La muerte vive en mí 15 Thomas #2
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15 Thomas #2

Armándose de valor, Thomas entró en la habitación.

Amelia ya estaba ahí, más frágil de lo que la había visto nunca, con un vestido de corte recto blanco y unos tacones de aguja a conjunto, y sujetando un vodka con tónica con dedos temblorosos.

Philip estaba sentado frente a ella en su ancha silla de cuero, mirando la fina columna de humo que salía de los restos de un puro.

Delante de él, esparcidos por el escritorio, había dientes.

Dientes humanos.

Dientes de bebé.

Había varios molares e incisivos diminutos, y parecía que los hubiesen agitado y tirado como unos dados. Volcada en medio de los dientes había una tabaquera de plata de ley. Philip se tomó su tiempo para recolocarla.

—Me temo que tú y yo hemos tenido un malentendido —dijo—. ¿Te dije o no que Vivienne tenía ciertos problemas por la noche?

Thomas tragó.

—Lo hizo, señor.

—Y recuérdame también si te pedí que la vigilaras en todo momento.

—Sí.

—Eso pensaba. —Philip le dio unos golpecitos al puro en el cenicero—. Si te doy una directriz es para que la sigas al pie de la letra.

—Con el debido respeto —dijo Thomas—, Vivienne me pidió privacidad.

—¿Ah, sí? —A Philip se le abrieron los ojos como platos—.

Bueno, fue un detalle que la escucharas.

Ahora, gracias a ti, mi hija está desaparecida.

Shaw está en el hospital, lleva soltando sandeces desde que lo encontraron.

Ya puedes rezarle al dios en el que creas para que no empiece a decir cosas que sí tengan sentido.

—¿Y qué si lo hace? —Thomas sabía que provocándole así solo se estaba cavando una tumba aún más profunda, pero siguió cavando de todas formas—. Me gustaría saber qué es lo que Isaac Shaw tiene que contarle a la policía.

Philip se puso en pie como un resorte, como si le hubiesen dado una descarga eléctrica.

—Cómo te atreves a…

—Diría que fue Vivienne quien le hizo eso, ¿verdad?

El silencio cayó como un hacha. Al otro lado del escritorio, Philip respiró hondo.

—No tienes ni la menor idea de lo que estás diciendo.

—¿Qué le pasa a Vivienne?

Amelia Farrow soltó un sonoro sollozo.

— ¿Qué le pasa a Vivienne? —se burló Philip—. ¿Te crees muy listo? ¿Te crees que has descubierto una especie de conspiración? Está desaparecida , eso es lo que le pasa. Y lo que pueda llegar a ocurrirle a partir de ahora es responsabilidad tuya.

La culpa había ido acumulando presión en el interior de Thomas desde que recuperó la conciencia en el suelo de la casa de la piscina. Ahora, esta estaba emergiendo a la superficie con la fuerza de un volcán. Pero Thomas se mantuvo firme, negándose a que lo intimidara.

—El día que me contrató, me dijo que le preocupaba que Vivienne se estuviese juntando con gente indeseable. Lo que no me dijo es que esa gente formaba parte de un grupo llamado la Casa de Hades.

La sangre abandonó por completo la cara de Philip.

—¿Con quién has hablado?

Thomas se había tirado un farol, pero, por la cara de Philip, había dado en el clavo. Así que la información de Colton era buena. Había una conexión. Una minúscula chispa de triunfo prendió en su pecho.

—Es lo que usted dijo, señor: una vez que has formado parte de una hermandad, siempre eres uno de ellos. ¿Cuáles fueron sus palabras exactas? —Thomas chascó los dedos—. Ah, sí: «Esa clase de lealtad no se puede comprar».

La ira de Philip se hizo evidente, palpitante y palpable, tornando el aire de la habitación tenso de repente.

—Philip —susurró Amelia, poniéndose en pie—, no creerás que está buscando…

—No tiene ni idea de lo que está buscando —dijo Philip, furioso—. Solo es una tonta insensata y desobediente cuyas acciones nos destruirán a todos.

—Pero Christian es…

Antes de que pudiese terminar la frase, Philip maldijo con crueldad en voz alta y barrió todo lo que había sobre el escritorio con el brazo.

El cristal, los dientes, todo cayó al suelo haciéndose añicos.

Los documentos sueltos volaron por los aires en un frenesí de papel.

Para cuando tocaron el suelo, Philip había conseguido aplacar parte de su rabia.

— Jamás menciones ese nombre en mi casa —le advirtió a Amelia, apuntándole con el dedo en la cara. Ella se quedó paralizada como una liebre, con el labio inferior temblándole. Después, le dijo a Thomas—: Estás despedido.

—No te molestes —respondió Thomas—. Renuncio yo.

Philip soltó una fría risotada.

—Te crees tan honrado… No te olvides de que firmaste un exhaustivo acuerdo de confidencialidad. Si hablas con alguien, ya sea la policía, tu familia o tus amigos; te llevaré a juicio. Tienes una hora para hacer las maletas. Después, te quiero fuera de mi casa.

Dicho esto, Philip salió hecho una furia del despacho, cerrando la puerta tras él de un portazo. Thomas y Amelia Farrow se quedaron solos. En el suelo, los dientes desperdigados resplandecían como pequeños ópalos blancos.

—Philip no es un monstruo —dijo Amelia, con una voz tan suave que, prácticamente, era imperceptible—. Sé que lo parece, pero se preocupa muchísimo por Vivienne. Mucho más de lo que se preocupó nunca su padre biológico.

Thomas no supo qué contestar a eso, así que optó por no decir nada en absoluto. El silencio se expandió entre ellos como un globo.

