La muerte vive en mí 26 Thomas
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26 Thomas

T homas se despertó y se encontró con que el otro lado de su cama estaba vacío.

Aún estaba oscuro, apenas estaba amaneciendo y el garaje seguía negro como la medianoche.

Vivienne no estaba. Fuera, en el salón, no se oía la televisión.

Había una horrible quietud en la casa que lo dejó helado.

Se incorporó rápidamente, con el corazón latiéndole muy fuerte.

En la oscuridad, Molly se levantó a la vez que él.

Alguien le había dejado entrar, lo que significaba que alguien había salido a hurtadillas de allí.

Cayó presa del pánico. Al notarlo, Molly soltó un lobuno gruñido.

Este despertó a Judd, que miró hacia la puerta entre gemidos.

Algo no iba bien.

Se bajó de la cama y se apresuró para ponerse a tientas los pantalones. Después de una breve pero inútil búsqueda para encontrar su camiseta, sacó una limpia de la cómoda y salió hacia el pasillo, dejando a los perros bien encerrados en su habitación.

Cuando llegó al salón, se lo encontró hecho un desastre.

Varias fotos se habían caído de las paredes.

Los marcos rotos estaban tirados por el suelo y los cristales hechos añicos como estrellas brillantes sobre las lamas de madera.

Su hermana estaba arrodillada barriendo las esquirlas en un recogedor.

Thomas se puso la camiseta y se arrodilló frente a ella.

—Tess, ¿estás bien?

—He estado mejor. —Le temblaba la voz. Tessa intentó sonreír, pero no le quedó muy creíble—. Pero estoy empezando a pensar que quizá no has estado trabajando de stripper este verano. ¿Es la mafia? ¿La-la CIA?

—Tessa.

Pero a Tessa los nervios siempre la incitaban a hablar demasiado y atropelladamente. Esa fue una de las razones por las que Thomas se había mudado a una habitación individual.

—¿Son los hombres de negro? ¿Vivienne es de Roswell? ¿Del Área 51? ¿Acabas de enrollarte con una alienígena del espacio? No es que hayáis sido muy silenciosos.

—¿Dónde está? —preguntó Thomas.

—Se la han llevado —dijo Tessa, divagando de nuevo—. Vivienne salió a por agua. Yo aún seguía despierta. Me comí tu cupcake . Bueno, más bien todos los cupcakes . Me dolía la tripa, así que me puse a ver una peli. Estábamos… estábamos charlando cuando entraron. Eran cinco, y todos con traje.

—Mierda. —Thomas se puso en pie de un salto.

—Lo siento —dijo Tessa—. Lo siento, no supe qué hacer.

—No te preocupes —la tranquilizó Thomas—. No podías haber hecho nada.

La puerta principal se había quedado abierta de par en par.

En el exterior, Thomas vio cómo el alba empezaba a despuntar.

El motor de un coche arrancó, chisporroteando hasta cobrar vida.

En el garaje, los perros empezaron a ladrar sin parar.

Thomas echó a correr hacia la oscuridad del jardín delantero saltando por encima de las jardineras de vivaces que con tanto cariño había plantado su madre hacía tiempo, ahora cubiertas de malas hierbas.

Aterrizó en el camino de entrada y avanzó descalzo por los adoquines, dirigiéndose hacia el murete de hormigón que llevaba hasta el camino del garaje.

Aparcada detrás de su camioneta había una furgoneta. Blanca y sin rótulos. Al lado estaba Vivienne, vestida con su camiseta, con las muñecas atadas y la boca amordazada. En cuanto lo vio, los ojos se le abrieron como platos.

Thomas echó a correr, tan decidido a llegar hasta Vivienne que ni siquiera vio a los asaltantes que lo esperaban en la oscuridad hasta que se hubo chocado directamente contra ellos.

Estos lo sujetaron fácilmente, reteniéndolo y haciéndolo retroceder un paso cada vez que él intentaba cargar contra ellos.

—Quitadme las manos de encima —escupió Thomas.

—Todo a su debido tiempo —dijo el hombre que estaba a su izquierda—. Despídete de ella primero.

Lo obligaron a mirar mientras dos hombres idénticos con traje le ponían a Vivienne una bolsa en la cabeza, se la llevaban y la cargaban deprisa en la furgoneta. Thomas se puso a insultarles mientras empujaba a sus captores.

—¡Soltadme! ¡ Vivienne !

Por detrás de él, le llegó una voz que hizo que casi le fallaran las rodillas. La última voz que le hubiese gustado oír, delicada y desconcertada por el sueño.

—¿Qué está ocurriendo ahí fuera?

—¿Quién es esa? —gruñó el hombre que tenía a su derecha.

—Es mi madre —escupió Thomas, todavía intentando liberarse—. Calmaos.

—Deshazte de ella —dijo el hombre de la izquierda— o lo haremos nosotros.

Por suerte, le soltaron los brazos y lo empujaron hacia atrás. Vigilando la furgoneta por el rabillo del ojo, Thomas rodeó las azaleas y recorrió el camino de vuelta hacia su casa.

Ahí estaba su madre, con la bata suelta sobre su cuerpo frágil y con una piel fantasmal bajo la luz de la luna.

Parecía tener a la vez cien años y ser eternamente joven, con el aspecto exacto con el que su memoria la había grabado.

