3 Thomas #2
Abrió un ojo y se encontró con dos dóberman adultos sentados sobre la cama, con unas bonitas orejas en forma de pico y el pelo de un color caramelo oscuro cepillado y reluciente.
En cuanto vieron que él también los miraba, dieron un respingo y se quedaron muy quietos.
El que estaba más cerca de él soltó un gruñido amenazador.
A Thomas no le daban miedo los perros —se había pasado los últimos meses cuidando razas de todas las formas y tamaños—, pero en estos momentos no tenía la sensación de estar cara a cara con el mejor amigo del hombre, sino acorralado por un par de velocirraptores.
Se quedó tumbado, muy quieto, e intentó pensar qué hacer.
—Hola —dijo, tras considerarlo un instante.
Con un ladrido de alarma, los dos perros echaron a correr, resbalándose con las patas por la tarima en su escandaloso intento por huir de allí. Thomas se incorporó y los vio marcharse, con una sonrisa ácida, antes de alcanzar el móvil y echar un vistazo al horario del día.
Estaba vacío. Bloques enteros de nada, marcados solo por las horas vacías, lo miraban fijamente. Refrescó la página, seguro de que aparecería algo, pero el horario seguía vacío. Entró en «Mensajes» y buscó el número de Vivienne.
Thomas
No hay nada en el horario para hoy.
Segundos más tarde, se le ocurrió añadir:
Thomas
Si necesitas algo, dímelo.
Su respuesta fue inmediata, y llegó anunciada por un ping que, inesperadamente, le reverberó en el plexo solar.
Vivienne
No me escribas.
«Eso está hecho, princesa», le dijo a su móvil antes de tirarlo encima de la cama.
No podía quedarse ahí quieto todo el día esperando en su habitación como un perro en un transportín. No sin volverse completamente loco. Rodó fuera de la cama, se puso unos pantalones cortos de deporte y una camiseta más o menos limpia, y salió en busca de un lugar donde poder desfogarse un poco.
Pero no llegó muy lejos. Justo cuando pasaba por la puerta del despacho de Philip, este asomó la cabeza.
—Aquí estás —dijo, agitando la mano para soltarse el reloj de la manga—. Esperaba encontrarme contigo. Amelia me ha dicho que Vivienne te dio esquinazo ayer por la mañana.
—Oh —se sorprendió Thomas. No se había dado cuenta de que los estaban vigilando. Solo de pensarlo se sintió inquieto—, eh, sí, encontró a otra persona que la llevara al estudio.
—Vaya, ¿en serio? —La sonrisa de Philip mostraba unas carillas perfectas—. Es una chica con mucho carácter, ¿verdad?
—Eh… —dijo Thomas, que no sabía muy bien qué responder.
—Te está poniendo a prueba, quiere ver dónde te sitúas en la pirámide de poder. Lo que, durante mis años en la Phi Epsilon Nu, llamábamos la clásica novatada. Que no te quite el sueño.
—Entendido —respondió Thomas.
Philip se inclinó hacia él con complicidad, mientras echaba un vistazo por el pasillo, como si esperara que Vivienne apareciese en cualquier momento.
—Te daré un pequeño consejo: el fuego hay que alimentarlo. Sin oxígeno, se debilita y se muere. El oxígeno de Vivienne es la atención. No le prestes ninguna y estaréis en igualdad de condiciones. ¿Me entiendes?
—Le entiendo.
—Excelente. —Philip le dio una fuerte palmada en el hombro—. Y ¿le has dado una vuelta a mi oferta de financiarte algún curso de verano?
—Todavía no, señor.
—Asegúrate de considerarlo como se merece. Un chico listo como tú debe tener cierto rumbo en la vida. ¿Cuáles son tus intereses?, ¿tus aspiraciones?, ¿dónde te ves dentro de cinco años?, ¿y dentro de diez?
