3 Thomas
C uando Thomas Walsh era muy pequeño, se encontró con que la muerte lo esperaba en el maletero de un sedán.
Durante la primera hora en la que estuvo encerrado, pataleó y pataleó, golpeando la cerradura con los taloncitos de sus deportivas con luces —esas para las que su madre se había ajustado el cinturón y había ahorrado tanto—.
A cada patada, la oscuridad le respondía con unos remolinos rojos y azules que parpadeaban sin control.
Después de tantos años, Thomas aún soñaba con aquellas ráfagas de colores.
Pero no eran esos colores los que lo tenían inquieto y lo habían despertado ahora.
Abrió los ojos en una oscuridad total, la piel le picaba con la palpable sensación de que le estaban observando.
Durante lo que duraron varios latidos, Thomas se quedó tumbado boca abajo sobre el colchón tratando de discernir si ese picor en la piel era solo el resultado de despertarse en un lugar desconocido o si era algo más.
Al otro lado de la habitación, la puerta se cerró con un clic .
Thomas se incorporó como un resorte, con el corazón martilleándole.
—¿Hola?
El silencio le penetró por la piel como una helada. No le respondió nadie, pero la quietud parecía mirarlo con maldad, como un ente vivo que respiraba. Thomas contuvo un escalofrío, frotándose los brazos para devolverles el calor.
Su casa, en Worcester, hacía ruidos a todas horas; ruidos de casa: las bisagras chirriaban, los cimientos crujían, el terreno se hundía. Era una interminable cacofonía de perturbaciones. El radiador emitía sonidos metálicos. El viento silbaba a través de los burletes.
Por el contrario, la casa de los Farrow era tan silenciosa como una tumba.
No estaba seguro de que eso le gustara.
Se deslizó fuera de la cama y se puso una camiseta. Sigiloso, salió de puntillas al pasillo, que se extendía en ambas direcciones como una arteria y desaparecía de su vista entre las sombras.
—Hola —repitió, hablándole al silencio.
Su voz reverberó. Hola. Hola. Hola.
A lo lejos, por encima de su cabeza, se oyó el ruido amortiguado de una puerta. Inquieto, Thomas regresó a su habitación.
Después de eso, no pudo conciliar el sueño.
No es que tuviera miedo a la oscuridad (eran los espacios pequeños los que lo aterraban), fue solo que se había ido a la cama con una sensación de angustia en el pecho y, ahora que se había desvelado, esta había vuelto.
Se puso a caminar de un lado a otro, esforzándose por no rememorar en bucle su primer día oficial en su nuevo trabajo.
Pero fue un esfuerzo inútil. Todo lo que había salido de su boca había sido justo lo que no tenía que decir. Había intentado ser simpático. Amigable. Encantador, incluso. Había hecho todo lo posible por ganarse a Vivienne. Sin embargo, cuanto más se esforzaba, peor parecía que lo estaba haciendo.
Le había dicho que le recordaba a una mantis religiosa.
Se dejó caer en la cama con un gruñido y se tapó la cara con la almohada.
La tela olía fresca y limpia, como a lejía.
Siendo objetivo, no era un mal olor, pero le revolvió el estómago de todas formas.
No era el suyo . No era el olor de su hogar.
Estirándose hasta el otro extremo del colchón, alcanzó el móvil y lo metió debajo de la almohada, bajó por la lista de contactos hasta que encontró el que buscaba.
Su hermana contestó al segundo tono.
—Serás idiota —dijo ella—. Estamos en plena noche.
—Hola a ti también. —Thomas rodó fuera de la cama y fue hacia escritorio, donde se desplomó en el gran sillón que había delante. De fondo, podía oír la televisión a todo volumen—. Oye, ¿te sentaría mal si alguien te comparase con una mantis religiosa?
Hubo una pausa. Escuchó a Tessa masticando palomitas ruidosamente. A continuación, dijo:
—¿Le has dicho a alguien que te recuerda a una mantis?
—Yo no he dicho eso.
—Está claro que sí. ¿Por qué si no ibas a hacerme esa pregunta tan estúpida? Eres un mentiroso terrible, Tommy. Y un ligón penoso. Si esa es la mejor frase que tienes para ligar, vas a morir solo.
—No estaba ligando, estaba… —Thomas soltó un gruñido y se hundió aún más en el sillón, tapándose los ojos con el brazo—. En fin, no importa. ¿Qué estás viendo?
—Una película de ciencia ficción con monstruos, que están poniendo en la tele. Tiene cocodrilos mutantes.
—Guay.
—Los actores son tan malos que me están dando vergüenza ajena.
—O sea, tu tipo de películas favorito.
—Exactamente.
Se hizo el silencio. Thomas sintió una repentina e intensa nostalgia en lo más profundo del pecho.
Cuando era más pequeño, había llegado a sentir cierto rechazo por su casa, siempre abarrotada, con la moqueta llena de pelo de gato y el incesante zumbido de las máquinas de su madre; por la forma en la que las cosas de su padre estaban por todas partes, incluso mucho después de que lo hubieran enterrado.
