10 Vivienne #2
Esperó a que Thomas la mirase para signar:
— No sé ni a qué te puedes estar refiriendo.
A él se le entristeció la cara.
—No hagas eso. No huyas de mí.
Vivienne se desabrochó el cinturón lo más rápido que pudo y abrió la puerta de golpe. El calor se coló rápidamente por la apertura, denso con el olor del asfalto caliente y de la hierba recién cortada. Al portazo de Vivienne enseguida le siguió el de Thomas.
—Vivienne, espera. —Se apresuró a rodear el morro del coche, cortándole el paso mientras ella iba en línea recta hacia la casa—. Dame solo dos minutos. Por favor.
Vivienne se detuvo justo cuando estaba a punto de chocarse con él, y él con ella. A Thomas se le veía visiblemente incómodo mientras se recolocaba la corbata.
—El otro día no me expliqué bien. Yo… hay personas que dependen de mí. En mi casa. Personas a las que no puedo defraudar. No tengo el lujo de elegir.
Vivienne sintió cómo se desataba la ira en su interior.
— ¿Y crees que yo sí lo tengo?
—Bueno… —Thomas dudó—. Sí.
— Porque soy una niñata mimada que lo tiene todo. Porque no tengo nada más que opciones. Porque solo tengo que chascar los dedos para conseguir lo que quiero y a quien quiero.
En algún lugar por encima de sus cabezas, un vencejo soltó un agudo pío . Thomas arrastró el zapato por el camino, con las manos en los bolsillos.
—Esto parece una trampa.
En el interior de Vivienne se estaba formando un grito. No podía más, no podía soportar estar otro segundo más en su presencia. Se giró rápidamente y salió disparada en dirección contraria.
—Viv-Vivienne, espera. Espera .
Pero no esperó. Avanzó por el camino de entrada en dirección a la calle a toda velocidad, pero no llegó muy lejos antes de que entrara un segundo vehículo, que chirrió hasta pararse.
Vivienne se detuvo en seco cuando Jesse se bajó del coche dando un portazo con mucho más ímpetu del que ellos habían logrado antes.
Iba vestido con un uniforme quirúrgico azul oscuro, como si hubiese venido nada más terminar su turno. Tenía el pelo revuelto y los ojos oscurecidos con ojeras de no haber dormido.
—Qué valor tienes —le soltó Jesse, acercando su cara a la de Vivienne—.
¿Crees que puedes llegar y cambiar las cosas y que yo te obedeceré?
Dejemos una cosa bien clara: aquí el experto soy yo.
Yo. No tú. Tú no me das órdenes. Tú no estás al mando.
Yo seré quien decida cuándo estamos preparados para seguir adelante con esto. Yo .
—Vale, ya está bien. —Thomas se interpuso entre ellos y le puso una mano a Jesse en el esternón con firmeza—. Deja de molestarla.
—No me toques. —Jesse le apartó el brazo y apuntó a Vivienne con el dedo justo debajo de la nariz—. ¿Sabes? Eres una psicópata. Una auténtica p…
No terminó la frase. El crujido del puño de Thomas resonó en el silencio. Jesse se dobló sobre sí mismo entre quejidos mientras Thomas retiraba el brazo y sacudía la mano.
—¡Joder! —Jesse se tocó la cara con cuidado y el pulgar se cubrió de un rojo carmesí—. ¿Estás loco? Me has roto la nariz.
Thomas no se disculpó.
—Aquí ya has acabado.
Jesse se incorporó del todo, todavía con la mano en la nariz. Parecía estar totalmente rota, con la piel de la zona teñida de un color verde enfermizo. La sangre le caía a gotas en el uniforme.
—Puedes presionarme todo lo que quieras —le dijo a Vivienne—, pero aún no estoy preparado. Si seguimos adelante con ello ahora, no sobrevivirás.
Sin dedicarles ni una última mirada, se fue dando marcha atrás, subiéndose al bordillo mientras salía del camino de entrada. En cuanto se hubo marchado, Thomas se volvió para mirar a Vivienne. Tenía la piel de los nudillos de la mano derecha en carne viva y los huesos dislocados.
—¿De qué estaba hablando? —Había un tono afilado en su voz—. Ha dicho que «no sobrevivirás». ¿Qué quiere decir eso?
— Se te está hinchando la mano.
—No me preocupa la mano ahora.
— Deberíamos ponerle hielo.
