13 Thomas #2
Una pareja pasó tambaleándose, ambos borrachos, empapados por la lluvia y hablando entre susurros, agarrándose el uno al otro enredados con torpeza.
Thomas se quedó quieto hasta que la pareja dobló la esquina y se oyó cómo se cerraba una puerta en algún lugar fuera de su vista.
En cuanto la pareja hubo desaparecido, Thomas se acercó más a Vivienne, tanto que pudo ver cómo el pulso le palpitaba errático en el triángulo de su garganta.
—No diré nada más —prometió él—. Mantendré la boca cerrada si hace falta. Yo solo… No quiero que estés ahí dentro sin mí.
Vivienne abrió los ojos de golpe.
— Estás consiguiendo parecer culpable.
—¿Culpable? ¿Culpable de qué? Lo que le ocurrió a Donahue es horrible, pero fue un accidente.
Y lo sabes, Vivienne, tú estabas allí. Deja que publique el artículo, ¿crees que alguien va a creer a este pirado?
Está solo a una noticia falsa más de redactar un reportaje contando los secretos del bigfoot .
Thomas pretendía hacerla reír. Pero en vez de eso, ella desvió la mirada, parpadeando para evitar las lágrimas.
—Ey… —le levantó la cara con cuidado por la barbilla—. Deja que te lleve a casa.
Vivienne negó con la cabeza, secándose una lágrima justo antes de que cayera.
—Nadie tiene por qué enterarse —añadió—. Podemos salir por detrás. Esta noche ponen una película de un megalodón. Tremendamente exagerada. Una interpretación realmente mala. Si nos damos prisa, creo que aún llegamos a ver el final.
Una de las puertas de la biblioteca se entreabrió y Shaw asomó la cabeza.
—Vaya, si siguen aquí. Y bastante acaramelados, debo decir. ¿Han terminado ya?
—En realidad, necesitamos un minuto más —respondió Thomas. Pero Vivienne ya estaba deslizándose de entre los brazos de Thomas en dirección a la puerta abierta—. Espera, no… Vivienne .
Sin pensar, la agarró de la mano. Su piel estaba fría como el hielo y los dedos le temblaban. Vivienne se liberó y lo miró tajante.
— Quédate —signó ella—. No quiero que veas lo que viene ahora.
—¿Qué quieres decir con que no qu…? —Le cerraron la puerta en las narices—. Genial. Esto es genial.
Thomas se quedó fuera de la biblioteca y, durante varios minutos, se estuvo debatiendo entre las distintas opciones que tenía.
Podía entrar tras ella, que era lo que Philip esperaba de él; podía esperarla ahí fuera e intentar respetar lo que Vivienne le había pedido; o podía renunciar al puesto e irse a casa.
Largarse por iniciativa propia antes de que Philip y Amelia se enterasen de lo mucho que la había cagado y lo despidieran ellos mismos.
Pero ninguna de estas opciones le parecía buena.
Así que, en su lugar, se puso a andar de un lado a otro, sudando la camisa. Pasó un minuto. Luego dos. Tres. Luego cuatro. Después cinco. Del otro lado de las puertas le llegaron una serie de golpes secos amortiguados, como si varias cosas grandes se hubiesen caído al suelo.
—A la mierda.
Thomas abrió las puertas de un tirón y entró con decisión en la biblioteca. No veía a Vivienne por ningún lado. Tampoco a Shaw. El astrolabio estaba tirado de canto en el suelo, y sus relucientes esferas se reflejaban en un gran charco negro. La ansiedad se apoderó de él.
—¿Vivienne?
Su voz se perdió en la oscuridad. Thomas se adentró más y más en la habitación, analizando con cuidado lo que tenía alrededor.
La biblioteca se extendía mucho más allá del primer conjunto de estanterías, y sus anchas columnas de madera desaparecían en las sombras. Su incertidumbre era cada vez mayor.
—Vivienne —volvió a llamarla—, haz algún ruido si me oyes.
En la repisa de la chimenea, la intermitente luz roja de la grabadora parecía guiñarle el ojo.
Thomas la apagó y se la guardó en el bolsillo.
Desde su posición al lado de la chimenea, vio que el charco negro se extendía por detrás del sofá.
Siguió su rastro, que pasó de unas huellas pegajosas a unas salpicaduras desperdigadas, que le fue guiando lejos de la zona más amplia y refinada de la biblioteca hasta adentrarse en las primeras estanterías.
