La muerte vive en mí 13 Thomas
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13 Thomas

L a biblioteca de los Turner era fría como un mausoleo y estaba forrada de imponentes estanterías llenas de libros con tapas de cuero y relucientes artículos de coleccionistas.

Un conjunto de vistosas butacas de finales de siglo estaban dispuestas frente a una chimenea apagada, y sobre las mesitas auxiliares había montones de revistas médicas.

Vivienne entró por delante de Thomas y del periodista y tomó asiento en el extremo de un diván capitoné.

Parecía inquieta. Intranquila. Como si fuese a salir huyendo en cuestión de segundos.

En el exterior, la tormenta arreciaba cada vez más.

El viento hacía que la lluvia cayese de lado, azotando las amplias ventanas en voladizo.

Esto envolvía a Vivienne en una extraña y ondulante luz que hacía que pareciera que estaba debajo del agua.

En la oscuridad, sus ojos se veían totalmente negros; y su piel, tan perlada como la de una sirena.

Vivienne no lo había mirado. Ni una sola vez.

—Es Walsh, ¿no? —preguntó Shaw, mientras tomaba asiento frente a la chimenea.

—Así es. —Thomas intentó, sin éxito, captar la atención de Vivienne. Pero ella miraba absorta al frente, agarrándose la tela de la falda del vestido con los puños y con los nudillos blancos.

—Entonces, ¿cómo va esto? —insistió Shaw—. ¿Yo te hago una pregunta y tú se la transmites a ella?

—Puedes preguntarle a la señorita Farrow directamente. —Lo dijo con más ímpetu del que pretendía. Los ojos de Vivienne se clavaron en los suyos. Thomas se aclaró la garganta y añadió—: Yo interpretaré sus respuestas.

—Parece bastante sencillo. —Shaw metió la mano en el bolsillo, sacó un aparatito de metal y lo puso en la repisa de la chimenea—. No le importa que grabe, ¿verdad?

Desde el diván, Vivienne se tocó el pecho con el pulgar.

—Le parece bien —dijo Thomas.

—Estupendo. —Una lucecita roja empezó a parpadear como un ojo ante ellos—.

Señorita Farrow, antes de comenzar quería transmitirle mi más sincero pésame por su pérdida.

Su padre insinuó que Bryce Donahue y usted habían llegado a tener una estrecha relación.

«Cortejo» fue concretamente la palabra que usó, aunque resulta un poco anticuada, ¿no cree?

La punzada de celos que sintió Thomas en el pecho fue lo suficientemente intensa como para dejarlo sin aliento.

Sabía que no tenía ningún derecho a sentirse así.

Donahue estaba muerto . En el diván, Vivienne se mantenía erguida con una quietud preternatural.

Si no fuera por el ligero subir y bajar de su pecho, podría haber sido una estatua.

Otra de las muchas relucientes reliquias de la biblioteca.

—Bien —prosiguió Shaw—. Vayamos al grano. No quiero que se pierda la fiesta. Usted estaba en el barco, ¿no es así? El día de la defunción de Donahue.

Vivienne asintió, seca.

Shaw frunció el ceño pero continuó. Sacó una libreta del bolsillo y escribió un par de anotaciones. Se puso el lápiz detrás de la oreja y preguntó:

—¿Sabe usted que, recientemente, su padre tuvo una discusión con Donahue padre durante una comida en Higashi’s?

Esta vez, como respuesta, Vivienne negó con la cabeza de forma casi imperceptible.

Con un suspiro, Shaw dejó su libreta en la repisa.

—Entiendo lo incómodo que debe ser esto para usted, señorita Farrow, pero me ayudaría mucho que me diera alguna declaración. Algo que pueda poner por escrito, ¿sabe?

Vivienne pellizcó los dedos delante de su boca y después juntó los puños y los movió en un delicado círculo.

Thomas interpretó:

—«No sabía que habían comido juntos».

—Perfecto —dijo Shaw, volviendo a su libreta—. Gracias, con eso tengo suficiente. Veamos, imagino que para usted este será un tema delicado, pero ¿alguien le ha contado cómo murió Bryce Donahue?

—«Le dio un infarto» —interpretó Thomas.

La sonrisa de Shaw fue empática.

—Ese es claramente el consenso general. Sin embargo, los informes del forense indican otra cosa.

La lluvia arreciaba contra el tejado. Fuera, en el pasillo, se oían risas de vez en cuando. Una puerta se cerró con un golpe seco. En el diván, toda la sangre había abandonado la cara de Vivienne.

—Fue bastante difícil de rastrear —dijo Shaw—, pero, afortunadamente, tengo un colega en la oficina del condado que me debía un favor. Resulta que, cuando murió, se detectaron varias toxinas en la sangre de Bryce Donahue.

Vivienne estaba tan inmóvil como una muñeca. Ni siquiera parpadeaba.

—¿Dónde está…? —Shaw empezó a toquetear sus bolsillos hasta que encontró lo que estaba buscando.

Sacó una hoja rasgada de tamaño folio—. Las tengo en una lista.

Un momento… A ver si sé pronunciarlas correctamente: hialuronidasa, fosfolipasa, histamina, péptidos neurotóxicos.

Menudo trabalenguas. ¿Le dice algo todo esto?

Vivienne pellizcó los dedos de la mano.

—«No» —dijo Thomas.

—A mí tampoco —admitió el periodista, a la vez que volvía a guardarse la lista en el bolsillo—.

Entre usted y yo, me dio lo justo para aprobar Química en el instituto.

