11 Thomas #2
Era la interacción más amistosa que habían compartido en días e, inmediatamente, hizo que algo en el interior del pecho de Thomas se suavizara.
Pero fuera lo que fuese que ella vio en su mirada hizo que el suyo se cerrase en banda.
Vivienne se alejó de él mientras este se guardaba la cadena en el bolsillo.
— Debería prepararme.
—¿Y si no vamos a la fiesta? —dijo él sin pensar—. Podríamos quedarnos aquí.
Vivienne parecía sorprendida por la sugerencia.
— ¿Para hacer qué?
—Eh…, bueno, pues lo que tú quieras. Personalmente, yo estaba pensando que podríamos sentarnos en el sofá y no hacer nada.
Lo miró de soslayo mientras se lo pensaba. Que no hubiera rechazado la idea de inmediato hizo que ese algo que sentía se suavizara aún más. Por fin, ella signó:
— Es la semana temática de los tiburones.
—La mejor semana de la televisión, en mi humilde opinión —sonrió Thomas.
Vivienne se mordió el labio para evitar que se le escapase una sonrisa.
— Tu corbata está fatal.
—Ya… —Soltó una risotada—. Philip tendría que haberme dado una de clip.
— ¿Tu padre nunca te enseñó a ponerte una?
—No, eh… —Thomas se aclaró la garganta—. No es que me enseñara muchas cosas.
Cualquier rastro de risas desapareció de la cara de Vivienne, que se puso seria de repente, a la vez que un mechón de pelo ondulado se le salía de los rulos.
— Yo te ayudo.
Antes de que Thomas pudiera protestar, ella ya se había puesto de puntillas junto a él y estaba rehaciendo el nudo de la corbata con dedos hábiles. Thomas levantó la barbilla para dejarle espacio, con el pulso a mil por hora. Cuando hubo terminado, Vivienne dio un paso atrás para admirar su obra.
— Estás muy bien.
Thomas hizo como que se sorprendía.
—¿Eso ha sido un cumplido, señorita Farrow?
Vivienne le dio unas palmaditas en el pecho y se giró para ir al baño.
No llegó muy lejos. Medio paso, como mucho.
Eso fue lo que le costó a Thomas reconsiderar la situación.
La agarró del codo y tiró de ella, haciéndola girar hacia él.
A Vivienne solo le dio tiempo a lanzarle una mirada confusa antes de que él se inclinara e hiciese desaparecer el poco espacio que quedaba entre ellos.
Esta vez, lo hizo bien. Se tomó su tiempo para besarla como deseaba hacerlo, de la forma en la que debía haberlo hecho el otro día en su habitación.
Le acarició la espalda con las manos y la estrechó contra él, hasta que el aliento de Vivienne estalló en su lengua en un jadeo silencioso.
El beso se intensificaba mientras el sol se ponía tras los árboles, envolviéndolos en un ocaso aterciopelado.
Envalentonada por la oscuridad —o quizás acelerada por la urgencia del momento—, Vivienne le agarró del cuello de la camisa, deshaciendo el nudo que había hecho tan solo unos minutos antes.
El primer botón de la camisa de Thomas saltó. El segundo. El tercero.
Los dedos de Vivienne le arañaban como garras la clavícula.
—¿Viv? ¿Estás lista?
Una voz proveniente del pasillo les hizo separarse de un salto, ambos con la respiración entrecortada.
Apareció Hadley, flanqueada por los perros y con expresión seca.
Rápidamente, Vivienne empezó a quitarse los rulos, como si llevase haciéndolo desde hacía un rato, soltándose un poco las suaves ondas del pelo.
No fue convincente en absoluto. Tenía el rostro sonrojado y el pintalabios rosa corrido.
Cohibido, Thomas se llevó el dorso de la mano a los labios y se le mancharon los nudillos.
—Llegamos tarde —dijo Hadley con tono acusatorio—. Vámonos, antes de que mi madre me mate.
La casa familiar de los Turner era una extensa finca de estilo georgiano de ladrillo envejecido, contraventanas y tejados a dos aguas.
Unas relucientes columnas blancas sostenían el porche de la entrada, bajo el que descansaban unos topiarios bien alineados y decorados con lucecitas amarillas.
Varios coches de aspecto muy caro estaban aparcados a lo largo de los setos de la entrada.
A Thomas le pareció más una escena de una película de James Bond que un lugar en el que vivía gente de verdad.
Thomas paró el coche en el lugar que le indicó el encargado del aparcamiento, y se sorprendió cuando este tocó en la ventanilla con los nudillos. Bajó la ventanilla y se encontró con un chico lleno de acné con un chaleco rojo y unos mocasines prestados.
—¿Aparcacoches?
—Ah, sí. Gracias. —Thomas le lanzó las llaves y se bajó del coche mientras las otras tres puertas se cerraban de golpe a sus espaldas.
Para cuando le dieron el ticket , Vivienne y sus amigas, con los brazos entrelazados y riéndose de alguna broma interna, ya habían subido la mitad de la escalinata de la entrada.
Fuera, a lo lejos, unos relámpagos parpadeaban en el cielo.
El aire se sentía estático, cargado de electricidad.
Vivienne se giró y le lanzó a Thomas una mirada mientras él subía los escalones detrás de ella, con las manos en los bolsillos y las cuentas de colores pellizcándole la piel bajo el puño de la camisa.
El vestido de Vivienne era del color de la flor de los cerezos y llevaba el pelo recogido en un lazo a conjunto.
Bajo el brillo dorado de la luz de las lámparas y con el cielo iluminándose de blanco a sus espaldas, Thomas pensó que parecía una obra de arte.
A Vivienne se le ruborizaron las mejillas, como si él acabara de decir eso en voz alta. Thomas sintió el calor de su mirada en lo más profundo del plexo solar. De repente, solo podía pensar en estar con ella a solas.
—Date vida, Superman —le gritó Frankie cuando hubieron cruzado la puerta—. Estás haciendo cola.