9 Thomas #2
Odiaba entrar en esa habitación que, hoy en día, parecía ser más una tumba en vida.
Su madre solía dormir con las cortinas abiertas, determinada a despertarse con el sol y fingiendo sorprenderse cuando Thomas y Tessa se metían en la cama con ella antes de que amaneciera.
Ponía unos dibujos animados, levantaba las sábanas y los dejaba acurrucarse con ella para que descansaran unos minutos más.
Ahora, la televisión seguía encendida, pero su madre estaba dormida.
No le sorprendió, sabía que la energía le llegaba en oleadas transitorias.
Que la nevera estuviera llena significaba que esta semana había ido a hacer la compra.
Salidas como esas derivaban normalmente en un bajón físico.
La última vez que había ido al centro ella sola, no volvió a casa.
Thomas se la encontró dormida en el coche con la compra echándose a perder en el maletero.
Se sentó en la mecedora que había al lado de la cama de su madre, la que solía estar en su habitación de la infancia cuando aún era lo suficientemente pequeño para que lo meciesen para dormir.
Crujió bajo su peso mientras se acomodaba para ver la película que su madre había elegido.
Pasaron horas antes de que se despertara.
Volvió en sí poco a poco, como si estuviera saliendo de un sueño muy profundo.
Cuando lo vio sentado a su lado, se le iluminó la cara con una nostálgica sonrisa que a Thomas le llegó al corazón.
—Estaba soñando contigo —dijo ella a la vez que signaba, con su usual comunicación bimodal—. Me preguntaba cuándo vendrías a casa.
—Tengo el fin de semana libre. —Se inclinó hacia ella para darle un beso en la mejilla, signando mientras tanto—. Cortaré el césped, ahora que estoy aquí.
—Tu tío ha estado encargándose del césped.
—El tío ya tiene bastante con encargarse de sus cosas. Yo lo haré, no hay problema. Y el escalón de la entrada vuelve a estar suelto; lo arreglaré este fin de semana también para que ni tú ni Tess os torzáis un tobillo. —Hizo una pausa y añadió—: Y voy a programar una compra a domicilio semanal.
—Tommy —signó su apodo familiar, haciendo una T a la altura del corazón—, eso puedo hacerlo yo.
¿Puedes? , quiso preguntarle, pero se mordió la lengua.
No le apetecía discutir con ella, no cuando tenían tan poco tiempo.
Su madre se acomodó, poniendo su almohada en vertical para sentarse frente a él.
El cabello le colgaba en una larga trenza rubia con algún destello gris.
Durante varios minutos, se quedó sonriéndole a su hijo.
Thomas se movió inquieto ante la mirada de su madre.
—¿Qué?
—Eres demasiado grande para esa mecedora.
—Tampoco es que la mecedora sea muy grande.
—Ya, es solo que antes solías parecer muy pequeño cuando te sentabas en ella.
—Esto era muy típico de ella, ponerse nostálgica pensando en el pasado, cuando él y Tess eran pequeños y ella aún era dueña de su cuerpo.
Le resultaba fácil hacerlo porque guardaba todo.
Su padre solía llamarla Doña Cachivaches, un apodo que ella negaba vehementemente.
«Soy coleccionista de recuerdos», le había dicho una vez.
«Es el trabajo más importante que puede tener una madre una vez que sus pequeñines ya son muy mayores para los mimos».
Ahora, su madre decía entre bostezos:
—Ojalá no te hubieras ido tan lejos.
—Es un buen trabajo. No podía dejarlo pasar.
—Cuidarnos no es tu responsabilidad, cariño. Lo sabes, ¿verdad?
Pero si no lo hacía él, ¿quién lo haría?
Su padre no iba a volver. Su madre no iba a mejorar.
«Neurológico», habían dicho los médicos tras un difícil diagnóstico.
«Para toda la vida», «crónico». Apareció de repente.
Durante un invierno, tres horribles años antes de enterrar a su padre, su madre se puso enferma con neumonía.
Los ataques de tos le duraron días. Después, esos días se convirtieron en semanas.
Y las semanas terminaron convirtiéndose en meses.
Dejó de salir de la cama, dormía horas y horas.
Se volvió frágil y gris, cuando ella siempre había sido todo color.
Había tratamientos para paliar sus síntomas.
Paliar, no curar. Pero esos tratamientos eran muy caros.
Desde la cama, su madre lo observaba con excesivo interés.
—Tu hermana tiene teorías muy interesantes sobre qué estás haciendo ahí en Connecticut.
Thomas dio unos suaves puntapiés en el borde de la cama y enarcó las cejas.
—Ya sabes cómo es Tessa —añadió su madre.
