La muerte vive en mí 25 Vivienne
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25 Vivienne

V ivienne nunca había pasado mucho tiempo en casas de otras personas.

Cuando era más pequeña, era una medida preventiva porque, lejos de los vigilantes ojos de Philip o de Mikhail, habría sido muy fácil que se despistara y hablase.

Más adelante, cuando ya hubo crecido lo suficiente como para custodiar su lengua como una fortaleza, ya se había convertido en una costumbre.

Se quedaba en casa sola, encerrada en su habitación viendo el mundo a través de la pequeña ventana que era para ella su móvil: construyó un verdadero reino en la palma de su mano, uno en el que podía ser lo ruidosa o lo callada que quisiera sin decir una sola palabra, uno en el que podía ser lo que deseara o quien deseara.

Más allá de su habitación, la casa de los Farrow era intocable.

Un museo. Bañada por el sol y de color beige, así había escuchado a su madre describirla una vez durante una entrevista con su revista del hogar favorita.

Amelia no dejó de sonreír mientras le iba enseñando habitación tras habitación a la periodista, esperando con orgullo a un lado mientras lucía su vestido nuevo y sus tacones de diseño ante el fotógrafo, que no dejaba de hacer fotos.

Pero a Vivienne siempre le había parecido fría.

La casa familiar de los Walsh era todo menos eso.

El color estaba presente en todos los rincones de la casa, y toda esa miríada de tonos estaba cubierta a su vez por fotografías de un pequeño y sonriente Thomas en una piscina hinchable, o de Tessa en una trona con toda la cara llena de espaguetis.

Clavados con chinchetas por aquí y por allá, había dibujos hechos con ceras de jirafas con rayas y caballos torcidos, así como hojas arrancadas de libros para colorear pintarrajeadas con colores primarios por algún artista que aún era muy pequeño como para no salirse de las líneas.

El tipo de cosas que su madre tiraba en el mismo momento en el que las recibía.

En silencio, Vivienne y Thomas recorrieron en fila un estrecho pasillo del que colgaban muchas fotos de Thomas y su hermana, sonrientes y sin algún diente de leche, tantas que casi no quedaba espacio libre en la pared.

Después, bajaron un corto tramo de escaleras enmoquetadas y abrieron una puerta que daba a un garaje.

O, más bien, a los restos de uno.

No había ningún coche. En su lugar, pegada contra la pared más lejana, había una cama perfectamente hecha con un edredón de franela doblado por la parte de arriba.

Cerca, acorralada por una torreta de cajas de almacenaje en las que ponía «invierno», había una cómoda a medio pintar, como si alguien hubiese comenzado el proyecto con la intención de restaurarla y darle una segunda vida, pero lo hubiese abandonado antes de terminarlo.

Había varios estantes de paneles perforados anclados a la pared sobre los que descansaban diversas figuritas de personajes de cómics en perfectas condiciones, a excepción de la capa de polvo que se les acumulaba en los hombros.

— ¿Esta es tu habitación?

—Era esto o dormir con Tess —le dijo, sin mirarla—. Tengo que hacer una llamada rápida. Vuelvo enseguida.

Y, entonces, Thomas salió de allí con el móvil en la oreja.

El grave murmullo de su voz reverberaba hasta ella en un indescifrable barítono.

Vivienne deambuló por el espacio en silencio, sola y desesperada por encontrar algo que hacer.

Terminó pasando los dedos, distraída, sobre las cabezas polvorientas de las figuritas hasta que su dedo se detuvo sobre una brújula.

Tenía la tapa abierta, dejando a la vista un cristal hecho añicos y una tambaleante flecha roja. Intrigada, la tomó para inspeccionarla.

El suave clic de la puerta al cerrarse hizo que el corazón se le subiera a la garganta.

Vivienne se giró como un resorte y se encontró con Thomas de vuelta en la habitación, mirando atentamente el objeto que tenía en las manos.

La flecha no dejaba de moverse, sin rumbo, sin apuntar al norte, solo hacia su hombro.

Los ojos de Thomas se oscurecieron. Nerviosa, Vivienne volvió a dejar la brújula en el estante.

— Lo siento —signó— , no debería haber tocado nada.

