La muerte vive en mí 14 Vivienne #2
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14 Vivienne #2

La luz del sol se derramaba por las elevadas ventanas del deambulatorio iluminando los santos en tonos rojo mártir y azul apostólico.

En el transepto, el aire flotaba inmóvil, denso por el polvo, que brillaba dorado en los lugares donde incidía la luz que conseguía atravesar los anchos contrafuertes de madera.

El fuerte contraste de las sombras dificultaba saber con exactitud cuántas personas esperaban en los bancos.

Había al menos media docena de ellas, todas sentadas sin hacer nada y murmurando entre ellas, con sus rasgos irreconocibles entre el polvo en suspensión.

En la primera fila, una chica vestida totalmente de rejilla — leggings de rejilla, top de rejilla y un llamativo par de guantes de rejilla— adulaba a un chico regordete con un mullet mal cortado y una mandíbula visiblemente amoratada.

En cuanto vieron a Vivienne acercarse, ambos se pusieron en pie como un resorte.

—Me preguntaba cuándo te dignarías a dar la cara —masculló el chico—. Tu novio casi me rompe la mandíbula.

—Relaja, Sadowski —dijo Reed—. Erais cuatro contra uno. No tenía ninguna posibilidad.

Vivienne volvió a parpadear y ahí estaba Thomas otra vez, con la sangre cayéndole por la barbilla en un hilillo carmesí.

Estaba lúcido. Estaba lúcido .

Lo estaba, ¿no?

No lograba recordarlo.

—Parece una Barbie —soltó la chica, mirando a Sadowski. Sonó decepcionada—. Creía que habías dicho que era un demonio .

Reed puso los ojos en blanco.

—Te dije que lo llevaba dentro .

—Bueno, ¿y dónde está?

—Joder, Lydia —saltó Sadowski—. Está poseída, no es que vaya por ahí con un demonio en el bolso.

Lydia, que llevaba botas, se puso de puntillas.

—Entonces, ¿qué hay en esa caja?

—Vosotros. Callaos ya.

Jesse Grayson estaba en el pasillo más cercano, flanqueado por un esmirriado adolescente con un montón de piercings plateados en la cara.

Entre ellos se hundía otro chico, con el cuerpo flácido.

Iba rasguñado por todas partes, unos profundos arañazos le marcaban la piel que le rodeaba los ojos, como si hubiera hecho todo lo posible por arrancárselos de cuajo con las manos.

A Vivienne se le revolvió el estómago de verlo.

Reconocería su obra en cualquier parte.

—Va hasta arriba de benzodiacepina —dijo Jesse—. Con suerte, lo mantendrá aturdido el tiempo suficiente para que me dé tiempo a hacerle un examen un poco más exhaustivo.

— ¿Ese es A-d-r-i-a-n? —signó Vivienne—. ¿F-a-b-e-r?

—Sí, así es —le confirmó Jesse—, es Adrian. ¿Contenta, Vivienne? Ya tienes lo que querías.

— Yo no quería esto.

—¿Vivienne? —El chico que sostenían entre Jesse y el adolescente levantó la cabeza.

Se le quedó ladeada, como si le pesase, mientras la observaba fijamente con los ojos vidriosos y la mirada perdida—.

Él me ha dicho que eres especial —continuó el chico con voz débil por el efecto depresor del medicamento—.

Que si quiero subir puestos en la jerarquía debo hacer todo lo que me pidas.

Darte todo lo que quieras. Que debo hacerte feliz para que vuelvas a casa.

—¿De qué cojones está hablando? —Reed se puso tenso.

—Mírate —dijo el chico con maldad antes de que nadie pudiese responder—. Tú no eres especial. Puedo verte con claridad ahora que te he oído hablar. Es como… como si hubieses corrido las cortinas tras las que te ocultabas. Rezumas muerte. Eres todo larvas y gusanos.

Vivienne pensó en el modo en el que se había deshecho por completo en su sueño. Sabía que su interior era pura putrefacción, pero oír cómo lo decían en voz alta fue como si la despellejaran viva.