Tess llegó derrapando hasta la puerta, quedándose medio paso por detrás de su madre, con los ojos muy abiertos y con expresión de disculpa.

—¿Tommy? —Su madre pestañeó hacia él, sorprendida, mientras signaba una T sobre su corazón—. No sabía que estabas en casa. ¿Qué ha ocurrido? He oído un estruendo.

—Todo va bien —dijo él, signando a toda prisa—. Siento que te hayamos despertado.

Ella lo estudió con sus ojos claros y agudos. Unos ojos que él había heredado de ella. Unos ojos a los que no se les escapaba nada.

—Te has metido en problemas —supuso ella.

Pulgares pegados a las palmas, los dedos de las manos haciendo una cruz repetidas veces.

Conocía ese signo demasiado bien. Problemas, problemas, problemas.

Thomas Walsh siempre andaba metido en algún problema.

Pero ya no quería ser eso para su madre nunca más, un desastre que limpiar, cuando sabía que ella estaba demasiado cansada para desastres.

—Estoy bien —dijo él, mintiendo entre dientes. Mintiendo con las manos—. Vuelve dentro, mamá. No deberías estar levantada.

Por encima del hombro de su madre, los ojos de Tessa iban de Thomas a la furgoneta, parcialmente oculta por la salvaje maraña de arbustos que había enfrente. Thomas le lanzó a su hermana una mirada que esperó que transmitiese su desesperación.

«Me debes una», gesticuló Tessa con los labios, que había entendido a su hermano a la primera.

—Solo son los idiotas de sus amigos —dijo ella, plantándose en el campo de visión de su madre y tejiendo las mentiras con los dedos—. Le han hecho una sorpresa por su cumpleaños. Les he dicho que como sigan haciendo tanto ruido los vecinos llamarán a la policía.

Los ojos de su madre iban de Tess a él. Le había quedado demasiado largo. Demasiado largo. Cada vez que parpadeaba, Thomas veía a Vivienne con la bolsa en la cabeza. A Vivienne tropezando en la furgoneta, pataleando para mantener el equilibrio.

Su madre relajó un poco los hombros.

—No hagáis mucho ruido, ¿vale?

—Vale, mamá —dijo él—. No lo haremos. Lo siento. Te quiero.

Su sonrisa era cálida. La enfermedad le había robado muchas cosas, pero su sonrisa no había cambiado nada. Era de fotografía. Para Thomas, un ancla en su turbulento universo.

—Me alegro de que estés en casa —dijo ella—. Te hemos guardado un cupcake .

El corazón de Thomas se iba a partir en dos.

—Genial. Gracias.

—Ve con cuidado.

Y entonces se fue. Tess cerró la puerta tras ellas, lanzándole una última mirada ojiplática a su hermano.

En el garaje, los perros aullaban como lobos.

Thomas se dio la vuelta, preparado para pelear, pero solo encontró a un hombre ahí de pie, solo.

Un hombre al que reconoció. Justo lo había visto el otro día, discutiendo con Philip Farrow en el solar de la catedral.

—No hace falta que mientas a tu madre —dijo Christian Price, con sorprendente gentileza—. Vuelve a tu casa.

—No sin Vivienne.

—Vivienne Farrow fue prometida a la Casa. —Los ojos de Christian Price centellearon en la oscuridad—. Parece que el destino tiene un gran sentido del humor. Llevo buscándola mucho tiempo, sin tener ni idea de que había estado delante de mis narices todos estos años.

—Eres el presidente —dijo Thomas, comprendiéndolo todo de golpe.

Christian Price sonrió.

—He oído que a algunos de los iniciados les gusta llamarme así, sí. Para ellos todo es un juego, como una extensa campaña en el mundo real.

—Me da igual lo que sea esto —dijo Thomas—. No puedes llevártela.

La sonrisa de Christian no fue desagradable. Había cierta simpatía en ella, en las comisuras de su boca, afiladas como cuchillas.

—Tu compromiso con Vivienne es admirable. Me han contado que actuaste con valentía. Te las apañaste para aventajar a mis hombres en Connecticut. Les llevó horas rastrearte. Es impresionante, y lo digo de verdad. Pero me temo que tu camino acaba aquí.

El hombre se giró sin decir una palabra más, haciendo ruido con los zapatos en los adoquines plagados de malas hierbas. En el horizonte, los primeros rayos del sol empezaban a derramarse entre los árboles. Un neblinoso amanecer borrando la negra noche. El pánico se agarró a la garganta de Thomas.

—Es tu hija —dijo Thomas—, ¿verdad?

Christian Price se detuvo en seco. No se dio la vuelta, pero Thomas pudo ver cómo se le tensaban los hombros, resaltados por la creciente luz del sol. Envalentonado, continuó:

—Lo encuentro muy interesante, eso es todo.

—¿El qué? —La pregunta sonó mordaz, como si su anterior calidez se hubiera evaporado.

—Que tengas dos hijos y ambos sean objeto de interés en la Casa de Hades.

Hubo una pausa, fría y terminante.

—Tres —le corrigió Christian—. Tenía tres hijos.

Lo mencionó como un hecho, sin mostrar ni una pizca de dolor o pena. Esta vez, cuando Christian siguió alejándose, Thomas fue detrás de él.