La muerte vive en mí 24 Vivienne
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24 Vivienne

P ara sorpresa de Vivienne, Reed estaba allí. Se lo encontraron en el sótano arreglado de los Turner, repantigado en el lujoso cuero de una silla gamer con un mando en la mano. Al ver a Vivienne, pausó el juego y se puso en pie como un resorte, colgándose los cascos del cuello.

—Joder, Viv.

— Parece peor de lo que es —signó ella, aunque no estaba segura de que eso fuera verdad.

Con cada latido de su corazón, Vivienne sentía que una cascada de sangre le caía por el lateral de la cara; la pierna seguía chillándole de dolor; y su abdomen tenía latido propio.

Rodeado por el halo rojo de su avatar, que estaba a punto de morir, Reed tampoco es que tuviera mucho mejor aspecto.

Tenía un corte muy feo en el puente de la nariz y la zona de las ojeras inflamada y de un intenso color violeta.

— ¿Y a ti qué te ha pasado?

—¿Esto? —Se tocó la nariz con el dedo—. Puedes agradecérselo a tu novio. Se puso en modo John Wick cuando te largaste.

Algo revoloteó en su estómago, ligero como una mariposa y el doble de etéreo. Vivienne lo aplastó de inmediato.

—Necesita un sitio donde quedarse —dijo Hudson—. Le he dicho que puede pasar aquí la noche.

—¿Dónde está Grayson? —dijo Reed con el ceño fruncido.

Vivienne negó con la cabeza.

—Mierda. —Reed se pasó una mano por encima de la cabeza—. A ver, tampoco puedo decir que no me lo hubiera visto venir. ¿Y tú estás bien?

— Estaré bien.

—¿No puedes quedarte con Walsh?

— No —signó, pellizcando el aire con los dedos.

—Entiendo. —Reed entrecerró los ojos.

—Hablando de Walsh —tanteó Hudson—, ¿dónde está?

Vivienne no quería reconocer que probablemente Thomas estaba de vuelta en Massachusetts con los bolsillos llenos de dinero y una copia del acuerdo de confidencialidad en la guantera. No quería admitir que todas y cada una de las cosas perfectas que él le había dicho podían haber sido una mentira.

Con una mueca de dolor, levantó los dos pulgares.

— Está vivo —interpretó Reed.

—Sé lo que quería decir —dijo Hudson, aún estudiándola con reservas—. Pero no te he preguntado en qué estado lo dejaste, Vivienne. Te he preguntado dónde está.

— ¿Por qué quieres saberlo?

—Porque no quiere volver a verlo en esta casa después de la que armó la última vez —respondió Reed sin molestarse siquiera en interpretarla.

Vivienne quiso preguntar qué era lo que había hecho, pero hablar de Thomas era como una herida reciente: estaba demasiado fresco como para tocarlo.

En su lugar, signó:

— No volverá.

Reed se recostó sobre la silla con una sonrisa mordaz.

—¿Estás segura de eso? Yo tampoco pensaba volver después de toda la mierda que ha pasado y, mira, aquí estoy.

En el piso de arriba, alguien aporreó la puerta principal. El ruido retumbó por toda la casa, haciendo que los perros se pusieran a ladrar.

—Me apuesto lo que quieras a que ese es Walsh —dijo Reed, mientras volvía a ponerse los cascos.

Hudson miró a Vivienne a los ojos a través de la tenue luz de la lámpara.

—Tengo que reconocérselo —dijo Hudson, chistoso—, la sincronización ha sido impecable.

Thomas no miró a Vivienne ni una sola vez mientras se abría paso en el vestíbulo de los Turner.

Se quitó a los perros de encima, con cuidado pero con firmeza, y pasó a la sala de estar que se encontraba justo al lado de la entrada.

La casa de los Turner era prácticamente un coloso, cuyos techos artesonados se elevaban más de tres metros, pero aun así Thomas parecía llenar y llenar el espacio, hasta que no quedaba nada más que él.

Vivienne no estaba segura de si siempre había eclipsado las habitaciones de este modo o si solo era su percepción.

