La muerte vive en mí 16 Vivienne
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16 Vivienne

E l espejo que había en esa silenciosa estancia de la catedral no era demasiado grande.

Era fino y rectangular, una de sus esquinas estaba resquebrajada y las telarañas parecían crear grietas plateadas por la superficie.

El marco de madera estaba carcomido por las termitas.

Aun así era imponentemente grande en aquella sala de techo bajo.

Desde dentro, una chica la miraba fijamente. Cabello negro. Ojos ambarinos. Un rostro pálido y sombreado. Era el suyo propio, pero aun así le resultaba tan irreconocible como el de un desconocido.

Uno de los iniciados le había traído ropa limpia para que se cambiara.

Vivienne llevaba puesta la camiseta de otra persona, demasiado grande y con el nombre de una banda que no conocía serigrafiado en la parte delantera; los vaqueros desgastados de otra persona, con el cinturón muy ajustado para que se le sujetaran; y las sandalias de otra persona, de una talla más grande.

Y dentro de ella latía el corazón de otra cosa.

La voluntad de otra cosa.

Al día siguiente, a esa misma hora, la extirparía de ella.

—Te odio —susurró. La voz que emanó de ella era espectral. Áspera. Como si todo lo que quedara de la chica que había sido una vez fuese un fantasma que la perseguía por los pasillos vacíos entre sus huesos—. Te odio.

En el espejo, la boca de su reflejo empezó a estirarse, afilada, por los extremos. Vivienne se mordió las mejillas tratando de frenarlo, clavándose las uñas en el antebrazo hasta dejarse unas marcas rojas en forma de media luna.

No fue suficiente.

Nunca lo era.

Vivienne quería irse, pero Jesse le había dado instrucciones explícitas de que lo esperase aquí, así que eso fue lo que hizo, esperarle, obligándose a intimidar con la mirada a esa criatura de dientes afilados que llevaba sus huesos como un exoesqueleto.

—No eres tan valiente como intentas aparentar —dijo la Vivienne del espejo—. Eres una pusilánime. Y si intentas extirparme, morirás como lo que eres, una cobarde.

Asqueada, cerró los ojos de golpe. Tenía un agujero en el estómago que no se cerraba, cierta parte de su determinación en la que no terminaba de confiar. Vivienne podía sentir cómo esta se gestaba en sus tripas, cómo se retorcía para salir de ella como una lombriz en el barro.

—Míranos —murmuró la Vivienne del espejo—, míranos y verás.

Vivienne notó un regusto ácido en la parte de atrás de la lengua y empezaron a darle arcadas.

Se dobló hacia delante con cada una de ellas hasta que terminó a cuatro patas.

Se le revolvió el estómago y todo su contenido le reptó por la garganta hasta que empezó a presionarle la parte de atrás de los dientes.

Abrió la boca y, de ella, comenzó a sacar una maraña de cinta, húmeda y caliente, que fue cayendo y enrollándose en el suelo debajo de ella en un asqueroso vómito de satén.

Cuando la última parte se deslizó entre sus manos, Vivienne tosió, con el hedor anegándole la nariz y los ojos llorosos. En el espejo, su reflejo no se había movido ni un ápice. Permanecía perfectamente enmarcado, con unos ojos negros como el alquitrán.

—Estoy enredada por todo tu cuerpo —susurró la criatura—.

Estoy anudada con tanta firmeza en tus huesos, que me he convertido en lo único que te mantiene de una pieza.

Hace muchos años que te reclamé para mí.

Eras tan pequeña. Tenías tanto miedo. Él te hubiera destrozado, pero yo te mantuve entera.

Siempre te olvidas de lo que hice por ti, del horrible destino del que te salvé.

Me perteneces, dulce niña. Nunca, nunca podrás librarte de mí.

—Vivienne.

Parpadeó y ahí estaba Jesse, de pie en el umbral de la puerta abierta, mirándola con cautela, y con un papel enrollado bajo un brazo. Ella estaba de rodillas ante el espejo, con los hombros encorvados y las manos sobre el suelo, a cuatro patas como un animal, respirando con grandes jadeos.

Y en el espejo…

En el espejo…

—¿Dónde está? —Jesse avanzó a pasos lentos, cauto—. Tu reflejo… no está ahí.

Temblorosa, Vivienne se puso en pie. El dolor fantasma de una vieja fractura le atravesó la pierna con un horrible pinchazo.

Frente a ella, podía ver toda la habitación reflejada en el espejo.

Varios sillones desparejados. Una mesa repleta de ejemplares de la Biblia.

Un ventilador de pie que se había puesto verde por el moho.

A Jesse, que llevaba un botiquín de asistencia médica a domicilio en la mano, de cuyo interior sobresalía un estetoscopio.

Pero ella no estaba. Miró extrañada al espejo y no vio nada que la mirase de vuelta. En las manos sostenía una arrugada maraña de cinta, limpia y cuidada, como si la hubiese sacado de unas puntas de ballet de satén.

