20 Thomas
T homas supuso que Jesse se liberaría, tiraría el bisturí y huiría. En vez de eso, el residente de cirugía se quedó ahí, subyugado. Como un marinero condenado atraído hacia el mar por el canto de las sirenas.
«Hola», había dicho.
Su voz había sonado grave y dulce, como el agua sobre las piedras.
En la galería del transepto, todo el mundo se puso en pie y se preparó para salir corriendo.
Solo Thomas permaneció sentado. Estaba absorto con la escena, con el miedo congelándole la sangre en ríos helados.
A su lado, los perros empezaron a aullar como lobos.
Abajo, en el deambulatorio, Vivienne se giró hasta quedar frente a Jesse, balanceó los pies desnudos fuera de la mesa y se deslizó hasta el suelo.
Había algo que no encajaba en la forma artificial en la que se movía, cada sacudida y cada movimiento involuntario eran extrañamente mecánicos.
Era como si fuera la muñeca de cuerda de un niño, de las que llevan una llave en la espalda.
—¿Por qué no corre? —preguntó Colton.
—La verdadera pregunta es —dijo Eric—: ¿Por qué no estamos corriendo nosotros ?
A tanta distancia, las puntas de los dedos de Vivienne se veían afiladas, aunque Thomas no podía discernir si solamente era un efecto de la luz.
Sus uñas, normalmente limpias y rosas, parecían estrecharse en unas puntas grises y afiladas.
Vivienne extendió las manos por el pecho de Jesse, se puso de puntillas y presionó los labios contra su oreja.
Él ni siquiera se inmutó. En su lugar, se inclinó más hacia ella.
Cautivado. Embelesado. Con los ojos iluminados y brillantes.
Al principio no ocurrió nada.
El único sonido en todo el templo era el aullido de los perros.
Pero, entonces, se desataron los gritos.
Sonaron desgarradores por la nave abovedada, como un tercer aullido que se unía a la lucha.
Iluminado bajo las lámparas, Jesse Grayson empezó a sangrar.
Era como si le hubieran pinchado con miles de agujas, como si le hubieran hecho miles de cortes.
La sangre se le perlaba por la frente y le caía en finos hilos de color carmesí por los laterales de la cara.
—Hematohidrosis —dijo Colton, alucinado, justo cuando Delaney susurraba: «¿Está sudando sangre?».
—Te dije que lo sentía. —Se escuchó el chillido de Jesse por los altavoces—. Te dije… Hice lo que me pediste. Haz que pare. Haz que pare. Por favor , haz que…
Se escuchó el chasquido de sus rodillas al caer al suelo junto a Vivienne, quien suavizó la caída hundiéndose con él.
Lo meció, todavía susurrándole al oído mientras él lloraba en su hombro.
La sangre de Jess manchó la mejilla y los nudillos de Vivienne de color carmesí.
Se le cayó el bisturí, ya olvidado, sobre el suelo de piedra, por el que se deslizó en unos fatídicos rebotes.
El resto pareció suceder a cámara lenta. Jesse se desplomó, ingrávido, sobre el suelo. Un último y estridente «por favor» se coló por los altavoces.
Después, se hizo el silencio.
Se desató el pandemonio. Los iniciados se dispersaron, empujándose y moviéndose como un enjambre en una histérica carrera hacia las escaleras.
En el centro de todo aquel caos estaba Vivienne, pequeña, ensangrentada y angelical.
Fue alzando la vista, siguiendo los crecientes ruidos de pánico, hasta que sus ojos se encontraron con los de Thomas.
Lentamente, la vacilante mueca de Vivienne se afiló en una sonrisa.
—Hora de irse —ordenó Eric, tirando de Thomas para ponerlo en pie—. Muévete, Walsh. Ahora.
En contra de sus instintos, en contra de todo lo que dentro de él le decía que se quedara, Thomas huyó. En el vestíbulo, la estampida se había paralizado. Los iniciados se atropellaban unos a otros conforme el tráfico se apelotonaba, convirtiendo las escaleras en un sólido coágulo de gente.
Algo estaba ocurriendo abajo. Algo que no estaban viendo.
Obtuvieron la respuesta solo unos segundos después.
—¿A dónde vais todos? —Una voz de chica flotaba escaleras arriba—. ¿No habíais venido para verme?
El cambio fue agresivo e inmediato. La corriente cambió de dirección en cuanto todos aquellos que antes luchaban por bajar ahora empujaban para volver a subir.
Los perros se soltaron entre el tumulto y amenazaban con los dientes a los iniciados que corrían despavoridos, mientras ellos iban y venían entre la muchedumbre.
—¡Mierda! —Thomas se abalanzó tras ellos y, al hacerlo, por poco recibe un codazo en toda la cara—. ¡Aquí! ¡Quietos! ¡No os vay…! ¡Volved!
—¡Eh, Walsh! —Eric lo agarró del brazo y lo sacudió con fuerza—. Déjalos y vámonos.
A regañadientes, Thomas dejó que lo guiaran.
Volvieron a subir corriendo hacia la galería del transepto, en esta ocasión en compañía de dos iniciados que habían logrado escapar del maremágnum: un chico con la mandíbula amoratada y una chica con un vestido negro de rejilla.
