —dijo Thomas—. Hice una promesa.

Christian Price lo observó minuciosamente. Con los duros rasgos de su cara oscurecidos por la sombra, se parecía a su hijo de manera asombrosa. Pero también había algo de Vivienne en él. Los primeros destellos de la luz de la mañana tallaban pequeños puntos de color ámbar en sus ojos.

—Pensándolo mejor —dijo—, puede que sí me seas útil. Atadlo.

Lo empujaron hasta que cayó de rodillas, retorciéndole los brazos a la espalda.

El amanecer, que florecía poco a poco, se tornó negro en un instante en cuanto le pusieron una bolsa en la cabeza.

Obligándolo a ponerse de nuevo en pie, lo metieron, descalzo y entre tropiezos, en la parte de atrás de la furgoneta.

La puerta se cerró de un portazo. El motor rugió y, con una sacudida, dieron marcha atrás hasta el agrietado asfalto de su calle.

Cambiaron de marchas y la furgoneta salió disparada hacia delante para luego girar bruscamente hacia la izquierda.

El repentino asalto a los sentidos que sintió le encontró desprevenido.

Ni se le había pasado por la cabeza. En esa oscuridad sofocante, las paredes empezaron a cernirse sobre él.

El corazón le palpitaba en el pecho como un martillo sobre un yunque y el sonido retumbaba por su cuerpo en grandes y fuertes golpes metálicos.

Tragaba grandes bocanadas de aire y saboreaba su propio aliento, aún agrio después de dormir.

Tenía ocho años y su padre conducía a tanta velocidad que Thomas iba dándose golpes contra las esquinas enmoquetadas del maletero.

Arañaba el cierre como un cadáver en un ataúd.

Cerró los ojos, intentando agarrarse a una calma que no conseguía encontrar.

Vivienne , pensó, agarrándose a su nombre como un salvavidas. ¿Dónde está Vivienne?

Como si le hubiera oído, Thomas escuchó el ruido frenético de unos movimientos rápidos en algún lugar cercano. Hubo un instante de terrible quietud. Y, entonces, un pie le golpeó fuerte en la mandíbula. El dolor expulsó al pánico con una aguda inmediatez.

—¡Dios! —Thomas rodó hacia un lado, con los ojos haciéndole chiribitas—. Vivienne, soy yo. Soy Tommy.

Ella volvió a darle con el talón, esta vez sin ira. Tanteándolo, el pie acabó en su pecho y se quedó ahí, pequeño y arqueado. Thomas se preguntó si Vivienne podría sentir cómo le latía el corazón contra el talón del pie.

—Joder, eso me ha dolido —Thomas movió la mandíbula, hasta que le crujió—. ¿Estás bien?

Era una pregunta estúpida. Tomó una bocanada de aire entrecortada. Y otra. Y otra. Tragándolas de forma desesperada en un intento de convencerse de que era capaz de respirar. En la oscuridad, pudo sentir cómo Vivienne lo escuchaba y supo que lo oía luchar por respirar.

—Gracias por no darme otra patada —añadió él, tratando de encontrar un humor que ni él mismo sentía. La forma en la que lo dijo no fue muy acertada. La voz le salió agarrotada—. Un poco más fuerte y ahora tendría que beber con pajita.

La única respuesta de Vivienne fue darle otra patada, solo que esta vez fue más suave. Movida por el enfado en vez de por el miedo.

—¡Eh!

Pero ella no paró y dirigió otra patada directamente a su abdomen.

A la siguiente, Thomas logró anticiparse girando hacia un lado justo lo suficiente para que no le diera.

Sintió el furioso silbido del talón cuando le pasó cerca de la cabeza.

La furgoneta tomó una curva cerrada, que los empujó uno contra el otro.

Thomas cambió el peso de lado, apañándoselas para colocar a Vivienne sobre su pecho.

—Lo pesco —le dijo—, me lo has dejado bien claro.

Apoyó la barbilla encima de la cabeza de ella y deseó no tener las muñecas atadas para poder abrazarla. Se quedaron tumbados así un buen rato, escuchando el rugido del motor. Al final, la calidez de Vivienne terminó por calmar su corazón desbocado, y su respiración se estabilizó.

—¿De verdad pensabas que te iba a dejar hacer esto sola? —preguntó finalmente, con la voz amortiguada por la bolsa—.No me lo creo, eres demasiado lista.

Condujeron durante horas. Dos, quizá tres. Era difícil de determinar en la oscuridad y con el aire rancio y agrio bajo la bolsa. Para cuando la furgoneta se detuvo, Thomas ya no sentía las muñecas. Vivienne estaba acostada en su pecho, dormitando a ratos.

—Ey —susurró Thomas—, despierta, princesa. Creo que ya hemos llegado.

Vivienne se revolvió contra él, lento al principio, atropelladamente después, despertándose alerta como un conejo.

—Voy a sacarnos de esta —le prometió Thomas justo cuando les abrían la puerta con un traqueteo.

El brillante amarillo del sol se colaba por los agujeritos de la bolsa.

Antes de que pudiera protestar, negociar o tratar de persuadirles, levantaron a Vivienne sin miramientos, alejándola de él.

A él lo arrastraron fuera de la furgoneta unos segundos después, empujándolo hasta que se mantuvo en pie.

Entumecido y con la cabeza dándole vueltas, Thomas se tambaleaba en el sitio y sentía pinchazos y hormigueos por las piernas.

En algún lugar cercano, oyó los inconfundibles ruidos de un forcejeo.

—¿Dónde la lleváis? —exigió saber, mientras salía disparado hacia delante, cargando a ciegas. Unas manos lo arrastraron para atrás, reteniéndolo con un agarre férreo—. ¿Dónde estás…? ¡Vivienne! ¡Vivienne!

—Haced que se calle —ordenó Christian Price, con voz fría y sombría.

Las estrellas explotaron detrás de sus ojos. Se golpeó las rodillas en la gravilla y se le abrió la piel. Su cabeza palpitó con violencia una vez. Y, después, solo hubo oscuridad.