La muerte vive en mí 7 Thomas
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7 Thomas

—Disculpe —dijo Reed sin levantar la vista del móvil.

Thomas no se movió.

—Tenemos que hablar.

Esto captó la atención de Reed. En cuanto lo reconoció, se le oscurecieron los rasgos. Guardó el móvil en uno de sus bolsillos traseros.

—Joder.

—¿Sabes quién soy?

—Vivienne te mencionó, sí.

—Estupendo —respondió Thomas—, entonces podemos saltarnos las presentaciones. ¿Tienes un minuto?

Reed soltó un largo suspiro de desesperación y miró al cielo, cerrando un ojo por el sol.

—¿Tengo otra opción?

—No.

—No sé por qué pero sabía que dirías eso.

Algunos estudiantes más salieron por las puertas, esquivándolos, inmersos en sus conversaciones. Thomas no se movió ni un centímetro. Reed tampoco.

—Mira —dijo Reed—, tengo que ir a otra clase ahora mismo, ¿podemos darnos prisa?

—Claro. No necesito mucho por tu parte, solo quiero saber de qué conoces a la señorita Farrow.

—¿Que de qué co…? —Reed arqueó las cejas—. Mira, encanto, vamos a la misma facultad. El programa de artes creativas es bastante pequeño. Todo el mundo se conoce.

Esta respuesta no sirvió para tranquilizar a Thomas.

Había conducido hasta New Haven antes de que amaneciera, con la ansiedad coagulándole las venas y sus pensamientos reproduciéndose en un bucle que se retroalimentaba.

No podía dejar de ver la cara de Vivienne llena de lágrimas, los cristales por el suelo y la sangre en el lavabo.

Tampoco cómo le temblaban las manos mientras admitía: «Solo estoy pasando una mala época».

Thomas siguió insistiendo:

—El otro día, una de sus amigas dio a entender que vosotros dos estáis juntos.

—¿ Juntos ? ¿Viv y yo? —Reed se rio—. Ni en sueños. La princesa Vivienne necesita demasiada atención para mi gusto.

—Es demasiado buena para ti. —Las palabras le salieron de golpe, impulsadas por una ira irracional y feroz.

—¿Ah, sí? —Reed silbó—. Qué interesante, no pensaba que los Farrow te pagasen para que tuvieras una opinión.

—Sé que sois algo más que compañeros de clase —dijo Thomas, ignorando la pulla de Reed—. El otro día le enviaste un mensaje preguntándole si estaba preparada para morir.

—¿Le has mirado el móvil? ¿No crees que eso es ir más allá de tus putas responsabilidades? —Reed se guardó un portafolio de cuero ancho bajo el brazo, y apartó a Thomas con el codo a la vez—. Pensándolo mejor, me largo de aquí. Esto me sobra.

Pero Thomas no había terminado. Se movió sin pensar, y le dio un manotazo firme a Reed en el pecho. El estudiante de artes chocó contra los ladrillos de la entrada del edificio. Varios curiosos se volvieron hacia ellos, pero no intervino nadie.

—¿Pero tú de qué vas? —saltó Reed.

—No hemos terminado.

— Relájate. —Reed se quitó de encima la mano de Thomas—. Eres un niñero venido arriba, no un detective privado.

—Soy lo que Vivienne necesite que sea.

—Mentira —dijo Reed—. Eres lo que papaíto Farrow te paga para que seas. En serio, ¿de verdad que no te sientes ni un poco patético? Eres como su perro de ataque. Me sorprende que no lleves collar.

—Qué gracioso —dijo Thomas—. Hablando del padrastro de Vivienne, le preocupa que se esté juntando con la gente equivocada.

—Claro, fijo que está preocupadísimo. Déjame que lo adivine: das por sentado que yo soy esa «gente equivocada» de la que habla. Menudo cliché.

—Yo no doy por sentado nada. Solo hago preguntas.

—Pues aún no me has hecho ninguna.

—Tienes razón —dijo Thomas—. Solucionémoslo: ¿Quién es Grayson?

Reed sonrió con suficiencia.

—Un narcisista vanidoso con un complejo de Dios del tamaño de un planeta gaseoso.

—No te he pedido que me compongas un soneto sobre ese tipo —saltó Thomas—. Solo quiero saber quién es para Vivienne.

—No puedo decírtelo. —Reed se encogió de hombros—. Quizá podrías probar a preguntarle a Viv, ya que sois tan íntimos. Ah, no, espera, que no te soporta, ¿a que no? Por eso estás aquí acosándome en vez de hablar con ella directamente.

El temperamento de Thomas, que hasta ahora había estado hirviendo a fuego lento, llegó al punto de ebullición. Metió los puños en los bolsillos de los pantalones cortos e hizo todo lo que pudo por extinguir el fuego.

Vete de aquí , le decía su lado más tranquilo y racional.

Termina lo que has venido a hacer , le decía el otro lado, mucho más ruidoso.

Y lo hizo.

—Quiero que te mantengas alejado de ella.

—¿De quién? ¿De Vivienne?

—Sí. —No tenía ningún derecho para decir eso. Lo sabía. Reed lo sabía. Aun así, siguió en sus trece—. No contestes sus llamadas ni le respondas los mensajes.

Reed se rio.

—Lo llevas claro, cabrón. Si Vivienne contacta conmigo, ahí estaré. No voy a ignorarla solo porque tú te hayas deslumbrado por ella.

Fue como si Reed hubiera hurgado en su pecho y agarrado algo vital que había bajo sus costillas. Algo pequeño, puro y que latía, y que no estaba destinado a salir a la luz.

