4 Vivienne #3
—Es una forma de verlo. —Reed guardó el sobre en su portafolio—.
Mira, la cuestión es que Grayson forma parte de un todo.
Todos lo somos. Ese es el trato que hacemos cuando nos unimos al club.
No puedes amenazarlo para que te haga ese exorcismo casero tuyo sin que el resto de la Casa se entere.
Y no creo que te hayas parado a pensar qué significa eso realmente.
— No tengo elección —signó Vivienne. Apretó los dientes, como si al hacerlo pudiese ahogar aquello que se retorcía en su interior, como si pudiese evitar que la Vivienne de dientes afilados y ojos monstruosos la engullese por completo—. Está empeorando.
—Está bien. —La mirada de Reed se suavizó ligeramente—. Lo entiendo, pero ¿puedo darte un consejo? Está demasiado arriba en la jerarquía. Grayson, me refiero. La Casa vigila todo lo que hace. Si te involucras demasiado, te vigilará a ti también.
Se dio la vuelta para irse, pero ella lo detuvo interponiéndose en su camino hacia la puerta.
— ¿Qué quieres decir con que me vigila?
—Tus cinco minutos se han terminado.
Vivienne no le dejó pasar.
— Cuéntamelo.
Podía ver cómo Reed consideraba cuánto tenía permitido divulgar. Finalmente, dijo:
—Todo club tiene un líder. Nosotros tenemos al nuestro.
¿Crees que Grayson y yo estamos metidos en mierdas ocultas?
Pues el presidente es mil veces peor. Mantiene un perfil bajo, pero él sí que es un auténtico fanático de lo oculto.
Él es quien financia todo. Y si supiera que te estás mezclando con sus iniciados, si tan solo sospechara lo que tienes entre manos tras todo ese rosita, él mismo iría a por ti.
Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
— Pero ¿por qué?
—Porque eso es lo que pasa cuando alborotas un avispero, Viv. —Reed miró por encima de la cabeza de Vivienne y un gesto de sospecha le cruzó la cara—. ¿Quién mierda es ese?
Vivienne miró hacia atrás y vio a Thomas, que se dirigía hacia ellos sin vacilar con una mirada inescrutable.
—¿Conoces a ese tío? —preguntó Reed. Al ver la cara que puso ella, dijo—: Perfecto.
En ese caso, este me parece un buen momento para largarme.
Le daré tu mensaje a Grayson, pero hazme un favor: no me mandes mensajes a menos que sea una emergencia de verdad.
Ahora mismo, la Casa me vigila a mí también.
Dicho eso, empujó la puerta giratoria y salió al paseo abarrotado. Vivienne lo observó marcharse, ignorando a Thomas cuando este se detuvo a su lado. Juntos, vieron cómo Reed doblaba la esquina y desaparecía.
—¿Quién era ese? —La voz de Thomas era falsamente desinteresada.
Vivienne se acomodó la bolsa.
— Un amigo.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo se llama?
— No es asunto tuyo. —Empujó la puerta y salió al calor asfixiante de las primeras horas de la tarde. Thomas la siguió muy de cerca.
—Estás enfadada conmigo.
— Guau —signó ella, dándole en la cara con las mismas palabras que él había usado por la mañana—. No se te escapa nada.
Thomas le sonrió con deportividad y tomó la bolsa de danza del hombro de Vivienne.
—No intento fastidiarte. Es solo que no puedes largarte sin mí así, sin más. Se supone que tengo que hacerte de intérprete.
— No mientas. Se supone que tienes que espiar a mis amigos.
A su favor, Thomas no lo negó.
—Puedo averiguar el nombre por mis propios medios, pero me ahorraría mucho tiempo si fueras sincera conmigo.
Durante una milésima de segundo, Vivienne se permitió preguntárselo, se dio el lujo de imaginarse cómo sería ser sincera.
¿Qué haría Thomas si le contara todo aquí y ahora?
¿Si le dijera que hay algo viviendo dentro de ella que acapara todo el espacio y que envenena a quien tiene la mala fortuna de escucharlo hablar?
¿Si le dijera que todo estaba empeorando por momentos y que a veces ella era la chica en el espejo y la criatura la que estaba en su piel?
¿Qué diría Thomas si le contara que había encontrado una forma para extirpar esa cosa fuera de ella?
¿Si supiera que lo habían contratado para asegurarse de que ella no lograra hacerlo?
Thomas Walsh no era un intérprete. Era un saboteador.
Y él ni siquiera lo sabía.
— P-h-i-l-i-p se cabreará mucho si no llego para la cena —signó—. Si no quieres perder tu trabajo, deberías llevarme de vuelta.
Dicho eso, Vivienne se fue enfadada y sola en dirección al coche.
Las cenas familiares de los Farrow eran siempre algo penoso, pero esa noche estaba siendo incluso peor que de costumbre. Philip estaba actuando de forma extraña, sonriendo a Vivienne desde el otro lado de la mesa mientras esta movía la comida de un lado al otro del plato.
—Tengo una tarea para ti —dijo Philip a mitad de su segundo plato de pollo cacciatore . Vivienne fingió no haberlo oído. Pinchó un pimiento y pensó seriamente en clavarse el tenedor en la mano.
Intentó pensar en cómo podrían haber sido sus cenas si Philip nunca hubiera aparecido en sus vidas.
Si su madre siguiera siendo Amelia Miller, una embarazada de siete meses contestando llamadas en la recepción de un despacho de abogados de Nueva York.
Quizá vivirían en un pequeño apartamento en Brooklyn.
Ellas dos solas y un gato. Quizá iría a clase en metro.
