La muerte vive en mí 8 Vivienne
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8 Vivienne

B lackwell’s era un asador muy popular ubicado en el centro de Greenwich.

Las mesas estaban vestidas con largos manteles blancos y las paredes eran de un bonito ladrillo visto.

El menú cambiaba cada día, dependiendo solamente de los tornadizos antojos del chef.

Era el típico sitio al que uno iba por estética, no por apetito.

Todas las personas que estaban en el comedor iban bien vestidas, ya fuera para hacer negocios o para disfrutar de su ocio.

Los neoyorquinos vestidos con trajes hechos a medida y zapatos de cuero relucientes mantenían conversaciones caras acompañadas de comidas caras.

Las parejas, vestidas con sus mejores galas de diseño, se sentaban muy juntas y parecían estar en su propio mundo mientras compartían botellas de vino vintage .

Vivienne se sentía rara e indispuesta, como si el vestido la incomodase, como si tuviera los huesos desencajados y como si la piel se le estuviese cayendo a tiras.

Y estaba segura de que todo el mundo podía verlo.

Se había pasado toda la noche desplomada contra la puerta de su habitación, escuchando el sonido de la respiración de Thomas al otro lado. En el cristal roto del espejo de su tocador, una docena de ojos negros la estuvieron observando, fríos y triunfantes. No pudo pegar ojo.

Ahora, removía su ensalada de remolacha y se esforzaba todo lo posible por parecer atenta.

—No es que pase muy desapercibido —dijo Hudson, poniéndose otra generosa copa de merlot—, ¿no?

Vivienne sonrió y se encogió de hombros, ignorando la dura mirada de Thomas mientras se inclinaba hacia delante para comer un poco de lechuga.

La verdad es que sí parecía estar totalmente fuera de lugar, vestido con una sudadera gris sin mangas y unos pantalones cortos de correr, con el tatuaje que le cubría todo el antebrazo y un remolino que le sobresalía del pelo revuelto.

Frente a ella, Hudson reflejaba justo la imagen opuesta con su traje gris de trama cruzada.

Tenía todo el aspecto de ser un principito de fideicomiso, con sus rizos negros en un corte degradado y los tres botones superiores de la camisa abiertos con gracia.

El padre de Hudson trabajaba como anestesista en el Shetland Health.

Hudson y Vivienne se conocían desde la infancia —tras haber asistido a las mismas guarderías caras y después a los mismos colegios pijos.

Nunca habían sido amigos como tal, pero Vivienne no le había llamado hoy porque necesitara un amigo.

Lo que necesitaba era un anestésico.

Deslizó el móvil hacia el otro extremo de la mesa mientras bebía un sorbo de riesling.

Llevaba todas sus peticiones apuntadas en las notas del móvil, donde las había copiado directamente de la lista de suministros que Jesse le había enviado a regañadientes por correo el día anterior.

Mientras Hudson las leía, ella hacía girar el contenido de su copa e iba mirando de vez en cuando a Thomas, que estaba en la barra como pez fuera del agua negociando con la camarera.

Vivienne observó cómo se desarrollaba la escena con creciente regocijo, esperando el inevitable momento en el que lo echasen del restaurante.

Sin embargo, sus esperanzas se vieron frustradas en cuanto Thomas apoyó el antebrazo sobre la barra, se inclinó hacia la camarera y le susurró algo al oído.

La chica se ruborizó de inmediato. Echó la cabeza hacia atrás y se rio con una bonita y sincera carcajada; el tipo de sonido que Vivienne llevaba años sin hacer.

No sin derramar sangre. Siguió observándolos, cada vez más irritada, cuando la camarera anotó algo en una servilleta de papel y se la dio a Thomas.

Cuando él alzó la vista, fue directamente hacia ella, como si supiera que llevaba todo este rato observándolo. La mueca de satisfacción que puso hizo que la frustración de Vivienne se disparase.

— Enseguida vuelvo —le signó a Hudson, quien todavía seguía leyendo las notas del móvil.

Para cuando llegó a la barra hecha una furia, la sonrisa de Thomas había desaparecido.

En su lugar, puso una expresión tan solemne que parecía un monje.

Vivienne le quitó la servilleta de las manos y la leyó.

Había un número de teléfono garabateado en el medio con números claros y redondeados.

Algo ardiente e imposible de describir le chisporroteó por las venas.

—Me resulta complicado interpretar desde aquí —comentó Thomas, amablemente.

Vivienne rasgó la servilleta por la mitad una vez.

Luego otra. Él se echó para atrás, con la paciencia de un santo, y tomó su bebida.

Antes de poder siquiera llevársela a los labios, ella ya había metido los trozos de servilleta dentro del vaso.

El agua con gas empapó todo el papel, que ahora solo era una pálida pasta pulposa sobre los hielos.

Durante varios segundos, ambos se quedaron mirando fijamente la bebida.

—Tu cita te está buscando —dijo Thomas.

En efecto, Hudson había pasado el brazo por encima del respaldo de la silla y los estaba observando con creciente interés.