—No pasa nada —dijo él, antes de aclararse la garganta—. Siéntate. Vamos a curarte.

— Puedo hacerlo yo sola.

Él le señaló la sien con un gesto.

—Va a ser un poco difícil que te cures eso sin un reflejo.

Era lo más cerca que había estado de hacer un chiste desde que había llegado a casa de Hudson.

Una sensación de alivio la recorrió por dentro, y se dejó caer sobre la cama, sentándose sobre las piernas dobladas.

Thomas se sentó a su lado, abrió el botiquín y rebuscó entre sus contenidos hasta que dio con una gasa esterilizada y una ampolla de suero fisiológico.

Con delicadeza, empezó a limpiarle la sangre de la cara.

Vivienne se quedó quieta y le dejó hacer, sin apenas atreverse a respirar.

Por último, le puso una tira adhesiva de sutura con sumo cuidado sobre el corte de la sien y se echó hacia atrás, admirando su obra bajo la tenue luz de la lámpara.

Thomas tragó lentamente, lo que hizo que los músculos de su garganta se tensaran visiblemente.

En ese silencio, Vivienne pudo sentir cómo Thomas estaba tratando de reunir el valor para decirle algo y, de repente, la aterró pensar qué podría ser.

—Vivienne…

— Es tu cumpleaños —signó, interrumpiéndole.

—Ah, sí.

— No me lo habías dicho.

En las comisuras de la boca de Thomas asomó una sonrisa.

—No sé si te has dado cuenta, pero hemos estado bastante ocupados.

— No te he comprado nada.

—No esperaba que lo hicieras.

— Debería haberte comprado algo. —Su sintaxis reflejaba que estaba molesta: empezó a mover la mano en círculos bruscamente, con el dedo índice apuntando hacia arriba.

Thomas puso una mano sobre la de ella, deteniendo el movimiento de sus dedos.

Vivienne supo con total seguridad que ese gesto tenía la intención de ser reconfortante, pero, en vez de eso, el roce encendió algo dentro de ella.

—Lo digo en serio, me alegro de que no me hayas comprado nada.

Vivienne retiró la mano, rápida como un rayo.

— Tú haces todo por mí —signó, cruzando los puños y dejándolos caer hacia abajo, furiosa, como si fuera una acusación— , mientras que yo no he hecho nada por ti.

Algo endureció la expresión de Thomas.

—No empieces otra vez con eso.

— ¿Empezar con qué?

—«Has sido muy bueno conmigo» —dijo Thomas, con tono de burla, repitiéndole las palabras que ella misma le había dicho a la cara en el patio de la catedral—. Esto no es bondad, Vivienne. No estoy siendo bueno contigo.

— ¿Entonces qué es?

—¿De verdad necesitas que lo diga? —Soltó una risotada breve y repentina. Vivienne oyó el sonido de la garganta de Thomas al tragar—. Está bien, lo diré. Me gustas, Vivienne.

Aquella confesión la hizo sentir como si se hubiese saltado un escalón al bajar las escaleras. Se puso en pie de un brinco.

— Eso no puede ser.

—Bueno, pues así son las cosas —dijo él, levantándose tras ella—. No sé de qué te sorprendes, pensaba que había sido bastante obvio.

Un trémulo silencio se extendió entre los dos.

Lentamente, Thomas dio un paso y se le acercó.

Al ver que ella no retrocedía, le tomó las manos y entrelazó los dedos con los suyos.

La sencillez del momento hizo que una corriente eléctrica le recorriera la columna vertebral.

Atrayéndola más hacia él, Thomas apoyó la frente contra la suya.

— Me gustas —repitió, con más intensidad esta vez.

Vivienne bajó la vista hacia sus manos, entrelazadas a la perfección entre ambos.

¿Cuántas veces se había imaginado esto mientras estaban sentados en silencio en el sofá, con el espacio entre ellos haciéndose cada día más pequeño?

¿Cuántas noches había pasado en vela deseando ser el tipo de persona que amaba sin reservas?

Pero Vivienne sabía que eso no era posible. Ella nunca sería esa chica. Apartó las manos de las de Thomas.

— No importa.

