5 Thomas
A l día siguiente, Thomas llevó a Vivienne en coche hasta New Haven sin incidentes.
Se sentó fuera del estudio y hojeó un libro de ejercicios sobre destrezas prácticas, rellenando las autoevaluaciones con un lápiz hasta que se le partió la punta, le empezó a doler la cabeza y se sintió más perdido que nunca.
Cuando Vivienne hubo terminado, interpretó una breve conversación informal con su orientador.
Más tarde —después de hacer de mediador en una cafetería de por allí— condujeron de vuelta a casa en silencio.
La radio estaba apagada. El té helado de Vivienne se calentaba y goteaba en el posavasos que había entre ambos.
Por las ventanillas, los árboles pasaban a toda velocidad en ráfagas de un verde muy vivo.
Thomas tamborileaba en el volante con los pulgares y fingía que no notaba que ella le observaba por el rabillo del ojo.
Cuando llegaron a casa, Vivienne salió del coche antes incluso de que él pudiera ponerlo en modo parking .
Para cuando la alcanzó, sudando el traje, ella ya había recorrido la mitad del camino de entrada.
Sin decir ni un mísero «gracias», Vivienne entró y se encerró en su habitación en el piso de arriba.
Ya no volvió a salir.
Thomas se pasó el resto del día en el gimnasio, quemando su frustración levantando pesas.
Cabreado consigo mismo por enfadarse tan fácilmente con ella.
Lo mirara por donde lo mirase, el día había ido bien.
Perfecto, incluso. No había habido ni luchas de poder, ni riñas. Ella se había comportado y él también.
Así es como se suponía que debía ser su trabajo.
Pero… siempre había un pero.
Cuando terminó su sesión en el gimnasio, sudado e irritable, se encontró con Amelia Farrow esperándolo en el pasillo al que daba su habitación. Thomas se detuvo, con la toalla colgada alrededor del cuello, y esperó a que ella lo saludara.
Por regla general, la madre de Vivienne lo evitaba. La última vez que habían hablado había sido la mañana en la que casi pierde el trabajo. Y, por la expresión de su cara, Thomas no tenía muy claro que esta conversación fuera a ser muy diferente.
—Philip celebra una cena de trabajo esta noche —dijo Amelia, mientras hojeaba con calma lo que parecía ser una revista de decoración—, y Vivienne debe acudir.
—Vale.
Amelia cerró la revista con un largo suspiro de desesperación, como si Thomas hubiese dicho exactamente lo que no tenía que decir.
—Se niega a entrar para arreglarse. Hoy no tengo ni el tiempo ni la energía para lidiar con ella. Tengo una migraña terrible.
—Siento oír eso, señora —repuso Thomas.
—Haz algo al respecto, por favor .
—¿Con la… —Thomas dudó, confuso— migraña?
Amelia lo miró por encima del hombro, como si Thomas fuera un poco corto.
—Con Vivienne. Mi hija. Habla con ella. Y hazlo cuanto antes. —Se pellizcó el puente de la nariz y se lo masajeó con el pulgar y el dedo índice—. Es muy lenta para arreglarse y la cena es dentro de una hora.
—¿Debo asistir yo también a la cena?
—¿ Tú ? —Parecía escandalizada solo de pensarlo, como si acabase de sugerir traer una rata con la rabia a la casa—. ¿Para qué?
—Bueno… —Thomas vaciló. La respuesta le parecía bastante obvia—. Para interpretar.
Los ojos de Amelia mostraron un genuino y obvio destello de desagrado.
—Soy perfectamente capaz de interpretar para mi hija, gracias.
—No pretendía ofenderla, señora —se disculpó él—. Yo solo…
—Puedes pasar el resto de la tarde en la habitación de invitados —dijo ella, no tanto como una sugerencia sino como una orden—. Tu presencia no será necesaria.
Tras una corta búsqueda, Thomas encontró a Vivienne tumbada en la piscina, bronceándose con un bikini de cuadros.
No estaba sola. Frances Lefevre también estaba ahí, sentada en el borde de una tumbona, toqueteando una cámara de aspecto vintage .
Tumbada a su lado había otra chica que Thomas no reconoció.
La música retumbaba, con el sonido de un bajo saliendo de un altavoz con forma de roca que había debajo de un seto cercano.
La tercera chica, la que no había logrado identificar, se incorporó cuando lo vio acercarse, haciendo que unos rizos oscuros le cayeran por los laterales de su cara ovalada.
—Vivienne —dijo la chica, bajándose las gafas de sol—. Mikhail 2.0 está aquí.
Vivienne abrió un ojo y miró a Thomas antes de volver a cerrarlo. Indolente como un gato, se dio la vuelta para tumbarse sobre la espalda. Fue como si él no estuviera allí en absoluto.
—Tu madre te llama —dijo él—. Dice que ya es hora de que te arregles para la cena.
—¿Qué eres? ¿Un sirviente o qué? —bufó Frances.
—Yo solo soy el mensajero. La cena empezará dentro de una…
—¿Cuánto mides? —lo interrumpió la tercera chica, que seguía estudiándolo de cerca—. ¿Uno ochenta?
—Uno noventa —respondió Thomas—. ¿Tú quién eres?
—¿Vas en serio? —Ella abrió los ojos de par en par—. ¿Vivienne no te ha hablado de mí?
—No es que me cuente muchas cosas.
