4 Vivienne
V ivienne estaba soñando con una casa.
No era su casa, pero aun así la sentía más su hogar que cualquier otro lugar en el que hubiera estado.
Como si formara parte de ella, como si se estuviera pudriendo al mismo tiempo que las molduras amarillas del techo y las lamas combadas de la tarima.
El sol se colaba por las ventanas tapiadas con tablones de madera en unas finas bandas incoloras, de tal forma que parecía que la casa estaba bajo el agua.
Un horror sumergido, envuelto en el silencio de un barco hundido.
El pasillo se alargaba y se alargaba sin fin, por lo que no distinguía si la distancia hasta la puerta del sótano era poca o mucha.
Los escalones bajaban, bajaban y bajaban hacia la oscuridad.
En algún lugar que no veía, un reloj marcaba cómo pasaban los minutos.
Sus piernas eran de plomo. Su garganta, de arena.
No podía correr, no podía gritar. No podía hacer nada que no fuera estar ahí de pie mirando fijamente hacia abajo, hacia la oscuridad.
No podía hacer nada más que escuchar una sibilante voz que salía serpenteando de lo más profundo.
Vivienne.
Se incorporó en la cama de un sobresalto.
El móvil se le había quedado sin batería y, por la ventana, el cielo era de un gris blanquecino.
Tenía las tripas revueltas y notaba la boca agria.
Odiaba despertarse así, sin energía e indispuesta.
Molly y Judd, que normalmente dormían a los pies de su cama, no estaban por ninguna parte, y el aire de su habitación permanecía en calma como el respirar.
Estiró los doloridos arcos de los pies y se balanceó con cuidado fuera de la cama.
Inmediatamente, supo que algo iba mal. El suelo estaba mojado y resbaladizo, como si hubiera derramado un vaso de agua durante la noche.
Subió los pies rápidamente ahogando un grito.
Al hacerlo, unas columnas de bruma serpentearon hacia arriba.
El corazón se le paró en seco al verlo. Con las manos temblándole, se puso de rodillas en la cama y se asomó por el borde del colchón.
Un agua tan oscura y fétida como el petróleo manaba de debajo de su cama. Parecía que latía, subiendo y bajando, hasta convertirse en un ancho mar, tan profundo como una sima. Mientras miraba, paralizada por el miedo, una única burbuja se expandió por la superficie. Se le unió otra. Y otra.
Como si algo enorme estuviese emergiendo de las profundidades.
La burbuja más grande explotó con un húmedo plop , salpicándole la cara.
Vivienne se incorporó en la cama de un sobresalto.
Por la ventana, el cielo estaba de un amarillo aguado, húmedo.
Los perros dormían sobre la cama a su lado.
Molly levantó la cabeza conforme Vivienne salía del gurruño de sábanas.
Junto a ella, Judd roncaba suavemente, con las orejas pegadas a la cabeza, ajeno al pánico de su dueña.
Cruzó la habitación de puntillas y abrió la puerta de golpe.
Inmediatamente, supo que algo iba mal. El pasillo al que daba su habitación no era el espacio amplio y luminoso al que estaba acostumbrada, sino que era igual de oscuro y putrefacto que la casa con la que había soñado. Y ahí, varada en las sombras, había otra Vivienne.
Una de cuatro años con el fémur expuesto, astillado y de un blanco hueso.
—No toques el agua —le advirtió. Su voz tenía el timbre agudo de una niña. Sus dientes eran afilados como cuchillas; sus pupilas, negras y tupidas—. Ahí es donde Él duerme.
Vivienne se incorporó en la cama de un sobresalto, con un grito aplastado en la garganta.
El sudor le apelmazaba el pelo a un lado de la cara.
Esta vez, ambos perros estaban despiertos y alertas, como si estuvieran recelosos ante un peligro oculto.
Se dejó caer de la cama torpemente. El suelo estaba seco.
Abrió la puerta. El pasillo estaba vacío.
El corazón le latía, le latía y le latía mientras bajaba las escaleras a tientas, pasando las manos una encima de la otra por el pasamanos.
Se le enganchó la piel en una afilada irregularidad y dio un brinco hacia atrás del susto.
Puñados de grandes mejillones de un azul negruzco estaban enraizados en el barniz, como percebes debajo de un muelle.
El agua lamía el escalón de abajo en pequeñas olas, mojándolo.
A sus espaldas, en el descansillo, los perros habían empezado a ladrar.
Los escuchaba débilmente, como si proviniesen de otro mundo, como si estuvieran ocultos tras un velo.
El agua crecía y crecía.
«Vivienne», dijo aquella horrible voz, «ven a nadar».
Se cayó hacia atrás, mientras escarbaba entre los mejillones incrustados en la escalera en busca de un sitio donde agarrarse. Despierta , se ordenó a sí misma. Despierta, despierta, despierta .
«Vivienne», volvió a decir esa voz. Solo que ahora no sonaba tanto como una criatura sino como un chico, insistente y quizá incluso un poco irritado. «Señorita Farrow ».
