La muerte vive en mí 6 Vivienne #2
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6 Vivienne #2

La expresión de la cara de Thomas desencadenó algo dentro de ella.

Algo demasiado desconcertante como para nombrarlo, demasiado doloroso como para tocarlo.

Asintió con la cabeza, dando su aprobación silenciosa, mientras la inquietud le corría por las venas.

No es que ella quisiera que él se quedara, era solo que no quería quedarse sola.

Siempre estaba sola, y estaba harta de eso.

Thomas fue hasta el lavabo y apagó el grifo. El agua dejó de correr. Ambos permanecieron de pie en el silencio que lo siguió, hombro con hombro, mirando la abarrotada superficie del tocador.

—Qué curioso —dijo él, mientras tomaba unos polvos compactos y los inspeccionaba—. Pensaba que serías una obsesa del orden, pero resulta que eres un poco desastre.

Vivienne le quitó los polvos de la mano y volvió a dejarlos sobre la encimera. En el espejo, el reflejo de Thomas le lanzó una sonrisa con hoyuelo.

—Me gusta, hace que parezcas un poquito más humana.

— Normalmente no soy desordenada —confesó ella—, solo estoy pasando una mala época.

No sabía qué le había hecho admitirlo. La vergüenza la arrolló, sonrosándola, haciendo que le hirviesen las mejillas. A su lado, Thomas se puso serio.

—¿Quieres hablar de ello?

— ¿Para qué? ¿Para que puedas usarlo en mi contra la próxima vez que lo necesites?

Él puso una mueca de dolor.

— Touché .

Un silencio incómodo se instaló entre ambos, y ninguno de los dos parecía saber cómo romperlo. Él se puso a toquetear los cosméticos y tomó una pinza que encontró en un montón de cinta enredada.

—Esto me servirá. Dame la mano.

Vivienne retrocedió, recelosa.

— Esto no forma parte de las obligaciones de tu puesto.

—Ya, bueno, pero ahora no estoy de servicio. —Él extendió la mano hacia ella—. Déjame ver.

Cedió a regañadientes, alejándose un paso del tocador y poniendo su mano en la de él.

Este sutil movimiento hizo que Thomas se alejase del cristal, dándole la espalda al espejo y también a la chica que estaba dentro de él.

Esto la alivió durante una fracción de segundo, pero nada más.

Moviéndole la mano con cuidado, Thomas se acercó para evaluar los daños.

De cerca, no era para tanto. Había estado mucho peor otras veces. Vivienne se frotó el ojo con el canto de la mano buena hasta que vio borroso. Cuando apartó la mano, vio que estaba húmeda, lo que la sorprendió, pues no se había dado cuenta de que estaba llorando.

—Tengo una pregunta —dijo Thomas, fingiendo que no se daba cuenta de que Vivienne se estaba secando una lágrima de la mejilla—. ¿Qué peces pescáis en vuestras excursiones al Sound? Philip dijo que es una de vuestras tradiciones.

Lo preguntó simplemente para sacar un tema de conversación, pero, aun así, ella se retorció de preocupación.

Era una pregunta peligrosa, con una respuesta igual de peligrosa.

—Yo fui una vez a pescar lucios con mi tío —siguió él, mientras dejaba la primera esquirla en una jabonera plateada—, se llevó un cuchillo para pescado y los desespinó allí mismo en la barca.

El fondo estaba tan lleno de tripas de pescado que se te hundían los pies.

No pude quitarme la peste de los zapatos durante semanas.

Sacó el último trocito de cristal de un pellizco. Dejó a un lado las pinzas, mojó una toalla pequeña y la presionó contra la muñeca de Vivienne, que puso una mueca de dolor en cuanto la rozó. El suave silbido que hizo al inspirar, hizo que Thomas la mirara a los ojos.

—Solo digo que no pareces la clase de persona que disfrute de ir de pesca —dijo él, y entonces ella supo que estaba indagando.

Pero no tuvo tiempo de enfadarse. Un extraño y peculiar movimiento atrajo su atención. En el espejo, algo se asomó a mirar por encima del hombro de Thomas, algo con ojos negros apanalados. El miedo la hizo colapsar y apartar de un tirón la mano de la de él.

— No tienes ni idea de la clase de persona que soy.

—Pero me gustaría saberlo.

La respuesta le salió como un acto reflejo, algo nerviosa también, como si hubiera estado armándose de valor para decirlo.

A Vivienne el corazón parecía que iba a salírsele del pecho.

En el espejo, unos dedos gangrenados se enroscaban de forma imposible alrededor de la garganta de Thomas, y las afiladas puntas de las uñas marcaban unas medias lunas en la parte alta de su espalda.

—No has, eh…, no has respondido a mi pregunta —dijo él, mientras se llevaba una mano a la nuca—. ¿Qué peces soléis pescar?

Vivienne lo miró fijamente, paralizada por el miedo. Thomas lo había sentido. Lo había sentido . No podía ser. La criatura estaba ahí dentro y ella aquí fuera. Ella era la que estaba despierta. Ella era quien tenía el control.

¿No?

En el espejo, el agarre de las manos de la otra Vivienne se apretaba cada vez más, como un nudo corredizo.

—¿Señorita Farrow?

Vivienne observaba, anquilosada, cómo la criatura desencajaba la mandíbula y revelaba unas encías grises plagadas de colmillos resplandecientes.

Se tapó la boca con los dedos, la suya, cerrada firmemente, mientras las fauces del espejo, babeantes, se abrían justo encima de la carótida de Thomas.

Vivienne se tambaleó hacia atrás y se chocó contra la pared con tanta fuerza como para que tintinearan todos los perfumes que tenía en una pequeña estantería en forma de escalera.

Thomas se estiró el cuello de la camiseta, mirándola con el ceño fruncido.

—¿Estás bien?

— Vete —signó ella.

Él no se movió.

—No me parece buena idea dejarte aquí cuando estás…

Pero Vivienne no le dejó terminar. Alcanzó un perfume de cristal de la estantería y lo tiró contra la pared.

Thomas se agachó y levantó las manos conforme el frasco estallaba en un millón de brillantes esquirlas.

Un aroma a geranio blanco impregnó el espacio que los separaba.

Vivienne ya tenía otro perfume en la mano.

—Ya me voy —dijo Thomas, poniéndose derecho—. Ya me voy, ¿vale?

Detrás de él, la criatura parecía fascinada por el caos, con los huesos dislocados y una sonrisa exultante. Vivienne sabía que era así como esa cosa la quería: sin amigos y medio feral, sola a excepción de su propio rostro en el espejo. Parpadeó para aguantar las lágrimas.

—Estaré en el pasillo por si me necesitas —dijo Thomas, aún con las manos arriba en señal de rendición.

No podía culparlo, tenía un frasco de un dulzón vetiver de color ámbar agarrado como una piedra en la mano ensangrentada y el brazo listo para catapultarlo.

No lo bajó hasta que estuvo segura de que él se había ido.

Fuera, en la habitación, Judd soltó un gemido. La puerta se cerró suavemente. Se sintió extrañamente abatida, como si su corazón no fuera más que un horrible amasijo de pulpa húmeda dentro del pecho.

Devolvió el frasco de perfume a la estantería, se hundió hasta caer al suelo y lloró.