18 Vivienne
U nos haces de luz plateada agujereaban la puerta del confesionario, tornando el aire del interior de un tono azul oscuro, profundo y frío.
Vivienne estaba dentro tiritando vestida con una bata de hospital fina como el papel, sentada con las rodillas pegadas al pecho y la mente atormentada por los posos que había dejado en ella otra de sus pesadillas y por lo que había extraído de ella.
Mantenía los ojos cerrados e intentaba no pensar en nada.
En su lugar, lloró. Era un sonido horrible, prácticamente desgarrado, más propio de un necrófago que de una chica.
Y supuso que eso es lo que ella era.
Cuando tenía cuatro años, Philip las llevó a ella y a su madre de viaje sorpresa a Las Vegas.
No se acordaba de mucho, solo le quedaba algún recuerdo vívido: el león dorado, con la boca abierta en un rugido con colmillos de muchos quilates; las imponentes fuentes, con esos grandes chorros de agua que se iluminaban de color azul, luego rojo y luego rosa; el olor del humo de los puros; los frenéticos sonidos de las tragaperras; la cara ensangrentada de un hombre tirado en el suelo del casino con la americana arrugada y las manos suplicantes mientras le rogaba a su padrastro.
A la tercera mañana, Philip la despertó mucho antes de que amaneciera.
Estaban a finales de marzo; en su casa, el jardín de atrás todavía estaba cubierto de escarcha, pero en el desierto de Nevada, las temperaturas ya habían subido y hacía un calor insoportable.
Con el camisón sudado, Vivienne lo siguió fuera para encontrarse con que su padrastro había alquilado un reluciente descapotable rojo para todo el día.
Arriba, en la habitación del hotel, su madre seguía durmiendo, con unas botellitas de cristal desperdigadas por su mesilla de noche como confeti.
Vivienne no quería ir a ningún lado sin su madre, y menos tan lejos de casa, donde todo parecía granuloso como en las películas antiguas y el aire olía a hollín; pero incluso a su temprana edad ya era lo suficientemente inteligente como para saber que no debía cuestionar a Philip.
Su padrastro la sentó en la sillita del coche, le abrochó el cinturón y los condujo a ambos lejos de los brillos del Strip de Las Vegas, la calle más famosa de la ciudad, hasta adentrarse más, más y más en el vasto y rojo desierto.
No recordaba mucho de aquel trayecto. Solo rojo, rojo y rojo hasta que, por fin, Philip aparcó el coche a un lado de una plana y sinuosa carretera. El desierto se extendía kilómetros y kilómetros, rojo, rocoso e infinito, con riscos atestados de matorrales.
—¿Sabes silbar? —le preguntó Philip—. ¿Como un pájaro?
—Un poco —le contestó ella. Su niñera le había enseñado cómo hacerlo—. La señorita Marley me enseñó.
—Vamos a jugar a un juego —siguió diciéndole Philip—. Voy a irme por los despeñaderos un rato. Tú vigilas la carretera. Si ves que se acerca alguien, silbas. Justo como te enseñó la señorita Marley.
No se parecía en nada a un juego, pero era demasiado lista como para decírselo.
Vivienne estaba más aburrida que una ostra esperando a que Philip volviera al coche. No iba ni venía ningún coche. Nada se movía. Nada respiraba. Hasta el cielo estaba quieto, con aquel azul sin nubes recociendo el interior de cuero del descapotable.
Al cabo del rato, vio un conejo del desierto.
No tenía pensado seguirlo tan lejos del coche, pero su colita blanca la atrajo, alejándola más y más, hasta que, finalmente, este dio un brinco y desapareció.
Poco a poco, aterrada, Vivienne empezó a ser consciente de la arena infinita, el cielo infinito y el calor infinito.
No veía el descapotable por ningún lado.
Perdida y agitada, empezó a correr. Vivienne, con sus zapatillas de estar por casa, se tropezó con el saliente de una roca y cayó hacia abajo, a mucha profundidad.
De esta parte sí se acordaba perfectamente.
De las ráfagas de aire. Del impacto que le sacudió la columna y del fuerte ruido de huesos rotos.
Aterrizó en un hoyo, oscuro y frío, tenía toda la piel raspada y las astillas del fémur, de un blanco pálido, le atravesaban la carne.
Cuando chilló, las paredes chillaron de vuelta.
Cuando lloró, las paredes lloraron con ella.
Cuando cayó la noche, se quedó completamente a oscuras.
Las estrellas, las más brillantes que jamás había visto, cobraron vida, titilando resplandecientes por una estrecha grieta muy por encima de su cabeza, como si las estuviera viendo por un telescopio.
Si su padrastro silbó para encontrarla, ella estaba muy lejos como para oírlo.
Vivienne gritó y gritó. Y, entonces, mientras respiraba entre sollozos, lo escuchó: el insidioso cascabeleo de algo enroscado en la oscuridad.
Una voz grave, fría y serpenteante. Deja de llorar , le dijo. O haré que dejes de hacerlo .
