La muerte vive en mí 15 Thomas
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15 Thomas

El hospital Saint Mary’s estaba frío como un congelador y atestado de gente hasta tal punto que, durante gran parte de la noche, en el vestíbulo uno solo podía estar de pie.

Ahora, con el flujo más reducido de las primeras horas de la mañana, Thomas estaba sentado en una camilla en el pasillo, poniendo a prueba sus últimos resquicios de paciencia y agarrando con fuerza la grabadora de Isaac Shaw en el puño.

Todavía no había escuchado la grabación.

Aquí, entre desconocidos, no.

Cada vez que las enfermeras pasaban a su lado lo miraban de reojo, de forma discreta pero perceptible.

Thomas no podía culparlas, parecía que acababa de salir de una pelea en un callejón.

Tenía la pechera de la camisa rígida por la sangre seca.

La cabeza como un bombo que retumbaba y retumbaba.

Tenía el lóbulo de la oreja izquierda hinchado en forma de coliflor y el ojo izquierdo prácticamente cerrado.

Sin embargo, apenas notaba todo esto. Su atención estaba centrada en el reloj de la pared.

En los segundos, los minutos y las horas que pasaban sin cesar.

Él no hubiera ido al hospital, pero había descubierto que Hadley Appelbaum y Frances Lefevre podían ser casi tan pertinaces como Vivienne cuando querían. Ellas habían insistido en que lo vieran y, en esos momentos, Thomas no encontró las fuerzas para protestar.

Ocho horas y varios puntos de sutura más tarde, ya estaba harto. Quería golpear algo. Se había pasado toda la noche en triaje, con el pánico que sentía en el pecho fusionándose con la ira hasta que empezó a verlo todo envuelto en una neblina roja e iracunda.

Vivienne había desaparecido. Desaparecido . Y él estaba ahí sentado sin hacer nada.

—Disculpa la espera. —Una mujer pelirroja con una bata blanca vino con un carrito y se detuvo justo delante de él—. Soy la doctora Rosen. ¿Podrías confirmarme tu nombre y fecha de nacimiento?

—Thomas Walsh —dijo de forma automática, cansado de repetirlo—, 23 de julio.

—Perfecto, gracias. —La doctora lo observó por encima de las gafas de cerca con una sonrisa amable—. No parece que hayas tenido una buena noche.

—Las he tenido mejores.

—Bueno, te curaremos todo bien. —La doctora iba clicando por el historial electrónico de Thomas—. Enseguida vendrá un técnico de radiología para hacerte una radiografía.

Thomas había necesitado las suficientes radiografías durante su época como jugador de lacrosse como para saber que no podía permitirse pagar la factura. Y también sabía que tendría que esperar horas hasta que le dieran los resultados. Y él no tenía esas horas.

—¿Necesito una?

—Sin duda te recomiendo que te la hagas —dijo la doctora Rosen—. Nos preocupa que puedas tener una costilla fracturada. La radiografía nos ayudará a examinarte con total exactitud para determinar un tratamiento.

—¿Puedo negarme?

—Iría en contra de las recomendaciones médicas, pero sí.

—Vale. —Thomas se acercó la americana—. Entonces me gustaría hacerlo. Negarme, me refiero.

La doctora Rosen se puso las gafas en la cabeza y lo observó con detenimiento.

—¿Está aquí contigo uno de tus padres o tu tutor legal?

—Tengo dieciocho.

—¿Algún amigo, entonces?

—No —dijo Thomas con brusquedad, con su paciencia a punto de agotarse—. Estoy solo. Y estoy bien, de verdad. Me gustaría irme.

La doctora Rosen lo observó durante unos segundos más.

—Pediré que una enfermera te traiga los formularios del alta para que los firmes. Espera aquí, ¿de acuerdo?

—Muy bien, gracias.

En cuanto la doctora estuvo fuera de su vista, Thomas se bajó de la camilla y agarró su americana, haciendo una mueca de dolor ante el agudo pinchazo que notó en la cintura.

Una tosecilla le llevó a mirar hacia un anciano encorvado en una silla de ruedas.

Tenía una manta de franela cubriéndole el regazo, y su mujer estaba dormida en el asiento de al lado.

—Yo no he visto nada —dijo el hombre, guiñándole un ojo.

—Gracias. —Thomas sonrió.

Ya en la sala de espera, se sorprendió al ver a Hadley y a Frankie esperando en la puerta.

En cuanto lo vieron aparecer lo acorralaron, hablando una por encima de la otra.

Igual que él, ellas también iban vestidas con la ropa de la gala todavía, con las telas salpicadas de pintura naranja y rosa.

Mientras que él estuvo recibiendo un golpe tras otro en la casa de la piscina, el resto de los invitados de la fiesta habían sufrido un ataque con pistolas de paintball .

Una broma. Parecía ser que los culpables eran unos estudiantes de un colegio público cercano: un puñado de lugareños que nunca se habían llevado bien con Hudson Turner y los de su calaña.

Pero ¿por qué se habrían llevado a Vivienne?

No tenía ningún sentido.

—Traerme hasta aquí ya ha sido más que suficiente —dijo él mientras apartaba a Frankie con el codo en dirección a la puerta—. No teníais por qué quedaros.

—No nos hemos quedado por ti —dijo Hadley, siguiéndole el paso—. Vivienne está en problemas.

—¿Tú crees? —soltó con tono cruel.

