La muerte vive en mí 4 Vivienne #2
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4 Vivienne #2

Como única respuesta, Vivienne le puso mala cara y bajó la ventanilla.

Un tórrido calor se coló por la rendija, impregnado del olor de los gases de los tubos de escape.

Delante de ellos, el semáforo se puso en verde.

En cuanto Thomas aceleró para cruzar la intersección, la ventanilla de Vivienne se cerró rápidamente.

La temperatura del coche se volvió gélida.

Con una mirada amenazadora, ella volvió a bajarla por segunda vez. De nuevo, él la cerró.

—Hace demasiado calor —dijo él, mientras se paraban en otro semáforo.

Tenía razón, hacía mucho calor, pero, aun así, ella no pensaba ceder.

No con él. Thomas tenía los ojos fijos en la carretera y Vivienne sintió una tremenda necesidad de montar una escena.

Dejándose llevar por el impulso, abrió la puerta de golpe y saltó en plena intersección.

Por el carril perpendicular, los coches pasaban a toda velocidad, agitando las capas en forma de pétalo de su falda rosa en el aire.

Detrás de ella, el coche dio una sacudida y se detuvo por completo.

Vivienne abrió la puerta del copiloto de un tirón y se dejó caer sobre el asiento, fresco por el aire acondicionado, solo para encontrarse con que Thomas ya estaba saliendo por la otra puerta.

Ella se abrochó el cinturón mientras él volvía a sentarse en su asiento sin decir ni una palabra.

Varios coches por detrás, un camionero impaciente tocó el claxon en un prolongado pitido.

Pálido de la furia, Thomas puso el coche en marcha. Sus nudillos estaban blancos en el volante. El ruido del motor cesó y Vivienne hubiera jurado que podía escuchar cómo Thomas apretaba los dientes, haciéndolos polvo.

— Me habías dicho que me sentara delante —signó— , ¿no?

Él giró la cabeza y la miró, ojiplático. Cuando vio esa cara, la satisfacción la recorrió por dentro. Thomas enmascaró su sorpresa rápidamente acelerando para entrar en la siguiente curva.

—La próxima vez que vuelvas a hacer algo así —dijo él—, activaré el bloqueo de seguridad infantil.

El Stone College era soso y bastante pequeño, tanto, que su campus se extendía dentro de la propia ciudad.

Desde el principio, la madre de Vivienne odió la idea de que su hija se matriculase en una institución tan vulgar como un centro de estudios superiores.

Todos sus compañeros habían sido aceptados en universidades de prestigio.

Harvard y Stanford. Yale, Princeton o el MIT.

Mientras tanto, Vivienne ni siquiera llegó a solicitar una plaza en ninguna de ellas.

Dejó que las fechas de matriculación pasaran de largo.

No escribió ninguna carta de admisión ni fue a ninguna entrevista de evaluación.

¿Qué hubiera escrito? ¿Qué hubiera dicho?

No soy yo misma, a continuación les explicaré por qué.

Su madre se quedó mortificada. Philip, aliviado.

Él prefería tenerla cerca de casa.

Stone era la opción perfecta. El conservatorio del centro ofrecía un programa intensivo de danza de ocho semanas acompañado de un considerable número de horas en el estudio y una actuación individual en la exhibición de finales de verano.

Era justo lo que necesitaba. La mantenía en forma, le daba algo con lo que ocupar sus días.

Pero lo mejor de todo —y lo más importante— era que le servía de tapadera.

Además, otra ventaja adicional fue que, al tener un coste tan bajo, Philip ni siquiera se había dado cuenta de que había pagado el doble de lo que costaba la matrícula.

Bajo los cálidos rayos del sol que iluminaban el estudio, Vivienne estaba de pie frente al espejo con cuidado de mantener los ojos fijos en el punto muerto justo por encima de su cabeza; con cuidado de no mirar a la criatura en el cristal.

Fuera, Thomas esperaba en el vestíbulo donde ella lo había dejado, hojeando distraídamente su libro de texto.

Mientras calentaba, Vivienne se esforzó al máximo por no pensar en él ni lo más mínimo, pero le resultó más difícil de lo que esperaba.

Su concentración no paraba de desviarse hacia la rendija de la puerta todo el rato.

Desde donde ella estaba, justo divisaba la marcada mandíbula de Thomas, que estaba de perfil.

El estado en el que Thomas se la había encontrado esa mañana no solo había sido humillante, también había sido peligroso. ¿Qué habría pasado si se hubiera topado con ella hablando en sueños, con su voz afilada como el cristal, con sus palabras impregnadas de veneno?

No quería pensar en ello.

No quería pensar en la última persona que la había oído, no quería acordarse de Mikhail muriéndose a un lado de la carretera o de cómo ella balbuceaba lo mismo una y otra vez cuando ya no importaba si lo hacía: «Misha, lo siento. Lo siento muchísimo. Todo esto es por mi culpa. Lo siento».

Con una mano en la barra, Vivienne empezó a practicar su battement , batiendo el pie en una rápida secuencia mientras ignoraba cómo el cuerpo del espejo daba vueltas con ella, siempre medio paso por detrás y con una sonrisa en la cara.

