23 Vivienne #2
—Yo pensaba que tu padre me amaba tanto como yo lo amaba a él —dijo su madre—, pero él tenía una mujer y dos hijos pequeños en casa.
No quiso abandonarlos. Solicitó un traslado y se fue a otro bufete en Boston para estar más cerca de su familia.
Había permitido que todo mi universo girara en torno a él, mientras que yo no había sido nada más que una estrella fugaz en el suyo.
Me quedé sola en Nueva York, recién embarazada.
Aterrada. Philip dio un paso al frente. No tenía por qué hacerlo.
No había nada que le obligase a ello. Pero aquí estamos.
Él nos ha dado un hogar. Se quedó a nuestro lado incluso cuando ocurrió lo impensable.
Vivienne. Vivienne era lo impensable. Su silencio. Su terquedad. Su rostro en el espejo. Su voz, maldita y dañina. Escucharlo le había dolido más de lo que debería.
—Deberías estar agradecida —dijo su madre.
Agradecida por pasar su vida dentro de una jaula. Agradecida porque la usaran como arma. Agradecida por tener que ser siempre servil, bonita y callada. Por tener que mantener la cabeza baja y los dientes afilados, listos para matar cuando se lo ordenaran.
Debería estar agradecida por no poder ver a Thomas Walsh nunca más.
Cuando su madre por fin se marchó, fue un alivio. Vivienne se dirigió al baño, con los perros siguiéndola en silencio hasta dentro. El espejo se extendía por la pared, su superficie plana y tranquila como un lago.
Nada le devolvía la mirada.
No había unos ojos malvados, no había una sonrisa demasiado afilada. El espejo estaba vacío.
«¿Dónde estás?», preguntó en voz alta. Su voz era áspera, como la grava, machacada, como si hubiera pasado por un mortero. «Ven y mírame a los ojos».
Si la criatura la escuchó, no le contestó.
«Cobarde», dijo Vivienne en voz alta, aunque no tenía claro a quién se refería.
Si a la criatura o a la chica.
Exhausta, se dejó caer sobre la puerta hasta cerrarla y se levantó el dobladillo de la camiseta del pijama.
La costra formaba una horrible media luna de escamas oscuras y brillantes que le atravesaba el abdomen.
Parecía más grande esta noche, como si la cosa horrible que llevaba dentro, fuera la que fuera, la estuviera devorando poco a poco desde su interior.
Rápidamente, volvió a ponerse bien la camiseta.
No podía hacer esto. No podía sentarse a esperar sin hacer nada, mirando al espejo hasta que algo la mirase de vuelta. No podía hacer el papel de hija obediente y de arma letal hasta que no quedase de ella nada más que un último aliento.
Entonces, en pleno ocaso, un retorcido pensamiento le vino a la mente. Philip sí tenía razón en algo de lo que había dicho: ella nunca había sido la damisela, siempre había sido el monstruo.
Y, por lo tanto, se comportaría como tal.
Decidida, volvió a su habitación, se quitó el pijama y se vistió, y metió algunas de sus cosas en una de sus viejas bolsas de danza. Molly y Judd la rodeaban mientras ella se movía, inquietos y confusos.
Entre el desorden de su tocador, encontró una familiar maraña de oro blanco.
La levantó para inspeccionarla, y un medallón giró ante sus ojos.
En él, se veía a un ángel alado de perfil empuñando una espada.
Vivienne lo había robado de la habitación de Thomas el día en que lo besó.
No pretendía hacerlo, pero se fue de allí tan presa del pánico que ni siquiera se dio cuenta de que lo llevaba puesto hasta mucho tiempo después de haber huido.
Para entonces, se había sentido demasiado humillada como para ir a devolvérselo.
Pasó la yema del pulgar por las palabras que había grabadas en el borde.
«San Miguel, protégenos».
En un impulso, Vivienne se colgó la cadena al cuello.
El medallón estaba frío y le pesaba sobre el pecho.
En cuanto hubo terminado, se sentó en el balcón y vio cómo se ponía el sol.
El cielo estaba tan lleno de color que parecía una baya madura.
Poco a poco este fue desapareciendo hasta que solo quedó una oscuridad aterciopelada.
La humedad se asentó en el ambiente y el aire trajo consigo una frescura que indicaba que el otoño estaba a la vuelta de la esquina.
Sobre el camino de la entrada ya habían caído las primeras hojas de los arces, que se doblaban sobre sí mismas como oscuros brotes moribundos.
En el piso de abajo, la casa fue acallándose lentamente.
Vivienne contaba con varios aspectos que jugaban a su favor.
En primer lugar, Philip nunca terminaba el día sin tomarse una copa.
Si estaba estresado, y siempre solía estarlo, se tomaba hasta dos.
De igual manera, su madre nunca se iba a la cama sin haberse tomado una pastilla para el insomnio y varias copas de riesling bien fresco.
Ambos estarían profundamente dormidos en un santiamén, lo que significaba que ninguno se daría cuenta cuando Vivienne se colase en el despacho de Philip.
Para cuando por fin bajó las escaleras, la oscuridad era total.
Los perros la siguieron como dos silenciosos espectros, flanqueándola uno a cada lado.