Si quizás era porque él la había consumido hasta tal punto que todo lo demás se empequeñecía a su alrededor.

Vivienne deseó que él la mirase.

Pero no lo hizo.

Thomas se puso a mirar por los amplios ventanales frontales voladizos, comprobó sus cerrojos varias veces y corrió las cortinas de un tirón.

—Pasa, hombre —dijo Hudson, irónico—, como si estuvieras en tu casa.

—No le abras la puerta a nadie —dijo Thomas, comprobando otro de los cerrojos.

—Ah, no, no te preocupes —le aseguró Hudson—. Ya me arrepiento de haberos dejado pasar a los dos últimos que habéis venido.

—Voy en serio, Turner.

—Por Dios, Walsh, lo pesco: no le abriré a nadie. —Apoyó la cadera en una mesita auxiliar y la cara se le iluminó desde abajo con la luz de una lámpara Tiffany—. ¿Vas a contarnos qué es lo que ocurre?

Thomas respondió a su pregunta con otra:

—¿Están tus padres en casa?

—No —dijo Hudson—. ¿Por qué?

Thomas fue rápidamente hasta la siguiente habitación que, por su aspecto, era un despacho, minimalista y limpio. Diligentemente, repitió el mismo proceso. Cerrojo. Cortina. Siguiente ventana. Vivienne y Hudson lo seguían, ahora hombro con hombro bajo las puertas francesas dobles.

Thomas cerró otra cortina.

—¿Está Connolly aquí?

—En el piso de abajo —dijo Hudson—. No ha querido subir. Ahora mismo, no es que seas su persona favorita.

—Él tampoco es la mía —le aseguró Thomas. Se giró para mirar directamente a Hudson—. No dejes que se marche.

—¿Y eso?

—Hay gente por ahí. —Volvió a cerrar otra cortina—. Podrían estar buscándolo.

Hudson endureció la mirada, desconfiado.

—¿Qué tipo de gente?

—Gente mala —soltó, brusco, Thomas, cuya paciencia se estaba agotando—. Creo que son miembros de la Casa de Hades.

—¿De ese club de pringados de internet? —preguntó Hudson.

—Estos tíos eran diferentes —dijo Thomas.

—¿En qué sentido?

—No sé, Turner, no parecían ser los típicos a los que les gusta jugar a los demonios. ¿Puedes conseguir que Reed se quede en tu casa o no?

Hudson observó a Thomas con cara de pocos amigos durante unos segundos.

—Sí, creo que puedo convencerle para que se quede.

—Bien. Vámonos, Vivienne.

El sonido de su nombre la atravesó, chisporroteante, como si hubiera acercado una cerilla a la mecha de unos fuegos artificiales. Captó su atención de golpe y le aceleró el corazón. Thomas aún no la había mirado, pero estaba agarrando las correas de los perros y dirigiéndose hacia la puerta.

—Creo que todavía es seguro —dijo Thomas. Se detuvo en la puerta y observó el exterior por las estrechas ventanas laterales—. Tenemos que irnos ya.

La camioneta de Thomas estaba aparcada fuera, a unos pocos pasos bajando la calle.

Sin decir ni una palabra, Thomas ayudó a Vivienne a subirse al asiento del copiloto y tiró su bolsa de danza en los asientos traseros.

El interior del vehículo estaba desgastado pero limpio.

No estaba desordenado, ni hecho un desastre.

Un rosario azul colgaba del retrovisor interior.

Se balanceó como un péndulo en cuanto Thomas arrancó y empezó a desplazarse por la calle.

Condujeron en silencio. Los únicos ruidos que había eran el zumbido del motor y el viento golpeando el capó una y otra vez.

Molly y Judd dormitaban uno encima del otro en el estrecho asiento trasero con las orejas levantadas, la única señal de que estaban atentos por si había problemas.

Por las ventanillas, la autopista pasaba volando en anchos parches oscuros, interrumpidos por rápidos destellos blancos aquí y allá.