—No te lo diré otra vez —dijo, moderándose—: No te acerques a Vivienne.

Reed parecía entretenido.

—¿Y si no qué?

—Me encargaré de que tu vida sea un puto infierno.

—Ya, seguro que sí. —Reed lo esquivó, despidiéndose con dos dedos en la frente, y se alejó de él por el solar a pleno sol. Mientras se iba, le gritó—: Odio tener que decirte esto, Walsh, pero estoy fuera de tu alcance.

Para cuando Thomas estuvo de vuelta en Greenwich, el sol casi estaba en su punto más alto. Saludó con la cabeza a los jardineros mientras recorría la curva del camino de entrada y después pasó varios minutos quitándose de encima a los perros en el amplio vestíbulo de los Farrow.

El coche de Philip no estaba, y su despacho estaba vacío.

Tampoco había rastro de Amelia. Thomas se quitó los zapatos en el recibidor, atento para ver si oía señales de Vivienne.

La casa estaba en silencio, algo que no le resultó extraño.

Le sonó el móvil en el bolsillo y lo sacó, cortando el tono de llamada mientras avanzaba por el frío de la casa, digno de un mausoleo.

—Tess —dijo, contestando al segundo tono.

—Dios, Tommy —dijo su hermana—. Llevo llamándote toda la mañana.

—Estaba ocupado con cosas de trabajo. ¿Mamá está bien?

—Sí, mamá está bien. ¿Es que solo puedo llamarte si mamá tiene una emergencia?

—Yo no he dicho eso —respondió él, mientras entraba en su habitación—. Pero por tus mensajes parecía que era urgente.

—Es que es urgente. —Thomas oyó el crujido de una bolsa de algún aperitivo—. Nos ha llegado a la cuenta el primer sueldo de ese nuevo jefe raro tuyo.

—Bien. —Se quedó de pie en el umbral de la puerta y analizó detenidamente la escasa decoración de su cuarto. Se le erizaron los pelos de la nuca. Algo iba mal—. Gracias por avisarme. Mañana llamaré a la empresa de recobro y dejaré pagadas algunas de las facturas.

—Es mucho dinero, Tommy.

En medio del silencio enmoquetado, oyó un distintivo chas . El sonido del roce del metal con el metal. Thomas se quedó quieto.

—¿Tommy? ¿Hola?

Su hermana le había preguntado algo, pero no se había enterado de qué.

Estaba demasiado ocupado mirando fijamente el armario.

La puerta estaba entornada, de tal forma que, desde donde él estaba, se veía la oscuridad del interior por una rendija.

Estaba seguro de que él la había cerrado antes de irse.

—Tooommy —canturreó Tessa.

—Sí, sí, dime.

—Te acabo de preguntar que si trabajas como chico de compañía.

Thomas dio un paso hacia el armario.

—No.

—No tienes que prostituirte. El tío Ryan dice que tiene un montón de proyectos para ti, que hay muchos tejados que arreglar aquí en Worcester.

Otro chas metálico siguió al anterior. Esta vez, Thomas reconoció el inconfundible sonido de unas tijeras.

—Tengo que irme —dijo él.

—Tommy, espera…

Colgó.

Dejó el móvil sobre la cómoda y cruzó la habitación.

La perfecta quietud que emanaba del interior del armario le hizo dudar de si en realidad había oído algo en absoluto.

Pero entonces, volvió a escuchar otro ruido, solo que en este caso no fue un chas , sino un suspiro.

Abrió la puerta de un tirón tan fuerte que el vestido de tul con estampado de fresas de Vivienne le ondeó por los muslos.

Ahí estaba ella, de pie en medio de aquel desastre de armario, hundida hasta los tobillos en cintas blancas.

Toda evidencia de la noche anterior había desaparecido.

El cabello le caía por los hombros en unas ondas poco marcadas y llevaba los mechones frontales recogidos hacia atrás con un gran lazo rosa.

En su cara no quedaba ni una lágrima, y las abullonadas mangas rosas del vestido le cubrían las pequeñas heridas de la muñeca.

En la mano derecha sujetaba unas relucientes tijeras de costura plateadas.

En la izquierda, la mitad de una corbata de seda negra con el extremo cortado en diagonal.

Durante unos segundos, Thomas se quedó inmóvil asimilando los daños.

Todo estaba hecho un desastre. En las barras, las perchas de alambre estaban vacías.

Las corbatas estaban hechas trizas. Los botones, desperdigados por el suelo como monedas perladas.

Se preguntó cuántos miles de dólares de su padrastro acababa de tirar Vivienne a la basura.

Y es que solo era eso: el dinero de Philip.

Thomas no hubiera podido permitirse este armario lleno de trajes ni en mil años.

Ni siquiera hubiese podido comprarse la corbata para uno de ellos.

Se aseguró de dejar esto bien claro antes de aceptar el puesto, a lo que, como respuesta, Philip Farrow se comprometió a proveerle de un armario nuevo completo.

Vivienne dejó caer la corbata al suelo y le dio a Thomas las tijeras, como si él se las hubiera pedido.

— ¿Era tu novia? —signó ella, enganchando un dedo índice con el otro.

Él dejó las tijeras en un estante vacío.

—¿Quién?

— La del móvil.

—Justo. —Thomas hizo un barrido de todo el destrozo que había a sus pies—. Parece que has estado ocupada.

— Tú también. —Vivienne juntó las cejas—. No vuelvas a hablar con mis amigos sin mi permiso.