Thomas se encontró a Isaac Shaw a la vuelta de la primera esquina. El periodista estaba arrodillado en el suelo sobre una pila de libros, con la mandíbula desencajada y el antebrazo desgarrado. El pecho le dio una violenta sacudida mientras él mismo se arañaba la herida.
—¡Ha sido ella! —gritó Shaw, mientras introducía dos dedos ensangrentados en la grasa amarilla de su brazo—. ¡Ha sido ella !
Un ruido a su espalda paralizó a Thomas. Lentamente, fue dándose la vuelta.
Vivienne estaba de pie, inmóvil, donde empezaba la zona de las estanterías, con la boca apretada y fina, y la mirada ausente.
Había algo en la forma en la que se sostenía de pie, flácida como una muñeca y con la cabeza colgando hacia un lado, que hizo que un intenso escalofrío le recorriese la columna vertebral.
—Vivienne —dijo Thomas—. Ey, Vivienne .
El sonido de su voz hizo que esta enderezara la cabeza de golpe. Una horrible lucidez se adueñó de sus facciones. Vivienne se tapó la cara con las manos y se tambaleó hacia atrás, chocándose con la estaría más cercana tan fuerte que tiró varios libros al suelo.
El miedo se fue acumulando en el estómago de Thomas conforme iba entendiendo la situación.
—Vivienne —repitió él, con más suavidad que antes—. Mírame.
—¡Ha sido ella! —volvió a gritar Shaw—. ¡Ha sido ella!
Thomas lo ignoró. Tomó a Vivienne de las muñecas y le quitó las manos de la cara. Se encontró con una mirada fragmentada, con unos ojos con pupilas apelotonadas como panales negros.
— Joder —soltó en un susurro.
Vivienne dio un paso atrás como un animal herido, liberándose del agarre de Thomas.
Y, entonces, de repente, echó a correr. A la luz de la luna, las ondas de la falda de su vestido la transformaron en una nebulosa mientras salía huyendo de la zona de las estanterías en ese preciso momento, antes de que él pudiese alcanzarla.
En el suelo, Isaac Shaw seguía arrancándose la piel a arañazos.
—Está bajo mi piel —balbuceó—. Está dentro de mi cabeza. Está… Está arañando-arañándome el cráneo. Haz algo. Tienes que ayudarme. Tienes que SACÁRMELO .
—Lo siento mucho —dijo Thomas—. Tengo que… Te enviaré ayuda.
Y salió corriendo detrás de Vivienne, dejando atrás los gemidos de dolor del periodista.
Derrapó hasta pararse frente a una de las puertas antes de abrirla y salir al pasillo.
Acababa de doblar la primera esquina cuando se chocó de lleno con una figura que salía de una habitación contigua.
Instintivamente, Reed Connolly retrocedió con expresión incrédula.
—¿Eso es… sangre ?
—¿Dónde está? —dijo Thomas, furioso, agarrando a Reed de la pechera—. Sé que la has visto.
—Quítame las manos del traje, psicópata. —Reed se liberó de él de un codazo—. Por Dios, ¿pero tú qué puto problema tienes?
—Responde a la pregunta.
—¿A quién buscas? ¿A Vivienne? ¿No se supone que saber dónde está es básicamente tu trabajo?
—No me toques las narices. Además, ¿qué mierda haces tú aquí?
—Está conmigo —dijo una tercera voz. Thomas se giró rápidamente y ahí estaba Hudson Turner, apoyado en la misma puerta de la que Reed acababa de salir, con los botones de la americana de estampado paisley desabrochados y la corbata torcida—. ¿Tienes algún problema con eso?
Thomas se frotó la frente, dejándose una mancha pegajosa con la mano. Sangre, y no la suya. Bajó la vista hacia sus manos, rojas y malolientes. Se le cerró el estómago.
— Walsh —saltó Hudson, y no por primera vez—. Habla.
—Deberías llamar a una ambulancia —dijo débilmente—. Ha habido un accidente en la biblioteca.
—¿Qué tipo de accidente? —exigió saber Hudson mientras Reed se ponía visiblemente pálido. Thomas no se quedó a seguir dando explicaciones. Salió disparado por el pasillo, con la voz de Hudson reverberando a sus espaldas mientras corría.
—¡Walsh! ¿Qué tipo de accidente?
Thomas se abrió camino por el abarrotado laberinto que era la mansión de los Turner, sintiéndose más y más ansioso con cada minuto que pasaba.
Fuera, en el patio, la lluvia ya era solo una llovizna.
Goteaba de los árboles, acumulándose en pequeñas piscinas dentro de las copas de champán abandonadas.