En el cristal, Vivienne seguía sin tener reflejo.

Alargó la mano y puso un dedo en el lugar donde debería estar su cara, estirada como un caramelo blando por el efecto de la curvatura del cristal de la ventanilla del coche.

Pero no había nada más que oscuridad, oscuridad, oscuridad, y la distante franja del quitamiedos que se veía en caprichosas ráfagas grises.

Vivienne se recostó hacia atrás y vio que Thomas la estaba observando por el rabillo del ojo, con los músculos de la mandíbula contraídos.

Los ojos de este volvieron a la carretera de inmediato.

Sus nudillos estaban blancos en el volante.

Si Thomas se había percatado de la ausencia de su reflejo, no se lo dijo.

De hecho, no dijo nada en absoluto.

— ¿Dónde vamos? —preguntó Vivienne, cuando llegaron a un tramo bien iluminado de la autopista.

—A un lugar seguro —respondió él.

Ya no dijo nada más.

Pasó una hora. Y otra. El cartel de Massachusetts se deslizó a su lado en una ráfaga azul. Thomas se mantuvo dentro de los límites de velocidad, e iba mirando intermitentemente por los retrovisores. Tras ellos, la carretera estaba vacía.

Ya era más de medianoche cuando Thomas aparcó el coche en un camino de entrada invadido por un césped demasiado crecido.

Estaban a unos quince minutos de la autopista, perdidos en una plana zona residencial con casas de dos plantas en diferentes estados de abandono.

Frente a ellos, unas cuantas lámparas solares iluminaban un camino de adoquines destartalado por las malas hierbas.

En el porche, una lámpara llena de telarañas colgaba torcida de su sujeción, roja por el óxido.

A través de una ventana con mosquitera, se veía una televisión que parpadeaba, iluminando una pared adornada con diversos marcos de fotos desparejados y un sofá lleno de bultos rodeado de plantas de interior con las hojas lacias.

Thomas le abrió la puerta del copiloto, con los perros erguidos y alertas a su lado.

—Vamos.

— ¿Esta es tu casa? —signó Vivienne, pero él no la vio. Thomas estaba echando un vistazo a la oscura carretera mientras un coche pasaba de largo por la calle de al lado.

—Venga —dijo él, con una tensión en su voz que ella no reconoció—. Rápido.

Thomas la guio por el camino, maldiciendo en voz baja todas las veces que Judd y Molly pararon a aliviarse en las descuidadas azaleas.

Justo acababan de llegar a la puerta principal cuando esta se abrió de golpe.

Enmarcada por el brillo de la televisión, había una chica que no tendría más de quince años.

Era alta y delgada, estaba en posición de ataque, y llevaba el pelo en un moño despeinado y una camiseta con dibujo tres tallas más grande.

—Estamos en plena noche —dijo la chica, con una voz que rezumaba tanto veneno que Vivienne se sorprendió de que no los hubiese fulminado ahí mismo.

Thomas la apartó de en medio sin decir ni una palabra, apañándoselas para meter a Vivienne y a los perros por la puerta en un único movimiento.

Cerró de un portazo y echó el pestillo. Estaban en un salón de techos bajos y molduras desparejadas, en el que las paredes eran un despliegue de colores vivos.

Entre la cálida luz del salón y la estrecha cocina de suelo vinílico colgaba una solitaria pancarta caída que decía: ¡feliz cumpleaños!

—Cierra las cortinas —le dijo Thomas a la chica, mientras echaba un vistazo fuera por la mirilla.

La chica —la hermana de Thomas, supuso Vivienne— se mostró completamente indiferente al tono de su hermano.

—Lo prometiste, Tommy.

—Cierra las cortinas, Tess.

— Prometiste que no te perderías tu cumpleaños. Hicimos cupcakes .

En la puerta, Thomas apoyó la frente contra el marco.

Cerró los ojos y dejó escapar un solo suspiro para tranquilizarse.

Levantó el puño y dio tres golpes en la pared, lentos, pero firmes.

