La muerte vive en mí 19 Thomas #2
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19 Thomas #2

Le costó varios intentos introducirle la vía.

Thomas ya se había levantado incluso antes de que lo lograra, con el estómago revuelto.

Eric lo arrastró de nuevo a su sitio justo cuando Jesse empezó a administrarle la ketamina.

Sobre la mesa, Vivienne estaba tumbada con el pelo extendido alrededor de la cara como un halo de oscuridad.

—Voy a ir administrándola poco a poco —explicó Jesse—, entre uno y dos minutos. Debería estar inconsciente una vez que lo haya hecho.

—Debería —repitió Colton con desdén—. ¿Nos lo está explicando o se está intentando calmar a sí mismo?

—Estoy bastante seguro de que esta es la primera intervención que no hace sobre un cadáver —dijo Thomas, mientras los ojos de Vivienne pestañeaban una, dos, tres veces. Ya no volvieron a abrirse.

Así dormida, a Thomas le recordaba a la página de uno de los antiguos cuentos de su hermana: Blancanieves en el bosque, dormida bajo un cristal, con la suave curva de sus pestañas rozándole las mejillas.

Un respirador zumbaba constantemente al lado de Vivienne, un claro y clínico recordatorio de que nada de esto era un cuento de hadas.

El oxígeno circulaba continuamente por la mascarilla CPAP que Jesse le había ajustado sobre la cara.

Embutido entre el gentío de la galería del transepto, Thomas comenzó a sudar. Le había venido a la cabeza un pensamiento, aunque demasiado tarde como para hacer algo al respecto.

—Todos los que estamos aquí vamos a morir —murmuró.

—¿Perdona? —Colton pasó el codo por el respaldo de su banco y desvió una mirada escéptica hacia Thomas. A su lado, Delaney miraba entre las caras ocultas tras las mascarillas.

—¿Qué? —preguntó ella—. ¿Qué ocurre?

Colton se bajó la mascarilla a la barbilla y y se giró para mirarla.

—Walsh acaba de anunciarnos algo mucho menos que tranquilizador. —Volviendo a girarse hacia Thomas, añadió—: ¿Te importaría explicárnoslo?

Pero no había tiempo.

—Tiene que sacarla de ahí. —Thomas se puso en pie—. ¡Grayson! ¡Para la intervención!

Jesse no levantó la vista del carrito. Thomas ni siquiera estaba seguro de que pudiera oírlo a través de la barrera. Obtuvo la respuesta a eso segundos más tarde, cuando la voz de Jesse chisporroteó por los altavoces.

—Relájate, Walsh. Estás armando un escándalo.

—¿No me has oído? —Ahuecó las manos alrededor de la boca, en un intento desesperado por amplificar el sonido de su grito—. ¡He dicho que pares la intervención!

—Siéntate, imbécil —dijo alguien varios bancos por detrás—. No veo.

Eric volvió a sentar a Thomas en el banco, rodeándole los hombros con el brazo.

—¿Recuerdas cuando te he dicho que estabas siendo muy sensato? Pues lo retiro.

—No lo entiendes —dijo Thomas—. El estado alterado de Vivienne se manifiesta en superficies reflectantes. Pero cuando he hablado antes con Grayson, me ha dicho que su reflejo ha desaparecido.

—¿Desaparecido? —Delaney frunció el ceño.

—¿Y si la criatura sabía lo que iba a suceder aquí? ¿Y si se está escondiendo?

—¿Y si la ketamina deja inconsciente a Vivienne —añadió Colton, viendo por dónde iba Thomas— pero no a la criatura?

Los cuatro se giraron al unísono para mirar hacia la tienda quirúrgica, donde Jesse ya estaba preparado para empezar, de pie, paralizado sobre Vivienne, con las manos enfundadas en látex y sujetando un reluciente bisturí plateado.

—No sé, tío —dijo Eric—. Me parece una teoría muy loca.

—Las hemos visto peores. —Colton se volteó para mirar a Delaney—. Apaga tu implante coclear.

—¿Qué? —Delaney juntó las cejas—. ¿Y qué pasa contigo?

—Lane.

— Vale . —Se llevó dos dedos al aparato que tenía en la oreja. Una lucecita parpadeó y después se apagó. Su voz también se apagó un poco, ahora etérea como la de un fantasma—. ¿Contento?

— Eufórico —signó Colton, dando unos toquecitos con dos dedos sobre la palma abierta de su mano.

En el piso de abajo, el santuario se sumió en un silencio palpable.

Bajo las anchas lámparas cilíndricas, que le tornaban la piel plateada, Vivienne no parecía humana.

Se oyó un chillido del acople y la voz de Jesse volvió a salir por los altavoces.

—Mi plan inicial consistía en practicar una disección de la garganta con cauterización, dado que la principal manifestación física del simbionte tiene lugar en la laringe de la paciente.

—Sus palabras reverberaban por todo el deambulatorio.

Sonaba como un sacerdote proselitista hablando desde el púlpito.

Entre la multitud, varias personas tomaban notas.

—Sin embargo, dadas las nuevas evidencias, he decidido modificar el enfoque.

—Con delicadeza, Jesse dobló la parte de abajo de la bata de Vivienne, asegurándose de mantener la parte inferior de su cuerpo cubierta con una sábana fina.

Por debajo de la bata, su torso parecía igual de plateado que el resto de su cuerpo, a excepción de una abultada franja de piel que brillaba como unas escamas.

—Hostia puta —dijo Eric.

—Una prueba diagnóstica preliminar de la zona ha evidenciado la presencia de hemolinfa —siguió explicando Jesse—, un tejido fluido que comúnmente se encuentra en los artrópodos.

Mi hipótesis consiste en que encontraré cordones nerviosos ventrales debajo de cada segmento.

Si esta teoría es correcta, cercenar estos cordones debería permitir la extracción definitiva del simbionte.

La gente seguía tomando notas. Thomas alzó la vista y se encontró con que la atención de Colton estaba en otra parte, concretamente, mirando fijamente por la abarrotada galería del transepto con expresión turbulenta.

—¿Qué pasa? —le preguntó Thomas.

—Nada. —Se volvió hacia el deambulatorio—. Pensaba que había visto a alguien que conozco, pero no.

—Silencio —ladró un iniciado.

—El instrumento que voy a utilizar es un bisturí eléctrico —dijo Jesse. Un zumbido repentino se extendió por toda la estancia, temblando entre los enormes pilares de piedra—. Esto irá cauterizando el tejido, que debería ayudar a producir coágulos mientras trato de extraer al simbionte.

Sobre la mesa de operaciones, Vivienne permanecía tumbada, inmóvil como un cadáver y con la respiración empañándole la mascarilla.

—Procedo a realizar la primera incisión —dijo Jesse. Sonaba inseguro.

El sonido de la piel abriéndose fue inconfundible a través de los altavoces en cuanto el bisturí encontró resistencia contra la dura carcasa del torso. De repente, la mano de Vivienne se alzó como un resorte y agarró la muñeca de Jesse.

Lentamente, Vivienne empezó a incorporarse hasta quedar sentada sobre la mesa. Tenía los ojos abiertos y las pupilas dilatadas.

—Esto pinta mal —dijo Eric, a la vez que los perros se ponían a ladrar.

Jesse retrocedió un paso, limitado por el fuerte agarre de la mano de Vivienne alrededor de su muñeca. Ella seguía sus movimientos, muy alerta. Con la mano que tenía libre, agarró la máscara de oxígeno y se la quitó. Muy lentamente, su boca se abrió en una amplia y afilada sonrisa.

—Hola —dijo, más feliz que una perdiz.