Casi había pasado la primera hora cuando su móvil vibró y se iluminó.

Justo a tiempo.

Reed Connolly podía ser muchas cosas —la mayoría de las cuales hacían que Vivienne se subiera por las paredes—, pero impuntual no era una de ellas. Sacó el móvil del caos rosa de su bolsa y abrió el mensaje.

Reed

Estoy fuera.

La arrolló una fría avalancha de algo que no lograba identificar.

Se metió el móvil en la cinturilla de la falda y se puso las deportivas, con la atención puesta en el vestíbulo.

Thomas seguía absorto en su lectura mientras golpeteaba un ritmo silencioso con el pulgar sobre la página.

Vivienne se puso a pensar, y no era la primera vez que lo hacía esa mañana, en que todo esto sería mucho más fácil si él no estuviera aquí.

Él no era Mikhail. No entendía qué había en riesgo.

Y si ella se salía con la suya, nunca tendría que entenderlo.

Cuando por fin se escabulló por la puerta, no fue hacia el vestíbulo donde la esperaba Thomas, sino hacia el pasillo norte, que estaba desierto. Un chico deambulaba por la puerta giratoria, con un portafolio de cuero bajo el brazo.

—No puedes mandarme un mensaje dándome órdenes y esperar que lo deje todo —espetó Reed Connolly, predeciblemente furioso.

De un pálido enfermizo y lo bastante delgado como para rozar lo demacrado, tenía un aspecto sumamente vampírico.

Llevaba el pelo moreno rapado en un degradado y las orejas adornadas con unos piercings industriales.

Ante todo, Reed era la viva imagen del típico estudiante de la facultad de artes: desde las botas militares hasta los tatuajes florales de media manga, pasando por las finas rayas afeitadas en las cejas.

Pero también era otras cosas. Era miembro de un club. Un fanático del ocultismo.

Su enlace directo con Jesse Grayson.

Quien le ayudaría a meter cabeza.

Él era, en definitiva, la única razón por la que Vivienne se había matriculado en Stone.

El conservatorio de verano había sido un elemento clave en sus negociaciones.

«Tendrás que darme algo a cambio», le dijo Reed aquella primera noche, cuando ella fue a pedirle ayuda.

«Es un club privado. Existen reglas para proteger el anonimato de sus miembros.

Si quieres conocer al tío que escribió esta tesis, tendrás que compensármelo para que ayudarte me merezca la pena».

— Necesitaba hablar contigo —le signaba ella ahora—. Es importante.

Él soltó un bufido y se frotó la cabeza con la mano.

—Tienes dos minutos.

Ella levantó cinco dedos.

—Tres —replicó él—. Me estoy saltando una clase.

— Cinco —volvió a signar, obstinada. Y, después, por si a Reed se le había olvidado, añadió—: Soy yo quien te paga la matrícula.

El chico se mordió el aro que llevaba en el labio, y Vivienne vio claramente cómo se le pasaba por la mente echarse atrás. Al final, apoyó la espalda en la pared con un quejido y optó por no hacerlo.

—Dios, eres lo puto peor. Venga, habla.

— Necesito que le des algo a J-e-s-s-e de mi parte.

—¿Para esto me he saltado la clase? ¿Para ser tu chico de los recados? Dáselo tú misma.

— No puedo. No contesta a mis mensajes.

Reed soltó una falsa risotada.

—¿Por qué será?

— No bromees. Esto es serio.

—Oh, vaya, lo siento —dijo él—. ¿Crees que no soy consciente de la gravedad de la situación?

¿Sabes en la de problemas que puedo meterme por esto?

Si alguien se entera de que estoy compartiendo secretos oficiales del club contigo, soy hombre muerto.

Y no hablo metafóricamente. Me refiero a estar criando malvas bajo tierra.

— No seas dramático. Nadie va a matarte.

—Es adorable que pienses eso —respondió Reed—. Mira, te dije que lo dejaras estar. Si llego a saber lo que planeabas hacer con esa tesis, nunca te hubiera presentado a Grayson, eso ya de primeras.

— Es un cobarde.

—No, es prudente. Hay muchos ojos puestos en él. Déjalo tranquilo, Viv.

— No puedo. Le necesito. —Vivienne rebuscó en su bolsa, sacó un sobre de papel manila y se lo dio a Reed—. Dile que le eche un vistazo a esto. Creo que le hará cambiar de opinión.

—¿Qué es? —Reed abrió el sobre con el pulgar y extrajo la primera página—. ¿Dinero?

— Es privado —signó ella, mientras intentaba, sin éxito, quitarle el sobre. Reed lo sujetó lejos de su alcance y, conforme leía el impreso, abría cada vez más los ojos.

—Joder. ¿De quién son estos mensajes? ¿Tuyos y de Grayson?

A Vivienne se le ruborizaron las mejillas. Intentó quitarle el sobre una vez más.

—Para que luego digan que el romance ha muerto… —dijo, asombrado, mientras volvía a introducir los papeles en el sobre y lo cerraba—. Esto es chantaje.

— Es un incentivo.