—Eh… —Desanimado, Thomas se preguntó si quizá debía mentirle. Pensó en todos los correos del presidente de su fraternidad que había ignorado, en sus notas mediocres, en los créditos sin terminar. Al final, optó por una media verdad—. Me gustaría ser como mi tío. Es su propio jefe.
—Eso es lo que quería oír —soltó Philip mientras le daba otra palmada en el hombro—. Estás en buenas manos, el apellido Farrow abre muchas puertas, y yo cuido de los míos. ¿Me entiendes?
—Eso creo, sí.
—Fantástico. —Tomó una taza de café humeante del armario archivador que tenía al lado y la alzó en un brindis—. Por cierto, si estabas pensando en entrenar, el invierno pasado nos instalaron un gimnasio muy moderno.
—Guay —dijo Thomas—. ¿No os importa que lo use?
La sonrisa de Philip se ensanchó tanto como la de un lobo.
—Nuestra casa es tu casa, hijo. Mientras trabajes bajo mi techo, el mundo está a tus pies.
Después de aquello, los días de Thomas cayeron en una especie de pesada rutina.
Cada mañana, se levantaba y se encontraba con el horario vacío y con los dóberman vigilantes a los pies de su cama, cautelosos y con los ojos de ballena.
Estiraba. Se vestía. Se iba a correr. A veces tres kilómetros, otras ocho, dando vueltas y vueltas alrededor de la casa hasta que se hubo memorizado la finca de estilo Tudor desde todos los ángulos.
Cuando terminaba con eso, se duchaba y comía.
Se pasaba el resto de la mañana haciendo zapping en la televisión del cuarto de invitados con sentimientos encontrados: a veces con la sensación de que se estaba volviendo loco y otras con la de que todo le estaba saliendo a pedir de boca.
Nunca le habían pagado tanto por hacer tan poco.
Cada noche, se dormía encima de la colcha de su cama con un documental de fondo que bañaba la habitación de un azul límpido, con la voz de David Attenborough arrullándolo hasta sumirlo en un trance.
En esos momentos, cuando estaba a punto de quedarse dormido, casi se le olvidaba que no estaba en su casa.
Casi podía imaginarse que su madre dormía en el piso de arriba y que su hermana estaba picando algo en el sillón de al lado.
Casi podía fingir que no estaba perdiendo el norte.
Casi.
Llevaba una semana en el puesto cuando Amelia lo arrinconó en la cocina.
Esta se materializó en la puerta justo cuando Thomas se estaba acabando unos huevos revueltos con pan tostado.
Sin apenas echar un vistazo en su dirección, Amelia entró, repiqueteando con los tacones en las baldosas, y abrió la nevera de un tirón.
Un frescor se extendió por la cocina mientras inspeccionaba el contenido iluminada por el brillo que emitía el electrodoméstico.
Thomas se tragó como pudo el último bocado que le quedaba y se preguntó si estaría esperando a que él dijese algo.
Cuando Amelia por fin cerró la puerta, lo hizo dando un portazo. Thomas se encontró con la madre de Vivienne observándolo detenidamente con una fría mirada.
—¿Estás disfrutando de nuestras instalaciones? —le preguntó con voz distante.
Una sensación de desconfianza le recorrió de arriba a abajo.
—Sí, señora —respondió él. A continuación, porque su madre lo había criado con algo que podría asemejarse a los buenos modales, añadió—: Tiene usted una casa preciosa.
La expresión de Amelia se endureció e, inmediatamente, Thomas supo que había dicho algo que no debía.
—¿Y qué tal la comida?, ¿es de tu agrado?
Thomas bajó la vista hacia su plato, del que no había dejado nada.
—La comida está muy bien, señora.
—Eso es estupendo. —Su sonrisa era fina—. Queremos que te sientas cómodo, claro.
Desde el jardín, les llegó el ruido del motor de un cortacésped conforme el grupo de jardineros llegaba y descargaba su equipo de la camioneta.
Thomas se aclaró la garganta.
—¿Hay algún problema?
