La muerte vive en mí 17 Thomas
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17 Thomas

L a gran sombrilla de rayas no es que estuviera aplacando mucho el sol. Al gentío en el puesto de perritos calientes no parecía importarles el calor. La cola, que era cada vez más larga, ya giraba por detrás del food truck y se extendía por el asfalto abrasador en una dispersa serpentina.

Thomas estaba sentado en el borde del banco de una mesa de pícnic pinchando una flácida patata mientras se le iba quemando la nuca poco a poco.

Por su visión periférica ya notaba el pálido destello blanco de una migraña.

Las gafas de sol se le escurrían de forma exasperante por el puente de la nariz, que aún tenía hinchado.

Un hilillo de baba se le acumulaba encima de la rodilla conforme Judd mendigaba una patata por debajo de la mesa.

A su lado, Molly observaba el ajetreo con las orejas pegadas a la cabeza.

Entre la multitud, nadie le prestaba atención alguna a Thomas, y eso le resultó raro.

Nadie le miraba con maldad, le señalaba o susurraba ocultándose tras la mano.

Estaba seguro de que podían ver que era un fenómeno cósmico a punto de ocurrir, seguro de que notaban que su corazón estaba a punto de colapsar en la galaxia de su pecho.

Su ánimo era tan oscuro como un agujero negro, suficiente como para tragarse todo lo que tenía a su alrededor.

Vivienne llevaba desaparecida trece horas. Trece horas durante las que nadie la había estado buscando.

Thomas no quería quedarse ahí sentado bajo el sol, con la cabeza martilleándole.

Quería hacer algo. Quería ir a por ella.

Pero no sabía por dónde empezar. Ese era el problema.

—Explícame otra vez dónde oíste hablar de Vivienne —dijo.

Sentado frente a él, Colton Price, el presidente del Priorato, analizaba su batido como si tuviera razones para creer que pudiera contener arsénico.

Llevaba puesta una gorra de béisbol sobre una mata de pelo rizado de forma que la visera le hacía sombra sobre el rostro.

Lo que la gorra no lograba ocultar era una gruesa cicatriz rosa que se extendía desde la comisura izquierda de su boca hasta la oreja.

Dejó el batido sin darle ni un sorbo y lo apartó fuera de su alcance.

—No fui yo —respondió—, sino Delaney.

Al lado de Colton estaba sentada una chica de pelo blanco vestida completamente de negro.

Thomas sabía quién era, pero nada más, pues ella también había sido estudiante de primer año durante su breve período como universitario.

Pese a que nunca habían interactuado personalmente, el programa era pequeño y la conocía de vista.

En cualquier caso, todo el mundo había oído la historia de cómo Delaney Meyers-Petrov estaba ahí el día que el Santuario del Priorato estalló en llamas.

—Ve muertos —dijo Eric Hayes, sentado a la derecha de Thomas. El antiguo tesorero del Priorato tomó una patata y añadió—: Al estilo M. Night Shyamalan, pero de verdad.

—Pero Vivienne está viva —dijo Thomas. O al menos lo estaba hacía trece horas.

Había visto los suficientes documentales de true crime como para saber que las primeras setenta y dos horas eran cruciales.

Se había estado centrando en eso, ni siquiera había considerado que esa ventana temporal ya pudiera haberse cerrado.

Que Vivienne pudiera estar ya muerta.

Delaney parecía saber exactamente lo que estaba pensando porque se apresuró a decir:

—No es ella. A quien he estado viendo, me refiero. Es un tal Mikhail Popov.

—Lo siento —dijo Thomas—, sé que ya me lo has mencionado antes, pero no sé quién es.

—Un fantasma —dijo Colton—. Uno muy insistente. Lleva meses merodeando por casa.

—Tiene alguna conexión con Vivienne —explicó Delaney—.

Todavía no estoy segura de cuál, no es que el hombre hable mucho.

Es como las conexiones por radio: si no estoy cerca de una fuente de energía, los espíritus no se manifiestan de forma tan nítida.

Pero un día, la televisión estaba puesta y estaban dando una noticia sobre el hijo de un CEO que había muerto durante una salida de pesca.

—Bryce Donahue —dijo Thomas.

—Sí, era él. Entonces, el presentador del telediario mencionó quién más iba en el barco con él. En cuanto escuché el nombre de Vivienne, las luces empezaron a parpadear.

—Pensé que se nos había fundido un fusible —continuó Colton—. La electricidad empezó a hacer cosas muy raras.

—¿Ves lo que te decía? —dijo Eric con una patata en la boca—. Shyamalan.

Thomas le dio a Judd un poco del perrito caliente que él no se estaba comiendo.

—¿Y cómo descubristeis que yo estaba relacionado?

—La estuve buscando por internet —dijo Delaney, encogiéndose de hombros—. Salías de fondo en una de sus fotos y Colton te reconoció.

Descontenta por el creciente calor, la creciente multitud y por el hecho de que a ella nadie le hubiese dado ni un poco de perrito caliente, Molly se puso a aullar como loca.

Sobresaltado, Judd se le unió. A Thomas le costó varios intentos conseguir que se callaran.

Principalmente a base de prueba y error, había descubierto que respondían mejor ante los signos que ante cualquier orden verbal.

