5 Thomas #2
Thomas no supo cuánto tiempo estuvo ahí tumbado, mirando al techo y deseando que le entrase el sueño, antes de que las luces con sensor de movimiento del jardín se encendieran.
Volvió a incorporarse, sobresaltado, y miró hacia la ventana.
Fuera, en la oscuridad, una figura solitaria se tambaleaba, como mareada, atravesando la zona iluminada.
Era Vivienne, dirigiéndose hacia la piscina.
Thomas se acercó hasta la ventana, protegiéndose del destello de las luces con la mano.
Solo veía su silueta, la falda de su vestido de cóctel cayéndole desde la cintura como una campana.
Durante unos segundos, se asomó precariamente al agua desde el borde de piedra, como si estuviera pensando en saltar.
Sin embargo, solo vaciló un poco más antes de caer de rodillas.
Enterrando la cara entre las manos, empezó a llorar.
Thomas se sintió como un mirón, ahí de pie, observándola.
Pero no apartó los ojos.
Finalmente, las luces con sensor de movimiento se apagaron. Por un instante, Thomas se quedó completamente a ciegas, parpadeando para adaptar la vista de nuevo. Poco a poco, la figura de Vivienne reapareció, iluminada desde abajo por las luces de la piscina.
En la oscuridad, empezó a sentirse inquieto.
Era un momento íntimo, y él se estaba inmiscuyendo.
Agarró las cortinas y tiró de ellas con la intención de cerrarlas sin llamar la atención.
No funcionó. Los ojales golpetearon ruidosamente la barra de las cortinas.
De inmediato, Vivienne alzó la barbilla.
Ante el movimiento, las luces se encendieron y ambos quedaron completamente visibles.
Sus ojos se encontraron a través del cristal justo cuando él cerró las cortinas de un tirón.
Thomas se quedó ahí unos segundos más. Con el corazón latiéndole a mil por hora y con el pecho partido en dos, en un abismo demasiado profundo como para explorarlo, demasiado peligroso como para intentarlo siquiera.
—Mierda —dijo, en la quietud de su habitación.
Reprimiendo el bochorno de que le hubiera descubierto, volvió a meterse en la cama. Se tumbó boca arriba, mirando al techo fijamente y con la cara ardiendo.
No durmió nada.
A la mañana siguiente, se arrastró fuera de la cama y salió a correr, determinado a olvidarse de la imagen de Vivienne sollozando en la piscina. Se encontró con Philip en el camino de la entrada, metiendo un maletín en el coche. Este cerró la puerta justo cuando vio a Thomas y le sonrió simpático.
—Aquí estás —soltó Philip, a un volumen tan alto que hizo que una golondrina cercana saliera volando—. Quería decirte que tienes libre el fin de semana que viene.
Thomas parpadeó.
—¿Qué?
— El fin de semana que viene , Walsh. —repitió Philip, esta vez con un amplio movimiento de la mano.
Con la luz, el oro de su anillo de sello le brilló en el meñique.
La piedra plana blanca que lo decoraba, no—.
Imagino que no pensarías que estarías trabajando aquí todo el verano sin tener algún descanso de vez en cuando.
—Pero la señorita Farrow…
—Estará conmigo —le aseguró Philip—. Es una de nuestras pequeñas tradiciones veraniegas. Un sábado al mes vamos a pescar al Sound, en Long Island. ¿Tú pescas?
Thomas se acordó de una lejana tarde de verano con su tío, sentados en una barca que giraba perezosa en hélice en Pegan Cove, con un cubo lleno de lucios y una neverita de cervezas Pabst Blue Ribbon goteando entre ellos.
El apacible silencio solo se rompió con el graznido de una garceta y el familiar acento marcado de su tío diciendo: «Tu madre me ha dicho que te has estado metiendo en peleas en el instituto».
Se aclaró la garganta y dijo:
—No con frecuencia.
—A la mayoría de los hombres de mi sector les gusta el golf —dijo Philip, mientras efectuaba un swing imaginario con una técnica impecable—.
Se pasan todo el día achicharrándose en el campo de golf y ¿para qué?
¿Para hacer algún contacto? Yo prefiero pasar el día en el mar.
Es bueno para el alma. Y también es bueno para Vivienne.
De vez en cuando, me gusta llevarla a nadar con tiburones.
A codearse con gente influyente, ya sabes, para que vea cómo se hace el dinero.
Es una buena lección de vida, ¿no crees?
—Sí, señor —respondió Thomas.
Philip miró hacia el sol, protegiéndose los ojos con la mano.
—Quizá algún día puedas venirte con nosotros. ¿Has navegado alguna vez en el Sound?
—No.
—Es un estuario. No es muy profundo, unos dieciocho o diecinueve metros de profundidad como máximo.
¿Pero si vas hacia el extremo este? En algunas zonas el agua baja hasta los noventa metros.