—Dímelo tú —le respondió ella, todavía luciendo esa sonrisa digna de una estatua del museo de cera—. Doy por hecho que tienes una explicación perfectamente razonable de por qué Vivienne no ha asistido a ninguna de las sesiones en el estudio de la escuela de verano.
Thomas se quedó helado.
—No había nada en el horario.
—No me digas. —Un tono de irritación impregnó su voz—. Fíjate que me parece extraño, teniendo en cuenta que yo misma configuré el horario.
Thomas no dijo nada. Si hablaba, sería como llevarle la contraria, y no le estaba dando la sensación de que Amelia fuera a tomarse de buena gana cualquier tipo de oposición. En cualquier caso, tenía un mal presentimiento de que sabía exactamente qué —o quién— había pasado con el horario.
—Pagamos una considerable suma de dinero para asegurarle una plaza en el programa —continuó Amelia—. He podido mover unos hilos, pero no puede permitirse ninguna falta más. La danza lo es todo para Vivienne. ¿Lo entiendes?
—Perfectamente, señora —dijo él muy en serio—. No volverá a ocurrir.
—Asegúrate de ello —le respondió ella mientras se marchaba por donde había venido.
Thomas encontró a Vivienne en el solárium de la casa, y no estaba sola. Pudo escuchar cómo alguien elevaba la voz mucho antes incluso de llegar a la puerta abierta.
—Esto no es un juego para mí, Vivienne —gritó un hombre—. Es mi vida .
Thomas dobló la esquina rápidamente, impulsado por la ira, y se chocó de lleno con otro cuerpo que salía del solárium prácticamente a la misma velocidad. Ambos retrocedieron, sorprendidos y furiosos.
El hombre que tenía delante iba vestido con un uniforme quirúrgico oscuro y deportivas. Tenía un aspecto demacrado y una desaliñada barba de varios días le cubría la mandíbula. Lucía unas sombras como huecos hundidos bajo los ojos.
—Mira por dónde vas —soltó antes de empujar a Thomas para pasar y dirigirle una mirada de despedida.
Thomas no le dedicó ni un segundo más. Estaba demasiado concentrado en encontrar a la causante de su ira.
Se la encontró sentada en una ancha tumbona de ratán, toda vestida de rosa y pintándose las uñas de los pies con una concentración total.
Vivienne no levantó la vista mientras él se le acercaba.
En su lugar, estiró la pierna y arqueó el pie, de tal forma que Thomas se vio obligado a detenerse si no quería estamparse directamente en las uñas recién pintadas de Vivienne.
—Parecía simpático —dijo él, intentando por todos los medios emanar cierta amabilidad—. El uniforme quirúrgico le daba un toque de «científico loco» bastante realista.
Ella movió los dedos de los pies.
—¿Cómo se llama?
Esta pregunta sí le valió una respuesta:
— ¿Por? ¿Para ir corriendo a contárselo a P-h-i-l-i-p?
—Solo estoy sacando tema de conversación.
Vivienne ladeó la cabeza, todavía escudriñándose los pies. Los dos dedos más pequeños estaban vendados, y el dedo gordo tenía un gran moratón amarillento.
— ¿Crees que este rosa queda bien con mi tono de piel?
No levantó la vista para mirarlo cuando se lo preguntó, pero la sonrisa que escondía en la comisura de los labios le hizo darse cuenta de que Vivienne sabía exactamente por qué estaba él ahí. Algo peligroso detonó bajo sus huesos.
—Lo que no entiendo —dijo Thomas— es ¿por qué te complicas la vida para darme un horario falso cuando, al final, la que va a salir mal parada eres tú?
Vivienne retiró el pie y se puso a cerrar el pintauñas. Todavía no había mirado a Thomas y su indiferencia era un desprecio obvio.
Otra explosión, más grande, siguió a la primera.
—No he venido a arruinarte el verano —añadió él con voz tensa—. Eso lo sabes, ¿no? No tienes que andarte todo el día con jueguecitos de manipulación para conseguir lo que quieres.