—Él también era abogado —prosiguió Amelia con suavidad en cuanto aquella quietud se le hizo insoportable—.

De hecho, eran socios directivos. Sé que al decirlo así parece la trama de una telenovela, pero la verdad es que Philip dio un paso al frente y estuvo ahí cuando el padre de Vivienne no lo hizo. Es un buen hombre.

De nuevo, Thomas no dijo nada. Estaba muy cabreado. Le dolía hasta respirar. La madre de Vivienne le mostró una frágil sonrisa.

—Eres muy joven. Eso fue lo que le dije a Philip cuando quiso contratarte. Le dije: «Solo es un chaval, no está preparado para lidiar con lo que está ocurriendo aquí».

—¿Y qué es lo que está ocurriendo exactamente?

Los ojos de Amelia se desviaron hacia la puerta.

Esta se estrujó las manos, llenas de diamantes que brillaban en todos los anillos menos en uno.

En ese había una piedra pálida, del color de la leche y ligeramente desigual.

Thomas no tenía ni idea de joyas, pero si hasta ese día alguien le hubiera preguntado, habría dicho que aquello era una perla.

Sin embargo, ahora veía claramente que se trataba de la pulida corona de una muela.

Un diente de leche cuidadosamente encajado en unos engastes de oro blanco.

Se le revolvió el estómago.

—Ya has oído a mi marido —dijo Amelia, ocultando el anillo rápidamente—, ya no requerimos de tus servicios. Siento que haya ocurrido de esta forma, pero debes marcharte ya, antes de que empeoren las cosas.

En cuanto Thomas estuvo a solas en la habitación de invitados, sacó la grabadora de Shaw y la puso sobre el escritorio.

Le llevó un rato reunir el coraje necesario para escuchar la grabación.

Entretanto, se dio una ducha, retorciéndose de dolor cada vez que el agua fría le caía sobre las heridas.

Cuando terminó, se secó con una toalla y se puso unos pantalones cortos mientras contemplaba la grabadora como si fuera una bomba a punto de explotar.

Si iba a ir a buscar a Vivienne, tenía que saber a lo que se enfrentaba.

Pulsó el botón. Los primeros segundos solo eran sonidos estáticos. Después, escuchó a Shaw que decía: «Señorita Farrow, antes de comenzar quería transmitirle mi más sincero pésame…».

Thomas se puso a toquetear los ajustes, adelantando la conversación hasta que escuchó su propia voz, tensa y distante: «¿Pero usted quién es?, ¿la policía?».

Mientras se ponía una camiseta, dejó que sonase la grabación.

Escuchó el momento en el que Vivienne y él abandonaron la biblioteca.

A esto le siguió un largo intervalo de silencio, interrumpido únicamente por el sonido del movimiento de una página y del roce de un lápiz sobre el papel.

Thomas se puso las deportivas mientras seguía escuchando, esperando a cuando Vivienne volvió a entrar sola.

«Creo que así nos resultará más fácil», escuchó decir a Shaw mientras terminaba de atarse los cordones. «Puede usar mi libreta para escribir sus respuestas, ¿qué le parece?».

El crujido de una tela. Algo cayéndose al suelo. Y, entonces, con una voz tan baja que era casi indistinguible, Thomas escuchó a Vivienne : «No quiero hacerte daño. Para mí es importante que lo sepas».

Thomas agarró la grabadora de un tirón y se la puso en la oreja justo cuando Shaw soltaba un alarmado: «¿Perdona?».

«Es solo que no tengo elección», prosiguió Vivienne. Sonaba desesperada. Suplicante. Asustada. De fondo, algo grande cayó al suelo de golpe. Un cuerpo desplomándose. «Tengo que hacer lo que me pide, si no, me duele por todas partes».

Thomas se quedó helado por dentro. En la grabación, Shaw emitió un sonido similar al de un ternero herido.

«¿Tú también lo sientes?», le preguntó Vivienne. «Es insoportable, ¿verdad?».

«Por favor», suplicó Shaw. «Sea lo que sea que estás haciendo, para, por favor».

«Pero es que no puedo», respondió Vivienne. «Eso es lo que estoy intentando decirte».

La grabación empezó a entrecortarse justo con el primer grito de Shaw. Lo siguió un golpe seco, el mismo que hizo volver a entrar a Thomas en la habitación. Con el estómago revuelto, apagó la grabadora, la tiró al suelo y la aplastó con fuerza con el talón hasta que oyó cómo se partía.

Cuando se hubo deshecho de los pedazos, sacó el móvil e hizo una llamada.

—Tenía el presentimiento de que recibiría noticias tuyas más pronto que tarde —dijo Colton, tras descolgar al primer tono—. ¿Has averiguado algo?

—Podría decirse que sí. La chica que me mencionaste en la llamada…

—¿Vivienne Farrow?

—Sí. —Thomas tragó y sintió un nudo en la garganta—. Estabas en lo cierto. Sobre lo de la Casa de Hades, me refiero. Su padrastro sabe algo. No es que haya dicho gran cosa, pero ha quedado bastante claro. En cuanto a Vivienne…, bueno, ha desaparecido. Creo que está en problemas. No es…

Las palabras retumbaban en su cabeza: No es humana. No es humana.

Pero no las expresó en voz alta. En su lugar dijo:

—Necesito ayuda.

—Ya estamos a más de medio camino de Connecticut —dijo Colton.

—Que estáis… ¿Lo dices en serio?

—Claro —le aseguró Colton—. ¿De qué sirve ser de una fraternidad si no puedes llamar para pedir un favor de vez en cuando? Mándame la dirección; estaremos ahí en menos de una hora.