—Sadowski —ladró Jesse—, ayuda a Diaz con Faber. Llevadlo al piso de arriba. Enseguida subo.

Jesse esperó a que todos se marcharan antes de centrarse en Vivienne.

—¿La has traído?

—No, la he traído yo —respondió Reed—. Me la dio Hudson anoche, justo antes de que todo se fuera a la mierda.

Reed rebuscó en su americana y sacó un pequeño vial de cristal lleno de un líquido transparente.

Jesse lo tomó y le dio la vuelta para leer la etiqueta.

A Vivienne le resultó un poquito irónico lo lejos que había sido capaz de llegar por algo tan diminuto.

Irónico que, después de estar semanas planeando cómo librarse de Thomas Walsh, él fuera en lo único que podía pensar ahora.

La última vez que lo había visto apenas podía mantenerse en pie.

¿Fue por su culpa? ¿Fue ella quien le hizo eso?

—Bien, pues ya está —dijo Jesse, guardándose el vial en el bolsillo. Sonaba resignado—. Según tu altura y peso, dos mililitros de ketamina deberían ser suficientes para dormirte y que no te despiertes.

—Si es que puedes encontrarle la vena… —farfulló Reed.

Jesse lo fulminó con la mirada.

—No empieces. ¿Qué hay en la caja?

—Me alegro de que lo preguntes. —Reed puso la caja entre ellos. Dentro, el pajarito marrón seguía luchando por respirar. Jesse frunció el ceño al verlo.

—¿Qué es?, ¿un gorrión?

—Eso parece.

—¿Qué le ha pasado?

Reed le lanzó una miradita a Vivienne. Ella no se la devolvió.

—Esa es la cuestión —dijo—. No estamos muy seguros, pero, digamos que Vivienne estaba de pie sin un pájaro, y a los segundos… pum , pájaro.

—Esto no me gusta nada —dijo Jesse—. Es una variable que no habíamos contemplado. ¿Te había ocurrido algo similar antes?

Vivienne negó con la cabeza.

—¿Qué crees que significa? —preguntó Reed.

—No lo sé. —Jesse volvió a mirar al pájaro, frotándose el mentón con la mano—. Quiero intentar hacerle un examen completo a Vivienne en estado de alteración antes de la intervención.

Reed soltó un silbido.

—Parece una buena forma de acabar como Faber.

—La amordazaremos si es necesario. No me estoy metiendo en esto a ciegas.

— ¿Y qué pasa con el pájaro? —preguntó Vivienne, ligeramente desesperada.

—El pájaro se está muriendo, Vivienne —respondió Jesse con frialdad—. Tú lo has matado.

¿Y qué pasa con Tommy? , ese pensamiento le daba vueltas y vueltas en la cabeza.

¿Y qué pasa con Tommy? Vivienne no se atrevía a preguntar.

¿Lo habría matado también? ¿Lo habría abandonado ahí en el suelo de la casa de la piscina arrancándose los ojos y desgarrándose la piel?

¿Le habría fallado el corazón? ¿Habría muerto allí solo?

Ella no tenía intención de gritar.

—No puedo hacer nada para ayudar al pájaro —añadió Jesse—, pero haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte a ti.

— Gracias —signó ella en respuesta, tocándose la barbilla con los dedos temblorosos.

—No hago esto por pura bondad. Me tienes entre la espada y la pared, y lo sabes.

En cuanto Jesse se marchó, ya solo estaban Reed y ella.

El resto de la catedral también se había ido vaciando poco a poco, como si ninguno de los iniciados quisiera acercarse demasiado.

Vivienne no podía culparles, ella también estaba haciendo lo impensable para alejarse todo lo posible de sí misma.

—Estás muy callada —dijo él. Vivienne lo fulminó con la mirada y Reed intentó arreglarlo—: Bueno, a tu modo, ya me entiendes.

— Te estuve buscando —signó ella—. En la fiesta.

—¿Sí? —Reed arqueó una ceja—. ¿Y eso?

— Me entraron las dudas.

Él la evaluó por el rabillo del ojo.

—¿Aún las tienes?

