La muerte vive en mí 8 Vivienne #2
31%

8 Vivienne #2

En el baño, Vivienne se dejó caer contra la puerta hasta que esta se cerró con un clic . Bajo la luz amarilla de los apliques, su reflejo estaba pálido como un espectro. No hizo contacto visual mientras abría el grifo y se echaba agua fría por el cuello.

Cuando por fin levantó la vista, se encontró con Mikhail de pie justo por encima de su hombro. Vivienne pegó un grito y se cayó contra el secador de manos.

«Él te ha estado buscando», borboteaba su voz, espeluznante. «¿Por qué te escondes? ¿No quieres estar con los otros?».

Ella se revolvió hacia atrás, dándose un fuerte golpe contra la pared de al lado. El cuerpo —porque Vivienne era incapaz de pensar en él como Mikhail— se interpuso entre ella y la puerta, impidiéndole salir. En el lavabo, el agua corría sin parar, desbordándose y derramándose hasta al suelo.

La sonrisa del cuerpo era oscura como el fango. El agua salada le escurría por la barbilla como si fuera saliva.

«No tardarás mucho», le aseguró. «No ahora que Él sabe tu nombre».

El nivel del agua subió rápidamente, demasiado, lamiéndole los tobillos, los gemelos, el dobladillo del vestido.

Vivienne subía con ella mientras intentaba desesperadamente encontrar algo a lo que agarrarse, tocando la superficie hasta que solo quedó un pequeño remanente de aire en el techo.

Estaba en una pecera de verdad, en un bosque de algas que se entretejían alrededor de sus piernas en unos nudos imposibles.

Era una pesadilla. Una alucinación.

No era real. No podía serlo.

Tomó una última bocanada de aire justo cuando el agua se la tragó por completo.

Sumergida, se hundió como una piedra. Una luz de origen desconocido atravesaba el agua en amplios y crepusculares rayos.

Iluminaba el fondo, lleno de fango, donde reposaba un chico, extendido como un fino y oscuro crucifijo.

A su lado, había un montoncito de huesos negros como el fosfato.

Un pequeño cangrejo violinista gris correteaba por la curva de una costilla.

Conforme se hundía y se acercaba más, el chico abrió los ojos y la miró directamente.

«Te acostumbrarás al frío», dijo él. «Ya lo verás».

«¿Vivienne?».

La voz emanó a su alrededor, por todas partes, incorpórea y familiar.

« Vivienne ».

Las facciones del chico se deformaron y los ojos se le hundieron en unas profundas cuencas.

Se incorporó rápidamente, sentándose, y la agarró por la barbilla.

Vivienne forcejeó con él, enredada entre las fantasmales capas de la falda de su vestido.

No sirvió de nada. El chico no aflojó su agarre lo más mínimo.

Era de hierro. Le estaba clavando el pulgar justo en la articulación de la mandíbula, forzándola a abrir la boca.

El agua alcalina, espesa por el fango, le entró por la garganta hasta que empezó a ahogarse.

«¿Dónde estás?», exigía saber el chico. « ¿Dónde estás? ».

Vivienne pataleó y pataleó, con los pulmones ardiendo y con la vista ya borrosa por los bordes.

«¡Vivienne!».

De una sacudida fría como el agua helada, Vivienne se descubrió parpadeando bajo las luces amarillas del baño del Blackwell’s.

Estaba completamente seca y respiraba con dificultad.

En el suelo bajo sus pies no había ni un solo charco.

Thomas Walsh estaba de pie justo delante de ella, acunándole la cara entre las manos.

—Estás bien —dijo él—. Eh, oye , mírame. Estás bien.

Ella alzó la vista para encontrarse con la de él, y su familiaridad fue para ella como un punto de anclaje. La cara de Thomas estaba más seria de lo que ella la había visto nunca. Él le rozaba la mejilla con el pulgar en una caricia absorta.

—Aquí estás.

Lo dijo con un alivio tan profundo que Vivienne se partió en dos. Se apartó de él como un animalillo, resbalándose hacia atrás y contra la pared. Las manos que hasta hacía unos segundos la sostenían con tanto cuidado se alzaron apaciguadoras.

—Tranquila —indicó él—, no voy a hacerte daño.

Vivienne intentó imaginarse cómo debía de habérsela encontrado. Arañándose su propia garganta. Ahogándose con nada. Sola en un baño público representando una pantomima de su propia muerte.

El pensamiento le resultó más humillante de lo que podía imaginar.

Se le estaba haciendo insoportable seguir ahí de pie en aquel silencio abyecto, aguantando el escrutinio de Thomas.

Odiaba que la escudriñaran. Lo odiaba . Cuando dejó de hablar, su madre y Philip contrataron a todo tipo de doctores para que le hicieran pruebas y la examinaran.

La metían en máquinas durante horas, atada a una camilla y temblando de frío.

Le clavaban agujas, bisturís y le pinchaban en los dedos, hasta que se hartó y se propuso ponerle fin a todo aquello.