Se quedó a cubierto bajo un saliente y reflexionó sobre qué debía hacer a continuación.
¿Y si no podía encontrarla, qué?
A lo lejos, un rayo iluminó momentáneamente el cielo, haciendo que el cristal poliédrico de la casa de la piscina brillase como un diamante.
Un impulso lo llevó a dirigirse hacia allí siguiendo un serpenteante camino de jardín adoquinado.
La tormenta había aliviado el calor y el aire, considerablemente más fresco, le enfrió el sudor de la piel mientras pasaba por debajo de las espigas inclinadas de unas gramíneas ornamentales.
El camino lo escupió en una piscina iluminada y rematada con azulejos de borde redondeado. El agua generaba unas ondulantes cáusticas en los árboles de alrededor de tal forma que la noche, y él con ella, parecían estar extrañamente sumergidos cuando Thomas entró en la casa de la piscina.
El interior estaba repleto de amplios sillones de mimbre y mesas bajas a conjunto.
Varias esculturas griegas descansaban bajo cestas colgantes de lobelia.
El aire estaba denso por la humedad y los paneles de cristal grises por la condensación.
Envueltos en el silencio, los pasos de Thomas reverberaban como truenos.
Como también lo hacía un solitario e incorpóreo sollozo.
No muy lejos, un montón de tul pálido sobresalía por detrás de una estatua pedestre de Venus. Thomas se fue acercando poco a poco, lentamente, hasta que el tul dio paso a una chica, con las manos ensangrentadas entrelazadas delante de ella y los hombros temblando por los sollozos.
—Uno. —La oyó susurrar—. Dos. Tres.
El sonido le arrancó el aire de los pulmones. La voz de Vivienne era sorprendentemente grave y un poco áspera, como el agua cayendo sobre las rocas. Rápidamente, su sorpresa dio paso al alivio.
—Cuatro —seguía ella, pellizcándose las puntas de los dedos por orden—. Cinco…
—Vivienne.
Se quedó paralizada como una liebre, y se tapó la boca con las manos de inmediato.
—No pasa nada. —Thomas levantó las manos—. Solo soy yo.
Con cuidado, Vivienne se puso de rodillas. Él la imitó, en su caso, agachándose delante de ella. Debían de estar ridículos: apretados en un rincón como niños, vigilados por los dioses y envueltos en hiedra. Thomas se quedó muy quieto mientras ella lo evaluaba con miradas fugaces y nerviosas.
— Estás bien —signó finalmente.
—¿Yo? —Se miró el cuerpo—. Sí, claro, estoy bien.
Vivienne parecía desconcertada, como si hubiera esperado que fuera justo lo contrario.
— ¿No te duele nada?
La pregunta lo encontró tan desprevenido que se rio.
—No —dijo—, no me duele nada.
Con un silencioso sollozo, Vivienne se dobló sobre sí misma. Thomas la agarró mientras se desplomaba, apoyándola sobre su regazo.
—Todo irá bien —le prometió—. Pero no puedes… no puedes dejarme tirado así, ¿vale? No sin darme un momento para… para…
¿Para qué? ¿Para tranquilizarse? ¿Para asimilar lo que había visto?
No tenía ni idea de qué era lo que estaba intentando decirle, ni una pista sobre qué era lo que tenía que decir, qué era lo correcto.
Tampoco estaba seguro de que eso existiera.
Al final, optó por atraerla más hacia él y apoyar la barbilla en su coronilla.
—No me voy a ir a ningún lado, ¿vale, Vivienne? Somos tú y yo.
Las luces se apagaron. Ambos se irguieron un poco cuando los rodeó la oscuridad total. De la casa les llegó el sonido de los gritos. Vivienne se puso rápidamente en pie, y Thomas la imitó.
—Será por la tormenta —dijo él, mientras los gritos daban paso a las risas. Un rayo tiñó la casa de la piscina de color plata, resaltando las esculturas de forma dramática—. Seguro que vuelve en cualquier momento.
El cielo volvió a iluminarse de blanco. Durante el parpadeo estroboscópico, a Thomas le pareció ver que una de las estatuas daba un paso al frente.
—Creo que hay alguien más aquí —murmuró.
Oyó el crujido del suelo justo antes del impacto, pero fue demasiado tarde como para girarse y bloquearlo. Algo muy duro le golpeó en la parte trasera de la cabeza, plagando todo su campo visual de destellos de luz.
Lo último que escuchó por encima del pitido de sus oídos fue el claro e inconfundible grito de Vivienne Farrow.