Si se te cae algo por la borda, ya te digo yo que no vuelves a encontrarlo.
Me gusta ese tipo de inmensidad. Estoy seguro de que sabes de lo que te hablo.
Thomas frunció el ceño, sin saber a qué se refería.
—No sé, señor.
—No hace falta que te hagas el inocente. —Philip alargó el brazo y le agarró del hombro—. Como te comenté, estuve investigando. No me encontré con tu currículum por casualidad, ¿sabes? El hijo de un antiguo colega iba a la misma facultad que tú.
Esto pilló a Thomas por sorpresa y, pese al calor que hacía, se quedó frío de repente.
—Ah.
Si Philip notó lo incómodo que estaba, no lo demostró.
—Me han dicho que algunos de los chicos de tu fraternidad están metidos en temas de ocultismo. ¿Alguna vez has participado tú en algo así?
—No —dijo Thomas, sin más explicación. Después, deseando cambiar de tema, añadió—: Lo siento, es solo que no me imaginaba a la señorita Farrow como el tipo de chica a la que le gusta pescar.
La sonrisa de Philip vaciló.
—La tenemos un poco consentida —dijo—, ¿verdad? Es cosa de su madre, me temo. Por eso lo hacemos. Pasar el día en el mar de vez en cuando es bueno para el espíritu. Tómate el fin de semana libre, Walsh. Ve a casa y pasa tiempo con tu familia. Te lo has ganado.
Thomas pasó el resto del día solo. Philip se fue a la ciudad a trabajar, Amelia a su clase de spinning y luego de comida con sus amigas.
Vivienne se quedó encerrada en su cuarto todo el día, sin nada en el horario.
Ningún compromiso, ni entreno en el estudio, ni clases.
Cuando Thomas volvió de correr, la casa estaba tan silenciosa que lo dejó helado hasta los huesos.
En su cabeza, los pensamientos revoloteaban sin parar.
Había corrido a toda velocidad prácticamente todo el trayecto y aun así no había podido quitarse de encima la inquietud que lo perseguía.
No es que hubiera pensado que había acabado en el puesto sin haberlo solicitado siquiera por una extraña serendipia, sabía que Philip Farrow lo había buscado con marcada intención.
Era solo que había asumido que la razón por la que lo había hecho era por su dominio de la lengua de signos.
Ni se le había pasado por la cabeza que sus estudios hubiesen tenido algo que ver.
Tampoco estaba seguro de en qué sentido había afectado su conexión al Priorato.
Como muchos otros estudiantes que necesitaban una ayuda económica, Thomas se presentó a un examen para obtener una beca, mediante el que se decidiría qué campo sería el más adecuado para él.
Había sido idea del orientador de su instituto.
Desde la muerte de su padre, Thomas iba con el piloto automático, tan preocupado por cómo iban las cosas en casa, que había dejado de centrarse en cómo iban en el instituto.
Sus notas empeoraron. Lo echaron del equipo de lacrosse .
Empezó a buscar formas de canalizar su ira, así que pasaba la hora de la comida metiéndose en peleas, y los sábados en el aula de castigo.
Hasta que el orientador no le puso la solicitud de la beca delante de las narices, Thomas ni siquiera se había planteado qué quería hacer más adelante.
El día que llegó la carta del Comité de Subvenciones y Becas estaba cortando el césped del jardín. Thomas trasteó con las cuchillas del cortacésped, con el corazón en la garganta y las expectativas bajas, mientras Tessa abría el sobre sellado con lacre.
«Estimado señor Walsh», leyó Tessa. «Enhorabuena por un trabajo bien hecho. Ha resultado beneficiario de una de nuestras becas de trabajo y ayuda al estudio…».
Ya no se acordaba del resto, solo de oír a su hermana gritarle al oído y de sentir el suave palpitar de la esperanza en lo más profundo del pecho.
No le gustaba pensar en ello, en lo rápido que esa esperanza había muerto.
Puso todo su empeño en dejar la mente en blanco mientras se duchaba y se cambiaba de ropa, aún con flato en el costado.
Se echó largo en la cama, abrió los brazos y le dio al botón para encender la televisión, resignado a otro día sin hacer nada.
Pero la pantalla no se encendió.
Tuvo que trastear varios minutos para encontrar dónde estaba el problema. Detrás del mueble de la televisión, alguien había cortado los cables, con un corte limpio, como si hubieran usado unas tijeras de podar. Se le hizo un nudo de rabia en la garganta.
«Niñata», murmuró, mientras volvía a empujar el mueble a su sitio.
Inquieto —buscando pelea— se dirigió al salón. Los perros ya estaban ahí, dormitando en el sofá. Molly levantó la cabeza nada más verlo, con las orejas y los ojos bien alerta.
«Bu», les dijo.