—No me lo puedo creer —siguió la chica, indignada—. ¿Ni siquiera de pasada?
—Ella es Hadley —dijo Frances con tono monótono—. Su padre es el jefe de policía.
—Oye, ese no es el rasgo que mejor me define, Frances. Odio cuando me presentas así. —Hadley se sentó con las piernas cruzadas y se giró hacia Vivienne—. Esto me parece criminal, Vivienne. Ha conocido a Reed antes que a mí.
Al oír el nombre, Vivienne se incorporó como un resorte, pero ya era demasiado tarde.
—Reed —repitió Thomas—. ¿Quién es ese?
Hadley se quitó las gafas de sol.
—¿Cómo que quién es Reed? El lugareño gótico que Vivienne solía… —No terminó la frase. Vivienne se echó hacia delante y le tapó la boca con la mano, haciendo que se callara.
—Genial —repuso Thomas—. Muy maduro por tu parte.
—¿Verdad que sí? —dijo con voz inexpresiva, sin apartar la vista de su cámara—. Viv, es la última vez que te presto algo. Creo que te has cargado el objetivo.
Y así, sin más, empezaron a ignorarlo de nuevo, como si fuera una gaviota dando saltitos por ahí buscando restos de comida. Lo arrasó un cabreo abrasador.
Se metió en el jardín, localizó el enchufe más cercano y desenchufó el altavoz. La música dejó de sonar. Se hizo el silencio y tres pares de ojos se posaron sobre él.
—Se acabó la fiesta —dijo—. Ya es hora de que se vayan tus amigas.
Vivienne se levantó, furiosa, de la tumbona.
— Vuelve a poner la música.
—No, creo que no.
—En realidad yo me voy a ir ya —dijo Frances levantándose también—, me estoy quemando.
—Voy contigo —añadió Hadley—. Aquí hay un poco de mal rollo.
Recogieron sus cosas rápidamente, se pusieron los vestidos y metieron sus botellas de agua en las bolsas de playa mientras iban lanzándole alguna miradita a Vivienne.
Mientras tanto, Thomas y Vivienne se quedaron de pie, uno frente al otro, como dos piezas en un tablero de ajedrez.
Ninguno de los dos decía nada. Este era un tipo de silencio distinto al que habían guardado en el coche. Ese aburría.
Este quemaba.
Vivienne podía sentirlo también. Dio un respingo cuando la puerta de la verja se cerró de golpe.
— Tú no eres quién para decirme lo que tengo que hacer. —signó. Cada gesto era como una bofetada.
—Soy consciente, sí —contestó él—. Pero sí puedo motivarte.
Esto llamó la atención de Vivienne, quien ladeó la cabeza, con la mirada recelosa, esperando a escuchar qué es lo que Thomas tenía que decir.
—Tú y yo sabemos que esperan que te vigile. Tu padrastro quiere que le cuente con qué tipo de gente te juntas. Y me da la impresión de que tú no quieres que él se entere de quién es Reed.
Conforme entendía la situación, la boca de Vivienne se tensó hasta arrugarse.
— Me estás amenazando.
—Estoy negociando contigo, señorita Farrow.
Vivienne se puso pálida.
— No puedes decir nada.
—No lo haré —le prometió, pero ahora le mataba la curiosidad—. Puede ser nuestro secreto, siempre y cuando subas a tu cuarto y te pongas un vestido para la cena.
Al final fue él quien se salió con la suya, pues la amenaza de delatarla ante Philip fue más que suficiente para que Vivienne cooperase y fuera a prepararse.
Su triunfo fue bastante breve. Se pasó toda la tarde solo en su habitación, haciendo zapping por los infinitos canales de su televisión y viendo cómo el sol se ponía detrás de los árboles.
Cuando no encontró nada que ver, se dejó caer sobre la cama y se puso a lanzar al aire un calcetín hecho una bola, en un patético y repetitivo tirar y atrapar.
Fuera, por la casa, oía los típicos ruidos de una cena, conversaciones, momentos de risas, el tintineo de los cubiertos.
Se sintió como un perro, encerrado en una jaula para evitar que mordiese a los invitados.
No recordaba haberse aburrido tanto en su vida.
Los veranos anteriores, solía cargar la camioneta con sus amigos y conducir hasta Becket Quarry, donde pasaban las tardes zambulléndose en el agua desde el acantilado de la antigua cantera y los atardeceres apiñados alrededor de una fogata.
Pero todos ellos se habían ido a buscarse la vida, a convertirse en alguien. Todos estaban persiguiendo algo mejor.
Él era el único que se había quedado atrás. En un círculo vicioso, sin lograr nada.
Rodó hasta ponerse de lado y observó cómo el cielo se oscurecía.
Poco a poco, los ruidos de las conversaciones se fueron reduciendo, cada vez más espaciados. Thomas se dejó llevar, adormeciéndose, arrullado hasta quedarse dormido en el silencio crepuscular.
Horas más tarde, se incorporó tras oír un fuerte golpe, un portazo en la distancia.
Todo estaba en completa oscuridad; por la ventana, el cielo se encontraba salpicado por la luz de las estrellas.
Se sentó muy quieto en la cama, escuchando con atención, pero lo único que oía era el molesto ruido de su propia respiración aserrada en los oídos.
Hacía rato que la cena había terminado y la casa estaba tan silenciosa como una tumba.
Lentamente, volvió a recostarse sobre la almohada.