La muerte vive en mí 19 Thomas
64%

19 Thomas

T homas podía sentir el redoble de los tambores en las plantas de los pies, lento y atronador.

Estaba de pie en medio de la diminuta habitación del confesionario, mirándose las manos, donde hacía tan solo unos minutos había dejado que Vivienne se le escapase entre los dedos como el agua.

El repique de las campanas aún le reverberaba en los oídos, haciéndole apretar los dientes.

No sabía cuánto tiempo llevaba ahí de pie paralizado. Derrotado.

¿Un minuto? ¿Diez?

Un ruido en la puerta le hizo levantar la cabeza. Jesse Grayson estaba en el pasillo, con el pelo metido bajo un gorro quirúrgico y con un uniforme recién planchado. Su boca se tensó en una fina línea al ver a Thomas.

—Vivienne me prometió que no estarías aquí—dijo, mientras alcanzaba una caja que había sobre una mesa cercana.

—Yo voy donde va ella —dijo Thomas—. ¿Qué hay en la caja?

—Nada bueno.

La caja era de cartón. Fina y apenas lo suficientemente grande para un par de zapatos. Jesse la sostenía con cuidado, como si contuviese algún residuo biológico peligroso.

—Mira, te voy a hacer un favor. Me va a llevar un rato terminar de preparar todo ahí abajo. Deberías marcharte mientras puedas.

—¿Me estás echando?

—Te estoy salvando la vida —dijo Jesse—. Va a haber público, ¿lo sabías? Un puñado de afortunados iniciados que piensan que están a punto de presenciar un exorcismo en tiempo real. Es el tipo de cosa con la que fantasean.

—¿Qué me quieres decir con eso?

—No sé cómo de familiarizado estás con el estado de alteración de Vivienne. Principalmente se manifiesta en superficies reflectantes. Espejos. Cristales.

—Eso ya lo sabía —dijo Thomas, aunque no era cierto.

Más piezas del puzle iban encajando en su lugar.

Le vino la imagen del tocador de Vivienne, con el espejo hecho añicos.

La forma en la que lo había sacado del baño en pleno ataque de llanto.

Thomas se había pasado toda la noche al otro lado de la puerta de su habitación escuchándola llorar.

—Sí, bueno, pues ya no está —dijo Jesse—. Desde que llegamos a la catedral, ha desaparecido.

—¿A qué te refieres con que ha desaparecido?

—¿A qué crees que me refiero? Vivienne no tiene reflejo, genio. Cuando se mira al espejo, no hay nada.

—¿Cómo es posible?

—No estoy seguro. Lo creas o no, no es que cubran este tema en la facultad de Medicina. Pero ¿si tuviera que suponer algo? Diría que está cazando.

Esas palabras fueron como una piedra cayendo a un lago, se hundieron lentamente entre ambos.

—Y nosotros se lo estamos poniendo en bandeja —dijo Jesse—. Vamos a morir todos. Si por mí fuera, no me encontrarías a menos de un kilómetro de ese deambulatorio.

—Espera un momento —dijo Thomas—. ¿Tú no quieres hacer esto?

—¿El qué? ¿Llevar a cabo una intervención quirúrgica superilegal que nadie ha probado antes en algo que tiene el poder de fulminarme en el preciso instante en el que me acerque demasiado?

—Jesse se rio con amargura—. Ni por asomo, hombre.

No quiero hacerlo. ¿Es que Vivienne te ha dicho que esto es idea mía?

—En realidad, no me ha contado nada —admitió Thomas.

—Típico —se mofó Jesse.

Volvió a echar un vistazo a la caja y se dio la vuelta para irse.

Thomas lo siguió de cerca hasta el descansillo, donde la nave principal se extendía alejándose de ellos en una infinita caída de piedra gris y tracería iluminada por el sol.

La llamada de las campanas se aferraba, fantasmagórica, al silencio.

—Sea lo que sea que tiene contra ti —le dijo Thomas en voz alta—, puedo hacer que se esfume.

Jesse se detuvo, arrastrando los talones por la piedra. Tardó un segundo en responder y, cuando lo hizo, habló con cautela:

—Algo me dice que si supieras lo que Vivienne tiene contra mí, me harías la vida aún más imposible de lo que ya lo es ahora.

Thomas sintió un vacío en el pecho tras esa insinuación.

—¿Le hiciste daño?

—No —dijo Jesse, girándose para mirar a Thomas a la cara—. Pero ojalá lo hubiera hecho.

Sin pensar, Thomas avanzó y agarró a Jesse del uniforme con los puños.

Con un satisfactorio golpe, la espalda del estudiante de Medicina chocó contra la barandilla.

La caja sobresalía entre los dos mientras Jesse se quedaba medio colgando en el aire, con el polvo centelleando bajo la luz directa de las lámparas cilíndricas de la nave.

—Si crees que voy a dejar que te acerques a ella con esa actitud, estás loco.

—Ahórrate todo este numerito del héroe —dijo Jesse, que parecía estar realmente tranquilo para ser un hombre a quien estaban empujando contra un precipicio—. No eres su caballero de brillante armadura, Walsh, solo eres un accesorio.

En el transepto, justo por debajo de ellos, la muchedumbre empezaba a reunirse. Thomas los ignoró.