—Que no me importa la mano, Vivienne. Quiero que respondas a mi pregunta.
Vivienne aguantó la respiración. ¿Y si lo hacía? ¿Y si confesaba? ¿Y si le contaba todas las cosas horribles que había hecho? ¿Qué pensaría? ¿Qué diría?
Pero ese era un juego muy peligroso al que jugar. Sabía exactamente qué sucedería a continuación: iría corriendo a contárselo a Philip y, entonces, todo por lo que ella había luchado se iría a la mierda. Él solo estaba aquí por el dinero. Acababa de dejárselo muy claro.
Esos segundos de coraje se esfumaron, así que solo signó:
— Voy a traerte hielo.
—Vivienne…
Se dio la vuelta y se alejó de él. Subió por la escalinata decorada con topiarios, cruzó las grandes puertas de cristal translúcido y atravesó el largo pasillo de color blanco huevo. Thomas le siguió el ritmo durante todo el camino, en un silencio tan vasto y oscuro como una nube de tormenta.
Ninguno de los dos rompió el silencio hasta que llegaron a la cocina. Thomas esperó a que Vivienne sacase uno de los antifaces para la migraña de su madre del congelador y se lo pusiese doblado sobre el puño. Soltó un gruñido cuando le tocó los nudillos, pero, aparte de eso, se quedó muy quieto.
—¿Cómo se llama?
La pregunta era engañosamente casual. Vivienne se concentró en seguir con el hielo de la mano y no le contestó.
—Me enteraré por mi cuenta —siguió él—, sabes que lo haré, así que, ¿por qué no me lo dices ahora?
Vivienne levantó el antifaz y miró debajo.
— Creo que se te ha roto el meñique.
—Quiero un nombre, Vivienne —dijo él—. Tienes hasta que cuente cinco.
— ¿O qué?
—Uno —terció él, en lugar de responderle—. Dos. Tres . —Empezó a sonarle el móvil en el bolsillo. Lo silenció—. Cuatro. C…
El móvil volvió a sonar. Vivienne se lanzó a por él, dejando caer el antifaz al suelo cuando se lo quitaba del bolsillo. Respondió la llamada antes de que Thomas pudiese quitárselo y puso el manos libres.
En ese mismo instante, se oyó la aguda voz de una chica.
—¿Tommy? ¿De qué vas? Llevo todo el día llamándote.
—Lo siento —respondió él—. He estado ocupado.
—Claro, me imagino que lo del pole dance es un negocio al alza —dijo la chica al otro lado del teléfono—. He tenido a mamá encima pidiéndome que te llame. Quiere saber si estarás en casa para tu cumpleaños.
—No lo sé aún. —Le lanzó a Vivienne una mirada significativa—. Ya te llamaré.
La chica pareció no haberle escuchado.
—Solo se tiene un cumple al año. ¿De verdad tenemos que comernos la tarta sin ti? Acabaré comiéndomela yo toda y ya sabes que eso me da dolor de tripa. ¿Es que quieres que me duela la tripa, Tommy?
—Ahora no es un buen momento, Tess.
Hubo una pausa. Y entonces:
—Ay, Dios mío. Ay. Dios . Mío. ¿Hay una chica ahí contigo? Claramente hay una chica ahí contigo. Te lo noto en la voz. ¡ Tommy ! ¿Tienes novia y no nos lo has contado ni a mí ni a mamá? No, espera… —Por el altavoz se escuchó un grito ahogado—. ¿Te está pagando ?
—Sí —respondió Thomas, y colgó sin despedirse.
Le quitó a Vivienne el móvil de la mano y volvió a guardárselo en el bolsillo.
—No tienes que cooperar —le dijo con una voz que la partió por la mitad—, pero te aseguro que averiguaré quién es ese tío.
— ¿Y luego qué? Ya le has roto la nariz. ¿Qué más quieres?
—Averiguaré qué es lo que ha hecho para que estés tan aterrada.
Thomas recuperó el antifaz congelado del suelo y se dirigió hacia la puerta.
Vivienne se quedó completamente quieta y dejó que se marchara, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo.
En cuanto se hubo ido, se desplomó en el suelo de baldosas.
Enterró la cara en las manos y soltó un único y mudo grito.
Se preguntó qué pensaría Thomas si supiera la horrible verdad.
Si supiera que, en realidad, era ella quien tenía aterrado a Jesse Grayson.