Él alejó los dedos de la sien.
—¿Imaginativa?
—Esa es una forma muy cariñosa de decirlo.
Thomas se dio cuenta de que su madre estaba esperando que le contase algo más. Ella no solía ser una cotilla, pero él tampoco solía guardar secretos. No quería hablarle de Vivienne. No sabía muy bien cómo describirla. Al menos no de forma que su madre pudiera entenderlo.
—¿Qué tal si hago lasaña para cenar? —preguntó en su lugar.
La sonrisa de su madre se ensanchó y, así de fácil, ella no siguió insistiendo.
—¿Es que has empezado a cocinar en tu nuevo trabajo misterioso?
—No exactamente —signó él, devolviéndole la sonrisa—. He visto una caja en el congelador.
A la mañana siguiente, ya era domingo. Se despertó con un gato sentado en el pecho y el familiar entorno del garaje, que él había convertido en su habitación, y de las estanterías con todas sus cosas.
No le calmó de la forma en la que se imaginaba que lo haría.
Se levantó con tranquilidad y fue a la cocina a prepararse el desayuno.
Ya se había comido la mitad de un bol de cereales cuando su hermana llegó, se dejó caer en el taburete que tenía enfrente y tiró un periódico sobre la encimera.
—Mira y aprende —dijo ella—. Tu hermanita es una heroína local. Ayer, un campista se atragantó con una uva en el comedor y yo, Tessa Rose Walsh, le hice la maniobra de Heimlich de forma tan eficiente que el pobre casi le saca un ojo al niño que estaba sentado justo enfrente.
—Qué bien —replicó Thomas.
—Échale un vistazo. —Tessa empujó el periódico hacia su hermano—. Página ocho, el artículo de abajo. Han puesto una foto y todo.
Dejó el bol a un lado y tomó el periódico, pero se detuvo en cuanto sus ojos se posaron sobre el titular de la portada:
El hijo de un magnate de los negocios sufre un paro cardiaco en el mar
El estómago le dio un vuelco.
—¿Este es el periódico de hoy?
—Sí. —A Tessa se le estaba agotando la paciencia y se removía inquieta en el taburete—. ¿Es que no sabes leer? Venga va, ábrelo.
Su hermana se inclinó sobre la encimera para abrirlo por él, pero Thomas la apartó plantándole una mano en la cara mientras leía por encima el artículo de la portada hasta que encontró los datos que buscaba.
Donahue, de veintidós años, fue evacuado por vía aérea hasta el hospital más cercano, donde se certificó su muerte a su llegada.
Fuentes cercanas al recientemente graduado universitario dicen que Donahue, un competitivo remero, no sufría ninguna afección previa.
Se encontraba en perfecto estado al comienzo del día, cuando se fue de pesca con unos amigos de la familia.
Thomas dejó el periódico.
—Tengo que irme.
—¿Qué? —Tessa se bajó del taburete justo después de su hermano—. Pero Tommy, si casi no te hemos visto.
—Lo sé, y lo siento. —Dejó el bol en el fregadero y le alborotó el pelo a su hermana. Ella se agachó y se zafó de él, furiosa.
—Volveré pronto —dijo él—. Te lo prometo.
Volvió a la finca de los Farrow y se la encontró igual de silenciosa que la había dejado, solo los perros fueron a saludarle.
Los fue apartando mientras buscaba por las habitaciones de la mansión, pero todas estaban vacías.
Si Vivienne estaba en casa, no la veía por ninguna parte.
No estaba tumbada en la piscina, ni acurrucada en el salón.
Tampoco en su habitación en el piso de arriba, con la puerta cerrada y la música puesta.
Seguido por los perros, se dirigió a la habitación de invitados con su bolsa de viaje llena de ropa limpia colgada al hombro.
Ahí fue donde la encontró, sentada en el centro de su cama con la barbilla apoyada en las rodillas.
Thomas se quedó paralizado en el umbral de la puerta, y los perros derraparon torpemente contra sus gemelos.
La conmoción hizo que Vivienne lo mirase a los ojos.
Estaba recién duchada, tenía el pelo recogido en unas trenzas y llevaba la cara lavada.
Aun así, Thomas supo que había estado llorando.
—¿Vivienne?
Esta se puso en pie de inmediato. A Thomas casi no le dio tiempo ni a dejar la bolsa en el suelo antes de que ella se abalanzase sobre él con tanta fuerza que hasta le cortó la respiración.
Thomas la rodeó con los brazos, estrechándola en un abrazo.
Los dedos de Vivienne se agarraron con fuerza a su camisa, a la vez que Thomas sentía cómo esta tomaba una gran bocanada de aire temblorosa.
