La muerte vive en mí 21 Vivienne #2
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21 Vivienne #2

A su lado, Philip estaba a unos segundos de que le diese un ataque de ira. Vivienne lo conocía lo suficiente como para saber que la relación que lo unía con este desconocido, fuera cual fuese, no era de carácter amistoso.

—De todas formas, creo que tú y yo ya habíamos terminado aquí —dijo Philip.

—Ni mucho menos —contratacó el padre de Colton—. Pero estoy de acuerdo, no es el momento ni el lugar. Ya continuaremos esta conversación en presencia de mi abogado.

Philip se enfureció visiblemente. Le lanzó una mirada a Vivienne.

—Tengo todo en regla, Christian. Tus acusaciones no se sostendrán ante un tribunal.

—¿Seguro? —La sonrisa del hombre era tensa—. Ya lo veremos.

El hombre siguió la vista de Philip hacia Vivienne. El frío desdén que vio en sus ojos la atravesó como una flecha. Sin pretenderlo, retrocedió un paso. El asfalto ardía bajo sus pies descalzos.

—Todo este tiempo —dijo el hombre—, y aquí estabas. Qué cosas tiene la vida.

A Vivienne no le dio tiempo a analizar qué era lo que podía haber querido decir.

Sin despedirse de su hijo, el hombre se dio media vuelta y se fue hacia su coche, aparcado en la otra punta del solar.

En cuanto se hubo marchado, Philip volvió a centrarse en el desastrado grupo.

Tenía la frente brillante del sudor y las mejillas rojas del calor.

Pese a eso, el padrastro de Vivienne sonreía de oreja a oreja.

—Un trabajo espectacular —le dijo a Thomas—. Sabía que la localizarías.

La mano de Thomas se tensó alrededor de la de Vivienne.

—No lo he hecho por ti.

—Pues claro que no, claro que no —dijo Philip, agitando la mano con desdén—. Lo has hecho por Vivienne. Todo lo que hacemos es por ella. Es una joya, ¿verdad que sí?

Thomas abrió la boca para contestar, pero Vivienne le apretó la mano para indicarle que se callara.

— Déjalo —signó.

—Vivienne, querida —saltó Philip—, no te haces a la idea de lo que le has hecho pasar a tu madre. Lleva muerta de preocupación desde la fiesta. Es un verdadero alivio ver que estás intacta.

La forma en la que lo dijo, «intacta», como si fuera una inversión más, le revolvió el estómago.

Vivienne lo miró fijamente sin decir nada.

¿Qué podía signar que él pudiera entender?

¿Qué podía decirle que a él le importara interpretar?

Philip no la consideraba una persona. Para él, era un accesorio.

Un arma.

—Bueno —dijo, mientras abría la puerta de atrás del SUV—, no hay razón para seguir aquí de pie sudando con todo este calor. Te llevo a casa. Ya he llamado al médico de cabecera, vendrá a echarte un vistazo esta tarde.

La indecisión luchaba en su interior. Las partes más ruidosas de ella le gritaban que le plantase cara, que le asegurase que no iba a ir a ninguna parte con él nunca más. Otras partes, más pequeñas, le decían con una vocecita que ahí era donde le correspondía estar. Que eso era lo que se merecía.

No la bondad, ni la compasión, sino una jaula. Puede que ella no hubiera sido directamente responsable de la muerte de Mikhail, pero sí había sido su voz la que lo había matado. Eso era todo lo que hacía. Matar y matar.

Apartó su mano de la de Thomas.

—Vivienne. —El tono de su voz dejó entrever cierta dureza—. No tienes por qué hacerlo. Tienes otras alternativas.

—No montes una escenita, Walsh —dijo Philip en voz alta—. Solo conseguirás dejarte en evidencia.

Thomas lo ignoró.

—¿Quieres irte con él?

— T-o-m-m-y —signó ella—. No hagas esto.

—Responde a mi pregunta —dijo Thomas vehementemente—. ¿Quieres irte con él?

— Podría haberte matado.

—Eso no es lo que te he preguntado.

— Por favor, no me hagas esto. No me lo pongas más difícil de lo que ya es.

Thomas cerró los ojos y apretó la mandíbula.

Vivienne supo que se estaba guardando las mil cosas crueles que querría decirle.

Ella solo esperó que, por su bien, no se las dijera.

Quizá se lo merecía, pero no creía que fuera capaz de soportarlo si lo hacía.

No muy lejos, sus amigos estaban apiñados bajo la sombra de un olmo.

Un público silencioso, testigo de su humillación final.

— Has sido muy bueno conmigo —signó ella.

Thomas arrugó la cara.

—¿Bueno?

— Déjame hacer esto, como un último acto de bondad hacia ti.

—¿ Bueno ? —repitió él, escupiendo la palabra como una blasfemia.

Vivienne se dio la vuelta rápidamente, antes de que la duda reptase hasta su interior. Haciéndoles un gesto a los perros, empezó a cruzar el suelo abrasador del solar, con los dedos de los pies ardiendo. Estaba a medio camino del coche cuando Thomas se decidió a hablar:

—Lo que has dicho es mentira. Esto no es bondad. Tienes miedo y crees que esta es la forma más fácil de escapar.

—Creo que ya es suficiente, hijo —dijo Philip. Pero Thomas no había terminado.

—Te hice una promesa, ¿te acuerdas? —Vivienne podía oír cómo luchaba por mantener la voz calmada—. ¿Qué fue lo que te dije? Que siempre iría a por ti.

El eco de sus palabras rebotó hasta en los árboles más lejanos. La partió en dos.

—Adelante. Vuelve corriendo a Greenwich —dijo en voz alta—. Allí estaré.

—No harás tal cosa —intervino Philip—. Ya te dejé muy claro que ya no necesitamos tus servicios. Si te acercas a menos de un kilómetro de nuestra casa, haré que te disparen.

Era un farol. Uno muy malo. Aun así, a Vivienne le arrancó el aire de los pulmones.

Ignoró todo lo que dentro de ella le decía que se diese la vuelta, subió a los perros al coche y ella fue detrás.

Cerró la puerta de un portazo. El interior del coche estaba frío como una nevera y olía a puro.

Por los cristales tintados, solo pudo ver el muro oscuro que era Thomas, más firme que nunca.

Philip se sentó en el asiento delantero, cerrando la puerta con otro portazo que habló por sí solo.

Puso el motor en marcha y el coche salió del solar.

Vivienne se puso de rodillas para mirar por la luna trasera mientras Thomas se iba haciendo cada vez más pequeño hasta que estuvo fuera de su vista.

Vivienne sintió como si estuviera dejando su corazón atrás.

Y quizás esa era la clave. Quizás eso era lo que necesitaba hacer para sobrevivir a esto.

Quizás, de hoy en adelante, debía ser alguien sin corazón.