La muerte vive en mí 10 Vivienne
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10 Vivienne

A la mañana siguiente, Vivienne quedó con Reed a las ocho en punto. Se sentaron uno frente al otro en los sofás de felpa color ciruela de Le Presse Café como dos polos opuestos, Vivienne con su conjunto de cuadraditos y Reed con su chaleco de cuero con cortes.

—Acabemos con esto —dijo Reed, mientras dejaba su cold brew de golpe sobre la mesa y derramaba un poco de su dulce espuma por el borde del vaso—. Cuanto menos tiempo pase en presencia de Walsh, mejor.

El causante de su ira estaba sentado fuera en un banco, tomándose un café. La sola mención de Thomas hizo que la revolcase una espumosa ola de humillación.

Lo había besado.

Lo había besado , y él la había rechazado.

Para empeorar las cosas infinitamente más, este se había comportado como un profesional consumado durante toda la mañana —«Sí, señorita Farrow» esto, «no, señorita Farrow» lo otro—, y tal compostura hizo que Vivienne quisiera clavarse un tenedor en el ojo.

Era totalmente injusto que ella se hubiera pasado toda la noche en vela con un volcán de humillación ardiendo en el estómago y él ni sintiera ni padeciera.

Vivienne se esforzó al máximo por ignorarlo mientras se bebía el té a sorbitos.

—¿Vas a contarme por qué me has hecho venir hasta aquí a estas horas intempestivas —le preguntó Reed— o voy a tener que adivinarlo yo?

— Tengo una oferta para ti.

—¿Una oferta? Ya me estás haciendo sospechar. ¿De qué se trata?

— H-u-d-s-o-n quiere que seas su acompañante para la gala benéfica de sus padres.

—Hudson —dijo Reed lentamente, como si lo estuviera masticando—. ¿Turner?

— ¿Es que conocemos a otro?

Él soltó una risotada corta y llena de asombro.

—¿Por eso estamos aquí? ¿ Esta es la conversación tan importante que no podíamos tener por mensaje? ¿Que quieres que sea la putita de uno de tus amigos de fideicomiso?

— No seas ridículo. No es ir de p-u-t-i-t-a si él te gusta.

—Nunca he dicho que me guste.

— Entonces, ¿no quieres ir?

—No, yo… —Reed gruñó y se presionó un ojo con el canto de la mano—. ¿Sabes dónde estuve anoche? Con Grayson. ¿Sabes qué estaba haciendo? Practicar. Con un cadáver. Para ver si consigue no matarte cuando te abra en canal.

Oírlo en voz alta hizo que se le helara la sangre.

— ¿Y qué me quieres decir con eso?

—Lo que te quiero decir es que, ahora mismo, hay cosas más importantes en marcha que si Hudson Turner tiene una cita o no para ir a ese bailecito suyo de la alta sociedad.

— Ya lo sé.

—¿Ah, sí? ¿Lo sabes? Porque ni por asomo lo parece.

— ¿Por qué crees que hago todo esto? J-e-s-s-e necesita k-e-t-a-m-i-n-a para la operación. H-u-d-s-o-n se ha ofrecido a dárnosla. Pero ha puesto un precio.

La cara de Reed cambió cuando entendió de qué iba aquello.

—Yo.

Vivienne asintió con la cabeza.

—No puedes usar a la gente como moneda de cambio, Viv.

— ¿Eso significa que no me moleste en enviarle a H-u-d-s-o-n tus medidas para el traje?

—Mierda. —Se echó hacia atrás en el sofá—. ¿Sabes? En algún momento todo esto terminará pasándote factura. No puedes solventar todos tus problemas sobornando a la gente.

— ¿Y eso quién lo dice?

—Ves, esto es a lo que me refiero. —Le dio un toquecito con el dedo a Vivienne—. Eres demasiado arrogante.

— No, solo estoy segura de mí misma.

—Eres una lianta. Y si tú te hundes por culpa de esto, yo caeré también.

— No seas dramático.

—No lo soy, solo te estoy diciendo la verdad. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que yo soy tu conexión directa con la Casa. ¿Cuánto tiempo crees que le llevará a Walsh atar cabos? Tú y yo sabemos que no va a permitir que Grayson se te acerque lo más mínimo con un bisturí.

Fuera, en el banco, Thomas lanzó el vaso de café vacío a la papelera de al lado. Parecía inquieto, impaciente, y no dejaba de mover la pierna derecha. Sus ojos se encontraron a través del cristal y, de repente, Vivienne no podía respirar.

No sabía qué era peor, haberlo besado o no poder dejar de pensar en ello.

De torturarse con ello. ¿Qué es lo que esperaba?

Pues claro que la había rechazado. Nadie podía querer a Vivienne Farrow.

No era cariñosa, ni dulce, ni buena. La mayoría de los días, ni siquiera estaba segura de si era humana.

Reed acababa de decirle que la gente no era una moneda de cambio, pero todas las personas que giraban alrededor de su órbita estaban ahí porque les habían comprado o pagado de algún modo u otro.

Y Thomas Walsh no era una excepción. No se preocupaba realmente por ella, solo hacía bien su trabajo. Se había pasado todo el verano tratando de hacerle bajar la guardia insistentemente, pero lo había hecho por un sueldo. Llegado el momento, le vendería todos sus secretos a Philip por una miseria.

— Tienes razón —signó ella—. Debería desaparecer.

—¿Qué? —Reed estaba perplejo—. ¿Cuándo he dicho yo eso?

