La muerte vive en mí 12 Vivienne
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12 Vivienne

L a madre de Vivienne se abalanzó sobre ella como un buitre en el instante en el que esta puso un pie en la fiesta.

—Llegas tarde —le susurró, agarrándola por la muñeca—. Está furioso.

Vivienne apenas pudo echar una mirada furtiva hacia atrás antes de que su madre se la llevase a toda prisa, adentrándola entre toda aquella multitud.

Consiguió ver a Thomas fugazmente, quien también la miraba desde el otro lado de la habitación.

A su lado, una mujer con un vestido negro formal y un moño demasiado tirante lo sermoneaba para que depositara su móvil en la cesta en la que los estaba recolectando.

Se miraron a los ojos —una sola y significativa mirada que a Vivienne le llegó hasta los tuétanos— e, inmediatamente, Thomas desapareció, engullido por la masa de cuerpos brillantes.

Un poco mareada, dejó que su madre la guiase hacia el interior de la casa, sin preocuparse de a dónde iban.

Lejos de la gente. Lejos de las luces. Siguieron avanzando por una oscura y larga arteria, un pasillo con ventanales en el que las cortinas ondeaban hacia el exterior de la galería movidas por una brisa fantasmal.

El aire olía a ozono, intenso por la tormenta.

No se detuvieron. Siguieron caminando, rápidas, como si estuvieran huyendo del mismísimo diablo.

Las uñas de su madre, con su perfecta manicura, se le clavaban en el antebrazo.

—Hay un periodista —dijo Amelia entre dientes mientras descendían unos pocos escalones bajos—. Está husmeando, haciendo preguntas. Philip está consternado. Nunca lo había visto así de enfadado.

Vivienne no la estaba escuchando. Se sentía ligera como una pluma. Chispeante y burbujeante —como si de no estar agarrada pudiera elevarse del suelo y flotar hacia el cielo.

—Tendrás que encargarte —dijo su madre con urgencia—. Como solo tú puedes hacerlo.

Como si viniera de lejos, Vivienne oyó que su madre le estaba diciendo algo horrible.

Algo espantoso. Pero fuera lo que fuese, no llegó ni a asimilarlo.

No podía pensar en otra cosa que no fuera en cómo Thomas la había besado.

Como si de verdad quisiera hacerlo. Como si lo necesitase.

Como a Vivienne le hubiera gustado que lo hubiese hecho aquel día en el que llegó a casa y ella lo estaba esperando en su habitación.

Ya la habían besado antes, pero nunca de esa forma.

Dudaba de que alguien pudiera volver a besarla así otra vez.

Ni aunque viviese mil años. Se sentía como si estuviese fuera de sí misma, obligada a observar cómo se desarrollaba la noche desde algún lugar que no era su cuerpo.

Solo que esta vez ese lugar no era al otro lado del espejo, atrapada.

Esta vez estaba en una nube.

—¡ Vivienne !

El sonido de su madre ladrando su nombre la trajo de vuelta a la tierra de un plumazo.

El mundo real tomó forma rápidamente con nítida claridad.

Estaban en la cocina de los Turner, cuyos azulejos parecían dorados bajo la cálida luz de la lámpara de pantalla cilíndrica.

Del otro lado de la casa les llegaban los sonidos intermitentes de la fiesta.

Estallidos de risas. Fragmentos de música distantes. El agudo tintineo de la cubertería.

Y por debajo de todo aquello, como un distante susurro, les llegaban también los estruendos de los primeros truenos.

Frente a Vivienne, su madre se balanceaba casi imperceptiblemente sobre los tacones.

No estaba borracha, pero tampoco le faltaba mucho.

Tenía las mejillas sonrosadas y los labios teñidos de rojo del merlot.

La vio más delgada que nunca, con la piel tersa, como si se hubiera hecho un estiramiento facial, de tal forma que las sombras la hacían parecer esquelética en aquel ambiente oscuro.

Irritada, Amelia le preguntó:

—¿Has escuchado algo de lo que te he dicho?

Vivienne negó con la cabeza. En la encimera, el grifo empezó a gotear. Plic, plic, plic. El agua caía gota a gota sobre el ancho fregadero de estilo rústico mientras su madre alcanzaba su bolso. Tras rebuscar entre el contenido, le ofreció un pañuelo blanco limpio.

—Límpiate. Llevas el pintalabios hecho un desastre.

Plic . Plic . El sonido era exasperante. Como Vivienne no tomó el pañuelo, Amelia empezó a limpiarla ella misma, inclinándose hacia su hija y dándole toquecitos en las comisuras de los labios. Vivienne se echó hacia atrás y apartó la mano de su madre como un gato callejero.

— En serio , Vivienne —gritó Amelia mientras se tocaba el arañazo—. ¿Qué demonios te pasa? Es como si ni siquiera te importase lo que pueda pasarnos. Esta noche lo es todo para Philip. Todo . Su empresa está en juego y tú estás por ahí coqueteando con los empleados.

Esa acusación le cayó como un jarro de agua fría. La cara que puso, fuera la que fuese, debió de ser bastante reveladora porque su madre soltó una carcajada. Fue sonora y aguda, sin rastro alguno de humor.