—¿El qué no importa? —La mirada de Thomas se volvió turbulenta.

— Si te gusto o no. No podemos estar juntos.

Él la miró fijamente durante lo que duró un latido, dos; y esa mirada que había en sus ojos casi quiebra su valor. En voz más baja, Thomas dijo:

—¿Crees que no lo sé? ¿Crees que cada vez que te miro no sé que nunca serás mía?

«Mía». La palabra tintineó en el silencio.

— Porque soy un monstruo —supuso ella, mientras parpadeaba tratando de controlar las lágrimas—. Porque la muerte vive en mí .

—No —replicó él—. Porque eres disciplinada, inteligente, tienes contactos y el mundo entero a tus pies, mientras que yo tendré que pasar el resto de mi vida haciendo trabajos de mierda para conseguir llegar a fin de mes. Mírame. Mira a tu alrededor. No puedo darte nada que no tengas ya.

Ahora fue ella la que se quedó mirando fijamente a Thomas, sin aire en sus pulmones.

—Así que, sí, lo sé, Vivienne —siguió él—, no hace falta que me lo recuerdes.

Vivienne se puso de puntillas y lo calló con un beso, posando sus labios sobre los de él sin pensar.

Thomas se quedó congelado durante un instante, sorprendido, y después la atrajo hacia él con una urgencia que la desarmó.

No fue como las otras veces, como aquellos momentos robados en habitaciones soleadas o en rincones escondidos.

Esta vez solo estaban ellos dos y una noche infinita por delante.

Esta vez se encontraron en un choque de dientes y de lenguas que le hizo ver las estrellas.

Thomas no se contuvo. La acarició por todas partes, dejándole las huellas de sus dedos por la mandíbula, las clavículas y la nuca.

Un tirón repentino en su garganta la llevó a ahogar un grito en los labios.

Se separaron, y los ojos de Thomas brillaron en la oscuridad mientras enroscaba un dedo en la cadena que ella le había robado aquel día en su habitación.

Sin aliento, la sacó de debajo de la camiseta de Vivienne.

El medallón destelló mientras oscilaba bajo la luz. Los ojos de Thomas viajaron a los suyos. Su mirada era tan oscura como el océano más profundo.

—Ahora dímelo tú —le ordenó él.

— ¿Decirte qué?

—Dime que te gusto.

— A mí no me gustas —signó Vivienne. Yo te quiero , pensó.

—Vaya, ladrona y mentirosa. —Thomas dejó caer el medallón—. Te ayudaré. Repite conmigo: «Me gustas, Tommy».

Vivienne negó con la cabeza, pero él no se rindió.

—Puedes hacerlo —la persuadió—. No me harás daño. Estoy bastante seguro de que soy inmune.

Vivienne quiso decirle que hacía semanas que llevaba su nombre en la boca. Quiso admitir que lo pronunciaba todo el tiempo cuando no había nadie a su alrededor que la oyera. Pero estaba aterrada, aterrada.

¿Y si la última vez solo había sido un golpe de suerte? ¿Y si esta vez lo mataba?

Al ver que se quedaba callada, él lo dejó estar. La luz de la luna se reflejó en los ojos de Thomas mientras agachaba la cabeza para besarla donde se unían su cuello y su hombro.

Después de eso, Vivienne registró cada momento como si fueran vívidos estallidos de consciencia.

Las manos de Thomas en su pelo. La boca en su garganta.

El suave movimiento del colchón bajo su espalda y los latidos acelerados del corazón de Thomas en las puntas de sus dedos.

Ahí fue cuando ella encontró la valentía, que yacía enterrada en el silencio de la medianoche.

—Tommy —susurró en la oscuridad.

Él se puso tenso y se apartó lo justo y necesario para poder verle la cara. Vivienne alargó la mano y relajó la arruga de la frente de Thomas con el pulgar.

—Tú también me gustas. —La confesión brotó en un susurro.

—Pues claro. —La boca de Thomas se abrió en una sonrisa—. ¿Y a quién no?

Cuando por fin se quedaron dormidos, lo hicieron agarrados de la mano. Por primera vez en mucho tiempo, Vivienne no tenía miedo.