La muerte vive en mí 17 Thomas #2
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17 Thomas #2

—Mira —dijo Hudson—, parece que tienes una visión de Vivienne en tu cabeza que es todo piruletas y dulces, así que voy a intentar decirte esto con todo el tacto que pueda: Vivienne Farrow solo hace lo que le conviene a Vivienne Farrow.

Todos los demás somos daños colaterales.

La noche del baile, Reed se la encontró poniéndole los cuernos con un imbécil en una fiesta que ella celebró después.

—Uf, vaya palo —dijo Colton.

La sonrisa de Hudson era una fina línea.

—¿Verdad que sí?

—¿Quién era? —preguntó Thomas.

—¿Quién era quién?

—El imbécil de la fiesta.

—Dios, eres incansable. —Hudson frotó una manchita del coche con el pulgar—. Sinceramente, no lo sé. Un tal Gray o algo así. Era más mayor, a nivel legal, me refiero.

Algo amargo fluyó por el estómago de Thomas.

—Jesse Grayson.

—Sí —dijo Hudson—. Ese nombre me suena. Como ya he dicho, hace mucho tiempo de todo esto.

Justo en ese momento, un segundo coche entró por el camino de la casa, con la suspensión traqueteando. Detrás del volante de un maltratado Jeep, Thomas vio a Reed Connolly, con el heavy metal sonando a todo trapo por las ventanas abiertas.

—¿Quién es ese ? —preguntó Delaney justo mientras Hudson murmuraba: «Mierda».

Con lo que a él le pareció un gran aplomo, Thomas le pasó las correas a Eric.

—Sujétamelas, por favor.

—Walsh —le advirtió Colton, pero Thomas ya estaba en acción. Se dirigió hacia el Jeep con pasos firmes y con la ira quemándole por dentro como un ácido.

Al verlo aproximarse, Reed reaccionó de golpe.

Agarró la palanca de cambios y metió la marcha atrás.

La forma de herradura del camino de entrada hacía que no pudiera salir directamente hasta la calle sin ir frenando considerablemente, y Thomas se aprovechó de esa lentitud para pasar por encima del seto más cercano hasta el camino.

Aterrizó con un gruñido y se plantó detrás del Jeep justo cuando este empezaba a ganar velocidad. El vehículo chirrió hasta frenar a unos centímetros de su pecho. La puerta del conductor se abrió y Reed se bajó, aparentando más serenidad de la que tenía derecho a tener.

—Te veo bien, Walsh —dijo—. Ese rollito de «estoy hecho polvo» te pega.

—¿Dónde está Vivienne?

Reed no contestó.

—¿Quieres pegarme? ¿Quieres equilibrar la balanza? ¿Desquitarte? —Reed expuso la mandíbula, dejándole a Thomas un objetivo fácil—. Venga, hazlo. Date el gusto.

Y Thomas lo hizo.

Diez minutos y varias confrontaciones después, los cinco estaban reunidos en la cocina de los Turner. Reed estaba sentado en la encimera, presionándose el puente de la nariz con una servilleta llena de sangre.

—¿Quién te enseñó a pelear? —murmuró, dolorido—. ¿Un puto gorila de montaña?

—No está rota —dijo Delaney, quien se había pasado los últimos minutos representando dos papeles, el de mediadora y el de enfermera. Le lanzó a Thomas una mirada recriminatoria—. Algo es algo.

—No debo de haberle dado lo suficientemente fuerte —dijo Thomas, monótono. Apoyó la espalda contra el frigorífico, sin perder de vista a Reed—. Vas a contárnoslo todo. No te dejes nada. Empieza por…

— Hostia puta —soltó Reed, interrumpiéndole.

Todas las miradas de la habitación se dirigieron hacia Colton, quien estaba en un rincón con los perros de Vivienne apostados a sus pies como si fueran un Cerbero de dos cabezas. Al ver el sobresalto de Reed, puso una mueca con la boca.

—¿Nos conocemos?

—No. —Reed se llevó el dorso de la mano a la nariz—. Es tu cara. Sin ánimo de ofender, pero parece que alguien te haya rajado la boca con un cuchillo.

La mueca de Colton se transformó en una sonrisita.

—Tendrías que haber visto cómo se quedó el otro.

—No, gracias. —Reed se giró hacia Thomas—. Tengo que decirte, Walsh, que, por el momento, tus amigos son mucho más interesantes que tú.

—También los tuyos —dijo Thomas—, así que, me parece que ambos nos hemos llevado una sorpresa. Háblame sobre la Casa de Hades. ¿Qué es? ¿Una secta? ¿Un club?