Los ladridos se fueron volviendo más nítidos, hasta que sintió el ruido justo encima de ella. Logró ponerse en pie, con la intención de subir lo más rápido posible las escaleras, pero chocó, de una manera nada elegante, contra el abdomen plano y fuerte de un chico.
— Ay —dijo Thomas Walsh.
Iba vestido para la jornada con un traje impecable que, obviamente, Philip había seleccionado personalmente, y una corbata vieja raída que, obviamente, no.
Llevaba un libro de texto debajo del brazo y en la mano derecha sostenía un bagel a medio comer.
Parecía, completa y afortunadamente humano.
No tenía nada afilado, nada con garras, nada sombrío.
Una sensación de alivio brotó en su estómago.
Vivienne tomó una gran bocanada de aire. Y otra. Y otra.
¿Eres real? , quiso preguntarle. ¿Estoy despierta?
Pero lo estaba, estaba segura de ello. Por las ventanas se filtraba la luz del sol, esta vez del color correcto. No había nada mojado, ni frío, ni discordante. En lo alto de las escaleras, Judd soltó un gemido.
—Buenos días —dijo él. Thomas no le preguntó si estaba bien, aunque supuso que se lo merecía.
Se preguntó qué debía de estar haciendo cuando se había topado con ella.
Sacando espuma por la boca, quizá. O trepando por las paredes a cuatro patas, como la criatura maligna de una película de miedo.
La vergüenza le hizo miles de pequeños cortes en las venas.
No quería que él la viera así, enrollada sobre sí misma como un bicho bola, sudando el camisón y con un antifaz espachurrándole el flequillo apelmazado.
Incómoda, trató de encontrar la forma de redirigir la atención hacia él.
— Pensaba que igual eras analfabeto. —Abrumada por el pánico, no recordaba el signo correcto, así que optó por deletrearlo con los dedos—. A-n-a-l-f-a-b-e-t-o.
En cualquier caso, Thomas no parecía ofendido, sino divertido. Sus ojos se encendieron con irónica diversión.
—¿Ah, sí? —dijo él, echando un vistazo al libro que llevaba bajo el brazo—. Bueno, pues te voy a dejar impresionada pero he memorizado al menos una docena de palabras.
Vivienne optó por otra táctica:
— Es un libro de texto. Académico.
—Guau. No se te escapa nada.
Le estaba vacilando. Le estaba vacilando .
Nadie le vacilaba nunca. No a la desgraciada y silenciosa Vivienne, que nunca decía una palabra.
No a la guapa e intocable Vivienne, que llevaba la riqueza de los Farrow como armadura.
No se hacía ilusiones sobre el tipo de persona que la gente creía que era, pero nadie le decía nunca nada.
Signó algo débilmente, dejando caer sus manos entre ambos con los diez dedos estirados.
—Ya, pues te equivocas —dijo él, entendiéndola a la primera—. No he dejado los estudios, solo me estoy tomando un año sabático.
— Eso no es lo que ponía en tu expediente.
Él arqueó las cejas.
—¿Has estado fisgoneando mi expediente?
— Si tú te entrometes en mi vida, yo me entrometo en la tuya.
A Thomas se le extendió una sonrisa por toda la mitad inferior de la cara. Era como el amanecer: lenta, cálida y luminosa. Parecía estar absurda y beatíficamente satisfecho con su respuesta.
Lo que era una reacción totalmente opuesta a la que Vivienne pretendía conseguir.
— No me sonrías —le ordenó ella.
—¿Quieres saber qué es lo que creo? —le preguntó él, ignorándola—. Creo que estás más interesada en mí de lo que quieres admitir.
— No te lo creas tanto. Me gusta tener a mis enemigos cerca.
—No es eso —le respondió—. Te gusto.
La cara de Thomas reflejó la típica e instantánea mueca de arrepentimiento de quien no pretendía decir algo de la forma en la que lo había dicho.
Las palabras revoloteaban entre ellos como una polilla atrapada: «Te gusto», «te gusto».
De repente, Vivienne fue totalmente consciente de lo ridícula que debía de estar con todo el pelo enmarañado, el pijama de seda, y la cara y los dientes sin lavar.
— Te equivocas —signó ella—. Te odio.
Thomas le dio un mordisco al bagel y la observó mientras masticaba. El momento parecía alargarse más y más, silencioso e insoportable. Por fin, tragó.
—No te creo. Tienes media hora. Después, nos vamos.
Ella reprimió las ganas de dar un pisotón.
— No me da tiempo a prepararme en treinta minutos.
—Entonces, será mejor que te des prisa. —Dio otro mordisco y, con el trozo de bagel en la boca, dijo—: Lo que te dije iba en serio. Si es necesario, te llevaré a clase a rastras.
El trayecto hasta New Haven fue silencioso. Fuera del coche, el cielo estaba claro, despejado y azul. Vivienne ignoró a Thomas lo mejor que pudo jugando con los conductos del aire acondicionado para que el fresquito le llegara en ráfagas intermitentes.
—No tienes por qué sentarte atrás, ¿sabes? —dijo Thomas mientras estaban parados en el tercer semáforo—. Puedes sentarte delante, que no soy el chofer de tu limusina.