La muerte vive en mí 23 Vivienne
76%

23 Vivienne

V ivienne estaba tumbada boca abajo con una almohada de satén impoluta sobre la cabeza. No le estaba sirviendo de mucho para amortiguar el ruido que hacía su madre al llamar a la puerta.

Amelia llevaba casi un cuarto de hora aporreándola sin parar. Podía quedarse ahí fuera toda la noche si quería. Vivienne no pensaba abrirle. Quería estar sola, lamerse las heridas en privado.

Se merecía eso, al menos.

En el borde de la cama, Judd empezó a gimotear.

Vivienne alargó la mano y lo acarició entre las orejas para calmarlo, hasta que el perro dejó de arrugar la frente.

A su lado, Molly roncaba ligeramente. Le había costado casi una hora conseguir que se metieran en la bañera, y otra limpiarles la sangre de los hocicos.

Horas más tarde, aún seguían empapados, con el pelaje reluciente como el de una foca.

Si su madre se enterara de que los había dejado subirse así a la cama, le daría un infarto.

Fuera, en el pasillo, los aporreos se detuvieron de forma abrupta.

Fueron reemplazados por la voz de Philip, grave y furibunda.

—¿Qué demonios está pasando aquí? Te he mandado para arriba hace quince minutos. ¿Es que no eres capaz de controlar a tu propia hija?

—Se niega a abrir la puerta —se quejó su madre.

Vivienne se volteó hasta quedarse tumbada sobre la espalda y se apretó la almohada sobre la cara justo cuando un puño empezaba a aporrear con fuerza la puerta de nuevo.

—¡Vivienne! ¡Abre inmediatamente!

—Ha cerrado con pestillo —dijo Amelia, envalentonada por la ira de Philip ahora que ya no iba dirigida contra ella—. La he oído hacerlo.

Se escucharon más aporreos, aún más fuertes que los primeros.

Cuando era muy pequeña, antes de lo del desfiladero, Vivienne solía tener pataletas cuando no conseguía lo que quería. Se plantaba en medio de la habitación, se tapaba los oídos con los dedos y aguantaba la respiración hasta que se ponía de color morado.

Se preguntó si habría aprendido ese truco de Philip.

Molesta por el alboroto, Molly empezó a ladrar. Judd pegó las orejas a la cabeza.

—Sé que estás ahí dentro —dijo Philip en voz tan alta que parecía que había pegado la cara justo en la rendija de debajo de la puerta— y sé que me oyes, así que escúchame con atención: si quieres volver a ver a Thomas Walsh con vida, ya puedes ir abriendo la puerta.

La esperanza floreció, atroz, en su pecho, aunque sabía que no tenía derecho alguno.

Thomas vendría a por ella.

Después de todo lo que ella había dicho, de todo lo que había hecho, él vendría.

Justo como le había prometido que haría.

Vivienne se bajó de la cama de un salto, se dirigió a la puerta y la abrió de un tirón. Un estresado Philip se metió en su habitación, con la camisa arremangada y apestando a tabaco. Su madre lo siguió, fantasmagórica, en bata y zapatillas.

— ¿Dónde está? —signó Vivienne.

—Espero que estés contenta —saltó Philip, en vez de responderle—. ¿Te haces una idea del peligro en el que nos has puesto? ¿De la clase de favores que he tenido que pedir para asegurarme de traerte de vuelta con tu madre de una sola pieza?

A su madre, que se había quedado de pie cerca de la puerta, le temblaba el labio inferior.

—No finjas que lo has hecho por mí. Lo has hecho por ti y por tu valiosa carrera.

—¡Por nosotros ! —gritó Philip—. Madre de Dios, Amelia, mírate. ¿Quién crees que paga todo el bótox que llevas en la cara? ¿Quién crees que pone el dinero para tus compras compulsivas, tus clases de tenis y tu adorada membresía del club de campo? Yo y mi valiosa carrera , esa es la respuesta.

Molly estaba ladrando ya como una loca, con el pelo del lomo erizado. Detrás de ella, Judd se escabullía lentamente por el suelo, con las patas traseras temblando.

—Deberías estar arrastrándote a mis pies agradecida —añadió Philip alzando más la voz para que se le oyera por encima de los perros—. Cualquier otro hombre ya os habría echado a las dos. De hecho, uno lo hizo .

—No le metas en esto —saltó Amelia.

—Tu hija ha sido quien lo ha metido en esto —rugió Philip—. En el mismísimo instante en el que huyó con ese club suyo del demonio. ¿Sabes los riesgos que he asumido al llamar a ese sociópata? ¿Lo expuestos que nos he dejado ahora? ¿Cómo…? ¡Por el amor de Dios, calla a ese perro!

Vivienne dejó que Molly siguiese ladrando y, en su lugar, se fue a por un frasco de perfume de su tocador.

Con la fuerza justa como para hacerlo añicos, lo lanzó contra la pared de al lado.

El cristal estalló y tintineó al caer por el suelo de madera.

Tanto Amelia como Philip la miraron sorprendidos.

— ¿Dónde está T-h-o-m-a-s? —signó.

Amelia se aclaró la garganta.

—Quiere saber dónde…

—Sé perfectamente lo que quiere —escupió Philip—, pero no tengo ni puta idea de dónde ha ido Thomas Walsh. Era un farol. No quería tener que echar la puerta abajo.