Pero bueno, investigué un poco y ¿sabe lo que averigüé?

Que es casi exactamente la misma composición química que se encuentra en el veneno de los escorpiones.

En el sofá, Vivienne empezó a contar. Como Thomas le había enseñado.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Uno. Dos. Tres…

—Para la mayoría de los humanos en edad adulta, la picadura de escorpión no es mortal —añadió Shaw—. Sin embargo, en grandes concentraciones puede provocar bradicardia, parálisis e incluso la muerte. ¿No lo encuentra curioso?

Vivienne seguía contando, ahora atropelladamente de tres en tres.

Unodostres. Unodostres.

—Pero ahora es cuando la cosa se pone aún más interesante —continuó Shaw—. Incluso si los escorpiones fueran endémicos de Connecticut, algo que, por supuesto, no son, el informe del forense no señala indicios de una herida de entrada. Ninguna lesión, ni rojeces, ni ninguna picadura visible.

Para Thomas, eso fue la gota que colmó el vaso:

—¿Pero usted quién es?, ¿la policía?

—¿ Perdone ? —Shaw lo miró sorprendido—. ¿Por qué me da la sensación de que eso no era parte de la interpretación?

—Porque no lo era —respondió Thomas—. Eso lo he dicho yo.

—¿Tiene algo que decir?

—Pues sí. Necesita relajarse un poco. La está molestando.

—Es que debería sentirse molesta —dijo Shaw—. Según las pruebas que he reunido, hay razones de peso para creer que a su novio…

—No era su novio —soltó Thomas sin pensar.

—… lo envenenaron —terminó Shaw, que se cruzó de brazos y empezó a observar a Thomas como si lo estuviese viendo por primera vez—. ¿Cuánto tiempo lleva trabajando para la señorita Farrow?

Thomas podía sentir los ojos de Vivienne perforándole el lateral de la cara.

—Desde junio —respondió él, frío.

—Interesante. —Shaw hizo otra anotación—. ¿Entiende usted lo que eso implica? No estamos ante un desafortunado acto divino. Fue un asesinato.

—¿Un asesinato ? —rio Thomas—. Eso es una locura.

—¿Usted cree? Yo no estoy tan seguro. —Shaw clavó el dedo en su libreta—. Aquí hay una exclusiva. Una jodidamente buena. Y, por lo que estoy viendo, acaba de ponerse aún más interesante.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Yo solo digo que los celos son un móvil perfecto.

Thomas se enfureció.

—¿Pero qué coj…?

Sin previo aviso, Vivienne se puso en pie.

Golpeó con el codo un resplandeciente astrolabio de latón que había sobre la mesita auxiliar, y este se cayó al suelo.

El alboroto atrajo toda la atención en su dirección.

Bajo la aguada luz de la luna, Vivienne irradiaba furia y movía los dedos a toda velocidad.

— Dile que nos dé un minuto.

—¿Para qué?

— Díselo.

Thomas dejó escapar un suspiro, calmándose.

—Denos un minuto.

—Tómense todo el tiempo que quieran —dijo Shaw, que otra vez se había puesto a tomar notas en su libreta infernal—, estoy seguro de que lo necesitarán para corroborar sus versiones de los hechos. Cuando vuelvan, me encantaría oír qué estaban haciendo la tarde del 13 de julio.

Thomas abrió la boca para contestar, pero Vivienne le hizo callar con un roce.

Lo agarró de las solapas de la americana y tiró de él hacia atrás, hacia la salida.

No lo soltó hasta que estuvieron fuera del alcance del oído de Shaw y hubieron cerrado las puertas de la biblioteca tras ellos con un golpe sordo.

Estaban los dos solos en un pasillo bien iluminado y revestido salpicado con jarrones enormes y plantas de hojas grandes y flexibles.

—No tienes por qué aguantar a ese imbécil —dijo Thomas al mismo tiempo que Vivienne signaba—: « Quiero que te vayas ».

Thomas se detuvo, dejándose el cuello de la camisa a medio recolocar.

—¿Qué? ¿Por qué?

— Se supone que debes interpretar lo que digo tal y como lo digo .

—Bueno, lo haría si dijeras algo…

— Lo que estás haciendo no es é-t-i-c-o.

—¿Que no es ético? —La risa le salió tensa—. ¿Que no es ético?

— No tiene gracia.

—Sí, de hecho sí la tiene —dijo él—. Quiero decir, por Dios , Vivienne. Cabrear a un periodista del tres al cuarto no es lo menos ético que he hecho hoy.

Vivienne se quedó sin aliento, como si la hubiese golpeado, y se le ruborizaron las mejillas. Él sintió ese mismo rubor en su propia cara e inmediatamente se arrepintió de haber dicho nada. Se preparó y espero a que ella le devolviese el golpe. Que hiciera algo para herirle.

Pero no lo hizo. Cerró los ojos y se dejó caer sobre la pared, como si la discusión no fuera con ella.

Bajo las hojas festoneadas de una planta de interior, Vivienne parecía más pequeña y apagada, con sus rasgos marcados por las sombras.

De repente, Thomas se sintió fatal por haber provocado la pelea.

—Vivienne —le rogó—. Lo siento, ¿vale?

Ella no abrió los ojos.

—Tienes razón… no debería haberme inmiscuido así.

La única respuesta de Vivienne fue soltar una espiración temblorosa.

Thomas agachó la cabeza hacia la de ella.

—¿Puedes mirarme, por favor ?