La muerte vive en mí 9 Thomas
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9 Thomas

E l día siguiente trajo consigo una tormenta de verano, que llegaba desde el este con la furia de un huracán.

Thomas se pasó toda la mañana atrincherado en su habitación leyendo detenidamente los resultados de otra prueba de aptitud.

Había hecho docenas de ellas estas últimas semanas.

Pruebas de lenguaje y vocabulario, de números y estadística.

De reconocimiento de patrones, de comprensión lectora y de razonamiento mecánico.

Pero ninguna de ellas le decía quién era o quién se suponía que debía ser.

Una vez, cuando tenía once años, su tío lo llevó de excursión hasta la cima de Melrose Rock.

Emocionado ante la idea de vivir una aventura, Thomas se llevó su tan preciada brújula.

La sostuvo entre las manos durante toda la caminata, observando cómo la aguja no dejaba de girar y poniéndose cada vez más furioso al ver que no apuntaba al norte.

«Es el imán», le explicó su tío finalmente. «No es lo suficientemente fuerte».

Frustrado, Thomas la tiró contra una roca e inmediatamente se sintió fatal por haberlo hecho.

Había sido un regalo de Navidad de su madre —uno para el que probablemente tuvo que ahorrar.

Se pasó todo el camino de vuelta a casa intentando no llorar, con la brújula destrozada en el bolsillo, pesándole como un pedrusco.

Quizás él solo era eso: una brújula rota condenada a dar vueltas en el mismo sitio. Quizá no sabía cómo encontrar el norte; quizá solo deambularía, sin rumbo alguno, hasta que fuera un viejo amargado y enfadado con el mundo, igual que su padre.

Abrió el portátil y vio que tenía otro correo electrónico pendiente.

Thomas:

Puede que esto te parezca raro, pero ¿podrías llamarme? Tengo que hacerte una pregunta. Es importante. Te lo explicaré por teléfono. Te dejo mi número más abajo.

C.

Intrigado por lo que el presidente del Priorato podría necesitar de él, fue a por su móvil. Mientras lo hacía, le llegó un mensaje. El nombre del contacto apareció en medio de la pantalla: «Princesa». Se le hizo un nudo en el estómago al abrirlo.

Princesa

No me hagas llegar tarde.

Thomas

No se me ocurriría.

Thomas se olvidó del correo electrónico, y fue a ducharse y a vestirse.

El camino hasta New Haven fue silencioso, como siempre, con la excepción del ruido de la lluvia contra el cristal y los rítmicos chirridos de los limpiaparabrisas.

No hablaron de lo del restaurante, ni de cómo se la encontró agarrándose la garganta, ni de lo pequeña y fría que le pareció su mano cuando la tuvo entre las suyas.

En cuanto llegaron, Vivienne tomó el único paraguas que tenían y salió disparada hacia el estudio, dejando a Thomas atrás a merced de los elementos. Calado hasta los huesos, se sentó en el vestíbulo y la observó a través de la rendija de la puerta mientras montaba una coreografía.

Cuando por fin salió del estudio, con los ojos iluminados y las mejillas sonrosadas, ambos se vieron sorprendidos por el pitido de sus móviles, en los que acababan de recibir una alerta de tormenta extrema.

El cielo desataba su furia mientras los dos seguían de pie en el vestíbulo vacío, el uno al lado del otro y las manos colgando entre ellos.

Un rayo rasgó el cielo y Thomas sintió un leve roce del meñique de Vivienne en sus nudillos.

Pensó que quizá se estaba volviendo un poco loco.

Durante los días siguientes, empezaron un nuevo y desconcertante ritual.

Cada noche, después de que los Farrow terminasen de cenar, Thomas se tiraba en el sofá del salón a ver la televisión.

Y, cada noche también, Vivienne aparecía como un reloj —arrebujada en una sudadera cuatro tallas más grande y con el cabello húmedo trenzado— y se hacía un ovillo en el cojín de al lado, acompañada por los perros.

Thomas se pasaba la siguiente hora fingiendo ver un programa, demasiado consciente de cada movimiento y cada suspiro.

La mayoría de las noches, Vivienne se quedaba dormida.

Él apagaba la televisión, la tapaba con una manta y se iba haciendo el menor ruido posible.

La cuarta noche, cometió un error. No pretendía hacerlo, pero estaba muy cansado y el titileo de la tele lo arrulló hasta quedarse dormido.

Antes siquiera de poder darse cuenta, lo despertó el inconfundible sonido del chasquido de unos dedos justo debajo de la nariz.

Volvió en sí, primero lentamente y luego de sopetón en cuanto se percató de dos cosas horribles, una detrás de la otra.

La primera: Vivienne estaba tapada a su lado, tenía la cabeza apoyada en su pecho y él le estaba rodeando la cintura con el brazo.

La segunda, y peor: Amelia Farrow estaba de pie delante de ellos. Iba vestida con lentejuelas plateadas y tenía los ojos hinchados de llorar. Fuera, en el vestíbulo, la puerta del despacho de Philip Farrow se cerró de un portazo. Algo grande se hizo añicos contra la pared.