— No lo has dicho, pero si T-h-o-m-a-s se entera de lo de J-e-s-s-e y su tesis, irá corriendo a contárselo a P-h-i-l-i-p y lo arruinará todo. Es mejor que hagamos la operación ahora, antes de que él lo averigüe.

—No sé qué plazo tienes en mente —dijo Reed—, pero Grayson no está preparado para llevar a cabo un procedimiento quirúrgico experimental como ese ni por asomo. Lo he visto, Viv. Apenas sabe poner una vía.

— Hará lo que yo le diga.

—Lo que hará es matarte.

Vivienne tragó lo que sintió como un ladrillo en la garganta.

Pensó en Bryce Donahue llorando en la reluciente cubierta del barco de pesca.

En Mikhail Popov, respirando con dificultad en el arcén nevado de una oscura carretera secundaria.

En Thomas Walsh rechazándola en el silencio de su habitación.

No le daba miedo la muerte.

Lo que le daba miedo era la chica del espejo.

— Lo haremos mañana por la noche —signó—. En la gala.

Reed retrocedió.

—Perdona, ¿has dicho «haremos»?

— Podemos fingir que es un secuestro.

—Y dale con ese «podemos». —Reed todavía no había tocado su café, y el hielo derretido estaba transformando rápidamente la espuma en un agüilla asquerosa—. No recuerdo haberte dicho que fuera a participar en esto.

— Haré que te merezca la pena.

El chico clavó en ella una mirada pétrea.

—Está bien. Te seguiré el juego, pero solo porque estoy fascinado por cómo funcionan los engranajes de ese cerebrito vengativo tuyo. ¿Cómo planeas exactamente fingir tu desaparición? Porque Walsh es el perro guardián más entregado que he visto en mi vida.

— Necesitaremos una distracción —signó Vivienne. Tras pensar durante unos minutos añadió—: El año pasado, nuestro equipo de natación asaltó el vestuario del equipo de una facultad rival con pistolas de paintball.

—Pistolas de paintball —dijo Reed, sin emoción alguna—. Qué poco original. Y solo por saber que ambos llevamos la misma idea: ¿quieres que vaya a la fiesta como regalito para Turner o para ayudarte a sabotearla?

Vivienne lo meditó un rato.

— Un poco de ambas.

—Me va a odiar.

— ¿Y qué más te da? Es un niñato de fideicomiso con un F-e-r-r-a-r-i nuevecito y todo pagado para ir a la universidad de la Ivy League que quiera. Hudson representa todo lo que tú no eres. ¿No te gustaría bajarle un poco los humos?

Reed abrió la boca para replicarle, pero la cerró de nuevo mientras observaba a Thomas por la ventana.

—¿Sabes lo que creo? —preguntó por fin—. Creo que te estás precipitando. Creo que algo ha pasado entre Walsh y tú y has entrado en pánico.

— Aún no me has dicho que no —apuntó ella.

Él dijo con una mueca:

—Necesitaré ayuda.

— Reclutaremos a los demás iniciados.

—¿Ah, sí? Siento tener que decirte esto pero no te resultará tan fácil manipularlos como a Grayson y a mí.

— ¿Por qué no?

—Por un lado, no tienes los fondos ni la información para sobornar a todas esas personas; y por otro, ellos responden ante la Casa, no ante ti. ¿Por qué iban a jugarse el pellejo por alguien a quien ni siquiera conocen?

— Porque tú vas a pedirles que lo hagan.

—¿Yo? —Reed se desplomó hacia atrás en el sofá y se lo pensó. Finalmente, levantó el vaso en un brindis—. Vale. Cuenta conmigo. Me encargaré del trabajo sucio, pero quiero el dinero para la matrícula del próximo semestre.

— Hecho.

—Pero quiero que me lo pagues todo de una, no en varios pagos.

Vivienne frunció el ceño.

— Eso es mucho dinero para un solo movimiento. P-h-i-l-i-p podría darse cuenta.

—Ese no es mi problema. Si la palmas, no veré un centavo, y mi plan sigue siendo graduarme.

—Se bebió los restos que le quedaban en el vaso y lo dejó entre ambos—.

Págame por adelantado e incluso le contaré las novedades a Grayson para que no tengas que hacerlo tú.

Conseguiré que el resto de los iniciados sigan el plan: iremos a tu fiestecita y montaremos una escena. Será precioso.

— Vale —signó Vivienne—. Transferiré el dinero a tu cuenta esta noche.

—Vaya, vaya, fíjate —Reed se quedó maravillado mientras se levantaba para irse—. Vengativa, pero razonable.

Más tarde, después de un silencioso trayecto en coche a casa, Thomas y Vivienne estaban sentados en el coche, aparcados a la sombra de los altos arces azucareros del camino de entrada.

Se escuchaban los chasquidos del motor, que todavía estaba enfriándose.

Ninguno de los dos se movió, ni siquiera para quitarse el cinturón.

—Lo estoy intentando —dijo Thomas, sobresaltándola de tal forma que no pudo evitar mirarlo.

Él observaba absorto la fuente, con las manos en los muslos.

La luz del sol se refractaba en el agua, tornando las gotas de colores—.

Estoy intentando encontrar un equilibrio.

Intentando hacer mi trabajo. Estoy intentando…

—Se le tensó la mandíbula, y dijo suavemente—: Estoy intentando separar qué es lo que quiero y qué es lo que se espera de mí.

De repente, el interior del coche parecía ser tan frágil como el cristal. Fuera, un viento cálido agitaba las hojas palmeadas en sus ramas. El agua salpicaba las ventanas en una brillante bruma. Vivienne sentía como si el pecho fuera a rompérsele en su interior.