La muerte vive en mí 18 Vivienne #2
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18 Vivienne #2

Lo mismo dijeron de Vivienne cuando el equipo médico le tomaba las constantes vitales mientras ella, vestida con una fría bata de hospital, permanecía tumbada bajo las también frías luces del hospital.

Un milagro, pequeño, asustado y silencioso, con su voz hecha añicos por culpa de ese algo siniestro que le había hecho compañía entre aquellas rocas rojas como la sangre.

—Volvió a casa —siguió Thomas—. Después de aquel día, quiero decir. Supongo que, en cierto modo, mi plan funcionó. Mi padre deshizo la maleta y volvió a activar el piloto automático. Se ponía una corbata. Iba al trabajo. Pagaba las facturas. Cuando acababa el día, se iba al bar y abría otra cuenta.

Thomas tragó una temblorosa bocanada de aire.

—Al final, fue la culpa lo que lo mató. No por haber intentado marcharse, no porque no quisiera estar en casa, sino porque casi había matado a su único hijo y aun así no quería quedarse.

De nuevo, el silencio.

Por fin, Thomas dijo:

—Podrías habérmelo contado, Vivienne. Podría haberte ayudado.

El sonido de su nombre la sobresaltó y la hizo reaccionar.

Vivienne abrió la puerta de la cabina de golpe y se deslizó fuera, a la fría habitación de piedra del confesionario, con las tuberías de cobre a la vista y algunos muebles para eventos religiosos.

La única luz que entraba se colaba por una estrecha ventana lateral con tracería.

Con manos temblorosas, Vivienne abrió la puerta adyacente de un tirón.

Ahí estaba Thomas, sentado encajado en el estrecho compartimento, con los dedos entrelazados entre las rodillas y los nudillos oscuros por las abrasiones.

El resto de él tampoco tenía mucho mejor aspecto.

Tenía un ojo hinchado que no podía abrir y un corte en la sien que estaba empezando a amoratarse.

Él la miró fijamente y ella le devolvió la mirada con la misma intensidad.

— Anoche soñé contigo —signó ella.

Él no sonrió.

—¿Sí?

— Fue horrible.

—Bien.

La voz de Thomas sonaba firme. Demasiado firme. No concordaba con la tensión con la que se contenía, con la furia silenciosa que chisporroteaba a su alrededor como la electricidad.

—Podrías habérmelo contado —repitió—. ¿Es que no confías en mí?

— No confío en nadie.

La sonrisa de Thomas fue fría.

—¿Estás segura de eso? Porque tal y como yo lo veo, pareces estar poniendo toda tu confianza en manos de tu turbio exnovio.

El recelo le recorrió la columna.

— ¿Por eso estás tan enfadado?

—¿Te parece que estoy enfadado?

— Sí.

La risa de Thomas fue cáustica.

—No sé, Vivienne. Quizás es porque estás a punto de dejar que un imbécil con media carrera de Medicina te clave un bisturí.

— Lo que yo haga o deje de hacer no es asunto tuyo.

—Y una mierda que no.

Y ahí estaba. Vivienne sintió cómo la inundaba una ira justificada. No tenía derecho. Ningún derecho . Ella no le había pedido ayuda. No necesitaba que él interviniese y tomase el control, que la hiciese sentir avergonzada por las formas en las que intentaba salvarse a sí misma.

Lo habían contratado para que se interpusiera en su camino y Thomas estaba haciendo su papel a las mil maravillas. Vivienne no podía permitirlo. No podía dejar que viniese aquí y echase a perder sus planes, que tan minuciosamente había orquestado.

Así que, entonces, dijo la cosa más cruel que le vino a la mente:

— ¿Sabes lo que creo? Que eres igualito que tu padre.

—No cambies de tema —dijo él, negándose a morder el anzuelo—. No estamos hablando de mí.

— Sí, de hecho, sí.

—Vivienne…

Había un tono de advertencia en su voz, grave y peligroso. Pero ella no le hizo caso y siguió:

— Tu padre se pasó toda la vida encadenado a un trabajo que odiaba para mantener a una familia a la que resentía. ¿Dónde ves tú que seas diferente?

