La muerte vive en mí 12 Vivienne #2
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12 Vivienne #2

—¿Perfecto? —A Thomas le salió el hoyuelo en la mejilla mientras repetía el signo, juntando el pulgar con el dedo índice en ambas manos—. Ese es un gran cumplido viniendo de ti, señorita Farrow.

— No me provoques. No es agradable.

—¿Quieres que sea agradable contigo?

Thomas la atravesó con la mirada, oscura y expectante. Mientras, la voz de su madre le daba vueltas en la cabeza: Déjalo en paz. Déjalo en paz.

Antes de que pudiera convencerse de lo contrario, Vivienne signó:

— Quiero que vuelvas a besarme.

A Thomas se le borró la sonrisa de la cara.

De repente, estaba más serio de lo que jamás lo había visto.

Durante un horrible segundo, Vivienne pensó que le iba a decir que no, que iba a poner la decencia por delante otra vez y que iba a fingir que lo que sea que estaba sucediendo entre ambos era algo estrictamente profesional.

En algún lugar del patio, un cuarteto de cuerda que no alcanzaba a ver tocaba las notas finales de Canción sin palabras , de Tchaikovsky.

Los invitados estallaron en aplausos. Ocultos en la oscuridad de aquel rincón, Thomas sacó las manos de los bolsillos y rozó la mandíbula de Vivienne con las yemas de los dedos.

En cuanto la tocó, un escalofrío la recorrió de la cabeza a los pies.

Se apoyó sobre su mano, con el corazón latiéndole muy fuerte.

Estaba siendo egoísta.

Solo iba a conseguir hacerle daño.

Comenzó a sonar una nueva canción justo cuando Thomas le levantaba la cara para acercarla a la suya.

Sus ojos se encontraron y se sostuvieron la mirada.

El solitario lamento del violín se propagaba por el patio, por la galería, por sus huesos.

Vivienne empezó a sentir mil cosas a la vez, todas ellas envueltas en una ligereza que sabía que no se merecía.

En esta ocasión, cuando él se inclinó y la besó, lo hizo con delicadeza.

No había urgencia en el beso. La boca de Thomas rozaba la suya como si estuviera trazando un mapa de ella: cartografiando las colinas de sus labios, el valle de su sonrisa.

Había algo peligroso en la forma en la que se tomó su tiempo para besarla.

Le hizo creer en cosas que no eran verdad.

Le hizo creer que este momento, este robado instante de perfección secreto, podía durar para siempre.

Pero no fue así, por supuesto. Thomas se apartó antes de que ella estuviese preparada para hacerlo, delineándole la mandíbula con su aliento. El aire entre ellos chisporroteaba, eléctrico. O quizá eso fuera por la tormenta. El cielo había cobrado vida, las hojas se agitaban en los árboles.

—¿Así? —La voz le salió ronca.

Ella asintió con la cabeza mientras saboreaba el tacto de los pulgares de Thomas recorriéndole la mandíbula.

Nunca antes la habían abrazado así, como si fuera una frágil prímula y no una mortífera belladona. Como si fuera algo que mereciese la pena cuidar y no algo que se arranca de cuajo de la tierra con unos guantes. Envalentonada, se puso de puntillas y volvió a besar a Thomas.

En algún recoveco de su mente, la culpa sonaba como el tictac de un reloj.

En cualquier momento, Reed pondría en marcha el plan, que, para tratarse de un secuestro, era sorprendentemente fácil.

Una docena de iniciados estaban a la espera con las pistolas de paintball , preparados para actuar.

En cuanto Reed les diera la señal, cortarían el suministro eléctrico.

Asaltarían la pista de baile. Desatarían un infierno.

Para cuando volvieran a encenderse las luces, Vivienne ya habría desaparecido.

Cabía la posibilidad —y era bastante probable, aunque no quisiera admitirlo— de que se hubiera precipitado.

Era solo que había estado tan angustiada tras ver cómo Bryce Donahue moría a sus pies, tan furiosa con su padrastro por utilizarla y utilizarla y utilizarla; que cuando besó a Thomas y él la rechazó, se sintió más sola que nunca. Más humillada que nunca.