La mandíbula de Reed se tensó.

—No puedo decirte nada.

—Está bien. No necesito saber toda la historia. Tú solo dame una dirección.

—Esto se sale un poco de las obligaciones de tu puesto, ¿no te parece?

La ira invadió a Thomas con un calor abrasador.

—¿Crees que esto sigue siendo por un sueldo?

—Cualquiera que tenga ojos sabe que esto no tiene nada que ver con el dinero —escupió Reed—. En fin, mírate. Es patético. Vas en busca de una chica que ni siquiera quiere que la encuentren.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Dios, es que no tienes ni puta idea de nada. ¿Crees que todo esto no lo ha planeado Vivienne?

Esta pregunta reflejó directamente lo mismo que Hudson les había dicho en el camino de entrada: «Vivienne Farrow solo hace lo que le conviene a Vivienne Farrow».

A los pies de Colton, Judd soltó un gemido.

Reed se toqueteó el puente de la nariz, poniendo una mueca de dolor al hacerlo.

Debajo de los ojos ya habían empezado a salirle dos inflamados moratones amarillos.

—¿Cuánto os pagó Vivienne a ti y a tus amigos para que le dierais una paliza a Walsh? —preguntó Colton.

—Nada —admitió Reed—. Esa parte la hicieron gratis. Se suponía que no tenían que herir a nadie, solo causar un poco de caos para que Vivienne pudiera irse sin que la vieran.

—¿Por eso te largaste? ¿Porque también formabas parte del ataque? —Hudson parecía consternado—. Joder, Reed. Tú y los imbéciles de tus amigos habéis causado miles de dólares en daños. Mis padres están muy cabreados.

Reed pareció considerar sus palabras durante unos segundos antes de responder:

—Pensaba que ese era el objetivo. Cabrear a tus padres, me refiero. ¿No fue esa la razón por la que querías llevar a un gamberro como yo de acompañante anoche?

Hudson retrocedió, como si le hubiesen golpeado.

—¿Quién te ha dicho eso?

—La gente habla —dijo Reed—. Así que, enhorabuena, parece que ambos conseguimos lo que queríamos.

—Esa es una buena cuestión —les cortó Thomas—. ¿Qué sacabas tú exactamente de ayudar a Vivienne?

—Me paga la matrícula —dijo Reed, todavía mirando a Hudson con el ceño fruncido—. La ayudo cuando lo necesita y, a cambio, yo me gradúo sin deudas. No todos tenemos fideicomisos.

Thomas apenas lo escuchó. Sentía como si el mundo entero se hubiera puesto patas arriba y vuelto del revés.

Se la había jugado.

Se la había jugado .

Aquel día en el solárium, Vivienne le prometió que haría que renunciase al puesto. Y lo había hecho, ¿no? No sabía qué era peor: que ella hubiese hecho exactamente lo que le dijo que haría o que él hubiese permitido que lo dominase hasta conseguirlo. Ni siquiera se lo había visto venir.

—¿Por qué? —Su voz sonó ronca.

—Vas a tener que ser un poco más concreto, Walsh —dijo Reed.

—¿Por qué Vivienne sentía que necesitaba desaparecer?

—¿Es que tú no querrías? —preguntó Reed—. ¿Si tuvieras un padrastro como Philip Farrow?

—Eso no es una respuesta y lo sabes.

—Vivienne necesitaba ketamina —dijo Hudson, quien miraba fijamente a Reed como si lo estuviese viendo por primera vez—. De eso quiso hablarme aquel día en el restaurante.

—Esa mierda es muy potente —dijo Eric, que estaba sentado al revés en una silla cercana con los brazos doblados sobre el respaldo, y totalmente fascinado—. Se la dieron a mi abuela cuando la operaron de la cadera. Una sola dosis y se quedó fuera de combate.

A Thomas el pulso le rugía en los oídos.

—¿Para qué necesita Vivienne un sedante?

Pero Reed no le contestó. Su atención había vuelto a centrarse en Colton.

—A veces aún hablan de ti, ¿sabes? En los foros.

La boca de Colton se tensó.

—Así que sí me conoces.

—Conozco datos sobre ti —admitió Reed—. Sé que te ahogaste. Sé que volviste del infierno. Sé que tus huesos están soldados con partes demoniacas y que eso te hace estar en deuda, en cuerpo y alma, con quienquiera que…

—Ya es suficiente —le cortó Delaney.

—Los chicos no se creerán que te he conocido —siguió Reed—. La mayoría de los iniciados matarían por tener un encuentro sobrenatural.

