23 Vivienne #3
— Pero tengo que hablar con tu padre —signó Vivienne, justo antes de ponerse a rebuscar la carpeta con los informes en su bolsa. La sujetó debajo del brazo y añadió—: Necesito darle esto. Es importante.
—Entonces puedes dárselo en comisaría —dijo Hadley—. Mañana, cuando esté trabajando. Ahora no está de servicio.
Le cerró la puerta de golpe en la cara.
En el jardín, los aspersores se apagaron.
La luz del porche también. Hasta las polillas huyeron en desbandada, desperdigándose por la oscuridad como si hubieran sentido que un depredador andaba cerca.
Vivienne sacó un bolígrafo de la bolsa y escribió una nota en la tapa de la carpeta: «Los he encontrado en el despacho de Philip Farrow.
Pensé que te resultarían interesantes». Cuando hubo terminado, metió la carpeta en el buzón.
Vivienne esperó que con eso fuera suficiente.
Tras convencer a los perros para que se levantaran, Vivienne se dirigió hacia el camino de entrada. La vasta cúpula de luz de estrellas ya no le resultaba grande y tentadora. Ahora le parecía que se burlaba de ella. Nunca se había sentido tan pequeña. Nunca se había sentido tan sola.
Había recorrido la mitad del camino de entrada cuando vio que se encendían los faros delanteros de un vehículo.
Había un coche parado varias casas más abajo, y sus luces la enfocaban de lleno. En el extremo de la correa, Molly se quedó inmóvil como una estatua. Olfateó el aire, con el pelo del lomo erizado. Judd soltó un ladrido inquisitivo.
Los faros se apagaron.
Con un tirón, Vivienne instó a Molly a que caminase más rápido.
Aceleraron el ritmo, tanto que el medallón de Thomas empezó a oscilar como un péndulo contra su esternón.
La tira de la bolsa de danza se le clavaba en el hombro.
No sabía a dónde iba. A casa de Frankie, quizá, aunque ese era un trayecto mucho más largo.
El coche arrancó y avanzó por la calle. Con las luces apagadas, empezó a seguirla.
Por la acera, Vivienne apretó aún más el paso.
Cuando giraba, el coche también giraba. Y cuando salió de la urbanización, el coche hizo lo mismo.
Las casas que la rodeaban ahora estaban más dispersas, con los solares repartidos por colinas empinadas y valles inclinados.
Casas amarillas y grises idénticas se amontonaban en parcelas de césped aplanadas artificialmente.
Dobló una esquina hasta llegar a una calle más antigua, donde se detuvo en seco. Allí había otro coche parado en medio de la carretera. Oyó cómo se cerraba una puerta y, en la penumbra, la figura de un hombre empezó a materializarse. A duplicarse. A triplicarse. De repente, había cuatro hombres.
Los dos perros empezaron a ladrar.
—Estamos buscando a la chica responsable de la muerte de Jesse Grayson —dijo uno de ellos. Vivienne no reconoció la voz—. Tú encajas con la descripción.
—No la incites a hablar —dijo otro—. A menos que quieras sacarte los ojos con tus propias manos.
La atravesó un miedo serrado. Se echó hacia atrás, tirando de los perros hacia ella al mismo tiempo. El coche que estaba a su espalda encendió las luces. El que tenía delante lo imitó. Vivienne estaba atrapada entre los faros, con el corazón latiéndole desbocado en el pecho.
A su derecha había un ancho muro de rocas, restos que los obreros dejaron en su día tras detonar los explosivos en las colinas para construir la carretera.
Y a su izquierda, había una acera de hormigón y, justo al otro lado, un barranco, profundo y oscuro.
Descendía hasta una zona boscosa llena de tocones y pinos. Vivienne podía despistarlos allí.
—El presidente te ha estado buscando —dijo el hombre que estaba más cerca de ella—. Ya es hora de ir a casa.
Justo delante de ella, saltó la alarma del coche. Las luces destellaban mientras el vehículo emitía unos estridentes pitidos. Los hombres giraron en seco, sobresaltados por semejante interrupción. Detrás de ella, al segundo coche le pasó lo mismo. Judd se les unió, con un aullido alto y claro.
Vivienne no se cuestionó aquel repentino golpe de suerte, sino que aprovechó la oportunidad y se lanzó barranco abajo, tirando de los perros con ella.
Molly y Judd demostraron más agilidad de la que podía haberse imaginado y ella, en la oscuridad, había subestimado la pendiente.
Cayó en picado por la ladera hasta chocar contra el suelo tan fuerte que le temblaron los huesos.
Se golpeó la sien contra una roca y vio las estrellas. Saboreó las estrellas.
Una nariz húmeda la olisqueaba por el pelo.
Una segunda se apretaba contra su oreja y gruñía y chascaba los dientes.
«Levántate», parecía decirle. «Muévete».
Vivienne se tambaleó hasta ponerse en pie, con la pierna derecha chillando del dolor, y se lanzó hacia los árboles cojeando.
Por encima de ella, en la calle, las alarmas de los coches se habían apagado. Ahora la noche estaba llena de gritos.
Echó a correr, con los perros arrastrándola tras ellos, tropezándose con las raíces y las zarzas. Cuando por fin salió de los árboles, con arañazos de las ramas y respirando con dificultad, Vivienne se encontraba en un barrio que reconoció.
Las imponentes mansiones de estilo georgiano emergían de entre la oscuridad como Goliats, iluminadas con focos amarillos. Vivienne no redujo el paso, y los perros tampoco, que siguieron tirando de ella más rápido de lo que se sentía capaz, hasta que le entró el flato.
Vivienne no se detuvo hasta que tuvo la casa familiar de Hudson Turner a la vista. A punto de desplomarse, aporreó la puerta mientras rezaba por que los padres de Hudson estuvieran haciendo el turno de noche en el hospital.
La puerta se abrió y apareció Hudson, con la camiseta a medio poner y los pantalones de chándal con puños en los tobillos.
Tenía los ojos adormilados, como si hubiese estado profundamente dormido.
El chico le echó un vistazo, reparando en el hilillo de sangre de la frente y en su ropa manchada de barro.
—Debería darte un portazo en la cara —dijo—. Es lo que te mereces.
Vivienne quiso decirle que lo sentía. Que sentía haberle mentido, que sentía haberle hecho daño.
Que sentía haberle hecho partícipe de su plan.
Que sentía mucho todo: cómo había empezado y cómo había acabado.
Y también todo lo que había sucedido entre medias.
Pero no podía decirle nada de eso, claro.
No lo entendería. Vivienne solo pudo mirarlo a los ojos y esperar que Hudson decidiera qué iba a hacer con ella.
Finalmente, dijo con un gruñido:
—Supongo que ambos somos un poco culpables de utilizar al otro, ¿no?
Vivienne se quedó quieta y se permitió tener esperanza. Con los hombros hundidos, él abrió la puerta del todo.
—Venga, pasa —dijo—, que están entrando los bichos.