—¿Creías que estabas siendo sutil? Llevas semanas detrás de ese chico.

— Yo no…

—No está a tu altura, Vivienne —soltó su madre antes de que pudiese acabar de signar—. Y, además, tampoco es justo para él. ¿Recuerdas lo que le pasó a Mikhail? ¿La muerte tan horrible que tuvo?

— No —signó. Las gotas de agua caían cada vez más rápido—. No te atrevas a hablar de él.

—Alguien tiene que hacerlo. —La voz de su madre sonó como un siseo—. Alguien tiene que recordarte lo que eres.

Esas palabras fueron como un disparo, le dieron de lleno.

De la herida supuró un antiguo resentimiento de olor metálico.

Vivienne recordó lo que fue regresar a casa siendo diferente y ver a su, hasta entonces, cariñosa madre apartarse de ella poco a poco.

Recordó lo que fue ir de puntillas a la habitación de su madre durante las noches en las que no podía dormir y encontrarse la puerta cerrada con pestillo.

Sin posibilidad alguna de que la acunaran o la abrazaran.

Sin nanas para dormir, sin que la acariciasen con amor.

— Soy tu hija —signó Vivienne, posando el dorso de la mano en la parte interior del antebrazo. Amelia miró fijamente la cuna que formaban los brazos de su hija, lo que apaciguó un poco su enfado. En su lugar emergió un dolor frío e intangible.

—Tienes razón —dijo suavemente—. Eres una Miller. Y las mujeres Miller somos supervivientes. Así que vas a limpiarte la cara, vas a volver ahí fuera y vas a hacer lo que sea necesario.

En el fregadero, el agua caía a chorro. La pila estaba casi llena. La madre de Vivienne sostuvo el pañuelo entre ambas.

—Toma —volvió a decirle—. Cuando Philip venga buscándote, espero que colabores.

Vivienne agarró el pañuelo y se lo guardó en el vestido. Se frotó la palma de la mano por la cara, destrozándose aún más el pintalabios. Se extendió la mancha hasta las mejillas, en una estridente sonrisa digna del Joker.

Su madre no se molestó en reprenderla. Le había dejado las cosas muy claras y sabía que Vivienne interpretaría su papel a la perfección llegado el momento.

Siempre lo hacía. Tenía gracia, incluso cuando no era la chica del espejo, seguía encerrada en una jaula.

No sabía si quería llorar, reír o gritar.

Quizá una combinación de las tres. Se conformó con irse sin despedirse, con los rizos apelmazados y el maquillaje hecho un desastre.

La sensación de burbujeo que le corría por las venas se había esfumado.

La euforia silenciosa que ardía en ella cálida como una llama, también.

Estaba firmemente enraizada al suelo, tenía la garganta cerrada a presión y su pecho era un enorme hueco vacío.

A su espalda, el agua empezó a salpicar el suelo.

Así que era así como iba a desmoronarse esta noche.

—Y, cielo —la llamó su madre, justo antes de que se escabullera por el pasillo—, Thomas Walsh está aquí para hacer su trabajo. Deja que lo haga y, después, déjalo en paz. Es el mayor gesto de bondad que puedes tener.

Vivienne tenía pensado marcharse con la cabeza bien alta, pero, en vez de eso, huyó de allí.

Consiguió llegar hasta el vestíbulo antes de deshacerse en lágrimas.

Se desplomó en un pequeño rincón, sacó el pañuelo y se puso a limpiarse la cara, frotándose las mejillas hasta que le escocieron.

Por las ventanas abiertas se colaba una brisa que le agitaba el vestido.

Fuera, en el patio, la fiesta seguía su curso bajo una red de brillantes farolillos.

Una ordenada fila de manzanos obstaculizaba la vista de la multitud.

El viento era cada vez más fuerte y agitaba las hojas de las ramas.

Por debajo de la suave sinfonía para cuerda, Vivienne oyó una sola pisada.

Levantó la vista, secándose rápidamente las lágrimas de las mejillas, y se encontró con Thomas en las amplias puertas abiertas.

Tenía un aspecto engañosamente relajado, con la americana del traje abierta y las manos en los bolsillos, pero su postura reflejaba cierta tensión.

Cierta anticipación. Las luces de la fiesta se agitaban detrás de él bañando su perfil con unos suaves destellos de oro, y Vivienne pensó que nunca lo había visto tan perfecto como en ese instante.

—Te he estado buscando por todas partes —dijo él, con una voz suave poco convincente. Se acercó a ella, evaluándola en silencio mientras lo hacía—. ¿Estás bien?

— Bien —signó ella.

—Mientes.

Vivienne lo miró a los ojos, sorprendida. Fuera, a lo lejos, el cielo tronaba. Se iba a poner a llover enseguida, pero una tormenta de verano pasajera era el menor de los problemas de los Turner. Su fiesta se hubiera arruinado de todas formas. Ella se había asegurado de ello.

—Es por mí —supuso Thomas—. Me he pasado de la raya.

Ella pellizcó los dedos.

— No.

Un rayo iluminó el vestíbulo justo cuando Thomas se paraba delante de ella.

—¿No?

— No es por ti —añadió ella—. Tú eres perfecto.