Había odiado cómo la muerte lo impregnó todo.
Había odiado el hecho de que nunca hubiera nada que él pudiese hacer para ayudar.
Pero bueno, estaba haciendo algo ahora.
Al día siguiente lo haría mejor. Sería mejor. Debía serlo.
—Mamá está bien —dijo Tess finalmente, como si le hubiera oído intentando no preguntar—. Aunque te echa de menos. Las dos lo hacemos.
—Créeme, si pudiera, estaría en casa. Pero la oferta de este tipo es demasiado buena como para dejarla pasar.
—¿Lo es? —Tess no sonaba muy convencida—. ¿Más que volver a la facultad?
—Ya te lo dije —respondió él, un poco más brusco de lo que pretendía—, la universidad no era para mí.
—No, lo que quieres decir es que se te acabó el dinero de la beca y mamá no puede permitírselo ella sola. —Tess tamborileó en el bol de las palomitas. Cuando él no lo negó, añadió—: No soy un bebé, Tommy. No tienes que suavizarlo todo.
—Habrá dinero para ti cuando te toque hacer la solicitud.
—No me importa si lo hay o no. —El sonido distante de unos gritos en la televisión se coló en la llamada—. Mamá dice que el tío Ryan tiene trabajo para ti. Si tantas ganas tienes de tener un trabajo, no entiendo por qué no puedes hacer ese y ya.
—Porque esta es una oportunidad única.
—Ah, ¿sí? —Thomas escuchó cómo su hermana sorbía por una pajita—. ¿En qué sentido?
No sabía qué responder a eso. ¿Le decía que lo habían contratado para cuidar de una niña mimada y consentida con un fideicomiso del tamaño de un país pequeño?
¿Le hablaba sobre la extraña petición de Philip de que espiara a los amigos de Vivienne?
Ya había conseguido el dinero suficiente para ir pagando algunas de las facturas de su madre.
Para ahorrar para la matrícula de su hermana.
Para hacer todas las cosas que su padre debería haber estado haciendo en vez de beber hasta acabar bajo tierra.
Eso era lo único que importaba.
De fondo, le llegaron los gritos de una actriz de serie B, a quien la estaba matando un megacocodrilo.
—No te quedes despierta toda la noche —dijo Thomas.
—Aplícate el cuento —le contestó su hermana antes de colgar sin despedirse.
Ya sin su hermana, dejó el móvil a un lado y abrió el portátil.
La repentina e intensa luz azul le cegó y los ojos le hicieron chiribitas.
En la pantalla, aún tenía abierto el buscador con el último correo electrónico que había recibido.
Era del presidente de su fraternidad. Concretamente, era el sexto mensaje en lo que, rápidamente, se estaba convirtiendo en un hilo de preguntas sin contestar.
Thomas:
Soy yo otra vez. Solo quería saber cómo lo llevas. ¿Has tenido algún problema para transferir los créditos de las asignaturas? Porque otros sí. Si necesitas cualquier cosa, estaré encantado de ayudarte.
No dudes en ponerte en contacto conmigo.
C.
Como con los otros cinco correos, Thomas cerró la ventana sin escribir una respuesta. Abrió una ventana nueva y tecleó el nombre de Vivienne en la barra de búsqueda.
Aparecieron varios resultados, casi todos de sus cuentas personales en redes: perfiles llenos de fotos y vídeos espontáneos con música, página tras página de bonitos retratos desenfocados.
Pero había más cosas. Siguió bajando, pasando por varios titulares de periódicos sobre la escuela de danza local.
Ahí, en la portada del Connecticut Journal , estaba Vivienne, envuelta en lentejuelas, brillando en la primera fila de un cuerpo de baile con las manos en las caderas y la cabeza bien alta.
Se la veía feliz. Segura de sí misma. Thomas siguió bajando.
Unos resultados más abajo encontró un titular más antiguo, en este caso el de un reportaje en un periódico de tirada nacional:
Localizan a una niña de cuatro años deambulando por la carretera panorámica de Red Rock Canyon, tres días después de que su familia denunciase su desaparición
Esta vez, el artículo no iba acompañado de una fotografía de Vivienne, solo una lejana imagen granulosa de varias ambulancias apelotonadas a un lado de una sinuosa carretera en el desierto.
El artículo era superficial, no le dijo mucho.
Solo nombres. Fechas. Unas cuantas declaraciones del jefe de policía.
Thomas cerró la ventana y apagó el ordenador.
Se echó para atrás y se frotó los ojos hasta que le hicieron chiribitas otra vez.
Conseguiría entender quién era Vivienne, pero no sería de la noche a la mañana.
Y, definitivamente, tampoco lo lograría rastreando internet y leyendo artículos de hacía una década.
Al final debió de quedarse dormido porque acababa de despertarlo el ruido de unos arañazos. Thomas estaba tumbado sobre su estómago, cerrando los ojos con fuerza ante el rayo de luz que se colaba por las persianas y escuchando el amenazante ruido de algo que se movía por su habitación.