Empezó a tumbarse en el suelo, como si estuviera muerta, con los ojos cerrados y los brazos torcidos, esperando a que la empleada del hogar la encontrase. Solo quería irritar a todo el mundo lo justo y necesario para que la dejasen en paz.

Una lágrima consiguió escaparse de entre sus pestañas y le rodó por la mejilla, lo que hizo que, además de dolorida, se sintiera avergonzada.

—Yo solía tener ataques de pánico —repuso Thomas, con tacto—.

Digamos que, eh…, no es que me gusten mucho los espacios pequeños.

Cuando era niño, hubo un incidente y me…

bueno, eso no importa ahora. Lo que importa es que después de aquello empecé a tener pesadillas.

Me despertaba convencido de que no podía mover los brazos o de que no podía respirar.

La cosa empeoró tanto que al final mi madre me obligó a ir a terapia.

Estaba un poco pirada, la terapeuta, me refiero.

No es que fuera horrible ni nada por el estilo, pero era bastante hippie para algunas cosas.

Solía hacerme ejercicios de respiración con unas cintas de sonidos de la naturaleza.

La puerta del baño se abrió inesperadamente. Thomas la paró a mitad, volviendo a cerrarla.

—Ocupado.

—No es un aseo individual. —Oyeron que decía una mujer con voz indignada.

La única respuesta de Thomas fue alargar la mano y cerrar la puerta con pestillo, lentamente y con un marcado clic .

—Voy a llamar al encargado —dijo la mujer, más estridente que antes.

—Adelante —le respondió Thomas en voz alta.

Oyeron el enfadado repiqueteo de los tacones de la mujer mordiendo el suelo de madera mientras se iba.

—A donde quiero llegar es —siguió él— que aquella terapeuta me enseñó un ejercicio con el que centrarme en el momento presente.

Me hacía contarme los dedos. Si no me salían las cuentas, significaba que estaba teniendo alguna especie de pesadilla.

Y si estaban todos ahí, eso quería decir que estaba despierto.

Vivienne lo miró a los ojos, todavía sin tener muy claro de a dónde quería ir a parar.

—Sé que no parece gran cosa —añadió él—, pero te juro que me ayudó. Venga, levanta el puño.

A regañadientes, ella le obedeció. Él la imitó también, estirando el dedo meñique.

—Uno —empezó Thomas, que asintió con la cabeza cuando vio que ella lo seguía—. Bien, ahora, dos. Tres. Cuatro. Cinco.

Sus manos estaban alineadas entre ambos.

Thomas tragó, moviendo visiblemente la garganta.

Parecía que se le hubiera olvidado por completo la lección.

Lentamente, Vivienne unió su mano con la de él.

Ese contacto repentino hizo que él la mirase a los ojos de manera instintiva.

Aquella mirada atormentada estaba ahí otra vez, en los ojos de Thomas.

La misma mirada que le había lanzado desde la fuente durante su primera mañana en la casa.

Vivienne sintió su calor en los dedos de los pies.

Él deslizó los dedos entre los suyos y, de un suave tirón, la separó de la pared. Vivienne se tambaleó delante de él, con las manos entrelazadas y el suelo que pisaba sólido como una roca.

En ese instante, se dio cuenta de lo mucho que deseaba que Thomas la besara.

Él no lo hizo, por supuesto. Solo le ofreció una suave sonrisa y le dijo:

—Así. ¿Ves? Estás despierta.

Volvieron a llamar a la puerta. Se separaron de un salto, como si les hubieran dado una descarga eléctrica.

—¿Viv? —No era el encargado, sino Hudson. Y parecía un poco molesto—. Si lo que pretendías era que yo pagase la cuenta, hay formas mucho más creativas de hacerlo.

Vivienne se apretujó para pasar al lado de Thomas, abrió el cerrojo y la puerta de par en par. Hudson estaba ahí plantado, con el antebrazo puesto sobre el marco de la puerta y la frente apoyada en el dorso de sus largos y elegantes dedos. Al verlos se irguió y se alisó las solapas de la americana.

—Interesante. Sabes, algunas personas encontrarían esto bastante ofensivo en una cita.

Vivienne lo fulminó con la mirada y se fue de vuelta hacia el comedor, donde el ajetreo de las comidas ya estaba empezando a calmarse.

Los hombres de negocios ya habían pagado la cuenta y se habían ido.

No había escarcha en las ventanas. El suelo no estaba cubierto de bruma.

Hudson esquivó a una camarera de milagro, pero alcanzó a Vivienne.

Thomas se quedó en la retaguardia, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida.

Ella no podía ni mirarle.

—Por cierto, cuenta conmigo —dijo Hudson, mientras salían del restaurante a la terraza cubierta—. Consígueme lo de la gala y te traeré lo que necesites.

El corazón le dio un vuelco. Este era el plan.

Siempre había sido el plan. Todo estaba saliendo como ella quería.

Pero aun así, cuando alargó la mano para estrechar la de Hudson, le temblaron los dedos.

Él le envolvió la mano con la suya y se inclinó hacia ella para darle un beso en la mejilla. Cuando lo hizo, le susurró al oído:

—No sé qué estupidez te traes entre manos, pero de verdad espero que no acabes muerta.