Fuera, en el jardín, se oía el ruido del cortacésped al pasar. El distante zumbido de una podadora eléctrica inundaba el espacio bañado por el sol. Lentamente, Vivienne curvó la mano derecha sobre el corazón y después la llevó hasta su mano izquierda, burlona, haciendo una cuna.
— Llorón.
Thomas doblegó su furia y la transformó en un suave:
—¿Perdona?
— Es el nombre del esmalte de uñas. —Estiró el brazo y movió los dedos justo debajo de la nariz de Thomas. Llevaba las uñas de las manos del mismo color rosa brillante que las de los pies—. Creo que quizá te pega más a ti que a mí.
Entonces, Thomas se dio cuenta de que había estado haciéndolo todo mal. Que había estado empuñando un florete cuando ella blandía una espada.
Puso la voz más suave que pudo y dijo:
—Creo que te debo una disculpa, señorita Farrow.
Fuera lo que fuese que ella esperaba que dijera, no era eso. Los ojos de Vivienne fueron directos a los suyos y parte de su fachada se desmoronó.
Había sido demasiado caballeroso. Ahora lo veía muy claro. La había juzgado mal. Pensó que quizá si era lo bastante afectuoso, lo suficientemente encantador y paciente, terminaría ganándosela. Que conseguiría que lo tolerara. Que le gustara . Que incluso podrían ser amigos.
Philip le había dicho que el fuego necesitaba oxígeno para prender. Que si no lo avivabas, el fuego se apagaba. Pero lo que Philip no sabía sobre Thomas era que nunca se le había dado bien huir de las peleas. No lo llevaba en la sangre.
Y por eso, echó más leña al fuego.
—No tenía ni idea de que tú y yo estábamos jugando a un juego —le explicó—. Ahora lo sé.
A Vivienne se le endureció la mirada conforme la desconfianza vencía a la sensación de triunfo.
—Has ganado esta ronda —añadió él, encogiéndose de hombros—. No me enorgullece admitirlo, además, me has hecho quedar mal delante de tu madre. Casi haces que me despidan. Pero eso ha sido error mío. No sabía que íbamos a llevar la cuenta.
Dejó que el silencio se prolongara entre ellos, dándole tiempo a que asimilara sus palabras.
—Ahora ya estoy metido de lleno en la partida —continuó—. Y yo nunca pierdo. Me he descargado tu horario, el auténtico . Tienes hasta el lunes para regodearte. A partir de entonces, te arrastraré al campus si hace falta.
Los ojos de Vivienne reflejaron una furia gélida.
— Esa no es una de las responsabilidades de tu puesto.
—Tienes razón. No lo es. Pero, verás, tus padres me están pagando una cantidad ingente de dinero para que haga lo que ellos me pidan.
— O sea, que admites que solo eres un l-a-c-a-y-o.
Lo que él era era pobre. Una persona sin rumbo. Desesperada. ¿Creía que le había avergonzado?
Él no sentía vergüenza alguna.
—Si es así como quieres llamarlo —dijo—, adelante. Yo estoy aquí para hacer mi trabajo. Preferiría que fuéramos amigos, pero si es así como quieres que juguemos, por mí bien. No tengo por qué gustarte, señorita Farrow, pero te puedo asegurar que no vas a hacer que me despidan.
Vivienne lo miraba fijamente, en silencio. Siempre en silencio. Su mirada era oro líquido.
—Nos vemos —dijo Thomas antes de darse la vuelta e irse.
Ya estaba a medio camino de la puerta cuando el ruido de un cristal al romperse lo sobresaltó. Se giró y se encontró el frasco de esmalte de uñas hecho añicos en el suelo, donde ella lo había tirado. El rosa llorón fluía como el mercurio por las juntas.
— Tienes razón —signó ella justo después.
—¿Ah, sí? ¿Sobre qué?
— No voy a hacer que te despidan. —Una sonrisa afiló las comisuras de sus labios, tan seductora como peligrosa—. Voy a hacer que renuncies.