Los seis se abrieron paso hasta el otro extremo de la galería, donde una estrecha puerta daba acceso a la sacristía.
Allí había unas escaleras en espiral que descendían varios pisos en penumbra.
—Parece que nos toca bajar —dijo Colton, a la vez que por los altavoces empezaban a oírse los gritos.
Se abalanzaron por las escaleras, corriendo hacia abajo piso tras piso, hasta que el último tramo los escupió en un sótano. Aquí, el sonido de los altavoces era más difuso. Distante. El rumor de los iniciados moribundos chisporroteaba por los altavoces de pared como un cántico grotesco.
Avanzaron hacia delante, activando las luces con sensor de movimiento, que los bañó con un blanco fluorescente. Ante ellos se extendía un largo pasillo salpicado de puertas.
—Ahí delante hay una señal de salida —dijo Thomas.
—Hay otro tramo de escaleras ahí abajo —dijo el chico de la mandíbula amoratada—. Lleva hasta la parte delantera del templo. Si nos damos prisa, podemos llegar hasta la puerta antes de que ella se dé cuenta.
—Perfecto. —Colton envolvió la mano de Delaney con la suya y encabezó la marcha—. Vamos.
Se movieron con rapidez, impulsados por la brutal banda sonora de los moribundos. No habían llegado muy lejos cuando las luces se apagaron. Los altavoces dejaron de sonar. Los gritos se extinguieron. Se quedaron ahí, bajo la tenue luz roja de la señal de salida que parpadeaba más adelante.
—Alex —lloriqueó la chica—, esto no me gusta nada.
—No ha cambiado nada —dijo Colton—. Sigamos avanzando.
Justo por detrás de ellos, les llegó un débil gruñido. Los seis se quedaron paralizados.
—Que alguien me diga que han sido sus tripas —susurró Eric.
Un segundo gruñido siguió al primero. Del profundo abismo del pasillo emergieron Molly y Judd, con las orejas pegadas a la cabeza, enseñando los colmillos y con la baba colgándoles de la papada.
Bajo aquel resplandor, los ojos les centelleaban rojos, haciéndoles parecer verdaderos sabuesos del infierno.
Entre ellos estaba Vivienne, con su pelo negro lleno de sangre y sus rasgos lisos y brillantes como los de una sirena.
—No huyáis de mí —dijo ella—. No es agradable.
—Vámonos —ladró Colton—. Ahora.
No necesitaban que nadie se lo ordenara. Todos echaron a correr, derrapando al doblar una esquina muy cerrada y descendiendo un tramo corto de escaleras. Entre feroces aullidos, los perros los perseguían.
Delaney fue la primera en llegar a la salida.
Patinó sobre sus desgastadas botas militares hasta detenerse y abrió la puerta de un tirón.
Fueron pasando, apiñados, uno tras otro, con Thomas cerrando el grupo.
Casi había llegado a la puerta cuando el chico que iba delante de él le puso la zancadilla.
Instintivamente, Thomas se agarró a él y ambos cayeron al suelo.
El impacto fue lo suficientemente fuerte como para nublarle la vista del dolor.
La puerta se cerró justo mientras la chica gritaba: «¡Alex, levántate! ».
—Quítate de encima —rugió el iniciado, empujándole.
—¿Es que quieres que nos maten? —Thomas se revolvió para ponerse en pie y, mientras lo hacía, esquivó de milagro un torpe gancho. Estampó al chico con fuerza contra la pared clavándole el codo en la tráquea—. ¿Cuál es tu puto problema?
—Eso por casi romperme la mandíbula, imbécil.
—¿Romperte la qué ? —De repente lo entendió.
Fue como un golpe que te encuentra por sorpresa.
La casa de la piscina. Los agresores enmascarados.
Las dudas duraron lo justo como para que el chico se lo quitara de encima.
Se peleaban por abrir la puerta cuando Molly y Judd aparecieron derrapando por la esquina, arañando el suelo con las garras.
Molly los alcanzó primero y, cuando lo hizo, cerró la mandíbula alrededor del tobillo del chico, como una trampa para osos. Este cayó con fuerza al suelo, extendiendo los brazos para frenar la caída. Delante de Thomas, la puerta volvió a abrirse de par en par, revelando a Eric.
«Ayúdame», le suplicó el iniciado al mismo tiempo que Eric gritaba: «¡Walsh, muévete !».
Thomas se detuvo en la puerta abierta durante una fracción de segundo antes de tomar una decisión.
Se lanzó a por el chico, extendiéndole la mano.
Pero ya era demasiado tarde. Judd, el tímido y torpe Judd, salió de la oscuridad como una sombra viviente.
Los ojos rojos. Los dientes a la vista. Entre gritos, arrastró al chico fuera de la parpadeante luz carmesí hacia las tinieblas.
La puerta al hueco de la escalera se cerró de un portazo.
—¿Podríamos darnos un poco de prisa? —dijo Colton en voz alta, mirando desde el primer descansillo.
Acurrucada bajo el brazo de Delaney, la chica lloraba desconsoladamente.
Subieron el resto del trayecto en silencio hasta emerger en la entrada de la catedral.
El aire aquí era puro silencio. Todo estaba impregnado de un olor metálico.