—He vuelto en cuanto lo he visto —dijo él.
Sabía que había ciertas preguntas que debía hacerle. Preguntas educadas. Preguntas sin sentido: ¿Estás bien? ¿Era una persona importante para ti? ¿Hay algo que pueda hacer?
Pero no hizo ninguna de ellas. Era demasiado egoísta.
No quería saber las respuestas. Por si esto fuera poco, Thomas sentía una desconfianza en el pecho de la que no podía deshacerse, una sensación insidiosa de que algo iba mal que se enraizaba como la ambrosía.
Pensó en cómo Vivienne lloraba aquella noche en la piscina, en su mirada agitada cuando le quitó las esquirlas de cristal de la muñeca.
En Philip en el camino de entrada cuando dijo: «No me encontré con tu currículum por casualidad».
Sintió como si estuviera mirando fijamente a una ilusión óptica, con la verdad a tan solo un cambio de perspectiva.
—Tendría que haber estado aquí —le susurró él en la coronilla.
Vivienne se apartó lo suficiente como para mirarle a los ojos.
Así de cerca, Thomas podía oler los aromas florales de su champú, que también tenía un toque de coco.
Los ojos de Vivienne eran lava fundida bajo la luz de la tarde, y sus mejillas estaban húmedas por las lágrimas.
Sin pensar, él se las secó con el pulgar.
De repente, se le endureció la mirada, con una firmeza que él ya había aprendido a reconocer durante las últimas semanas.
—Sí, ya sé lo que me vas a decir —le aseguró él—, que tus asuntos no son cosa mía, que te deje en paz, etcétera. Ya me quedó claro la última vez, así que puedes ahorrarme la…
Vivienne se puso de puntillas y ahogó el resto de la frase con un beso.
Sabía a temeridad y a impulsividad, y también a bálsamo labial de coco.
En la mente de Thomas, se esfumó hasta el último pensamiento coherente que le quedaba.
Deslizó las manos por el pelo de Vivienne mientras se inclinaba hacia ella, devolviéndole el beso.
Fue un beso ardiente, perfecto.
Solo un beso, después, el sentido común le golpeó como un mazazo.
Thomas la apartó de él con suavidad, dejándola con delicadeza sobre sus talones.
—Vivienne… —La voz le salió abrasada. No sabía qué decir. No sabía ni por dónde empezar. Pensó en su madre y en la creciente pila de facturas, en los fondos vacíos para la universidad de su hermana. No podía permitirse volver a casa arrastrándose con las manos vacías.
Amelia lo había dejado muy claro la última vez que hablaron: «No le hagas daño. No estés a solas con ella». Solo llevaba en la casa un cuarto de hora y ya había hecho ambas.
Su pulgar aún seguía húmedo de las lágrimas de Vivienne cuando susurró:
—No puedo hacerlo.
El color arrasó las mejillas de Vivienne, ahora de un intenso y furioso rojo carmesí. No lo miró, solo se quedó absorta mirando a un punto fijo con las yemas de los dedos temblándole sobre los labios. Al notar la tensión, los perros empezaron a moverse de un lado a otro.
—Ey… —Thomas intentó ponerse en su campo de visión—. Tú no…, los dos hemos…, lo que quiero decir es que…
No encontraba las palabras, y ambos lo sabían. La mano derecha de Vivienne cayó cortante sobre la palma de la izquierda, poniendo fin a la situación.
— Para.
Él se calló de inmediato y entrelazó las manos por encima de la cabeza.
El muro que ahora ella tenía en la mirada era duro como una roca.
Thomas tuvo la débil y horrible sensación de que podía golpearse contra él hasta sangrar y nunca conseguiría que Vivienne volviera a mirarlo de la misma forma en la que lo estaba haciendo tan solo hacía unos minutos, con esa mirada que había sentido hasta en la médula.
— No puedo estar aquí ni un segundo más —signó ella.
—Espera. —El corazón se le resquebrajó—. Vivienne, por favor, espera un seg…
Vivienne pasó por su lado, escurridiza como el agua, salió al pasillo y desapareció de su vista, con los perros trotando tras ella. En cuanto se hubo marchado, Thomas se desplomó en la silla y enterró la cara entre las manos.
—¡Joder!
Barrió el escritorio con el brazo y lanzó un lapicero por los aires.
Este chocó contra la pared y todos los bolígrafos se desperdigaron por el suelo.
No le hizo sentir ni un poco mejor. En el piso de arriba, la puerta de la habitación de Vivienne se cerró de un portazo.
El golpe reverberó por toda la casa, mandando un mensaje muy claro.
Para Thomas fue como un golpe de gracia.