La muerte vive en mí 21 Vivienne
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21 Vivienne

E ste era el sueño que Vivienne había estado teniendo:

La casa por la noche.

La luna mirándola maliciosamente con su redonda, redonda cara pegada contra la ventana.

Las paredes desviándose de forma extraña, como si una mano monstruosa las estuviese empujando.

Y Vivienne no había estado sola. El chico había estado ahí también.

—Él no está contento contigo —le había dicho.

Se habían sentado uno frente al otro, Vivienne toda envuelta en cintas y el chico, blanco como un cadáver, con sus rizos oscuros apelmazados en la frente.

Iba vestido como si estuviera a punto de irse a jugar al hockey, con las rodilleras puestas—. Lo has estropeado todo.

—En realidad, estoy arreglándolo todo —le había contestado ella. Vivienne se había mostrado llena de confianza. Se había sentido muy segura—. En cualquier momento, me despertaré y seré completamente humana.

El chico se había sorprendido al oírla hablar. Habían estado sentados en silencio durante mucho tiempo.

—¿Estás segura de eso? No tienes por qué hacer esto. Si te postras a sus pies, Él mismo te liberará. No necesitas que te abran en canal. Él es generoso. Él te dará todo lo que necesites.

—¿Tú tienes todo lo que necesitas?

A esa pregunta, el chico le había sonreído. Le escurrió agua por los agujeros de los dientes.

—Yo —le había dicho el chico— nunca he sido más feliz.

Estaba ahí de pie delante de ella. El chico de su sueño.

O igual no era él, pero sí alguien que parecía su viva imagen.

Bastantes años más mayor y considerablemente más vivo.

Tenía los mismos rizos oscuros, la misma nariz recta y la misma boca afilada, solo que la de este chico tenía una cicatriz en uno de los extremos, una línea rosa y abultada que se extendía prácticamente hasta su oreja.

—No es que hable mucho —dijo él—, ¿no?

A su lado, una chica de pelo blanco con botas militares parecía escandalizada.

— Colton .

—Solo es una observación.

—Es muda —dijo otro chico. Era negro, de hombros anchos y llevaba el pelo rapado. Estaba apoyado sobre una estrecha estantería, inspeccionando los lomos de los libros, distraído—. Ya lo habíamos hablado.

—Deberíamos estar agradecidos de que no hable —dijo una chica que Vivienne reconoció como una de las iniciadas.

¿Cómo se llamaba? ¿Lilah? ¿Lydia? La chica, con la nariz manchada de sangre y los ojos hinchados, se mantenía tan lejos de ella como le era posible—.

Ninguno de nosotros saldría de aquí con vida si lo hiciera.

—Vale —dijo Thomas—. Ya es suficiente. ¿Vivienne?

Ella arrastró los ojos hasta los de él.

—Déjame verlo.

Se habían reunido en una estrecha sala auxiliar con la pintura descascarillada, que revelaba unas paredes amarillentas y con signos de putrefacción.

Una luz abrasadora entraba por la rendija de una puerta lateral hecha polvo, haciendo que la estancia fuera excesivamente cálida, tanto que los perros estaban espatarrados en el suelo y respiraban con dificultad.

Vivienne se había sentado en el borde de un mueble empotrado, vestida con una camiseta blanca de cuello redondo y unos pantalones cortos de deporte arrugados que Thomas había encontrado por el maletero.

Una mancha de sangre de un color extraño había empezado a oscurecerle la camiseta justo por la zona del abdomen.

—Te estás cargando mi camiseta —añadió Thomas con suavidad al ver que ella no cedía.

Tragándose su orgullo, Vivienne se subió la camiseta. Lydia ahogó un grito, amortiguando el sonido con la mano. Admirablemente, Thomas ni se inmutó.

—Hayes —llamó en voz alta—, ¿me pasas el esparadrapo?

—Voy —dijo el chico de la estantería. Un rollo de esparadrapo salió volando hacia ellos y Thomas lo atrapó al vuelo. Después, se arrodilló a examinar la incisión.

—Auch. —Fue lo único que dijo.

Vivienne resistió el impulso de volver a taparse con la camiseta mientras Thomas arrancaba un poco de esparadrapo con los dientes. No podía soportar mirar ese horrendo bulto, apelotonado en escamas sobre su vientre. Era un horrible e insoportable recordatorio.

Había fracasado.

Había fracasado y, ahora, volvía a estar en el punto de partida.

Después de tanto esfuerzo, no había logrado nada, a excepción de toda la matanza que había causado y un pequeño corte que le escocía cuando se estiraba.

Nunca se había sentido tan parecida a una pesadilla.

Tenía la piel tirante por la sangre reseca y el pelo todo pegado por la garganta en remolinos húmedos y oscuros.

Sentía que todos los que estaban en la habitación la observaban, la estudiaban, como si fuera una rareza de circo. Un bicho raro.

Un monstruo.

Y es que lo era.

Cerró los ojos.

—Vivienne —la reconfortó Thomas, poniéndole de nuevo la camiseta en su sitio—, todo va bien.

Pero no era así. Nada iba bien. Se suponía que el fin iba a justificar los medios.

¿Qué sentido tenía tanta crueldad, tanta masacre, cuando ella seguía encerrada en sí misma, a merced de la criatura y sus deseos?

Vivienne había tomado una decisión y había resultado ser la incorrecta.