Eso los hizo salir despavoridos de inmediato. Thomas se dejó caer en el sofá, ahora libre, encontró el mando y encendió la televisión. Subió el volumen al máximo. Tronaba en el silencio de la casa, llevando al límite el sonido envolvente de la televisión.
«Tres», susurró. Estaba comportándose como un idiota, picándola de esta forma.
«Dos». Pero algo tenía que cambiar, y no iba a ser él.
«Uno». Oyó un portazo en el piso de arriba. El consecuente nudo en el estómago que sintió no se debía completamente al enfado, y eso fue lo que más lo enfureció.
Unos segundos después, Vivienne apareció envuelta en una sudadera azul cielo que le llegaba casi hasta las rodillas. Los perros la flanqueaban, como si hubieran ido a buscarla personalmente. Thomas le lanzó una mirada acusatoria por el rabillo del ojo y bajó el volumen.
—Deberías decirle a tu madre que llame a control de plagas —dijo fríamente—. Tenéis ratones en casa.
Vivienne llevaba la cara inflamada y los ojos hinchados, como si hubiera estado llorando en el piso de arriba. A Thomas le vino brevemente la imagen de ella en la piscina, su piel plateada bajo la luz y los hombros temblándole. Le atravesó un hilillo de culpabilidad, pero aun así, continuó.
—Uno de ellos me ha mordido los cables de la televisión con un corte limpio. ¿No te parece raro? —Volvió a dirigir su atención a la pantalla, apoyando la barbilla en el puño—. Parecía algo bastante personal, de hecho. Creo que igual el ratón estaba cabreado conmigo.
Ahora que ella estaba ahí, no sabía qué venía a continuación. Lo único en lo que había pensado era en atraerla, en hacerla salir para que viera de primera mano que no lo iba a intimidar. Se preparó para que lo echara o, al menos, lo insultara de algún modo u otro.
Pero en vez de eso, Vivienne pasó por encima del respaldo del sofá y cayó hecha un ovillo en el otro extremo.
Sorprendido, Thomas la miró. Estaba sentada a varios cojines de distancia, mordiéndose las uñas y con las rodillas dentro de la sudadera.
Ni siquiera lo saludó. Durante un rato, ambos miraron cómo una cámara seguía a un grupo de ballenas jorobadas por las aguas heladas del Ártico.
Por debajo de la firme voz de barítono de un narrador famoso, la oyó sollozar.
—Mierda —murmuró él.
Los ojos de Vivienne se posaron en los suyos. Thomas dejó el mando y se volvió hacia ella, apoyando el codo en el respaldo del sofá. Vivienne tenía la nariz enrojecida. El canto de las ballenas resonaba en el silencio.
—¿Estás bien?
Vivienne respondió rápidamente:
— P-h-i-l-i-p no te paga lo suficiente para que finjas que te importa.
—No estoy fingiendo —dijo él—. Te lo pregunto de verdad.
— Bueno, pues no lo hagas. No quiero hablar contigo.
—Vale, entonces no hablaremos. Nos quedaremos aquí sentados en un silencio incómodo.
— Bien.
—Bien.
Vivienne volvió a girarse hacia la televisión, y él hizo lo mismo, poniendo los pies encima de la mesita de café.
En la pantalla, un banco de peces plateados se dividía alrededor de la aleta dorsal de un delfín.
Los minutos se arrastraban en una angustiosa cámara lenta.
Anocheció y solo estaban ellos dos, las profundidades del mar azul y el suave sonido de sus dos cuerpos respirando al unísono.
Para cuando salieron los créditos, Vivienne estaba dormida.
Thomas se levantó del sofá, se estiró y apagó la televisión.
Conforme se le adaptaban los ojos a la recién llegada noche, la televisión se volvió nítida.
La luz de la luna había vuelto la pantalla oscura, como un espejo, de tal forma que vio su propia figura reflejada.
Justo encima de su hombro había una cara.
La de Vivienne. Con los ojos negros y una amplia sonrisa.
A Thomas se le aceleró el pulso y se dio la vuelta, esperando encontrársela justo detrás de él.
Pero ella aún estaba en el sofá, donde él la había dejado, con las manos debajo de la barbilla y las rodillas dobladas dentro de la sudadera. Parpadeó para borrar la imagen, frotándose la cara con la mano.
Definitivamente, necesitaba dormir más.
Fue a por una manta y la sacudió para desdoblarla, preparándola para tapar a Vivienne. Mientras lo hacía, el móvil de ella se iluminó. No tenía intención de fisgonear, pero reconoció el nombre que había salido de la nada: Reed.
El mensaje era corto. Sencillo.
Reed
He hablado con Grayson. De nada. Dice que cuentes con él.
Mientras Thomas intentaba descifrar este primer mensaje, llegó otro. Este hizo que se le parara el corazón.
Reed
¿Estás preparada para morir?