—Cuando he entrado en la habitación —dijo Jesse— estabas en estado de alteración. Era como… como si ni siquiera estuvieras aquí. ¿Lo estás ahora?

Ella afirmó con la cabeza mientras observaba, horrorizada, la cinta que tenía entre las manos. Al menos esta vez no había traído un ser vivo con ella. Al menos esta vez no había nada muriéndose en sus manos. Fue un pequeño alivio.

Dejó la cinta sobre la mesa y signó:

— ¿Sigue en pie lo de mañana?

—Sí, todo sigue en marcha —respondió Jesse, con la mirada apagada—.

Pero creo que debo recordarte que esa tesis que escribí es hipotética.

Una teoría. ¿Eso lo entiendes, verdad? Lo que me estás pidiendo que haga…

no lo ha hecho nadie nunca. Podría matarte.

De hecho, es bastante probable que lo haga.

Las palabras de Jesse resonaron en la cabeza de Vivienne como una sentencia de muerte.

No era una insensata. No era una suicida.

Ella no quería morir. Pero las grietas que tenía en su interior eran ya tan profundas que no veía otra opción.

Cuando tenías una caries, ibas al dentista a que te la quitara.

Si no la tenías vigilada, la infección podía pasar al torrente sanguíneo. Al corazón.

Y esto no era distinto. Tenía que creer que no.

— Si muero, me llevaré nuestro turbio secretito a la tumba. —Ahuecó las manos y las movió hacia ella, como si estuviese cavando en la tierra—. Yo estaré criando malvas bajo tierra y tú estarás libre de sospechas. No tienes nada que perder.

—Claro que sí, esta es una inversión de bajo riesgo para mí, seguro —terció Jesse, con una risa forzada.

— Cuanto mayor es el riesgo, mayor es la recompensa —signó Vivienne. Una frase que a Philip le encantaba decir—. Si logras hacer esto, serás un dios.

—Como no dejas de recordarme, sí —dijo él, impasible.

Vivienne volvió a mirar hacia el espejo, hacia el lugar donde tendría que haber una chica. Pero Jesse estaba ahí de pie solo, con el pelo castaño revuelto y los labios apretados en una línea blanca y severa. En silencio, jugueteaba con el rollo de papel entre las manos.

—¿Cambiaría algo si te dijera que pensaba que tenías dieciocho cuando nos conocimos?

— Sabías exactamente qué edad tenía —signó ella, resistiéndose a poner los ojos en blanco.

—Tú fuiste a por mí.

— Me lo pusiste fácil.

—Y ahora aquí estamos —dijo con una sonrisa carente de humor.

— Sí, aquí estamos. ¿Ha muerto el pájaro?

—Sí —respondió él—. De hecho, de eso quería hablarte. Tengo una teoría. O, al menos, un atisbo de lo que podría llegar a ser una teoría. Ven aquí.

Jesse desenrolló el papel y lo estiró, peleándose con las esquinas, que se le enrollaban por encima de las manos.

Era un mapa, aunque estaba considerablemente marcado.

Múltiples líneas gruesas de rotulador negro viraban bruscamente creando afiladas esquinas y arcos curvados de un lado al otro, cruzándose en lugares dispares aquí y allá.

En la parte de arriba del mapa alguien había escrito: «Propiedad de Alex Sadowski».

—¿Alguna vez has oído hablar de Alfred Watkins? —le preguntó Jesse.

Ella negó con la cabeza.

—Era de esperar. La mayoría de instituciones educativas dejan sus investigaciones fuera del plan de estudios. Siguen siendo bastante controvertidas.

— ¿Por qué? ¿Quién es?

—Watkins fue un arqueólogo de finales del siglo xix .

Uno no muy respetado. Creía que el mundo estaba cubierto de estos ancestrales caminos ceremoniales.

Incluso hoy en día, existen teorías alternativas que dicen que estos caminos están tan desgastados por los viajes, que hasta el aire que los rodea ha empezado a debilitarse.

Vivienne no iba totalmente a ciegas. Había visto vídeos en internet —la mayoría de ellos muy manipulados— de gente que atravesaba el cielo; había leído rumores por la red y teorías sensacionalistas de que existían lugares en el mundo en los que una realidad se fusionaba con otra.

Estas historias se divulgaron tanto que incluso Frankie, la irónica y escéptica Frankie, pasó por una fase en el instituto durante la que llegó a creerse esos rumores hasta tal punto que incluso se convenció de que podía tallar una ventana en el cielo con un cuchillo de sierra.

Lo único que consiguió por sus esfuerzos fue que la suspendieran tres días por llevar un arma al instituto.

Después de aquello, ya no volvió a hablar más del tema.

— ¿Qué tiene que ver todo esto conmigo? —preguntó Vivienne.

—¿Contigo? Bueno, para empezar, echa un vistazo a esto. —Jesse puso un dedo sobre un punto del mapa. Vivienne se inclinó para verlo más de cerca. La línea era más fina que las demás, pero estaba ahí, la afilada esquina de un triángulo que justo se cerraba encima de New Haven, Connecticut.