—¿Y bien? —Irritado por el silencio, Philip dio un golpe en la mesa con ambos puños. Al otro extremo estaba sentada la madre de Vivienne, pálida y ojerosa. Ella tampoco había tocado apenas el plato. El repentino golpe la estremeció.
—Estará encantada de hacer lo que le pidas, querido.
—Eso espero —dijo Philip. Se dio unos toquecitos en la comisura de la boca con la servilleta de tela antes de volver a colocársela sobre el regazo—.
¿Te acuerdas de Bill Donahue? Él y su familia estuvieron en la campaña de recaudación de fondos el pasado invierno.
Su hijo, Bryce, se quedó embelesado contigo, si no recuerdo mal.
Vivienne atravesó una pechuga de pollo guisada con las puntas del tenedor. Se preguntó si alguien se daría cuenta si vomitaba sobre el plato.
—Están preparando a Bryce Donahue para que se haga cargo de la empresa de su padre —continuó Philip—.
Digamos que tiene su propio estilo a la hora de hacer las cosas y eso está ralentizando la inminente fusión.
No necesito a nadie que innove, solo a alguien que se rinda y acate las órdenes.
La empresa no va bien y va a ser absorbida por otra más grande. Así son los negocios.
— Así son los negocios —signó ella justo cuando él terminaba de decirlo, rozando la parte de arriba de su mano izquierda con la derecha. Era la frase favorita de Philip. Vivienne se la sabía de memoria.
Philip la miró entrecerrando los ojos, tratando de discernir si se estaba riendo de él o no. Ella le devolvió la mirada acompañada de un lento pestañeo y una sonrisa comedida.
Con cautela, Philip dijo:
—Bryce Donahue necesita unas clases sobre las cuotas de mercado. Les he invitado a él y a su padre a cenar mañana.
A Vivienne se le atascó el aire en los pulmones.
—Philip, por favor —dijo Amelia, mirando fugazmente a su hija—, ya sabes lo que opino de que te traigas el trabajo a casa.
—Me llevaré una comisión muy jugosa por la adquisición en cuanto el joven Donahue esté fuera de juego. —Philip tomó otro bocado de su plato y siguió hablando con la boca llena de pollo—. Con esa cantidad de dinero, podrás redecorar hasta la última habitación de esta casa si quieres.
No podía hacerlo. No podía estar ahí sentada ni un minuto más escuchándolos discutir. Anticipando lo que pasaría después.
Así eran los negocios. Nunca era nada personal.
No para Philip. Todo lo que él hacía era por el bien del bufete.
Cada tumba cavada. Cada cuerpo enterrado desde aquella fría mañana de septiembre cuando Philip se encontró con su chofer exhalando su último aliento y vio, en los ojos llorosos de su temblorosa hijastra, una oportunidad.
Muerta del asco, Vivienne empujó la silla hacia atrás y se levantó para irse de la mesa. De inmediato, la sonrisa abandonó la cara de Philip.
—¿Dónde crees que vas?
— A cualquier parte menos aquí —signó—. Esta conversación me está poniendo enferma.
—Ha preguntado si puede excusarse —interpretó su madre, con apenas una mirada en la dirección de Vivienne.
No es que importara. Podría haber signado el Manifiesto comunista , que su madre se hubiera inventado la traducción.
Tomándose aún más libertades, Amelia añadió—: No se encuentra muy bien esta noche.
Philip dejo el tenedor sobre la mesa y se reclinó en la silla, con los dedos entrelazados encima de la tripa. Durante unos minutos, observó a Vivienne a la luz de los candelabros encendidos sobre la mesa, evaluándola.
—¿Es eso cierto? ¿No te encuentras bien?
Mentir era algo que a Vivienne le resultaba fácil, así que asintió.
—Vaya, no podemos permitir eso, ¿verdad que no? La cena es mañana por la noche. Espero que te comportes. Hazte amiguita de Donahue, haz que se sienta bienvenido. Si todo sale según el plan, pronto le llevaremos de pesca.
Vivienne miró fijamente a su padrastro, al otro extremo de la mesa, y se preguntó qué haría si volcaba la mesa. Si arrancaba el mantel y partía los candelabros, si tiraba los platos contra la pared con la fuerza suficiente como para hacerlos añicos.
Se preguntó si Philip lloraría si ella le dijera lo que pensaba de él en voz alta.
A veces lo hacían. Llorar. Y también suplicaban.
Se arrastraban. Sacaban espuma por la boca y se retorcían por el suelo.
Lo único que tenía que hacer era gritar.
Era una despreciable medusa, con la boca llena de serpientes. Una sirena, con la voz llena de veneno.
Una sola nota y mandaba a los hombres a la tumba.
No hizo nada de eso, por supuesto. No lanzó ni platos ni gritos.
Se quedó ahí de pie como una muñequita y esperó a que la excusaran.
Al final, siempre hacía lo que le pedían.
Era obediente hasta la médula. Ese era el problema.
En los puños, las uñas se le clavaron en las palmas en forma de medias lunas.
Con desaprobación, Philip dijo:
—Puedes irte.
Vivienne giró en una tensa pirueta y caminó hacia a la puerta.
No llegó muy lejos antes de que Philip dijera su nombre.
Cuando se giró para mirarle, el brillo había vuelto a los ojos de su padrastro.
Quería encogerse y alejarse de él. Sacar unas garras afiladas como un gatito y arrancarle esa mirada a arañazos.
Distraído, Philip giraba y giraba el horrible anillo de sello que llevaba en el dedo, de un blanco hueso sin brillo que no reflejaba la luz.
—Ve de azul marino —dijo, con un tono que no admitía discusiones—. Por encima de la rodilla. Queremos causarle una buena impresión al joven Donahue, ¿verdad?