6 Vivienne
L as noches sin luna eran las más duras.
Para Vivienne siempre era difícil aferrarse a ella misma una vez que el sol se ponía, pero, al menos, la luna le ofrecía una pequeña cantidad de luz: aquel punto plateado en lo alto era como una brújula que la guiaba por la oscuridad y hasta el amanecer.
Pero cuando había luna nueva, Vivienne se desataba por completo.
El día había sucedido con la suficiente normalidad.
Había dedicado las horas que le tocaban en el estudio montando la coreografía para su actuación final.
Se había deslizado por el suelo en un grácil relevé —con la barbilla alta y los brazos extendidos— y se había esforzado por no pensar en la cena de Philip o en el tacto de la mano de Bryce Donahue en la parte baja de su espalda, mientras le acercaba la boca a la oreja y le susurraba, con el aliento oliéndole a whisky : «Me encanta cómo te queda ese vestido».
En el trayecto de vuelta a casa, Thomas se puso a escuchar un podcast y ella a beberse su té, sorbiendo de forma tan ruidosa como para ahogar el audio y que él tuviera que rebobinar alguna que otra frase para poder oírla. Ninguno de los dos se dirigió la palabra.
Vivienne se pasó el resto del día evitándolo completamente.
Era mejor así.
Al caer la noche, Vivienne se tumbó en la cama, con las puertas francesas que daban a su balcón abiertas.
La oscuridad se filtraba en su habitación como la tinta.
Ella intentó por todos los medios ignorarla, cómodamente acurrucada entre Molly y Judd.
Judd dormía sobre su espalda, con la tripa hacia arriba y las patas dobladas en el aire.
Molly, como siempre, estaba tumbada mirando hacia la puerta.
Las orejas en punta, los ojos alertas. Preparada para saltar.
Amelia y Philip habían salido hacía ya unas horas en una limusina en dirección a una gala en la ciudad, su madre envuelta en lentejuelas y Philip en uno de sus trajes hechos a medida.
Trabajo sin ánimo de lucro, lo llamaban.
Pero la verdad era que lo único que hacían era ponerse hasta arriba de champán hasta que ya no les daba vergüenza discutir en público.
La noche era cálida y no hacía viento, tanto que incluso con la ventana abierta el aire de la habitación resultaba sofocante. En lo más profundo de su estómago, Vivienne notaba las familiares contracciones de algo hambriento.
Algo muerto dentro de algo vivo.
Solo de pensar en ello le daban escalofríos.
Inquieta, bajó de la cama pasando las piernas por encima de la tripa de Judd y deslizándose hasta el suelo.
Bajo la piel, Vivienne sentía que estaba despellejándose.
Partiéndose por la mitad como una granada.
Se arrastró de puntillas y pasó por delante del tocador, donde el espejo cubierto estaba decorado con varios pares maltrechos de puntas de ballet .
Un ligero brillo del cristal se entreveía a través del fular que había reutilizado como velo para taparlo.
Con la luz que había, solo llegaba a diferenciar la silueta de su reflejo.
Una figura sin rostro moviéndose debajo del velo.
Se estiraba como un gato recién levantado de una siesta.
Arqueando la espalda. Ladeando la cabeza hacia un lado.
—No te duermas —decía la figura, su voz tosca por falta de uso—. La noche es muy oscura. Las sombras se acumulan en charcos lo suficientemente profundos para que Él busque en ellos.
En la cama, Molly levantó la cabeza. Un gruñido surgió de lo más profundo de su garganta.
La habitación giró de forma extraña y Vivienne empezó a ver estrellas en su periferia.
Aún no era medianoche y ya se estaba desmoronando.
Normalmente, se aferraba a ella misma un poco mejor.
Normalmente, era más fuerte. Pero esta noche, Vivienne agarró el velo y lo arrancó del espejo.
Se encontró con su propio rostro, afilado y perturbador.
—Hola —dijeron la criatura del espejo y ella al unísono. El estómago le dio un vuelco, como si estuviera en caída libre. El fular le tembló en el puño. Cuanto más miraba su reflejo, más parecía distorsionarse la chica al otro lado, más parecían deformarse sus facciones.
—¿De quién hablas? —La voz de Vivienne salió como un graznido—. ¿Quién me está buscando?
La criatura le enseñó los dientes.
—Ya sabes quién.
Ella negó con la cabeza. El miedo le reptaba por la garganta, asfixiante y agrio.
—La Casa —dijo su horrible efigie—. O lo que duerme debajo de ella. Él te está buscando por todas partes, y ese despreciable de Reed lo sabe. Ese idiota va a llevarte directamente hasta Él.
Vivienne se agarró la garganta. Su boca era arena, y su lengua, gruesa. En el espejo, la criatura estrujaba su propio cuello con unos dedos grises y ávidos.
—Soy la única en quien puedes confiar —dijo la cosa del espejo—. No en ti, no en el chico del piso de abajo. No en ese medicucho que tienes comiendo de la palma de tu mano.
Aquella horrible sonrisa se extendió de una oreja a la otra, partiendo la cara de la criatura en dos. Sus dientes parecían estar estirándose, como si empujaran su cabeza hacia atrás, hasta que pareció que una segunda criatura estaba supurando de la carcasa blanda que era su cuerpo.