—Sadowski es un gran fanático de Watkins —explicó Jesse, barriendo todo el mapa con la mano—.

Ha estado recopilando una lista de lugares en los que se ha reportado algún tipo de actividad sobrenatural: la inexplicable, la extraña, la aterradora.

Estos son todos los puntos en los que él cree que el aire es lo suficientemente fino como para atravesarlo.

Vivienne examinó un gran cráter negro que Sadowski había pintarrajeado sobre el norte de Maine. Las marcas parecían totalmente arbitrarias, sin un patrón visible.

— Este mapa no tiene ningún sentido —signó.

—Puede que sí. —Dio otro toquecito sobre el triángulo—. Puede que no. Estos somos nosotros, ¿lo ves? Aquí es donde está la catedral, al lado de la línea de cercanías de New Haven. Estamos justo encima de la intersección.

Ambos echaron un vistazo hacia el espejo. En él se veía a Jesse solo ante la mesa, con una esquina del mapa enrollada sobre la mano.

—Por si sirve de algo —siguió él—, creo que este lugar está intensificando tu conexión con tu… estado alterado.

A Vivienne se le revolvió el estómago.

— Tengo que enseñarte algo.

—¿Sí? —Jesse soltó el mapa, dejando que el papel se enrollara sobre sí mismo con un crujido—. Veámoslo.

Lentamente, Vivienne se levantó el borde de la camiseta.

Ahí, en el torso, tenía una franja brillante de quitina.

Se la había descubierto al despertar esa misma mañana temprano, formando una costra sobre su piel, como una herida.

Era como si estuviera transformándose en un insecto, como si fuera una versión del triste viajante de La metamorfosis de Kafka en la vida real.

Era demasiado horrible como para pensar en ella. Demasiado horrible como para mirarla.

Jesse no parecía compartir la misma repugnancia.

—¿Eso es nuevo?

Ella afirmó con la cabeza, con las lágrimas escociéndole en los ojos. De repente, se sintió agradecida por no tener un reflejo. No quería verse así, monstruosa y deforme, con sus entrañas rezumando hacia el exterior.

—Bueno, definitivamente esto corrobora mi teoría —dijo él—. ¿Puedo tocarlo?

Vivienne volvió a afirmar con la cabeza. Jesse se arrodilló frente a ella y sacó un par de guantes del botiquín. El chasquido del látex le hizo dar un respingo. Con delicadeza, empezó a palparle el vientre.

—¿Te duele?

Ella negó con la cabeza.

—¿Tienes algún tipo de sensación? ¿Notas que lo estoy tocando?

Volvió a negar con la cabeza. Era como un fragmento de una coraza incrustado en su piel.

Como la pieza de un cíborg o algún tipo de placa preternatural.

Como si fuera lo que fuese que tuviera dentro estuviese tragándosela poco a poco desde el interior.

Jesse le hizo un pequeño corte y ella se echó para atrás ahogando un grito.

De la incisión superficial en la costra supuró una sustancia azul verdosa.

—Interesante —dijo Jesse mientras dejaba el bisturí sobre la mesa y se acercaba para presionar la zona con las puntas de los dedos. Los mantuvo ahí mientras la inspeccionaba—. No soy entomólogo, pero si tuviera que suponer algo, diría que esto se parece bastante a la hemolinfa.

La cara de Vivienne debió de reflejar su confusión porque él añadió:

—Es análoga a la sangre humana. Similar, pero no exactamente lo mismo. Se encuentra en los artrópodos, los invertebrados…, animales de sangre fría.

«De sangre fría», las palabras resonaron en su cabeza de forma brutal.

Nunca se había sentido menos humana que en ese momento, sin reflejo y extraterrestre, con su cuerpo traicionándola.

Se miró el vientre, tambaleándose ligeramente.

La sustancia ya había empezado a solidificarse y se estaba tornando gris.

—Eso explicaría el aspecto segmentado del bulto —reflexionó Jesse, conforme se ponía en pie—. Esto es bueno. Muy bueno, de hecho.

— ¿Cómo va a ser bueno? —signó ella—. Me estoy convirtiendo en un bicho horripilante.

Él le sonrió. Por primera vez desde que Vivienne lo había acorralado con la propuesta, Jesse parecía emocionado.

—¿Has visto Depredador ? ¿Con Arnold Schwarzenegger?

Ella solo parpadeó en su dirección.

—Me tomaré eso como un no. Hay una frase de la película muy famosa: «Si sangra, podemos matarlo».

Le costó varios segundos entender qué es lo que quería decirle. No la consoló en absoluto.

— No es que suene muy prometedor que bases tu diagnóstico en una película de acción.

—Es un punto de partida, Vivienne —dijo irónicamente—. Es mejor que nada. Pienso aprovechar cualquier ventaja que se me ponga por delante. Descansa. No comas ni bebas nada después de medianoche. Mañana por la mañana te abrimos en canal y vemos qué hay dentro.