La muerte vive en mí 11 Thomas
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11 Thomas

S e llamaba Jesse Grayson.

Y si Thomas volvía a encontrárselo, iba a hacer mucho más que romperle la nariz.

No le había costado mucho dar con la identidad del molesto visitante de Vivienne.

Bueno, relativamente. Se había pasado toda la noche despierto, hasta justo un poco antes del amanecer —con el ordenador en el regazo y la habitación de invitados iluminada con su luz azul—, investigando las infinitas publicaciones de Vivienne.

Había encontrado lo que buscaba en una espontánea foto en la que Vivienne y Hadley Appelbaum, con unos vestidos brillantes y sus ramilletes del baile de fin de curso marchitándose, se reían para el fotógrafo.

Entre las docenas de comentarios había uno de Grayson: «déjate puesto ese ramillete esta noche».

No era cosa suya. Thomas lo sabía objetivamente. Racionalmente. Lógicamente.

Pero aun así, lo estaba quemando por dentro.

Clicó y entró en la cuenta de Grayson, y se encontró con que se habían eliminado todas las fotos. Solo quedaba una vieja foto de perfil, una instantánea de un hombre a lo lejos en lo alto de un saliente rocoso con el sol brillando a su alrededor.

Pero ese era el hombre que él estaba buscando, de eso estaba seguro.

Le sonó el móvil en el bolsillo. Era la segunda llamada que recibía del presidente de su fraternidad en la misma cantidad de horas.

El tono de llamada retumbó por el pasillo, donde se encontraba ahora apoyado sobre el ancho revestimiento de la pared.

Lo silenció justo cuando se abría la puerta del despacho de Philip.

Con su pelo ralo un poco revuelto y una taza de café humeante en la mano, Philip parecía haber dormido incluso menos que Thomas.

—Pasa —le dijo—. No nos entretengamos.

Thomas le siguió al interior del despacho y se sentó donde se le indicó.

Frente a él, Philip se dejó caer en su silla de oficina y puso el café sobre el escritorio.

Durante varios segundos, simplemente estuvo sentado con un dedo sobre la boca observando a Thomas como si estuviese evaluando si estaba listo para ir al matadero.

Justo cuando Thomas iba a darse por vencido y ser él quien rompiera el silencio, Philip se inclinó hacia delante y deslizó una gruesa carpeta de papel de manila por el escritorio.

—Léetelo y fírmalo.

Cauto, Thomas se acercó la carpeta y levantó la tapa. Varios párrafos de jerga legal ocupaban toda la primera página.

—Eh… ¿Y esto qué es?

—Un simple acuerdo de confidencialidad —le respondió Philip, quitándole importancia con un gesto de la mano—. Es un modelo estándar.

—Ah. —Thomas dejó caer la tapa de la carpeta, cerrándola—. ¿Hay alguna razón por la cual me lo esté dando ahora?

—De hecho, sí, la hay. —Philip se echó hacia atrás y entrelazó los dedos encima del estómago.

Por la mueca que puso, parecía que hubiera mordido algo ácido—.

Esta noche, la familia Turner celebra su baile anual.

Es un evento extremadamente exclusivo. Todos mis colegas asistirán y, desafortunadamente, la prensa también.

—Ah —repuso Thomas, que sentía que había algo crucial que se estaba perdiendo.

—No sé si Vivienne te lo habrá contado —siguió Philip—, pero uno de mis más antiguos clientes perdió a su hijo el fin de semana pasado. Bueno, tú llegaste a conocerlo brevemente. Bryce Donahue.

—Leí la noticia —dijo Thomas—. Siento mucho su pérdida.

—Sí, es una verdadera tragedia —estuvo de acuerdo Philip—.

Desgraciadamente, los periodistas son como los tiburones.

En cuanto notan un ligero olor a sangre en el agua ya vienen a merodear.

Isaac Shaw, del Daily Talk , es uno de ellos.

Es un gacetillero de esos que piensan que todo es una conspiración.

Nadie le toma en serio, pero cree que puede sonsacarle alguna declaración a Vivienne, y eso lo convierte en un problema.

—Entendido —dijo Thomas—. ¿Quiere que obstaculice el encuentro?

Philip sonrió complacido.

—Eres un chico listo. Shaw no tiene ni idea de la lengua de signos. Si se encuentran en la fiesta, algo que es bastante probable, me quedaría mucho más tranquilo sabiendo que estarás ahí para ayudar a Vivienne a salir airosa de la interacción.

—Eso puedo hacerlo —dijo Thomas, mientras volvía a hojear el documento—. Sin embargo, y espero que no le importe que se lo diga, eso es lo que he estado haciendo hasta ahora. No termino de entender el porqué de este acuerdo de confidencialidad.

Philip se puso tenso.

—¿Tienes algún problema con el contrato?

—En absoluto —se apresuró a decir Thomas—. Solo quiero saber a qué debo atenerme.

Hubo una pausa antes de que el padrastro de Vivienne le diese una respuesta.

—La fiesta de hoy se alargará pasado el toque de queda y, a veces, Vivienne tiene ciertos problemas al caer la noche. Me gustaría cerciorarme de que esos problemas quedan entre nosotros.

