La muerte vive en mí 22 Thomas
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22 Thomas

T homas estaba de pie en la cima de la colina viendo cómo el coche desaparecía por una curva a lo lejos. Se quedó con la mirada fija hasta que empezó a ver borroso. Hasta que los árboles perdieron su forma.

«Déjame hacer esto», le había dicho. «Como un último acto de bondad».

Tenía que estar de puta broma. A Thomas le hubiese gustado reírse en su cara. Decirle que era una cobarde. Provocarla hasta que estallara y ella lo provocase a él. En lugar de eso, la había dejado marchar. ¿Cómo podía ser tan idiota?

El sonido de una pisada le hizo volver en sí de un respingo.

—¿Thomas? —Delaney le puso la mano sobre el hombro con la ligereza de una pluma—. ¿Estás bien?

Él se apartó de ella con brusquedad, con la ira arrasando todos y cada uno de los pensamientos que había en su mente.

—No me toques.

—Parece que se va a desmayar —dijo la iniciada desde algún lugar detrás de él.

Thomas las ignoró a ambas y empezó a bajar la calle en dirección a la atarjea plagada de malas hierbas en la que habían aparcado el coche. Oyó el sonido de unos pies corriendo detrás de él y, entonces, Colton y Eric aparecieron uno a cada lado.

—Ey —dijo Eric—. Nos estás dando un poco de miedo ahora mismo.

Thomas lo ignoró también, mientras buscaba las llaves en el bolsillo trasero.

—¿A dónde vamos? —preguntó Colton, con una calma exasperante.

—A Greenwich —dijo Thomas, apretando los dientes.

—Lo imaginaba —dijo Colton—. ¿Estás seguro de que es una buena idea?

Thomas siguió andando, ahora a toda velocidad, con la sangre acelerándosele.

Una mano le tocó en medio del pecho y él reaccionó, cegado por la ira.

El ruido de una columna vertebral crujiendo contra la puerta del coche lo hizo volver en sí de golpe.

Colton estaba atrapado bajo las palmas de sus manos mientras levantaba las suyas en un gesto de rendición.

Thomas se apartó de un tirón, demasiado furioso como para que le saliera una disculpa.

—Igual deberías tranquilizarte un poco —dijo Colton, desconcertado.

—Parece que estés a punto de matar a alguien —añadió Eric.

Thomas buscó a tientas el llavero.

—Es que estoy a punto de matar a alguien.

—Los homicidios premeditados son un delito —dijo Colton con firmeza—, como también lo son los secuestros, ya que estamos, porque asumo que no planeas quedarte por Connecticut una vez que tengas a Vivienne contigo de vuelta y, si cruzas las fronteras estatales, el delito pasaría a ser competencia de los federales.

—Deja de escupir datos —estalló Thomas, a quien la cabeza empezaba a martillearle.

—Venga, Walsh —dijo Colton—. Piensa . Eres mucho más listo que todo esto. No puedes ir allí y entrar cargando como si fueras un toro. Ese hombre era Philip Farrow, ¿no? Pues es uno de los abogados mejor pagados de Nueva Inglaterra.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Eric.

—Eso es irrelevante —dijo Colton—. Lo que quiero decir es que no le faltan los recursos. Y, además, es su padre.

— No es su padre —escupió Thomas.

—¿Qué quieres decir? —Colton titubeó.

—Philip es su padrastro.

—Ah. —Colton consideró aquel dato durante unos segundos, mientras escaneaba los árboles lejanos con sus oscuros ojos—. Y ¿quién es su padre biológico?

—No sé qué importa eso ahora.

—Tú contesta a la pregunta.

—Pues no lo sé, creo que uno de los antiguos socios directivos de Philip. ¿Puedes apartarte?

La cara de Colton perdió parte de su rubor.

—Eso no es posible.

—Quítate de en medio, Price. —La voz de Thomas fue prácticamente un grito—. Joder, con el día que llevamos, ¿qué cojones nos importa quién es su padre biológico?

—Porque —dijo Colton, como si Thomas fuera un poco lento— mi padre era el antiguo socio directivo de Philip.