Vivienne no respondió. Con delicadeza, le quitó a Reed la caja de las manos y miró al pájaro que yacía en su interior.

Sus ojos estaban nublados y su respiración era lenta.

Sintió un pinchazo en el corazón. No podía deshacerse de la horrible sensación de que lo había hecho todo mal.

Normalmente, era mucho más cauta. Siempre se había considerado extraordinariamente meticulosa.

Planeaba cada paso con antelación, controlaba hasta la última variable.

Pero la llegada de Thomas a principios del verano la había descentrado por completo. Él la había hecho actuar de forma reactiva, temeraria, imprudente. En tan solo unas semanas se había convertido en una persona impulsiva, toda corazón y humillación.

Ya era demasiado tarde para tener dudas.

No importaba cómo había tomado esas decisiones, solo que lo había hecho. Ya no le quedaba otra opción más que llevarlas a cabo hasta el final.

Exhausta, se hundió en un banco. Reed se sentó a su lado.

Durante un rato, estuvieron sentados uno junto al otro mirando cómo el sol brillaba sobre los ropajes rojo sangre de uno de los mártires.

Vivienne sujetaba la caja con fuerza sobre su regazo y observaba cómo el gorrión luchaba por respirar.

Le pareció que eso era lo más compasivo que podía hacer: ser testigo de su sufrimiento.

O quizás era lo más cruel. Quizás sería más compasivo acabar con su dolor. Pero Vivienne era demasiado cobarde para hacer algo que no fuera mirar, ser una testigo silenciosa hasta la muerte. Al fin y al cabo, eso es lo que ella era siempre.

—Lo que estás haciendo es egoísta —dijo Reed, sobresaltándola. Casi se le había olvidado que él estaba ahí. El chico apoyó los codos en el respaldo del banco y añadió—: ¿Cómo crees que se sentirán las personas que te quieren cuando no sobrevivas?

Vivienne quiso decirle que no había nadie en el mundo que la quisiera, pero aquello era algo que le resultaba insoportable de admitir.

En su lugar, signó:

— No tengo planeado morir.

—Pero si sucede, tampoco te importa. —Cuando ella no lo negó, Reed dejó escapar una risa desganada—. No voy a quedarme, Viv. A la operación, me refiero. Voy a renunciar a mi membresía.

Sorprendida, Vivienne se giró para mirarlo a la cara.

— ¿Por qué?

Él echó la cabeza hacia atrás, mirando hacia el techo abovedado.

—La Casa exige demasiado. Así es como funciona. Todos los nuevos miembros están obligados a pagar tributos. Al principio no es mucho: parte de tu sueldo, unas gotas de sangre.

— ¿Sangre? —signó, asqueada, deslizando la mano hacia abajo por su estómago.

—Solo un poco —respondió él—. Más o menos como cuando vas a donar sangre.

El mero hecho de pensarlo la horrorizó sobremanera.

— ¿Qué hacen con ella?, ¿con la sangre?

—No tengo ni idea. No hago preguntas. Lo único que sé es que cuanto más asciendes en la jerarquía, mayores son los tributos que debes pagar. Cuanto mayor es la ofrenda, mayor es la recompensa. Antes pensaba que no me importaba, no tenía nada que no fuera capaz de ofrecer para seguir progresando.

— ¿Y ahora?

—No lo sé. —Se giró para mirarla a los ojos, con expresión melancólica—. Quizás a mí también me han entrado las dudas.

Al levantarse para irse, Reed se balanceó sobre los talones, con las manos en los bolsillos, mientras sopesaba, y ella lo sabía, cuál sería la mejor forma de despedirse. Al final, optó por no decirle nada en absoluto. Y Vivienne supuso que era porque ya le había dicho todo lo que quería decirle.

Tampoco es que fueran amigos.

Su relación, igual que todas las demás que tenía Vivienne, había sido una transacción.

Y ahora esta había llegado a término.

Reed la dejó sola en el oscuro silencio de aquella catedral vacía, con un gorrión a punto de morir en su regazo y los ojos sin vida de los santos mirándola fijamente sin remordimientos.