Su madre estaba en su habitación, con la puerta cerrada con pestillo y las luces apagadas.
Philip estaba en la sala de estar, con un vaso sobre la tripa y la barbilla apoyada sobre el pecho. Dormitando, pero con sueño ligero.
Vivienne tendría que ser muy silenciosa.
Afortunadamente, se había vuelto muy muy buena en lo de ser silenciosa.
Se deslizó de lado por la puerta del despacho, agradecida por la luz de la luna que se filtraba por la ventana.
No podía arriesgarse a encender ninguna lámpara.
Dejó su bolsa en el suelo, se sentó en la silla del escritorio de Philip y empezó a palpar por la parte de debajo de la madera hasta que sus dedos dieron con un botón bien escondido.
Justo encima del cajón superior, se abrió de golpe un pequeño compartimento.
Sacó los papeles que su padrastro guardaba dentro, sabiendo lo que iba a encontrar en ellos. Se mentalizó. En una pila ordenada cronológicamente había varios informes forenses sellados. Las presas de Philip. Las víctimas de Vivienne.
Si el periodista estaba en lo cierto, todos ellos habrían tenido las mismas toxinas en la sangre cuando murieron.
Si estaba en lo cierto, había pruebas. Quizá las suficientes para abrir un caso.
Se le cayó el alma a los pies al ver tantos nombres: reconoció algunos, aunque la mayoría no.
Todas estas personas habían sido lo bastante cercanas.
La habían llamado muñeca , le habían dado caramelos, le habían enseñado cómo poner el cebo en el anzuelo o cómo usar una sonda de pesca para encontrar peces.
Y, a cambio, ella cantó para ellos.
Dulce como un pájaro.
Los dos últimos nombres de la pila la dejaron helada. Mikhail Popov, a quien sacaron del estuario. Bryce Donahue, fallecido al llegar al hospital. Guardó todos los informes en la bolsa y cerró el compartimento. Después, se fue tal y como había entrado. En silencio.
Ya en la puerta principal, Vivienne se quedó parada en el umbral mirando al cielo nocturno, que centelleaba sobre ella como una cúpula plagada de estrellas brillantes como diamantes.
Agarró las correas con más fuerza y avanzó hasta el camino de la entrada.
Molly y Judd salieron corriendo hacia el césped para aliviarse.
Ella se quedó inmóvil y esperó a que el sufrimiento la golpease: a que llegase ese dolor sordo de la desobediencia, esa sensación desgarradora de la insubordinación.
Pero no ocurrió nada. Philip le había dicho que no podía salir sin compañía.
No había tenido en cuenta a los perros.
Pese a las horas y horas de carísimo entrenamiento, a Molly y a Judd se les daba fatal pasear.
Se abalanzaban sobre cada conejo, cada hoja y cada sombra que veían, tirando de Vivienne con las correas.
Sobre su cabeza, el brillo de las farolas se tragó por completo el firmamento.
No pasaba ningún coche. Afortunadamente, reinaba el silencio.
Hadley Appelbaum vivía al otro lado de la urbanización cerrada, en una preciosa casa de ladrillo con molduras blancas y contraventanas negras.
Los aspersores estaban encendidos y, cuando Vivienne dejó que los perros la arrastraran entre ellos, el fresco beso del agua sobre su piel la hizo tiritar.
Para cuando llamó a la puerta principal, estaba calada hasta los huesos.
Se encendió una luz por encima de su cabeza y Hadley abrió la puerta, ya sin arreglar, con una bata de seda y unos rulos.
—Oh —dijo—, pensaba que eras el repartidor de pizza.
— ¿Puedo pasar? —signó Vivienne—. Necesito darle algo a tu padre.
—No sé… —dijo Hadley, mirando a Judd y a Molly—. A mi madre le daría algo si dejo que los perros entren en casa.
— Seré rápida —prometió Vivienne.
Pero Hadley no abrió la puerta. La mantuvo entornada, como una barrera entre ambas.
—¿Tienes idea de lo que me has hecho pasar? —preguntó de repente—. Frankie y yo pensamos que te habían secuestrado . ¿Sabes el miedo que pasamos? Hablamos con Hudson y nos dijo que tú misma lo habías planificado todo. Todo. Que solo fue una broma.
— No fue una broma —signó Vivienne, desanimándose por momentos.
—Ah, entonces, ¿no fuiste tú el cerebro que orquestó el asalto con pistolas de paintball ?
Vivienne no respondió. ¿Qué podía decir que no la hiciese sonar culpable? Era culpable. Pero sus razones para haberlo hecho solo alejarían aún más a Hadley.
—Justo lo que yo pensaba —dijo Hadley, cuando Vivienne no dijo nada—. Por cierto, los patéticos de tus amigos me destrozaron el vestido. Ni siquiera en la tintorería han podido salvarlo.
— Te lo pagaré —signó.
—No te molestes —dijo Hadley—. Mira, Viv, te quiero y, si lo estás pasando mal por algo, lo siento. De verdad que lo siento. Pero todo esto ha sido muy duro para mí. Creo que lo mejor será que te vayas a casa.