—No tengo intención de contarle nada a nadie —le aseguró Thomas. Pensó en Vivienne en el baño, con los ojos fuera de sí y la muñeca ensangrentada. La desconfianza le agujereó el pecho. Hoy había ido al despacho de Philip a hablarle sobre Jesse Grayson.

Pero su instinto le dijo que no lo hiciera.

—Casi se me olvida —dijo Philip, dando un golpe en el escritorio con la palma de la mano. Abrió el cajón superior, sacó una reluciente caja de puros y la dejó entre ambos—. Tengo un regalo para ti.

Thomas alcanzó la caja y abrió la tapa. Acomodada en un cojincito de terciopelo había una cadena de eslabones gruesos con una sola piedra.

Plana y sin brillo, la piedra blanca tenía una forma ligeramente desigual.

Parecía idéntica a la que Philip llevaba en su anillo de sello, demasiado opaca como para reflejar la luz.

—Amelia la ha encargado especialmente para ti —dijo Philip—. Pruébatela, a ver si te va bien.

Thomas se dispuso a ello, dejando la cajita para poder abrochársela. Sintió el frío de la cadena en la muñeca. La piedra blanca parecía mirarle como un ojo ciego.

—Está genial. Gracias.

—Ahora eres parte de la familia —dijo Philip—. Y en esta familia ¿qué hacemos?

Thomas tragó. Se sintió incómodo, acorralado.

—Mantenemos todo en la más estricta privacidad.

—Exactamente. —Philip sonrió—. Firma el acuerdo, hijo. Es solo una formalidad.

Varias horas más tarde, mientras se peleaba con el nudo de la corbata, sonó el timbre de la puerta principal.

Reverberó por toda la casa como una sentencia de muerte.

Los perros se pusieron a ladrar de inmediato.

Encima de la cama, su móvil se iluminó al recibir un mensaje.

Se rindió con el nudo y fue a revisar sus mensajes.

Princesa

puerta

Thomas

me confundes con el mayordomo

El timbre volvió a sonar. Quienquiera que estuviese fuera no dejaba de apretar el botón, lo que hizo que los perros se volvieran locos.

Encima de la cama, el móvil no volvió a iluminarse.

Los padres de Vivienne se habían marchado hacía una hora, dejándolos a ellos en casa para que se preparasen por su cuenta.

El timbre no dejaba de sonar y sonar por toda la casa. Con un gruñido, Thomas cedió.

Apartó a los perros como pudo y abrió la puerta principal. Al otro lado se encontró con Hadley Appelbaum y Frances Lefevre, la primera con un pomposo vestido de noche color ciruela; y la segunda, con un esmoquin hecho a medida.

—Esto te va a encantar, Superman —dijo Frankie, con su típica inexpresividad—. Vamos contigo en el coche.

—¿Y eso quién lo dice?

—Vivienne —dijo Hadley, quien no parecía, ni por asomo, contenta de verlo.

Frankie, por otro lado, parecía encantada.

—Has tenido que cabrearla mucho para que ni siquiera le apetezca ir a solas contigo en el coche. ¿Dónde está, por cierto?

—En el piso de arriba —dijo Thomas, taciturno—. Iré a buscarla.

Se la encontró tirada en la cama, con la piel iluminada por los destellos dorados del sol del atardecer y su sombra extendiéndose por la pared como un caramelo masticable.

Vivienne no levantó la vista para mirarlo cuando entró en la habitación.

Estaba tumbada boca abajo, vestida con un pijama de seda y el pelo enrollado en unos grandes rulos rosas.

Entre los dientes sujetaba un poco de hilo de nailon.

Estaba volcando toda su concentración en pasar lentamente el hilo por unas pequeñas cuentas.

—Tus amigas están abajo —dijo él—. Deberías arreglarte.

Ella lo ignoró, y siguió balanceando los pies en el aire de tal forma que el par de zapatillas de pelo falso que llevaba se frotaban en un audible frufrú .

—O también podemos quedarnos aquí —prosiguió, mientras se apoyaba en la pared— y me cuentas por qué de repente no quieres ir sola en un coche conmigo.

Ella siguió sin decir nada mientras anudaba el hilo. En el bolsillo de Thomas, el móvil sonó otra vez.

Lo silenció. Otra vez.

—No pretendía hacerte daño, Vivienne —dijo—. Lo sabes, ¿verdad?

Al menos, esa última frase pareció activarla de algún modo porque rodó hasta bajarse de la cama, caminó de puntillas grácilmente hasta la mano de Thomas y le puso una pulsera, que se acopló a su muñeca al momento.

Era un hilo cubierto de cuentas de colores pastel en las que se leía la palabra llorón deletreada en una caligrafía negra y nítida.

A continuación, se puso a desabrochar el cierre de la cadena plateada que había junto a la pulsera.

Con un suave clic , la cadena se soltó. Se la dio a Thomas en la mano y le dobló los dedos por encima cubriendo los eslabones.

Vivienne prolongó el roce, haciendo que un calor ardiente atravesara a Thomas de arriba abajo.

—¿No te gusta la cadena que me ha regalado Philip?

La mirada ambarina de Vivienne se alzó hasta encontrarse con la suya.

— Me gusta más mi pulsera.

—Entonces llevaré la tuya.