Evitando a Thomas como hubiera hecho con un bicho, Vivienne volvió a su mesa y se dejó caer en la silla.

Si Hudson tenía alguna opinión sobre aquello, se la guardó para él, y simplemente le devolvió el teléfono.

—No sé yo, Viv. Podría meterme en un problema muy gordo.

Ella frunció el ceño. Hudson no sabía signar, al menos no de forma fluida, así que se veían limitados a mantener una relación meramente textual.

Este era un acuerdo que, normalmente, les beneficiaba a los dos, pero en esta ocasión Vivienne no había querido tener esta conversación por mensaje.

No desde que Reed le había contado que Thomas le había mirado el móvil.

Rebuscó en el bolso, sacó una libreta y un bolígrafo y anotó la dosis exacta que Jesse le había pedido. La deslizó por la mesa.

Hudson abrió los ojos de par en par.

—¿Y ni siquiera vas a decirme para qué necesitas esto?

Ella negó con la cabeza.

—Lo suponía. —Levantó la copa de vino y la miró absorto antes de dejarla de nuevo sobre la mesa sin haberle dado un sorbo—. Miénteme, al menos. ¿Es para una broma? ¿Para una fiesta? ¿Es parte de algún jueguecito?

Vivienne solo lo miraba seriamente desde el otro extremo de la mesa, esperando con paciencia.

Los minutos pasaron lentamente, colmados del tintineo de la cubertería y de fragmentos de conversaciones.

Detrás de ellos, a varias mesas de distancia, alguien se rio.

Al final, fue Hudson quien terminó cediendo.

Siempre lo hacía. Era el oportunista que llevaba dentro, que no podía resistirse a un buen trato.

Echó la silla hacia atrás y soltó un suspiro de agotamiento, algo que Vivienne sabía que era puro teatro.

—Está bien. Pero quiero a Reed Connolly.

Vivienne recuperó la libreta, consciente de que Thomas estaba ahí, vigilando todos sus movimientos.

«¿Para qué?», escribió ella.

—Ya sabes para qué —respondió él, antes incluso de que le hubiera puesto el punto al signo de interrogación—.

La gala benéfica anual de mis padres está al caer y no tengo intención de ir sin pareja.

Si tú me consigues a Reed y lo convences de que salga de su estilo gótico por una vez y se ponga un traje, yo te consigo el anestésico y sin preguntas.

Vivienne tomó el bolígrafo para replicarle, pero él levantó una mano, indicándole que parase.

—Estas son mis condiciones. Quid pro quo .

«Reed es un delincuente», anotó rápidamente, sin hacer muy buena letra. «Tus padres le odiarán».

Hudson sonrió.

—¿Por qué te crees que quiero que venga?

Su voz se diluyó de forma extraña, como si alguien le hubiese bajado el volumen al mínimo.

Vivienne levantó la vista, sobresaltada, y miró a su alrededor para ver si alguien más se había dado cuenta.

Pero Hudson tomaba la copa de vino, todavía sonriéndole; Thomas seguía mirándolos desde la barra y el resto de la gente del restaurante continuaba con sus conversaciones, ajenos a cómo el sonido temblaba y se distorsionaba.

En la mesa de al lado, alguien la estaba observando.

Justo antes había ahí un par de hombres de negocios, ambos vestidos con trajes de verano y relojes deportivos caros.

En su lugar, ahora se sentaba una solitaria y abotargada figura.

La miraba con unos ojos ciegos y tenía media cara cubierta de percebes.

Sus labios eran oscuros, como si tuvieran una infección, y por la piel se le filtraba una putrefacción supurante.

Vivienne lo conocía. Lo reconocería en cualquier lugar.

La había llevado al colegio. Había ido a ver sus recitales. La había abrazado cuando lloraba.

«No es tan malo», dijo Mikhail Popov. «No debes tener miedo».

Vivienne se puso en pie como un resorte, tirando los cubiertos. Varias cabezas se giraron hacia ella.

—¿Viv? —Hudson echó un vistazo hacia la mesa. Mikhail los miraba de vuelta, tan frío e imperturbable como cuando estaba con vida—. ¿Estás bien?

«Él no quiere hacerte daño», dijo Mikhail. Su voz sonaba húmeda, como si estuviese lleno hasta arriba de agua del Sound. «Solo quiere que vuelvas a casa».

En las ventanas empezó a crujir el hielo, que había escarchado los cristales. Su aliento empezó a condensarse delante de ella. Hudson estaba diciendo algo otra vez y se había levantado de la silla para acercarse a ella. Su voz era débil y distante.

— Baño —signó Vivienne, descolgando el bolso del respaldo de la silla. Se abrió paso hasta el pasillo, con el frío filtrándosele por la piel y una bruma serpenteándole por los tobillos. En la barra, Thomas ya estaba bajándose del taburete.

— Baño —signó Vivienne otra vez. Después, como si él fuera un perro, añadió—: Siéntate.

Él no se sentó, pero tampoco la siguió. En su lugar, se quedó vigilando, con sus ojos claros yendo de Hudson a ella una y otra vez, mientras intentaba, sin éxito, averiguar qué podía haber pasado.