—No le llames sobrenatural —dijo Eric—, que se le subirá a la cabeza.

Colton lo ignoró y dijo:

—Háblanos de la Casa de Hades.

—Respecto a lo que has dicho antes, estabas en lo cierto —dijo Reed—, es un club, aunque al principio solo era un foro en internet.

Yo no estaba metido por aquel entonces, pero cuando se originó solo eran unos cuantos usuarios que publicaban cualquier artículo al azar, puro clickbait .

Las mierdas típicas de los tabloides, ya sabéis: un crío de Maine se escapa de la tumba cada vez que lo entierran; hospitalizan a un niño en Salem, Massachusetts, tras crecerle plantas acuáticas en los pulmones; una niña pequeña está de viaje con su familia en Red Rock, Nevada, cuando se desvía del camino y se cae por un desfiladero.

Pasan horas hasta que el equipo de rescate la encuentra.

Para cuando la sacan de ahí, está llena de veneno hasta los dientes.

Cualquiera que la oiga hablar sufre una muerte lenta y dolorosa.

Fue como si respirar hubiese dejado de ser algo involuntario para Thomas. Su visión se volvió borrosa.

—Al final —Reed continuó—, el foro evolucionó. No estoy seguro de cómo sucedió todo, pero sé que apareció un hombre, con los bolsillos llenos y un interés particular en lo oculto, que se ofreció a financiar un retiro anual.

—¿Cómo se llama el inversor? —preguntó Eric.

—No lo sé —admitió Reed—. Solo he oído que la gente lo llama «el presidente».

Colton frunció el ceño.

—¿Nunca lo has conocido?

—Él no pierde el tiempo con los iniciados de bajo nivel. Esto ya no es un foro abierto en internet; si alguien quiere unirse al club tiene que pagar tributos durante años antes de que se le permita ascender.

A Thomas no le estaba gustando la dirección que esto estaba tomando.

—¿Qué es lo que quiere el club de Vivienne?

—No lo has entendido bien —dijo Reed—. Vivienne fue quien nos encontró a nosotros, no al revés.

—¿Por qué?

—Hay verdaderos académicos en la Casa. No todos son meros aficionados de lo oculto o fanáticos del demonio. Hay un residente de cirugía que está a tan solo unos meses del ascenso. Lleva años alimentando a la Casa con todo lo que le ha pedido.

—¿ Alimentándola ? —Delaney arrugó la nariz.

—Eso no me gusta —dijo Eric.

—Es un auténtico imbécil —añadió Reed—, pero es un puto genio. Escribió una tesis sobre el concepto de las presencias demoniacas como parásitos extirpables. Algo que puedes extraer, como el cáncer. Él lo llama exorcismo clínico.

—Ni por asomo —dijo Hudson—. Eso no es científicamente posible.

Colton tampoco parecía convencido.

—¿Y cuántos exorcismos ha realizado con éxito tu amiguito el genio?

—Ninguno —confesó Reed—. Se suponía que solo iba a ser algo teórico, pero tiene un complejo de dios como un templo y no sabe vivir sin que lo alaben, así que publicó sus escritos en el foro.

Vivienne encontró el resumen y después lo encontró a él.

Cuando supo que era alguien demasiado consolidado en la Casa como para contactar con él por su cuenta, entonces, Vivienne me encontró a mí.

—Un iniciado de bajo nivel que no puede pagarse la matrícula —dijo Colton—. Imagino que tú fuiste alguien mucho más fácil de manipular.

—Te utilizó para acercarse al doctor —dijo Eric—. Qué interesada.

—Así es Viv. —Los ojos hinchados de Reed se encontraron con los de Thomas—. Como Walsh podrá confirmaros, puede ser increíblemente convincente cuando quiere. Te hace creer lo que ella quiere que creas y, después, te deja en la estacada.

—¿Cuándo? —Eso fue todo lo que Thomas preguntó. Una palabra. Su interior hecho pedazos.

Reed hizo un chasquido de desaprobación.

—Me matará si se entera de que te lo he contado.

—Cuéntamelo igualmente —dijo Thomas.

—Mañana. —Reed se frotó la mano por la cabeza—. Tiene todo lo necesario para montar una sala de operaciones portátil; lo único que le faltaba era el anestésico. La operación está programada para las ocho de la mañana.

Los pensamientos de Thomas se reordenaron y las últimas piezas del puzle encajaron, aunque demasiado tarde como para hacer algo al respecto.

—¿Quién es el cirujano? —preguntó, aunque ya lo sabía—. ¿Cómo se llama? No lo has dicho.

—Es Jesse —dijo Reed—. Jesse Grayson.