Pum, pum, pum . Y entonces, con una presteza alarmante, se acercó hasta las cortinas y las cerró de un tirón.

A continuación, se dio la vuelta para mirar a su hermana.

—Siento mucho —dijo, hablando lento y claro— haberme perdido mi cumpleaños.

—Te hemos guardado un cupcake —dijo Tess, aunque con un poco de mala gana—. ¿Qué te ha pasado en el ojo?

—No te preocupes por eso.

La hermana de Thomas lo siguió hasta la cocina.

Vivienne, que se sentía un poco fuera de lugar y extremadamente asustada, los seguía a su vez, como si fuera un molesto fantasma.

Observó a Thomas ponerse de puntillas para echar el cerrojo de la ventana que había justo encima del fregadero, que estaba abarrotado de platos.

Sobre la encimera laminada había un plato de cerámica decorado con pequeñas huellas de manos de color azul.

En el borde, alguien había pintado: «Tommy, 3 años».

En medio del plato había un cupcake solitario con una vela encima, que ya se estaba torciendo hacia el lado por el que la cobertura había empezado a derretirse.

—¿Has vuelto a meterte en una pelea? —preguntó Tess, siguiendo a Tommy los pocos pasos que los separaban de la puerta de atrás.

Él forcejeó con el pomo para asegurarse de que también estaba cerrada—.

Porque si lo has hecho, mamá te va a matar.

Y luego te sentirás fatal porque el esfuerzo que le costaría matar a alguien de tu tamaño la dejaría hecha polvo un mes.

¿Eso es lo que quieres, Tommy? ¿Qué te reconcoma la culpa toda la eternidad?

Thomas se giró rápidamente y agarró a su hermana del hombro con firmeza.

—Tessa.

Ella no dio su brazo a torcer.

—Tommy.

—Vete a terminar la película.

—No quiero —dijo ella, animadamente—. Esto es mucho más interesante. ¿Esta es tu novia?

Thomas se quedó visible y dolorosamente inmóvil.

Siguió sin mirar a Vivienne, pero esta vez, ella pudo sentir cómo él intentaba deliberadamente no mirarla.

Como si ella fuera lo único de lo que él estaba pendiente, como si todas y cada una de las células de su cuerpo le estuvieran incitando a girarse y mirarla a la cara.

—No —dijo él, finalmente. Sonó forzado.

—Está sangrando —apuntó su hermana—. ¿Habéis tenido un accidente con el coche?

Thomas pasó a su lado con el ceño fruncido y abrió un armarito. Rebuscó entre los contenidos hasta que sacó un botiquín.

—¿Te vas a comer el cupcake ? —preguntó Tess, mientras lo seguía de vuelta al salón—. Lleva fideos de colores.

—Me lo comeré luego —dijo Thomas—. Vamos, Vivienne.

Vivienne se quedó de pie sola en la oscuridad de la cocina.

Quería preguntarle a Thomas por qué la había traído aquí, por qué le había abierto las puertas de su casa así, después de lo intencionadamente horrible que ella había sido con él.

Vivienne sintió como si él se hubiese abierto en canal y ella estuviera viendo directamente su corazón, lo que era cruel, cruel, cruel, porque ¿cómo se suponía que iba ella a evitar quererle ahora?

—¿Vivienne? —Tessa fue a por ella, mirándola con sus grandes ojos claros—.

¿Ese es tu nombre? Es bonito. En fin, mi hermano está haciendo una exhibición de su clásico comportamiento de bicho raro, así que, ¿podrías decirme tú si habéis tenido un accidente?

¿Un choque múltiple con otros diez coches, quizá?

¿Es por eso por lo que se ha perdido su cumpleaños ?

—Déjala en paz —dijo Thomas, atravesándola con la mirada.

Tuvieron una breve pero silenciosa conversación entre hermanos, de las que hacían que Vivienne fuese muy consciente de lo tremendamente solitaria que había sido su infancia, y después, Thomas, que había salido victorioso, avisó—: Estaremos en mi habitación.

No les des comida de la nevera a los perros.