—Para, Vivienne.

No lo hizo. Continuó:

— Ni siquiera has cumplido los diecinueve y ya estás atrapado.

Thomas se crujió los nudillos de forma audible. Apretujado en el estrecho rectángulo de la cabina, era todo aristas duras, afiladas y blancas de la rabia.

—Eres una maldita princesa consentida —dijo finalmente. Le salió hiriente, pero ella sabía que no era lo peor que podía haberle dicho. Ni de lejos—. ¿Crees que no sé lo que estás haciendo?

— Estoy siendo sincera.

—No. Estás intentando alejarme de ti.

— Necesitas que alguien lo haga. Podrías ser cualquier cosa. En vez de eso, estás aquí conmigo, malgastando todo tu potencial en un trabajo de verano sin futuro porque sientes que se lo debes a tu familia.

El destello de ira que cruzó los ojos de Thomas la hizo retroceder instintivamente. Él salió de la cabina y se levantó hasta estar completamente erguido delante de ella.

—No hagas eso —dijo él con ferocidad—. No tergiverses las cosas. Esto es más que un trabajo para mí y lo sabes.

Vivienne dio otro paso atrás, inestable. Él la siguió, negándose a dejarla huir.

—Ahora me toca a mí decirte lo que pienso —dijo Thomas—. Creo que esto, lo que sea que hay entre nosotros, está empezando a significar algo más para ti también. Y que por eso tienes tanto miedo.

— No tengo miedo —signó enfurecida.

—Pues estás temblando —dijo él.

Era cierto. Estaba temblando como una hoja. Las lágrimas le fragmentaban la visión. Vivienne parpadeó varias veces, decidida a no dejar que cayeran.

—No quieres que te vea —dijo él—, pero te veo, Vivienne.

—Nunca nadie le había hablado con tanta confianza.

Nunca nadie le había hablado con tanta resignación—.

Te veo y, aun así, he venido a por ti. Siempre iré a por ti.

Eso es lo que he estado intentando hacerte entender. No tienes que hacer esto sola.

Ella lo miró, parpadeando, perpleja.

— ¿No has venido a impedirme que lo haga?

—Te mentiría si te dijera que no he contemplado esa opción —respondió él—, pero no, no he venido a eso.

Las primeras lágrimas empezaron a caer. Y a caer y a caer. Era como si se hubiera quebrado una presa. Vivienne lloró desconsoladamente. Le castañeteaban los dientes y respiraba en jadeos superficiales. Thomas le secó una lágrima con la yema del pulgar, inclinándole la cara hacia la suya.

—Odio verte llorar —le dijo con suavidad.

Sin pensar, Vivienne se lanzó hacia él, agarrándolo de la camiseta con los puños y pegándose a su cuerpo.

Thomas la rodeó con los brazos de inmediato.

Su pecho era como un muro de ladrillos, cálido y sólido.

Vivienne no recordaba cuándo había sido la última vez que la habían abrazado así.

El corazón de Thomas latía contra sus puños con la fuerza y la rapidez de un tambor.

Y entonces, por debajo de aquellos latidos, emanando de algún lugar mucho más bajo y mucho más oscuro, les llegó el sonido de unos tambores de verdad.

Lento. Constante. Anticipatorio. La percusión retumbaba por la piedra y sacudía el suelo bajo sus pies.

En ese momento, arriba en el campanario de la catedral, tañeron las campanas.

Un frío llamamiento que la invitaba a salir.

—Déjame ir contigo —le dijo Thomas en cuanto se separaron el uno del otro.

— No puedes —signó Vivienne—. No puedes seguirme al lugar al que voy.

La sonrisa de Thomas fue sombría.

—No me subestimes.

En la puerta, Vivienne vaciló por un momento, paralizada por el miedo. Cuando volvió la vista para mirar a Thomas, este estaba impasible. La mirada que vio en sus ojos fue suficiente para partir su determinación en dos.

— ¿Harías algo por mí? —le preguntó ella.

—Cualquier cosa.

— Si todo sale mal, prométeme que no dejarás que vuelvan a meterme en un hoyo.