20 Thomas #2
Al llegar a las puertas principales, se las encontraron bloqueadas.
Las bisagras oxidadas se habían salido de su sitio de tal forma que quedaba una rendija por la que se colaba la luz del sol.
Por ella se veía cómo un chico, cubierto de varias heridas superficiales y con la mandíbula apretada, entrelazaba unas gruesas cadenas entre los pomos.
—¿Qué es esto? —exigió saber Eric—. Déjanos salir.
—No puedo hacer eso. —El chico tiró de las cadenas, comprobando su resistencia—. El presidente no está muy contento con vosotros. No quería que ella saliese herida.
—Ey. —Thomas lo alcanzó a través de la rendija y lo agarró por el cuello de la camiseta—. Mírame. ¿Cómo te llamas?
—Adrian —dijo el chico. Tenía los ojos ligeramente idos—. Adrian Faber.
—Escúchame, Adrian, aquí dentro hay gente inocente. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo? Necesito que quites estas cadenas y les dejes salir.
—Tooommy.
Su nombre sonó como un canturreo en la oscuridad, con el eco disipándose por el sombrío transepto como el humo.
Con un grito, la chica se tapó los oídos con las manos.
Detrás de ellos, la nave era del color de la sangre y la luz del sol se colaba entre las caras de los santos, que miraban hacia arriba.
—Tooommy, ¿dónde estás?
—Abre la puta puerta —ordenó Colton.
—Lo siento —dijo Adrian—. Lo haría si pudiera, pero tengo unos gusanos en la cabeza que no dejan de retorcerse. El presidente me ha prometido que los hará desaparecer, pero para ello, primero tengo que daros una lección.
Cerró las puertas de un portazo, extinguiendo el último atisbo de luz solar.
—¿Has sido tú, Tooommy?
Thomas se agachó en un rincón repleto de velas votivas apagadas, con el corazón martilleándole en el pecho.
Los demás lo siguieron. Al lado de Delaney, a la chica había empezado a sangrarle la nariz.
Esta dejaba que la sangre fluyera, sin dejar de taparse los oídos fuertemente con las manos.
Se hizo el silencio, a excepción del sonido aserrado de su propia respiración.
Thomas se acercó con cuidado hacia el pasillo central, tratando de ver algo desde detrás de un ancho pilar de piedra.
Las lámparas cilíndricas habían sido golpeadas por los laterales y las bombillas se habían hecho añicos contra las paredes modulares de la tienda quirúrgica portátil.
Solo una permanecía encendida, derramando un haz de luz blanca resplandeciente sobre el pasillo.
Mientras Thomas lo observaba, una figura se colocó justo debajo de él.
Una figura flexible, como la de una bailarina.
—Marchaos —les dijo a los demás—. Encontrad otra salida.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Eric en un susurro.
—Me encargaré de ella.
—¿Cómo?
No lo sabía, pero le había hecho una promesa.
—Lo averiguaré.
Vivienne caminaba por el pasillo del templo como si fuese una novia yendo al altar.
Paso, paso, pausa. Paso, paso, pausa. La bata de hospital se le había desgarrado por el cuello y los jirones blancos de papel le caían ondulados por el hombro.
Había algo predatorio en la forma en la que se movía, y cada paso que daba estaba impregnado por una mala sensación que estaba dejando a Thomas helado.
—Necesitamos un token —susurró Delaney de repente.
—Lane tiene razón —coincidió Colton—. ¿Tienes algo de Vivienne? Algún trozo de uña, quizá. O un mechón de pelo.
Eric puso una cara de asco que no se esforzó por disimular.
—¿Por qué iba a llevar Walsh las uñas cortadas de Vivienne encima?
Rápidamente, Thomas dijo:
—Tengo uno de sus dientes de leche.
—¿Que tienes…? —Eric le lanzó una mirada—. ¿Su diente ?
—Sí. —Thomas levantó la muñeca. Los eslabones plateados de la cadena estaban ahí, junto a la pulsera de cuentas rosas y blancas que Vivienne le había regalado el día de la gala. La palabra «llorón» lo miraba fijamente junto al pálido molar blanco—. ¿Funcionará?
—Debería —dijo Colton—. El libre albedrío es un rasgo exclusivo de los seres humanos. Sea lo que sea que esté manejando a Vivienne no es humano, lo que, en teoría, significa que puede ser controlado.
Thomas pensó en todos aquellos dientes desperdigados por el despacho de Philip. En el anillo de sello que llevaba en el meñique, plano y mate. En la voz de Vivienne en la grabación: «Tengo que hacer lo que me pide, si no, me duele por todas partes».
Thomas cerró los dedos alrededor del diente.
—¿Y si te equivocas?