La esperanza se extinguió como una llama, dejándole un sabor a ceniza en la boca.

—Si a ese chico le funciona alguna neurona —dijo Philip—, no volverá a dejarse ver por aquí.

— Porque entonces lo matarás —signó Vivienne, y su madre la interpretó.

La sonrisa de Philip fue tensa.

—No, porque le pagué muy bien por su tiempo y es lo suficientemente listo como para no poner eso en riesgo. Sí, se ha encaprichado, pero un futuro no se construye a base de caprichos. Si sabe lo que le conviene, cobrará su último cheque y se irá a casa.

Vivienne lo miró fijamente, con el dolor colándose por todos los recovecos más oscuros.

—No me crees —dijo Philip, mientras sacaba un documento enrollado de su bolsillo trasero y lo sostenía entre ambos—.

¿Crees que yo te mentiría? ¿Crees que Walsh fue a la catedral por su propia voluntad?

Tú eras un trabajo para él, así que fue a buscarte siguiendo mis órdenes.

La noche de la gala, firmó un acuerdo de confidencialidad a cambio de la mayor indemnización por despido que verá en su vida.

Vivienne tomó el documento y lo hojeó hasta el final.

Ahí, firmado y fechado, estaba escrito el nombre de Thomas.

Dio un paso atrás y se hundió en la silla del tocador. Pensó en Thomas en el confesionario, en su perfil fragmentado por la celosía de madera. Pensó en él en aquella habitación, en su corazón latiendo contra la palma de su mano. «Siempre iré a por ti».

Vivienne se había creído todo lo que él le había contado, pero quizá no debió hacerlo. Durante todo el verano, lo único que había hecho ella era engañarlo. Traicionarlo. Abandonarlo.

¿Por qué no iba a engañarla él también?

Una lágrima le rodó por la mejilla, incontrolable. Bajo sus huesos, su corazón estaba hecho trizas.

Qué irónico, pensaba que lo había dejado atrás.

—Te gusta fingir que eres la damisela —dijo Philip, pasándose la mano por el pelo graso—, pero tú eres el monstruo, Vivienne.

La mayoría de los hombres te habrían metido bajo tierra en cuanto hubieran visto en lo que te habías convertido.

Pero yo no. Yo te di un propósito. Un lugar en mi hogar.

No volverás a aprovecharte de mi generosidad.

Vivienne alzó los ojos hasta encontrarse con los de Philip, con la furia palpitándole en la sangre.

— ¿O qué?

Philip no necesitaba conocer la lengua de signos para entender la insolencia que había en la mirada de Vivienne. Sonrió, desabrido y tenso.

—La próxima vez no será un farol. Pásate de la raya una vez más y yo mismo me encargaré de encontrar a Thomas Walsh. Y, después, tú y yo volveremos a disfrutar de un maravilloso día de pesca en el que le cantarás hasta que se hunda en el fondo del Sound.

El silencio impregnó la habitación, absoluto y fúnebre.

—Tu madre acababa de subir para informarte de que, desde hoy, todos tus privilegios quedan revocados. Abandonarás el programa de verano. No responderás las llamadas de tus amigos. A partir de ahora, no tienes permitido salir de esta casa sin compañía bajo ninguna circunstancia.

Sintió cómo aquellas órdenes se retorcían dentro de ella, de la forma en la que las instrucciones de Philip siempre lo hacían: como si estuviera tirando de alguna cuerda preternatural, una cuerda que Vivienne tenía enredada por toda la columna vertebral.

No podía desobedecerle. No sin sufrir un dolor considerable.

—Durante años, he sido compasivo —siguió Philip—. Te he dejado vivir en tu pequeña pantomima. Te he permitido jugar a ser una jovencita. Pero vas a ver que mi indulgencia se ha agotado. Todo eso se acaba aquí y ahora.

Philip se fue, pero su madre se quedó allí.

Los perros se calmaron, aunque a regañadientes.

Se quedaron sentados a su lado, rígidos, como dos centinelas idénticos vigilando una tumba.

Y eso es lo que ella era. Un mausoleo viviente, con el fantasma de la persona que podría haber sido acechándola por dentro.

—Philip siempre ha cuidado de nosotras —dijo su madre, con los ojos enrojecidos y estrujándose las manos—. Has vivido en esta casa toda tu vida. No lo entiendes, nunca te ha faltado de nada. No tienes ni idea de lo que es sobrevivir con lo justo y tener que pedir hasta las cosas más básicas.

Vivienne miraba absorta hacia el frente. Deseó que su madre se fuera de allí.

—Tu padre fue mi primer amor —continuó Amelia, con una voz tan suave que hasta temblaba.

Esto llamó la atención de Vivienne. Su madre nunca hablaba de su padre—.

Fue algo demasiado absorbente. A veces, el primer amor puede sentirse así, como si en el mundo no existiera nada más que vosotros dos.

Eso es lo que tú estás sintiendo ahora, ¿verdad? Solo tienes ojos para ese chico.

Ese chico.

Como si Thomas Walsh fuera un don nadie. Un transeúnte. Algo pasajero.

Quiso decirle a su madre que aunque viviera mil vidas, nunca conocería a nadie tan bueno como él. Pero en su lugar, se quedó callada.