Jesse Grayson era el único que podía arreglarlo. Conocía todas las formas posibles de abrir en canal a una persona. Sabía cómo transformarla en alguien nuevo, cómo despedazarla hasta convertirla en una persona merecedora de amor.

Solo tenía que fugarse. Desaparecer. Había estado muy segura de su decisión.

Pero ya no lo estaba. No con las manos de Thomas en su cintura, no con su boca rozándole la garganta.

Vivienne era vagamente consciente del patio, lleno de invitados, a tan solo unos metros de distancia.

Alguien podía entrar y encontrárselos en cualquier momento.

A Thomas no parecía importarle. La iba acorralando más y más en el rincón mientras exploraba sus caderas con los dedos y ella le desataba la corbata.

El cielo volvió a tronar, esta vez justo encima de sus cabezas.

La casa tembló hasta los cimientos, como anticipando lo que iba a ocurrir.

Ambos se detuvieron para recuperar el aliento, separándose a la vez que empezaban a caer las primeras gotas de lluvia.

En el patio, una mujer gritó. A ese grito le siguieron risas, despreocupadas y sin motivo.

—Ey… —Thomas se agachó para mirarla a los ojos—. ¿Estás bien?

A Vivienne le dio un vuelco el corazón.

— Estoy bien.

Thomas no parecía convencido. Tensó la boca en una mueca.

—Tus ojos. Están…

Antes de que pudiese terminar la frase, Vivienne se apartó de él.

No quería que lo dijera, no quería que él viese las partes de ella que no estaban bien.

Podría rechazarla una segunda vez y no creía que pudiera soportarlo.

No ahora que sabía lo que se sentía al estar entre sus brazos.

Las gotas de lluvia sobre los adoquines le estaban poniendo los pelos de punta.

Le recordaban cómo goteaba el grifo, cómo el agua se iba encharcando lentamente bajo sus pies.

Necesitaba encontrar a Reed. Necesitaba pedirle que lo cancelara todo, decirle que aún no estaba preparada. Necesitaba tener un mayor control sobre sí misma antes de desatarse por completo.

— Dame un minuto —signó ella—. Baño.

—Vale. —La preocupación tiñó la mirada de Thomas—. ¿Quieres que te acompañe?

— No. Quédate. —El corazón le latía tan rápido que se le iba a salir del pecho—. Iré a buscarte después.

—¿Estás segura?

Vivienne asintió con la cabeza.

— Seré rápida.

Fuera, en el patio, algunos invitados empezaron a correr para resguardarse. El vestíbulo no tardaría mucho en estar abarrotado de gente. En un arrebato, Vivienne añadió:

— Quedamos en la casa de la piscina.

Los ojos de Thomas brillaron bajo la luz artificial.

—¿Cuándo?

— En quince minutos.

Es todo lo que necesitaba. Quince minutos.

Para encontrar a Reed y deshacer todo lo que había hecho.

Para guardar las partes más horribles de sí misma de nuevo en su caja.

Los primeros invitados entraban en la galería dando tumbos, borrachos de tanto vino y entre risitas, tapándose la cabeza con las americanas y con los vestidos empapados.

—Allí estaré —juró Thomas.

Vivienne le lanzó una pequeña sonrisa y se fue de aquel rincón antes de que alguien pudiera verlos.

La multitud era cada vez más grande, con los invitados agolpándose al lado de las ventanas abiertas para ver la tormenta.

Vivienne se abría paso a codazos entre el brillante gentío, buscando a Reed en cada cara.

No estaba en la terraza. Tampoco estaba en el salón, donde las parejas charlaban en grupitos.

No había rastro de él en el espacioso estudio, lleno de hombres en traje; ni en los baños de la primera planta, donde ya se estaba formando una cola; tampoco en la sala del billar, llena de humo, donde un chico que había ido con ella al instituto le ofreció un taco y la invitó a romper.

Cuando estaba a punto de llegar a la biblioteca, Philip la acorraló. Y no estaba solo.

