La muerte vive en mí 7 Thomas #2
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7 Thomas #2

—¿Así que de eso se trata? ¿Te has enfadado conmigo por hablar con Reed Connolly?

— Has ido a por él.

—No he ido a por él , Vivienne. —Dio un paso hacia ella, con las camisas desgarradas apelotonándose alrededor de sus pies—. ¿Qué? ¿Te ha llamado para acusarme?

— Le has acosado.

—«Acosar» es una palabra muy fuerte. Tuvimos una conversación.

— Lo empujaste contra una pared de ladrillos.

Sí, eso sí lo había hecho. Sintió una punzada de vergüenza, no porque se arrepintiera de lo que había hecho, sino porque no quería que ella se enterara. Sabía que era un error sentirse de ese modo, pero aun así, no pudo evitarlo. Tampoco se molestó en intentarlo.

—Hay algo que te tiene aterrada —dijo él—, no puedes pretender que no haga nada.

Un destello de ira brilló en los ojos de color ámbar de Vivienne.

— Tu trabajo no consiste en cuidarme como si fuera un bebé.

—No te cuido como a un bebé —dijo indignado—. Estoy…

Pero no sabía lo que estaba haciendo. Estaba dando palos de ciego.

Persiguiendo fantasmas. Y, sobre todo, estaba implicándose demasiado.

Se suponía que esto iba a ser un sueldo.

Un sueldo . Philip no le había pedido que condujera hasta New Haven y abordase por sorpresa a un estudiante de artes. Eso lo había hecho él solito.

—Tengo que preguntarte algo —dijo él, cambiando de tema—. ¿Quién es Grayson?

Si a Vivienne le sorprendió oír ese nombre, no dejó que se le notara.

— Con quién paso mi tiempo libre no es asunto tuyo.

—No estoy de acuerdo —respondió él—. Todo lo que haces es asunto mío.

Demasiado tarde. Había oído cómo había sonado. El silencio chisporroteaba entre ambos.

—No pretendía que sonara así —se retractó Thomas.

— Sí, sí lo pretendías.

—Lo que quería decir es que…

— Para. —Vivienne levantó la mano—. Tú y yo no somos amigos.

No soy nada tuyo. No respondo ante ti. No necesito ni que me defiendas, ni que me cuides, ni que vengas a rescatarme.

Eres un empleado. Lo único que tienes que hacer es interpretar cuando te lo pida y llevarme en coche cuando lo necesite. El resto del tiempo, eres invisible.

Thomas aguantó el chaparrón en silencio, demasiado agitado como para decir nada.

Mientras ella le sermoneaba, se habían acercado el uno al otro.

Entre ellos, saltaban chispas, como yesca prendida.

Esto, y él lo sabía, también era un error.

Lo correcto hubiera sido echarla. Si la madre de Vivienne se los encontraba juntos encerrados y a oscuras, lo echaría tan rápido que hasta le daría vueltas la cabeza.

—¿Algo más que añadir? —preguntó él.

Ella negó con la cabeza.

—Estupendo. —Él se apartó de su camino—. Aquí tienes la puerta.

Con un resoplido, ella se abrió paso como pudo entre el caos de camisas y salió a la habitación.

Él la siguió, cerrando la puerta tras él.

Vivienne se detuvo al lado de la cómoda, donde Thomas tenía puestas en fila sus escasas pertenencias.

Un medallón de un santo patronal que su madre le había regalado para su graduación, la corbata que había tomado prestada de su tío, los gemelos que había llevado al funeral de su padre.

Ella los rozó con un dedo uno tras otro, como si estuviera memorizando su textura.

Para Thomas fue como si lo estuviera rozando a él.

— P-h-i-l-i-p no va a estar muy contento contigo —signó, cuando se dio cuenta de que la estaba mirando.

—¿Y eso por qué?

— Porque espera que todo el personal cumpla las normas de vestimenta.

—¿Ah, sí? ¿Deberíamos decirle entonces quién se ha cargado mis trajes?

Vivienne le lanzó una breve mirada conspiratoria.

— Debe de haber sido un ratón.

A Thomas le salió una risotada irónica.

—Qué mona.

— Estoy segura de que te comprará trajes aún mejores —añadió ella— , está muy comprometido contigo.

—Tomó la cadena de Thomas e inspeccionó el medallón, volteándolo de tal forma que la espada del arcángel san Miguel brilló bajo la luz del sol.

Él también notó eso. El pulso empezó a latirle con fuerza.

La mirada de ella se clavó de inmediato sobre la de él, como si lo hubiese oído. Dejó la cadena.

— Aun así vas a tener problemas.

—¿Por qué?

— Porque tardarán días en entregarte tu ropa nueva. Necesitas algo para hoy.

—¿Qué quieres decir? No hay nada agendado.

— Falso. —Se rozó la punta de la nariz con el dedo—. Tengo una cita.

—Una cita. —No había una palabra para definir la cosa con espinas que sentía en el pecho—. ¿Y cuándo se supone que es?

Como si fuera una señal, el timbre la puerta sonó. Instantáneamente, a ese ruido lo siguió el fuerte aullido de los perros. Vivienne sonrió con dulzura.

— Ahora mismo.

Así que esta era la razón por la que se la había encontrado en su armario. Thomas había dado por hecho que sus acciones habían sido una represalia por su viaje a New Haven. Un poco de melodrama. Un pequeño acto de venganza.

Pero estaba muy equivocado.

Era sabotaje.

Vivienne abrió la puerta y se contoneó por el pasillo, girándose para mirar a Thomas por encima del hombro mientras lo hacía.

— Necesitaré un intérprete. H-u-d-s-o-n no sabe signar.

—Hudson —dijo él en voz alta—. Tiene nombre de imbécil.

El timbre volvió a sonar.

— Parece que no tienes nada que ponerte. —Vivienne bajó las comisuras de los labios en un falso puchero—. Qué poco profesional, T-o-m-m-y.

La puerta se cerró de golpe. Thomas se quedó solo en medio del silencio.