— Quieto —signó Thomas, cruzando las muñecas—. Sienta.

Judd se desplomó sobre las patas traseras y sacó la lengua. A regañadientes, Molly lo imitó.

—¿Tenías que traerte a los perros? —le preguntó Colton, que intentaba quitarse las caderas de Judd del pie sin mucho éxito.

—¿No te gustan los perros?

—Sí, me gustan —respondió Colton—, pero esto no son perros, son los sabuesos de los Baskerville.

—Ya, bueno…, no podía dejarlos en la casa. A los padres de Vivienne no les gustan.

La voz le salió tensa y Colton le lanzó una mirada crítica.

—No se me ocurre por qué.

—Bueno, pues a mí sí me gustan —dijo Eric—. Si vamos a la caza de un demonio, me mola la idea de tener a este par de perros feroces en mi equipo.

—Son unos miedicas —dijo Thomas, tirándole a Molly un poco de comida—. Yo no dejaría mi vida en sus manos. Y no sé qué es lo que te ha contado Colton, pero esto no es una caza del demonio.

—¿Estás seguro de eso? —Eric tomó otra patata—.

He estado investigando un poco sobre la Casa de Hades.

Me llevó un rato rastrearlos por internet, pero ¿sabes qué fue lo que encontré cuando los localicé?

Un servidor entero lleno de ermitaños solitarios que viven online .

Estaban hablando de un niño que había muerto en Maine que, según ellos, se exhumó a sí mismo y se recompuso pieza a pieza como un puzle.

Siento decírtelo, Walsh, pero eso se calificaría de comportamiento demoniaco.

A Thomas no se le escapó la miradita que se echaron Colton y Delaney.

—Esto no es una caza del demonio —repitió, obstinado.

—Entonces, ¿qué le pasa a Vivienne Farrow?

Thomas apretó los dientes.

—Está pasando un mal momento.

—¿Ves a ese hombre de ahí? —Eric señaló a un hombre que se estaba peleando con una mancha de mostaza en la camiseta—. Él sí que está pasando un mal momento. Tu novia hace confeti con las entrañas de la gente.

—Bueno, centrémonos —sugirió Delaney, quien miraba a Thomas detenidamente, como si este fuera una barra de dinamita con la mecha encendida—. ¿Por dónde empezamos?

—Tiene razón —dijo Colton—. Podemos especular todo lo que queramos sobre la Casa de Hades, pero la verdad es que no tenemos ni idea de dónde están.

Thomas reflexionó sobre lo que Eric había dicho acerca de la Casa de Hades, lo del servidor plagado de comentarios de ermitaños. De repente, una teoría empezó a tomar forma en su cabeza. Se levantó tan rápido que casi consiguió que los perros se pusieran a aullar otra vez.

—Puede que nosotros no sepamos por dónde empezar —dijo—, pero estoy bastante seguro de que conozco a alguien que sí.

—¿Ah, sí? —Eric apartó su plato de papel vacío y tomó una servilleta—. ¿Quién?

La casa de Hudson Turner tenía un aspecto totalmente diferente sin toda una flota de vehículos de lujo ocupando la curva del camino de entrada.

Sin el brillo de las guirnaldas con luces a lo largo del camino principal, parte de la elegancia de la casa se había desvanecido.

La escalinata frontal estaba desgastada y descolorida, tenía el cemento agrietado y el musgo se abría paso entre los huecos de las piedras.

O quizá solo era que Vivienne no estaba ahí, pensativa y con las mejillas sonrosadas, volviendo la vista hacia él, con los ojos llenos de promesas. Quizás él no era más que un cliché andante y el resto del mundo se volvía gris si ella no estaba.

O quizás era un idiota y había estado tan absorto con ella que no se había dado cuenta de lo que estaba pasando delante de sus narices.

Hudson ya estaba fuera, a punto de subirse a un impoluto Ferrari. En cuanto vio a Thomas y a sus amigos bajarse de sus vehículos se guardó las llaves en el bolsillo. Clavó los ojos, cautelosos, en Molly, que ya había empezado a tirar de la correa y a enseñarle los dientes.

—¿Pero esto qué es? —dijo—. ¿La pandilla de Scooby-Doo?

—Qué gracioso —dijo Thomas—. Estamos buscando a Reed.

—¿Y creéis que está aquí? —Hudson arqueó las cejas.

—Anoche parecíais estar bastante acaramelados.

—Sí, bueno, pues se largó justo antes del ataque —dijo Hudson, con voz áspera—. Ya no he vuelto a verlo.

—¿De qué os conocéis Reed y tú?

—Deja ya el numerito de detective —respondió Hudson—, el jefe de policía Appelbaum ya se ha pasado por aquí esta mañana.

—Responde a su pregunta —dijo Eric.

—Fui al instituto con Vivienne, ¿vale? Prácticamente conocemos a la misma gente.

En nuestro penúltimo año, ella conoció a Reed en un programa local de artes.

Ella baila, a él le va la fotografía. Empezaron a salir poco después.

Fue su acompañante en el baile de fin de curso. Fue ahí donde nos conocimos.

—Y ¿qué? —insistió Thomas—. ¿El resto es historia?

—Sí —Hudson apoyó la cadera sobre su coche—. Y bastante antigua.

—¿Por qué rompieron?