14 Vivienne
V ivienne estaba soñando con la casa otra vez. Las ventanas tapiadas. El pasillo estrecho como un río. La puerta hacia el sótano abierta y sus sombras retorciéndose hacia abajo y hacia abajo.
Vivienne , dijo la oscuridad. Estás muy muy cerca .
Normalmente, cuando soñaba con la casa, estaba sola.
Arañaba la puerta y se tapaba los oídos; hacía todo lo que podía para ahogar esa oscura voz que la atraía.
Esta vez era diferente. Esta vez, había un chico justo a las puertas del sótano.
Estaba empapado y blanquecino como un cadáver, y el impétigo plagaba los extremos de su sonrisa.
«Aquí abajo todo está en silencio», le dijo. «Con el tiempo deja de molestarte».
Lentamente, el agua empezó a extenderse por la tarima de madera. Primero en un hilillo, después en un arroyo. Borboteaba, ruidosa, arremolinándose en sus tobillos.
«Las muertes siempre vienen de tres en tres», dijo el chico.
Solo que… ya no era el chico. Ahora era Mikhail.
El fuerte y estoico Mikhail, quien la había querido como un padre.
No tenía ojos. En su lugar, solo había dos órbitas vacías.
Los labios se le replegaban de los dientes en una sonrisa de esqueleto.
Vivienne, con el corazón roto y horrorizada, se tambaleó hacia atrás y se cayó, golpeándose el coxis en la madera con un ruido sordo. El agua le lamía la cintura, mojándola.
«Así son las cosas», dijo Mikhail, avanzando hacia delante lentamente. «Es lo que se ofreció. Él no quiere asustarte, gorrión. Solo desea cobrarse lo que es suyo».
En la ventana de al lado, un pardillo se posó en el alfeizar.
Pío , cantó mientras saltaba nervioso hacia un lado. Pío, pío, pío .
Vivienne se incorporó de repente, con el corazón martilleándole en el pecho.
Estaba en la cama. Era por la mañana y el sol estaba amarillo y plano, como una moneda en el cielo.
Un pequeño gorrión marrón descansaba en la barandilla de hierro forjado de su balcón, observándola con cautela cada vez que las cortinas se levantaban con la brisa.
Los perros no estaban. El aire de la habitación se notaba viciado.
Estaba agotada y le dolía todo, y las costuras del vestido se le clavaban en los costados.
Qué raro. Ella nunca se iba a dormir vestida.
Se bajó de la cama y se sacudió el tul arrugado de la falda. Los dedos se le quedaron petrificados sobre las arrugas, totalmente rígidas. Los pliegues del vestido tenían un color rojizo y algunos trocitos del tul se estaban descascarillando. Horrorizada, comprendió que era sangre.
Cerró los ojos e intentó recordar cómo había vuelto a casa, visualizar cómo había subido las escaleras y se había desplomado sobre la cama.
Pero fue inútil. Su cabeza estaba llena de sombras que se alejaban de ella escurridizas como pececillos, demasiado rápidas como para atraparlas.
Estaba a punto de rendirse y volverse a la cama cuando lo oyó: un gemido proveniente de su baño.
Por la rendija de debajo de la puerta solo pudo entrever el balanceo de una sombra. Quienquiera que estuviese ahí dentro se estaba meciendo como si fuera un bebé. Hacia delante y hacia atrás. Hacia atrás y hacia delante.
Con paso tembloroso, Vivienne se tambaleó hacia el baño. La puerta se abrió de par en par y chocó con fuerza contra un cuerpo. Ahí, en el suelo, estaba sentado Thomas.
«Te oí», dijo él. Tenía los antebrazos arañados en carne viva, la piel se le estaba empezando a desgarrar. Vivienne supo, sin ninguna duda, que había estado ahí arañándose él mismo presa del pánico.
«Te oí contar», farfulló él, meciéndose cada vez más rápido. « Te oí y ahora estás dentro de mi cabeza. Hay unas alimañas arrastrándose por mi piel. Las siento . No puedo sacármelas. No puedo…».
Vivienne cayó de rodillas, desesperada por encontrar una forma de consolarlo.
Cuando intentó tocarlo, la mano de Thomas la agarró rápidamente por la muñeca, como una hoz.
Sus ojos eran fríos y severos. No había calidez alguna en ellos.
Solo repulsión. Lentamente, Vivienne siguió esos ojos hasta su propio antebrazo.
Por la piel le asomaba un único filamento rizado, fino como una hebra y rosa como un lazo.
Observó espantada cómo Thomas agarraba el hilo y tiraba de él.
Vivienne empezó a deshilacharse en madejas, a deshacerse en repugnantes guirnaldas de tul y en brillantes adornos de tendones.
Él estiraba y estiraba, despellejándola, hasta que lo único que quedó de ella fue el blanco de sus costillas desnudas y el horrible latido rojo de su corazón.
Y, ahí, tejido alrededor de su esternón, estaba el caparazón negro y brillante de algo ponzoñoso.
«Lo sabía», dijo Thomas, antes de soltarla inesperadamente.
Vivienne se cayó hacia atrás sobre los azulejos. El horripilante exoesqueleto crujió de forma espantosa mientras se ponía a recoger aquellas cintas, a sí misma.
No me mires , quería chillarle a Thomas. No mires.