Thomas estaba siendo demasiado bueno con ella.

No podía soportarlo. No podía aguantar su compasión.

—Mikhail Popov dice que solía llamarte gorrión —dijo una voz tan suave como un susurro.

Ante la inesperada mención de Mikhail, el aliento de Vivienne se quedó atrapado en su garganta. Abrió los ojos de golpe y se encontró con la chica de pelo blanco retorciéndose las manos y mirándola atentamente.

—Dice que siempre andabas de puntillas —añadió—, que revoloteabas como un pajarillo a todas partes.

— ¿Y tú cómo sabes eso? —signó, con las manos temblorosas.

Supuso que Thomas interpretaría lo que acababa de signar, pero, en vez de eso, la chica sonrió.

—Puedo oírle —explicó Delaney—. Los muertos me hablan a veces, en el silencio.

—Es uno de los talentos de Lane —dijo el chico que se llamaba Colton—. Te acabas acostumbrando.

— ¿Puedes oírle ahora mismo? —preguntó Vivienne—. ¿Está aquí?

—Sí —dijo Lane—. Normalmente no suele ser tan pronunciado. Solo sombras o cambios en la luz. Pero en estos momentos es como si estuviera aquí en la habitación.

Vivienne contuvo un sollozo.

—Quiere que sepas que no siente dolor —dijo Lane—, que no está sufriendo.

Sabe que eso te reconcome, el no saber. No quiere que sigas cargando con esa culpa nunca más.

Dice que… —Delaney hizo una pausa para seguir escuchando.

La sala auxiliar se mantuvo en un mullido silencio.

No se distinguía ruido alguno—. Dice que tú no eres la responsable de los pecados de tu padre.

El llanto de Vivienne fue desgarrador. No tenía intención de que así fuera, pero no pudo reprimirlo. Pensó en el Mikhail de sus sueños, con la cara destrozada, con la carne putrefacta. Todo este tiempo, así es como ella se lo había imaginado: sufriendo a perpetuidad, sufriendo por su culpa.

Fue un extraño momento de catarsis, saber que la visión que tenía en su cabeza había sido una mentira.

Que no era Mikhail en absoluto, sino una manipulación.

En la puerta, el blanco destello de luz que se colaba parecía palpitar con energía, con vida. Vivienne se imaginó que podía verlo ahí de pie, a Misha, alto y orgulloso.

— Gracias. —Se tocó la barbilla con los dedos.

La sonrisa de Lane fue cálida. Cálida y nada merecida.

—No tienes que darme las gracias —dijo con suavidad, tanta, que Vivienne dio un paso atrás al escuchar la bondad de su voz. Más compasión que no se merecía. Más lástima que no podía soportar.

Esta era la gente de Thomas, los amigos de Thomas, y ella por poco los había matado a todos.

Cuando Thomas le ofreció la mano, Vivienne la aceptó con reticencia, dejándole que la bajara del mueble.

Su mano estaba ensangrentada entre la de él.

Los dedos le temblaban. Y debajo de sus huesos, su corazón parecía estar a punto de romperse.

Desearía no haberlo besado aquel día en su habitación.

Desearía no haberse permitido tener esperanza.

Porque ahora, toda esa esperanza se había desvanecido, y hubiese sido mejor no haber tenido nunca a Thomas que haberlo tenido y ahora tener que dejarlo marchar.

Porque eso es lo que tenía que hacer.

Dejarlo marchar.

Thomas tenía toda una vida por delante. Y ella todo lo que tenía era muerte.

Vivienne cruzó la habitación con piernas temblorosas, como si fuera un ternero recién nacido aprendiendo a andar por primera vez. En el suelo, Molly y Judd se pusieron en pie de un salto.

—Larguémonos ya de aquí —dijo Thomas.

—Estoy de acuerdo —dijo Hayes, volviendo a colocar un libro en la estantería.

—Si no vuelvo a ver el interior de una iglesia nunca más —refunfuñó Colton—, me seguirá pareciendo demasiado pronto.

Pero no llegaron muy lejos. Fuera, en el solar plagado de malas hierbas de la catedral, los esperaba Philip.

Estaba de pie justo al lado del SUV familiar, vestido con un traje de milrayas azul pálido y unos zapatos oxford . Y no estaba solo. Lo acompañaba un desconocido, imponente y vestido con un traje de negocios de tres piezas hecho a medida.

—Colton —susurró Lane—, ¿ese no es tu…?

— ¿Padre?

Los ojos del hombre eran de color café oscuro, y sus rizos, muy cortos, estaban salpicados de plata. Miraba fijamente a su hijo por encima del hombro con desaprobación.

—No tengo ni idea de cómo has terminado metido en este sinsentido —dijo con frialdad—, pero te quiero de vuelta en nuestra casa inmediatamente.

—Nuestra casa —dijo Colton, seco—. Esa sí que es buena. ¿Qué haces aquí?

—Estoy en la ciudad ocupándome de unos asuntos personales.

—¿Tienes asuntos en el solar de una catedral abandonada de New Haven?

—Eso no es de tu incumbencia, C. J. —El padre de Colton escupía las palabras como si fueran veneno—. Si empiezas a inmiscuirte donde no debes, las cosas se pondrán muy feas.

—Una amenaza —observó Colton—. Qué paternal por tu parte.