—Nadie la ha visto desde la fiesta —añadió Hadley, levantándose la falda del vestido para poder seguirle el ritmo—. Thomas . ¿Has oído lo que acabo de decir?

Thomas empujó la puerta giratoria y salió al abrasador calor de la mañana. Calle abajo, había varios taxis esperando. Se dirigió hacia ellos, buscando la cartera. El móvil le sonó en el bolsillo.

—Thomas —lo llamó Hadley—. ¡Walsh, espera! Esto es serio. Tenemos que hablar contigo.

Silenció el móvil y se volvió enfadado hacia Hadley, quien se vio obligada a detenerse en seco.

—Yo estaba allí, ¿vale? —El dolor que sentía en el pecho era atroz—.

Yo estaba con ella cuando esos cabrones se la llevaron.

Así que no necesito que vengas a decirme que Vivienne ha desaparecido porque ya lo sé.

Lo sé, y es por mi culpa. Tengo que volver a su casa a contarles a sus padres lo que ha ocurrido y después tengo que llamar a la policía.

—Estarías perdiendo el tiempo —dijo Frankie—. El padrastro de Vivienne no va a interponer una denuncia por su desaparición.

Thomas se quedó paralizado.

—¿Qué?

—Mi padre se ha reunido con él en la comisaría esta mañana —explicó Hadley—. Philip le ha contado que anoche Vivienne se fue a casa temprano. Le ha vendido la historia de que no se encontraba bien y que por eso su madre se la llevó a casa más pronto de lo esperado.

—Eso no fue lo que pasó.

—¿Qué te crees, que no lo sabemos? Está mintiendo .

—Pues dile a tu padre la verdad —gruñó Thomas.

—Lo he intentado, pero no me escucha. Dice que me estoy metiendo donde no me llaman…

—Es verdad que suele hacerlo —dijo Frankie, socarrona.

—… y que tengo que dejar en paz a los Farrow. —Hadley fulminó a Frankie con la mirada—. Al parecer, Philip dijo que Vivienne está de luto por la muerte de su «novio».

—Donahue no era su novio —replicó bruscamente Thomas.

—¿Crees que no lo sabemos? —preguntó Hadley—. Por eso estamos aquí. Algo va mal .

El miedo lo atravesó en unos filamentos finos como cables. En el bolsillo, su móvil estaba sonando otra vez. Lo sacó, deseando desesperadamente ver el nombre de Vivienne en la pantalla. Pero no, era el presidente de su fraternidad llamando por quinta vez en cinco minutos.

—Joder —dijo—. Dadme un segundo.

—Walsh. —La voz de Colton Price fluyó agradable desde el otro lado del teléfono. No sonaba como alguien que hubiese estado intentando contactar con él repetidamente durante las últimas veinticuatro horas—. Qué difícil es ponerse en contacto contigo.

—He estado ocupado —respondió Thomas, mientras echaba un vistazo hacia Hadley y Frankie. Las chicas lo iban guiando por el aparcamiento, alejándolo de la zona de los taxis y llevándolo a la de los visitantes. Se dio por vencido y dejó que lo guiaran—. ¿Qué pasa?

—Es una larga historia —dijo Colton.

—Pues cuéntame la versión corta.

—Qué susceptible. Tomo nota. Iré directamente al final: ¿te dice algo el nombre de Mikhail Popov?

—No —respondió Thomas mientras Hadley le indicaba que se sentara en el asiento trasero de un impoluto Lexus plateado.

—Intenta no sangrar en el cuero —le susurró Hadley al mismo tiempo que Colton le preguntaba—: «¿Estás seguro?».

—Completamente. —Se dispuso a abrocharse el cinturón—. ¿Puedo serte sincero? No parece que esto sea urgente.

—Nunca dije que lo fuera —dijo Colton, ofendido.

—Me has llamado veintisiete veces.

—¿Tantas?

—Mira, me encuentras en muy mal momento. Ya te llamaré en…

—¿Y qué hay de una tal Vivienne Farrow?

El cinturón encajó con un clic .

—¿Dónde has oído ese nombre?

Pasaron unos segundos antes de que Colton respondiera. De fondo, Thomas oyó a una chica murmurando algo.

—Vale —dijo Colton—, le pregunto. Walsh, ¿te suena una organización llamada la Casa de Hades?

La casa de los Farrow se le antojó más imponente que nunca mientras se detenía en el umbral de la puerta principal y se mentalizaba antes de entrar. En el bolsillo, la grabadora de Isaac Shaw le pesaba como un yunque.

No había escuchado la grabación. Todavía no.

Pero ya sabía qué era lo que iba a escuchar.

«Investigaré un poco», le había dicho a Colton Price. «Te llamo en cuanto sepa algo más».

Durante la llamada, Colton había sido bastante ambiguo en cuanto a sus fuentes, pero le había hablado de la Casa de Hades como si esta fuera una especie de club.

Un club con el que Vivienne tenía alguna conexión.

No tenía ningún sentido, al menos no para Thomas, pero si alguien podía ayudarle a atar cabos, ese era su jefe.

Philip había mentido a la policía. Los había apartado.

¿Qué clase de padre hacía eso cuando su única hija había desaparecido?

Philip Farrow escondía algo, Thomas estaba seguro de ello.

Y si Colton estaba en lo cierto, tenía que ver con este misterioso club.

El interior de la casa estaba sumido en un silencio sepulcral y las pisadas de Thomas retumbaban como truenos.

Casi había llegado al despacho de Philip cuando este le llamó:

—¿Walsh, eres tú? Estamos aquí.