—Aquí estás —dijo este en voz alta, mientras se sacaba un puro sin encender de la boca—. Dar contigo ha sido como buscar una aguja en un pajar.

Su padrastro no llevaba la americana puesta y tenía el pelo oscuro y chafado, como si le hubiera encontrado la tormenta junto al resto de los invitados. Lo acompañaban un Thomas con expresión cauta y un hombre que Vivienne no reconoció.

Se alisó las arrugas de la parte delantera del vestido.

— ¿Podemos dejar esto para más tarde? Estoy ocupada.

—Este buen hombre de aquí es Isaac Shaw —interrumpió Philip en voz alta antes de que Thomas pudiese interpretar lo que había dicho Vivienne—. Del Daily Talk .

Dijo « Daily Talk » como alguien diría «peste bubónica», ocultando apenas su aversión. Vivienne prestaba la suficiente atención como para saber que los periodicuchos de cotilleos no eran una de las publicaciones que su padrastro tenía en alta estima.

—Shaw está aquí con la esperanza de que le concedas una entrevista —añadió, mientras giraba su anillo de sello. La pálida piedra blanca pareció mirarla vagamente—. Así que, ¿por qué no le dedicas unas palabras? Ya me entiendes.

A Vivienne se le cayó el alma a los pies. Esto era lo que su madre había intentado decirle antes en la cocina: «Tendrás que encargarte. Como solo tú puedes hacerlo».

No había opción de cuestionar a Philip cuando este daba una orden.

Y esto era, sin lugar a dudas, una orden, aunque él la hubiese disfrazado de sugerencia.

Fue un amargo recordatorio en medio de aquel lapso momentáneo que estaba viviendo.

No importaba cuánto se esforzara por ser una chica normal porque, al final, no era nada más que la muñeca de una caja de música, obligada a dar vueltas y vueltas por la misma mano que rompía su muelle.

Cualquier esperanza de encontrar a Reed se evaporó en una bruma.

Isaac Shaw tendría unos veintitantos, llevaba unas gruesas gafas negras y una camisa arrugada, y del hombro le colgaba la correa raída de una cámara.

—Encantado de conocerla —dijo Isaac.

—Es muda —explicó Philip, mordisqueando lo que le quedaba del puro—. Bueno, al menos, finge serlo. Ya sabe lo caprichosas que pueden llegar a ser estas jovencitas.

—Ah… —dijo Shaw, quien no parecía saber muy bien cómo responder a eso.

Philip le dio una palmada en la espalda a Thomas, orgulloso.

—Afortunadamente, Walsh es un intérprete excepcional. Estará encantado de mediar en vuestra conversación y de ayudarte a conseguir alguna declaración para tu, eh…, periódico.

—Excelente —respondió Shaw, recolocándose las gafas—. Estaba pensando que podríamos…

—Ha sido un suceso terrible —le interrumpió Philip—, lo que le ha ocurrido a Donahue. Era un buen chico, con un futuro brillante por delante. Su padre es cliente mío, ¿sabe? Lleva siéndolo desde que su chico iba en pañales. Para mí ha sido, en cierto modo, como perder a un hijo.

—Claro —dijo Shaw, aunque con tono receloso. Se acercó a la puerta de la biblioteca y la abrió, revelando un interior silencioso y amplio—. Bueno, ¿comenzamos? No le robaré mucho tiempo.

Vivienne levantó la vista hacia Thomas, quien ya la estaba mirando con una expresión indescifrable y la mandíbula tensa.

Por dentro, Vivienne empezó a sentir cómo la cosa con dientes estiraba la espalda y se desperezaba.

Una criatura durmiente despertándose lentamente. Un depredador detectando una presa.

Así es como empezaba siempre.

Y no había nada que ella pudiera hacer para pararlo.

Nunca lo había.

Porque Vivienne no era una frágil prímula; era una mortífera belladona. Irresistible. Tóxica. Letal.

Iba a matar a Isaac Shaw.

Y Thomas iba a presenciarlo todo.