Se puso en pie, tambaleándose, con intención de huir, pero se chocó de lleno con Mikhail, que estaba en medio de la puerta abierta contemplando a Thomas en silencio.
«¿Quién es?».
Su voz sonó varios tonos más baja. No parecía Mikhail en absoluto, sino ese insidioso susurro que le hablaba en sueños. En el balcón, el gorrión aleteaba nervioso.
«Deja de revolverte», dijo el pájaro, con una voz demasiado humana. «Vas a hacerte daño».
«Este chico apesta a fuego del infierno», dijo Mikhail, hablando por encima del pájaro. «No deberías haberlo traído aquí».
«Vivienne», dijo el pájaro. «Abre los ojos».
Y lo hizo.
La pesadilla se desvaneció de repente y, ahí, frente a ella, estaba Reed. El verdadero Reed, no una especie de amalgama atroz. Igual que ella, él también seguía vestido con la ropa de la gala, aunque llevaba la camisa por fuera horriblemente arrugada y tenía los botones manchados de vino.
—Viv —dijo Reed, pálido—. ¿E-eso es…? Quiero decir, ¿cómo has…? Hostia puta .
Se encontraban en un sótano que ella no reconocía, mohoso y frío, con las cañerías del techo expuestas como un nervio.
Los muros de hormigón estaban pintados de un blanco muy brillante, cegador, pero todo lo demás era de algún color primario: desde los bloques de juguete desperdigados sobre una alfombra del abecedario hasta la estantería repleta de cuentos infantiles de cartón.
En la pared del extremo norte había colgada una gran cruz de madera, deteriorada por la putrefacción.
El pánico de Vivienne podía palparse. Le palpitaba en las manos, como si se hubiese arrancado el corazón del pecho y ahora lo estuviese sujetando.
—Vivienne —repitió Reed, esta vez con más urgencia—. ¿Se está muriendo?
Desconcertada, siguió la mirada del chico.
Ahí, en sus propias manos ahuecadas, Vivienne sostenía algo frágil, tembloroso y con vida, aunque quizá no por mucho tiempo.
Sin embargo, no era su corazón, sino el gorrión de su pesadilla.
El pulso se le aceleró de forma tan violenta que casi se le cayó aquella imposible criatura.
Tenía el ala en un extraño ángulo, como si se hubiera chocado contra una ventana.
—¿Cómo lo has hecho? —le preguntó Reed—. Estabas revolcándote por la habitación y un segundo después…
Los dos se quedaron mirando al pájaro, viendo cómo este se esforzaba por respirar mientras ambos reflexionaban sobre lo imposible que era lo que había hecho Vivienne. Se había encerrado por completo dentro de ella misma y, al volver en sí, había extraído algo.
—Deberíamos buscar una caja —dijo Reed finalmente—. Algo donde podamos guardarlo.
Mientras él miraba entre los cachivaches en busca de algo que pudiera servirles, Vivienne se quedó quieta, esforzándose por encajar las piezas del desordenado puzle que era su memoria.
Lo último que recordaba con algo de claridad era a Thomas, iluminado por la luz de los rayos y desconcertado.
Recordaba los ruidos también: el golpe de un puñetazo, el horrible crujir de un puño golpeando un hueso y la voz de Reed por encima:
—Ya basta, Sadowski. Nos pidió que quedara realista, no que lo matases.
—Aquí —Reed ya estaba frente a ella otra vez, ahora sujetando la caja de madera de un puzle. La había rellenado de pañuelos, haciendo una especie de camastro—. Ponlo dentro.
Vivienne le hizo caso y depositó al pájaro con toda la delicadeza que pudo. Lo observaron tumbado de costado, viendo cómo el pecho le subía y le bajaba en precarios jadeos.
—Anoche casi matas a uno de los iniciados —continuó Reed.
Su tono era objetivo, sin acusaciones, pero aun así, el remordimiento la atravesó de arriba abajo—.
Se llama Adrian Faber. Es estudiante de primer año en un centro de formación profesional.
O, al menos, lo era antes de que lo dejases hecho polvo. Pero bueno, a ti eso te da igual.
Afloró otro recuerdo: Thomas tambaleándose sobre la escultura de una ninfa con un estallido carmesí en la sien. Un chico con un pasamontañas negro desplomándose de rodillas con las manos tapándose los oídos. Los restos desgarrados de su grito adhiriéndose al silencio.
¿Había destrozado también a Thomas?
¿Había dejado su mente rota y sus tripas llenas de gusanos?
No lograba recordarlo.
En la caja, el pajarito continuaba luchando por respirar.
—No te importa quién salga herido mientras tú consigas lo que quieres, ¿verdad? —dijo Reed.
Vivienne parpadeó y vio a Thomas esforzándose por levantarse, con un ojo cerrado, en la eléctrica oscuridad.
Cuando ella no le respondió, Reed suspiró:
—Deberíamos subir a ver a Grayson. Querrá saber que ya estás lúcida.
Se colocó la caja bajo un brazo y guio a Vivienne hacia la puerta con el otro.
Ella se dejó llevar, sintiéndose extrañamente inquieta mientras cruzaban un pasillo pintado con unos murales ya descoloridos y subían un tramo de escaleras de hormigón hasta emerger en una silenciosa catedral con el suelo enmoquetado.
—Bienvenida a la sede central —exclamó Reed—. Aquí es donde se reúnen los iniciados.