No le gustaba pensar en aquel momento, ni en nada de lo que ocurrió después. En cómo la voz de la oscuridad le cantó una nana, suave y mordaz. En cómo encontró consuelo en ella durante aquellas primeras horas fatales en las que estuvo tirada muriéndose en el fondo de un desfiladero.
No le gustaba acordarse de cómo, al llegar la mañana, esta reptó hasta su interior y se instaló entre sus huesos. Todos estos años después, Vivienne aún podía recordar la sensación de cómo se arrastró por su garganta, aún podía escuchar su siseo en el silencio.
Yo te curaré, pequeña, pero todo tiene un precio .
La puerta del confesionario se abrió con un clic , tras lo que Vivienne se sentó rápidamente, con el pánico agarrado al vacío que sentía en el pecho.
Estaba segura de que era Jesse o, si no, uno de sus colegas, que venía a llevársela para la operación.
En su lugar, a través de la gruesa celosía pudo distinguir las líneas de una ancha e indiscernible figura sentándose en el compartimento de al lado.
La puerta se cerró con cuidado. Un silencio se cernió por toda la cabina.
Y entonces …
—Han pasado once años desde la última vez que me confesé —dijo Thomas Walsh.
En el banco, Vivienne se puso tensa, demasiado asustada como para moverse, respirar o parpadear. Escuchó el ruido del roce de la tela mientras él suspiraba y apoyaba la espalda contra la pared.
—Ahora es cuando enumero todos mis pecados —continuó él—. ¿Quieres escuchar todas las formas en las que he pecado durante estos once años?
Vivienne cerró los ojos. Deseó poder verle la cara.
Deseó poder decirle algo, lo que fuera, en respuesta.
Estaba vivo. Estaba aquí . Había ido a buscarla.
Después de todo, había ido a buscarla. Pensó que lo había destrozado, que lo había mutilado, que había hecho trizas su mente y que lo había abandonado allí, muriéndose.
Pero Thomas estaba aquí, y se encontraba bien, y la euforia que ella sentía era tan luminosa como el amanecer.
—¿Debería empezar por los pecados más pequeños?
—preguntó él—. Podría hablarte sobre todas las veces en las que mentí a mi madre diciéndole que estaba haciendo servicios comunitarios para que no se enterara de que, en realidad, estaba castigado.
O sobre aquella vez en el instituto cuando me expulsaron por romperle la nariz a Jayson Becker en el comedor.
Podría decirte que no lo sentí ni un poco, aunque me obligaran a decirle que sí.
Pensé que se lo merecía, y lo sigo pensando.
Ella se quedó callada, callada, callada. Era lo único que sabía hacer.
—No sé… —Thomas cambió el apoyo del peso de su cuerpo, fingiendo que le daba vueltas a algo—. Quizás estos tan pequeños no importen. Todo el mundo miente. Todo el mundo se enfada. Igual debería empezar con alguno más grave.
Vivienne siguió escuchando, embebida. Tenía su nombre agarrado entre los dientes, como una bala. Se preguntó qué pasaría si lo dijera en voz alta. Solo una vez, para que él supiera que estaba ahí.
Thomas volvió a cambiar de posición, inquieto.
—¿Y si te confesara que yo maté a mi padre?
La pregunta la golpeó con fuerza, como un puñetazo.
Se puso de rodillas en el estrecho banco y se giró para mirarle a la cara por completo.
Lo único que veía eran las feas tiras de madera y los agujeritos de luz difusa creando un halo alrededor de la ancha sombra que era Thomas Walsh.
Vivienne posó una mano en la pared que los separaba. El silencio parecía ser infinito.
—Mis padres nunca se llevaron bien —dijo Thomas finalmente—.
Ese no es mi pecado, pero es una parte importante de la historia.
Solía quedarme despierto por las noches y los escuchaba discutir.
Él no podía soportar la presión, o al menos eso creo.
Mi madre tiene una enfermedad autoinmune.
Es tratable pero incurable. No sé, creo que quizá mi padre sentía que se le exigía demasiado.
El silencio se intensificó y luego se diluyó.
—Yo tenía ocho años cuando se fue. —Su voz se había vuelto tan débil que Vivienne tuvo que pegar la oreja a los listones de madera para escucharle—.
Volví a casa después del colegio y vi su maleta al lado de la puerta.
Me enfadé muchísimo. No sé en qué estaba pensando, supongo que quería darle una lección, hacerle saber que no se saldría con la suya, que no podía abandonarnos y marcharse sin mirar atrás.
Así que, cuando él no miraba, salí fuera y me metí en el maletero.
»Supuse que iría a algún hotel o algo. Que descargaría el maletero y me encontraría y, no sé, que se daría cuenta de que había cometido un terrible error.
Pero en lugar de eso, fue a un bar. Estuvo allí durante horas cargando bebidas y bebidas a su cuenta.
Para cuando los paramédicos me sacaron del coche, estaba medio muerto.
Dijeron que había sido un milagro que hubiera sobrevivido.