Como si Vivienne tan solo hubiera existido para ser la crisálida de otro ser.
—¿Crees que no sé lo que planeas? —La criatura puso un puño cerrado contra el cristal—. ¿Crees que no conozco tu mente? —Golpeó el espejo con el monstruoso puño—. Yo soy la razón de que sigas viva. — Pum —. Yo te he salvado. — Pum —. Soy tu salvavidas. Tu diosa. No puedes extirparme de ti.
Pum. Pum. Pum.
El cristal se hizo añicos, le estalló en la mano en punzantes esquirlas. Judd se despertó con un ladrido y rodó hasta ponerse sobre la tripa, prácticamente cayéndose de la cama. A su lado, Molly empezó a aullar.
Del pasillo llegó el sonido de alguien corriendo.
La puerta de la habitación se abrió de golpe.
Los perros se volvieron locos, enseñaban los dientes y la baba les caía de las mandíbulas abiertas.
Aturdida, a Vivienne le costó unos minutos darse cuenta de que estaban ladrándole a Thomas, que estaba de pie bajo el marco de la puerta, vestido para entrenar, con unos pantalones cortos y unos calcetines de deporte, y una ligera marca de sudor oscureciéndole la camiseta.
Thomas apartó a los perros para pasar mientras asimilaba en silencio el desastre del tocador.
El espejo destrozado en el marco, las puntas de ballet desperdigadas de cualquier forma y los restos de cristal dentados como colmillos.
Con el impacto, se habían caído varios atomizadores, que ahora estaban desparramados por el suelo en mil pedazos brillantes, mientras el perfume que contenían empapaba la alfombra.
Lentamente, los ojos de Thomas viajaron hasta donde estaba ella. Vivienne lo miró también, mientras se agarraba el puño ensangrentado contra el pecho e intentaba, con todas sus fuerzas, pensar en algo ingenioso que decir. Algo cruel. Pero no se le ocurrió nada.
Él la observó detenidamente y, poco a poco, su expresión de confusión fue transformándose en una de preocupación.
Vivienne se preguntó qué veía él ahora que la miraba en este estado.
Si había algo monstruoso asomando en sus ojos o si había sido capaz de ocultarlo a tiempo.
Esperaba que sí. Thomas la estaba mirando muy de cerca, anotando mentalmente cada detalle, registrando cada corte y cada rasguño, con los cristales rotos como polvo de estrellas bajo sus pies.
—¿Qué ha pasado?
— Me he tropezado.
Estaba mintiendo y ambos lo sabían.
—Estás sangrando.
Ella se llevó la muñeca contra el pecho, pero era imposible que lo ocultara. Tenía esquirlas clavadas en la piel, que brillaban extrañas bajo la luz. La sangre le caía por el antebrazo en riachuelos rojos y pegajosos.
Una docena de preguntas sin hacer cayeron al suelo entre ambos.
Vivienne deseó que él las hubiera hecho, que hubiera insistido.
En una noche como esa, quizá se hubiera derrumbado.
Quizá le hubiera contado cómo de horrible era ver morir a alguien a sus pies, cómo el mero sonido de su voz podía partir la mente de un hombre en dos y abrir los poros de su piel hasta que se desangrase sin un solo rasguño.
Quizá le hubiera contado que solía hablar bastante antes de que algo en un profundo y oscuro abismo la obligase a callar para siempre.
Pero él no le preguntó y, entonces, ella no le contó nada.
— Puedes irte —signó en su lugar—. Estoy bien.
Él dudó. Parecía estar considerando detenidamente cuáles iban a ser sus siguientes palabras.
—No me siento cómodo dejándote sola ahora mismo.
— No necesito que me ayudes. No es nada.
—No parece que sea nada. —Thomas estaba siendo demasiado cauteloso con ella, lo que le estaba dando ganas de gritar. En la puerta, él parecía tan exasperado como ella. Se le tensó la mandíbula—. Déjame que al menos le eche un vistazo a…
— No. —Vivienne pellizcó el aire con los dedos delante de la cara de Thomas—. Yo me encargo.
Lo dejó ahí de pie, en el umbral de la puerta, con expresión tensa, y ella se fue disgustada hacia el baño. Allí, la luz era tenue y las encimeras estaban rebosantes de cosméticos. Bajo el pálido brillo del espejo iluminado del lavabo, su cara estaba blanca como el papel.
Pero al menos era su cara.
Abrió el grifo y dejó que el agua limpia y fría le cayera por la muñeca. Esta empezó a acumularse en el desagüe, roja y oscura como un rubí. Los cortes no eran profundos y las esquirlas eran pequeñas, pero le dolía más de lo que esperaba, como cuando te rozabas un corte hecho con papel.
Un movimiento en el espejo le hizo levantar la cabeza rápido como un conejo.
Era Thomas, delineado por el brillo rosa palo de su habitación.
—Por favor, no me pidas que me vaya —dijo él, antes de que ella pudiera decirle lo contrario—. Porque si me lo pides, me iré, pero no me sentiré bien haciéndolo.