—No tienes ni idea de lo que estás hablando.

—¿Ah, no? —Jesse arqueó las cejas hasta el gorro—.

Mira, hombre, te compadezco. Yo también he estado ahí.

¿Quieres saber por qué aún no estamos muertos?

¿Por qué nosotros, unos afortunados, seguimos con vida?

Porque todavía nos necesita. Así que, sí, desearía haberle hecho daño cuando tuve la oportunidad.

Desearía haberla enterrado. Porque cuando esto termine, soy hombre muerto.

Y tú también. Más vale que lo aceptes y estés en paz con ello.

Le dio un empujón en el pecho a Thomas, obligándolo a retroceder un paso.

—Échale un vistazo a la caja, imbécil —soltó Jesse—. ¿Qué crees que es eso?

Thomas bajó la vista. Dentro de la caja de zapatos había dos orbes blancos y vidriosos de los que colgaban unos filamentos entrelazados. Se le revolvió el estómago nada más verlos. No porque fueran unos ojos arrancados de cuajo, sino porque eran los suyos.

—¿Cómo puede ser? —preguntó con voz hueca.

—Esa es la pregunta del millón de dólares —dijo Jesse—.

Desde que llegamos aquí, a Vivienne le está costando separar un estado mental del otro.

Digamos que no hay tanta diferencia entre Vivienne, la chica, y Vivienne, la criatura.

Ha estado extrayendo todo tipo de cosas de sus alucinaciones.

Esta mañana, se ha despertado de golpe con esto.

Thomas no dijo nada. Los pensamientos le iban a mil kilómetros por hora, dando vueltas a una imposibilidad tras otra.

«Anoche soñé contigo», le había dicho Vivienne. «Fue horrible».

—Si tuviera que apostarme dinero —dijo Jesse—, diría que la criatura tiene un interés desproporcionado en ti, específicamente.

Thomas levantó la vista del asqueroso contenido de la caja y se encontró con que el cirujano lo estaba observando, sin ningún rastro de humor en sus ojos.

—¿Aún quieres quedarte? Yo no lo haría.

Con una palmadita en el hombro, Jesse se marchó, dejándolo solo en el descansillo.

Para cuando Thomas bajó a la galería de la primera planta que daba al transepto, la multitud ya estaba expectante y con las mascarillas puestas.

Tomó una cuando se la ofrecieron y se colocó las gomas en su sitio mientras se dirigía al banco donde Colton se había sentado con Eric y Delaney.

Habían colado a los perros, que estaban sentados junto al banco con las orejas alertas, ambos tensos y vigilantes como gárgolas.

—¿Cuál es el plan? —preguntó Colton, mientras Thomas se deslizaba hasta el hueco libre que había al lado de Eric.

—Nos quedamos y observamos —dijo Thomas—. Y si sobrevive, pues sobrevive.

—Estás siendo muy sensato con todo esto —recalcó Eric.

Colton parecía menos convencido.

—¿Y si muere? ¿Cuál sería el plan entonces?

—Si ella muere —dijo Thomas—, Grayson también.

En la planta baja, el centro del deambulatorio se veía plateado bajo la luz de las lámparas cilíndricas. Se había instalado una tienda modular transparente sobre la mesa de operaciones, posiblemente con la idea de conseguir algún tipo de esterilización. Parecía una precaución risible.

El silencio se cernió por toda la estancia cuando entró Jesse, seguido muy de cerca por Vivienne.

A esa distancia aún parecía más pequeña de lo normal, como un pajarillo bajo el papel arrugado de su bata quirúrgica.

Vivienne levantó la barbilla hacia la galería del transepto y sus ojos oscuros fueron de cara en cara hasta clavarse en la suya.

A Thomas se le hizo un nudo en el estómago. A su lado, Judd ladró emocionado.

El sonido hizo que Jesse dirigiese su atención hacia arriba.

—¿Eso es un perro ?

—Son dos, en realidad —dijo un chico que estaba a varias filas de distancia, mientras lanzaba una mirada amenazadora en la dirección de Thomas—. Hemos intentado que se quedaran fuera, pero no ha habido forma de que aceptaran un no por respuesta.

—Estás contaminando mi quirófano, Walsh.

—Esto no es un quirófano —contratacó Thomas—. Es un altar de sacrificios.

— Para —signó Vivienne, y él paró. Apretó la mandíbula y se hundió contra el respaldo del banco.

Jesse le dirigió una última mirada crítica antes de guiar a Vivienne hasta el módulo exterior del quirófano aséptico portátil, cerrando la cremallera de la puerta tras ellos.

Les rociaron con una ducha desinfectante, y, después, entraron en el cubículo principal.

El templo se inundó inmediatamente con el suave chisporroteo de la estática.

Por el sistema de sonido de la antigua diócesis se escuchó la voz de Jesse:

—Probando, probando. Uno, dos, tres. ¿Se me oye?

Varios iniciados levantaron los pulgares hacia arriba.

—Bien. —Arrastró un carrito con instrumental vario hacia él, mientras Vivienne se subía a la mesa de operaciones—.

Tal y como se me ha pedido, iré explicando todo el proceso.

Los primeros pasos son los convencionales, le administraré dos mililitros de ketamina por vía intravenosa.

A continuación, proseguiré con una perfusión de suero fisiológico.