Al oírlo, Vivienne se incorporó como un resorte, sobresaltada y adormilada. Thomas aprovechó la oportunidad para levantarse del sofá. Durante unos tensos segundos nadie dijo nada.

Fue Amelia quien rompió el silencio:

—Vivienne, vete a tu cuarto.

Vivienne no se movió.

— Vivienne. —El nombre salió de la boca de su madre como un latigazo—. Ahora. Antes de que Philip se entere.

No sin antes mandarle una mirada cargada de veneno, Vivienne salió del salón y se arrastró hacia el piso de arriba con los perros siguiéndola en fila india. Thomas y Amelia se quedaron solos. En la televisión, un gran tiburón blanco se deslizaba por la inmensidad del azul.

—Supongo que eres consciente de que esto ha sido totalmente inapropiado —dijo Amelia.

—Sí, señora. —El corazón de Thomas era una fría roca mojada. Le pesaba en el pecho.

Amelia se tambaleó un poco; estaba claro que se había pasado con el vino.

—Has tenido suerte de que haya sido yo quien os haya encontrado así a los dos y no mi marido.

—Sí, señora.

Ella lo miró con el ceño fruncido y los ojos vidriosos. Con la televisión iluminándola por la espalda, Amelia tenía un aspecto verdaderamente frágil. No como algo que fuera lo suficientemente delicado como para romperse, sino como algo que ya se había partido en dos.

—¿Es que eso es lo único que sabes decir? —preguntó ella entre hipidos—. ¿«Sí, señora»?

—No, señora —respondió él, seguido de una mueca.

—Me importa mi hija —dijo a la defensiva, como si él la hubiera acusado de lo contrario—. No quiero que le hagas daño.

—No lo haré —le prometió él.

—Ya se lo estás haciendo. —Las palabras salieron ásperas, y su cara era una de completo desdén—. Si vuelvo a encontrarte a solas con ella cuando no debes, estás despedido.

Tras decir eso, se fue de la habitación entre tambaleos, y lo dejó solo.

Al día siguiente era sábado. El inicio de su fin de semana libre.

El sol se colaba entre las hojas de los árboles mientras Thomas tiraba la bolsa de viaje en la oxidada caja de su viejo y usado Ford.

Acababa de conseguir cerrar la puerta de la caja de la camioneta cuando un reluciente descapotable plateado aparcó justo detrás de él.

El hombre que se bajó del coche solo parecía ser unos años mayor que él e iba vestido para un día de pesca con unos náuticos y unos chinos.

—Menudo carro —dijo, quitándose las gafas de sol para examinar la camioneta—. ¿Del 2007?

—2006 —respondió Thomas.

—¿Lo has arreglado tú?

—Con mi tío.

El hombre hizo un sonido de aprobación y alargó la mano.

—Soy Bryce —dijo—. Bryce Donahue.

—Thomas —dijo él, sin añadir nada más.

—Ah, debes de ser el intérprete. La madre de Vivienne te mencionó en la cena el otro día. —Bryce se colgó las gafas del cuello de la camisa—. ¿Vienes con nosotros de pesca hoy, Thomas?

—No, no me llegó la invitación.

—¿No? Para la siguiente, entonces. —Se inclinó hacia Thomas, como si fuera a decirle un secreto—. Mis planes de hoy con Vivienne no requerirán de un intérprete, ya me entiendes.

A Thomas se le revolvieron las tripas.

—No, no te entiendo —dijo con frialdad.

Al oír su tono frío, parte de la amabilidad de Bryce desapareció. Miró hacia la casa y después otra vez a Thomas.

—Menudo curro te has buscado este verano. ¿Vives en la casa con Vivienne? Os estaréis viendo a todas horas.

—Es una casa grande —dijo Thomas.

—No tanto —contraatacó Bryce.

Antes de que Thomas pudiese preguntarle a Donahue qué era exactamente lo que estaba insinuando se abrió la puerta principal. Salió Philip, con una bebida en la mano y la cara en sombra bajo un sombrero de paja.

—¡Donahue! Elegantemente tarde, como de costumbre. Ya veo que has conocido a Walsh. —Su sonrisa era amable y al mismo tiempo nada hospitalaria—. Estaba a punto de marcharse, ¿verdad, hijo?

Thomas sabía captar una indirecta.

—Sí.

—Tengo el presentimiento de que nos veremos mucho por aquí —dijo Bryce, dirigiéndose hacia la casa—. Hablaremos de trabajo.

—Estoy impaciente —mintió Thomas, justo cuando se cerraba la puerta principal.

Se quedó ahí plantado, sin poder moverse del sitio, acumulando una ira inexplicable y ardiente, hasta que una ráfaga rosa en un balcón del segundo piso captó su atención.

Miró hacia arriba justo a tiempo para ver a Vivienne cerrar las cortinas de un tirón.

No volvió a aparecer.

Thomas llegó a su casa tres horas después.

Encontró la nevera llena —sorprendente— y la encimera de la cocina llena de correo —nada sorprendente.

Su hermana no estaba, probablemente porque trabajaba como supervisora en el campamento de día que había calle abajo.

Invirtió un rato en revisar las facturas, separando los montones en cuáles consideraba que podían ignorar y cuáles no.

Cuando terminó con eso, subió al piso de arriba a ver a su madre.