—Entonces más te vale que corras más rápido de lo que lo has hecho antes en el sótano —respondió Colton.
—Qué gracioso.
Thomas se mentalizó, reunió todo el valor que le quedaba y salió de detrás de la columna.
Vivienne estaba de pie justo delante de él, inclinada hacia delante, como si hubiera estado escuchando a escondidas.
Thomas se detuvo en seco, a solo unos centímetros de chocarse contra ella.
Los perros estaban sentados a su lado, con las orejas alertas y los hocicos ensangrentados.
—Hola —dijo él.
Sus ojos eran completamente negros, sus dedos largos y sus nudillos abultados. No había ni rastro de Vivienne en su expresión. Era todo criatura. Esta giró e inclinó la cabeza hacia arriba, intrigada, para mirar a Thomas.
—Tienes buen aspecto —añadió él—. Un poco letal, quizá, pero estás guapa.
La cosa que llevaba puesta la cara de Vivienne aún no había parpadeado. Ni una sola vez.
—¿Por qué no sangráis? —preguntó la criatura. Le dio un vuelco al corazón al escuchar la voz de Vivienne, grave y dulce—. Tú y tus amigos… no parecéis afectados.
A Thomas se le erizó el pelo de la nuca.
—Es una buena pregunta. En realidad no sé por qué. ¿Suerte?
—Apestas a muerte. —La criatura lo olisqueó por la garganta, olfateándolo como una cazadora—. La llevas contigo, como un talismán. ¿Cómo?
—La muerte y yo somos buenos amigos —respondió él, encogiéndose de hombros—. Quizás sea eso. Ah, ¿me harías un favor?
La criatura ladeó la cabeza.
—Dile a Vivienne que se despierte.
Los ojos de la criatura bajaron hasta la muñeca de Thomas. Hasta el diente de leche blanco que había incrustado en la cadena.
—Ah… Qué astuto. ¿Crees que con ese pequeño token es suficiente?
—Ahora lo veremos —dijo Thomas—. Despiértala.
—No —dijo la criatura, que ya no sonaba como una chica en absoluto. Su voz se había distorsionado y había bajado a un registro más grave—. Ella me necesita. No tiene a nadie.
—Me tiene a mí —dijo Thomas—. Despiértala.
—Qué chico más ingenuo. —La boca de la criatura se abrió en una mueca de desprecio—. No sabes qué hay ahí fuera. No sabes qué la persigue. Vivienne Farrow fue marcada por la muerte toda la vida. Sin mí, no es nada más que huesos que otras criaturas inferiores roerían.
—¿Qué significa eso? —Thomas frunció el ceño.
La criatura sonrió ampliamente, con una sonrisa que no se parecía en nada a la de Vivienne.
—Ya es demasiado tarde —susurró, y cayó desplomada.
El cuerpo de Vivienne salió despedido hacia delante, como si fuera una marioneta con las cuerdas rotas.
Thomas la agarró antes de que se golpease contra el suelo, sujetándola con los codos bajo los brazos.
La estuvo agarrando así durante unos segundos, mientras estudiaba su expresión en reposo.
Lentamente, el rubor le volvió a las mejillas.
Vivienne pestañeó varias veces hasta que, por fin, abrió los párpados.
Thomas se encontró con una mirada del color del coñac.
Completamente humana. Durante lo que fueron varios latidos, el único ruido en todo el templo fue el de la respiración acompasada de ambos.
Pero entonces, con un grito ahogado, Vivienne se revolvió hacia atrás, fuera del alcance de Thomas.
—No pasa nada. —Él levantó las manos en son de paz—. Estamos bien. Ya se ha acabado todo.
Aferrándose a la bata de hospital, Vivienne miró a su alrededor, a todo el daño que había causado. La catedral vacía. Las lámparas cilíndricas rotas. Se tapó la cara con las manos, mientras el llanto empezaba a acumulársele en la garganta. Con un gemido, los perros se tumbaron a sus pies.
—Vivienne —dijo Thomas con suavidad—, mírame.
—¡Eh! —El grito de Eric reverberó por toda la catedral—. ¡Aquí! Hemos encontrado una salida.
Vivienne se puso tensa y miró por encima de las puntas de los dedos. Parecía estar a punto de huir, como si el sonido más leve pudiese hacer que echara a correr, y Thomas no quería eso.
—Solo son mis amigos —dijo él, ofreciéndole la mano—. Salgamos de aquí, ¿vale? Nos ocuparemos de lo demás juntos.
Con indecisión, Vivienne deslizó la mano en la de Thomas. Los dedos le temblaban. Su piel estaba fría como el hielo. Cuando empezaron a caminar, los perros los siguieron justo por detrás, como si fueran sus propias sombras.